4. Discussion
4.8 Future perspectives
logista anónimo— la m ejor seguram ente..., tanto por su fide lidad, cuanto por la elegancia de su estilo» í0°. «Sólo que está com probado — afirma el padre B atllori— que Goya no fue el verdadero traductor». Y basa esta grave denuncia en una «pintoresca historia» que el padre Manuel Luengo dejó escrita
en su D ia rio 101, extensísimo documento de m ás de sesenta
tom os, que se guarda en el archivo de Loyola. Dice allí el padre Luengo:
El P. Joseph Petisco traduxo en Bolonia los Comentarios
de Julio César, y, habiendo llegado una copia de la traduc ción, que inocentemente y sin preveer sus resultas dexaría hacer el author, a las manos de don Joseph de Goya, la dio a luz en Madrid con su nombre propio y dedicándola al rey, y consiguió una pingüe pensión... La dicha impresión se hizo sin consentimiento y aun sin noticia del verdadero traductor de la obra de César, lo que no se puede menos de llamar villanía y latrocinio... No ha parado aquí la astu cia y malignidad de los que han andado en este negocio, y han llegado a apoderarse con engaño y disimulo del ori ginal del author y echarle al fuego, para que no haya este documento authéntico con que demostrar el plagio y latro cinio vergonzoso del señor auditor Goya.
Y a Menéndez Pelayo se había hecho eco de esta historia del padre Luengo, pero sin concederle la certeza que le atribuye
el padre Batllori. En el volumen II de la Bibliografía Hispano-
Latina Clásica, págs. 180-182, recoge una larga nota que, a petición suya, le había comunicado el padre Eugenio de U riarte, hom bre de gran erudición, que desde hacía muchos años trabajaba en una bibliografía española de escritores de la Compañía de Jesús. La nota del padre U riarte incluía la historieta recogida por el padre Batllori, escrita el año 1798,
al enterarse el padre Luengo de la impresión de los Com en
tarios, y esta o tra redactada dos años más tarde, al m orir el padre Petisco:
100 ibidem. Posteriormente, la Colección Austral de Espasa-Calpe ha se guido reproduciéndola con gran éxito: primera edición en 1940, octava en 1969.
Poética de Aristóteles Trabaxó mui en secreto la traducción de la lengua latina a la Española de un Author clásico del siglo de oro, y después con nombre de un sujeto que está en puesto dis tinguido, se dio a luz sin noticia ni consentimiento del Author, al que se le arrebató el original para que nunca se pueda hacer ver que no es author de la traducción el que pone su nombre en ella, sino este P.e Joseph Petisco de la Provincia de Castilla. No pongo aquí el título de la obra, el nombre del que se pone a su frente y de alguna otra persona, que con malicia o sin ella ha entrado en esta vilísima e injustísima rapiña literaria, aunque lo sé todo; porque puede venir este mi escrito en manos de algún imprudente que haga pública esta vergonzosa historia, vi viendo todavía los authores de ella;, pues no son viejos, y pueden vivir muchos años (a. 1800, págs. 26-27).
Menéndez Pelayo estim a que, si todo esto «no prueba el
plagio atribuido a Goya y Muniain (ni es posible la prueba cuando el m anuscrito del P. Petisco falta), tiene, por lo menos, verdadera curiosidad para la historia lite ra ria » 102. Ciertamente la tiene. Pero, a mi juicio, la acusación del padre Luengo no sólo no prueba el plagio, sino que resulta sospe chosa por varios motivos:
1.° No se ve por qué el padre Luengo se expresa tan cla ram ente en el prim er relato y con tanto misterio en el segun do. Si éste podía caer en manos de algún imprudente que hiciera pública tan vergonzosa historia, lo mismo podía ocu rrir con el de dos años antes, que seguía figurando en su
voluminoso Diario.
2.° Se nos dice en el prim er relato que el padre Petisco «traduxo en Bolonia los Comentarios», y en el segundo, que «trabaxó mui en secreto la traducción» de dicha obra. ¿Cómo pudo tener Goya, en Madrid, «una copia de la traducción» hecha tan secretam ente y a tanta distancia? ¿Cómo logró un m odesto bibliotecario, cuyo sueldo no daba para am a nuense 103, que alguien se apoderase del original y lo echase al fuego?
102 Bibliografía..., pág. 181.
3.° Y, suponiendo posible todo esto por un azar favorable a Goya y Muniain, ¿por qué no se denunció el hurto del ma nuscrito tan pronto como se produjo? Desde la fecha en que
Goya y Muniain tenía la traducción de los Comentarios lista
para la im prenta hasta que logró publicarla transcurrieron por lo menos cinco años, pues en su carta de agosto de 1793 al inquisidor general alude al hecho de que había presentado a tan alto personaje, y éste le había devuelto, dicha traduc ción, para cuya impresión se había dictado un decreto, per dido luego en la Secretaría de* Estado. ¿E s que el padre Petisco no notó la desaparición de su m anuscrito en todo aquel tiempo?
4.° El padre Luengo, que en su prim er escrito acusa nominalmente a Goya y Muniain, dice en el segundo, redac tado dos años después, en 1800, que los autores de tan ver gonzosa historia «no son viejos, y pueden vivir muchos años». Sin embargo, de la citada carta al inquisidor general se deduce que Goya y Muniain era ya viejo en 1793 («el ya anciano bibliotecario», dice el padre Batllori refiriéndose a su edad en aquellas fechas). Parece, pues, que el padre Luen go, al menos en este punto, no estaba bien informado. Su Diario, por lo demás, según juicios emitidos por el propio padre Batllori, no es muy fidedigno:
«Luengo — escribe Batllori, pág. 75— es uno de esos viejos cerrados y antipáticos, presa de incomprensión posclimaté- rica hacia todo lo de los jóvenes — aunque a veces los tales jóvenes fuesen personas de más de cuarenta años-—... Y junto a esa cerrazón para cuanto representaba nuevas form as de cultura, se ve un afán morboso de chismerías políticas, y un espíritu de capillita, que llega a hacer antipático su mismo am or a la Com pañía...». Y en la misma página: «He aquí el
inquisidor general don Manuel Abad y La Sierra, arzobispo de Selymbria, conservada en la Sección de Manuscritos de la Biblioteca Nacional y trans crita por el padre Batllori en su o. c., págs. 129-132. El pasaje aludido: «Verdad es que, quanto se me ofrece, todo lo escribo de puño propio; y esto me cansa; pero no puedo por menos, porque mi sueldo no da para amanuense. El señor Llaguno, ni más ni menos que V. S. I., ha reparado en esto mismo, significándome que tendría gusto en poderme proporcionar un amanuense», está en la pág. 130.
juicio sin juicio consignado por el padre Luengo [sobre A rteaga]». Cinco más adelante, en la 80, se nos dice de Ar- teaga también, que fue «perseguido de nuevo por la crítica estúpida y anacrónica del refunfuñante padre Luengo», «ex- jesuita español, m ás integrista — y más cáustico, y de menos
cultura que el bueno de Gusta» (pág. 90). «El Diario de
Luengo ■—leemos en esta m ism a página— , que muchos histo riadores han encomiado excesivamente como fuente histórica para ese período y para ese ambiente». Y en la 91: «...p erió dicos, libros y opúsculos que él [Luengo] criticaba con tanta suficiencia cuanto insuficiente y unilateral era su cultura. Pero a las veces tan posesionado estaba de su infalibilidad crítica, que juzgaba los libros sin haberlos siquiera visto por el forro». E n la 93 le llama «rancio diarista» y «el mali cioso Luengo», y en la 95, «integrista intransigente». Y toda vía en la 422 dice que «Luengo se manifestaba injustamente malicioso en sospechar de M asdeu...», y en la 431 comienza un párrafo con estas palabras: «El padre Luengo, com entan do con su característico sim plism o...».
Aunque las historietas sobre Goya y Muniain no tuvieran nada que pudiese extrañarnos, los juicios del padre Batllori
sobre el autor del Diario bastarían para hacérnoslas sospe
chosas. ¿P o r qué no se publicaron en vida del acusado, que así habría podido defenderse?
Reconoce el padre U riarte que «una acusación tan grave com o la del padre Luengo parece exigir alguna prueba más que la de su palabra, aunque tan fidedigna [ ? ] , dado que a él se le pudiera considerar como parte interesada en este pleito». Y a tal fin consigna «una noticia que, si no de prueba, servirá a lo menos de credibilidad y confirmación a lo que
asienta el autor del Diario». Nos interesa aquí de modo espe
cial esta noticia porque atañe directam ente a la traducción
de la Poética. Según el padre U riarte —y el padre Batllori
recoge su testimonio— , en el ín d ice ms. de la Biblioteca de
la Universidad de Salam anca (I, 35) se lee la siguiente nota: Posteriormente a la compra de este libro regaló otro ejemplar su traductor M. Pedro Luis Blanco como aparecerá
de la carta que dirije a esta universidad el que se dice traductor contra el nombre expreso de D. Josef Goya y Muniain, aunque se debe creer al primero.
L a carta aludida en la nota ha desaparecido. E l padre U riarte manifiesta: «Por más que la hemos buscado en más de una ocasión, no hemos podido dar con la carta del Sr. Blanco entre los papeles de aquella Universidad». Por lo demás, esta nueva acusación, independiente, al parecer, de la anterior y al pronto inquietante por la reiteración, no tiene, sin embargo, más consistencia que la del padre Luengo. Antes de darle crédito habría que saber quién era M. Pedro Luis
Blanco. Su nombre no figura en la Biblioteca de Traductores
Españoles ni en la Bibliografía Hispano-Latina Clásica de
Menéndez Pelayo. ¿E s que no tradujo más que la Poética de
Aristóteles, y con tan m ala suerte que le robaron su trabajo? Nuevamente ocurre aquí la pregunta: ¿P o r qué no denunció al ladrón públicamente o ante los tribunales?
Goya y Muniain era helenista notorio. Cuando Azara, mi nistro del rey de España en Roma, pidió a la Real Biblioteca «las lecciones variantes que resultasen entre un precioso códice que hay en ella, y entre las ediciones mas correctas de la m isma Poética», el Bibliotecario Mayor, a pesar de hallarse Goya y Muniain «dedicado a otro linage de estudios m as propio de su genio, profesion y estado, le encargó que reconociese y anotase dichas variantes» 104. Este encargo revela su prestigio com o helenista. Si no lo tuviera, se habría enco mendado la tarea a otro. No faltaba en Madrid quien pudiera llevarla a cabos Sin ir más lejos, allí estaba Flórez Canseco, que en 1798 andaría por los cincuenta y cinco años, y llevaba
Cf. la Dedicatoria de la Poética a Jovellanos. Antes de emprender su traducción, Goya y Muniain aguardó mucho tiempo el ejemplar que Azara le tenía prometido para cuando se publicase «una edición cumplida» del texto griego que «con las correcciones y lecciones variantes tomadas de los códices antiguos mas célebres de Europa» preparaba «cierto Caballero Inglés», al cual se habían remitido las variantes reconocidas y anotadas por Goya y Muniain; mas, «puesto que ha cinco años que al nuevo Editor se remitiéron las variantes que pidió del muy apreciable códice de S. M. en esta Real Biblioteca», se decidió por fin a «seguir la citada edición de Glasgua» («Al que leyere», XV).
Poética de Aristóteles más de veinte desempeñando la cátedra de griego en los Reales Estudios de San Isidro 105.
¿Qué explicación podemos dar, entonces, a la reiterada acusación de rapiña intelectual contra Goya y Muniain? Si las acusaciones se hubieran hecho públicamente, tendríamos la explicación en la respuesta del acusado. Pero sin duda nunca llegaron a conocimiento dé 'éste. Y ya se sabe que la maledicencia prospera en la sombra. Que había entre las per sonas próximas a nuestro trad u ctor quienes lé tiraban pie dras y escondían la m ano, consta incluso documentalmente.
Menéndez Pelayo, Bibliografía H. L. C., pág. 183, transcribe de
una carta anónima, dirigida a don Miguel Cuver y conservada en el Archivo H istórico Nacional de Madrid entre los expe
dientes de la impresión de los Comentarios, el siguiente
párrafo:
Pasa a VE. de orden del Sr. Infante una Dedicatoria que quiere hacer a S. A. D. Joseph Goya individuo de la Real Biblioteca, de los Comentarios de Julio César que ha tra ducido para que VE. vea si será del agrado del Rey que S. A. la admita. Prescindiendo de que si el estilo de la traducción se parece al de la dedicatoria, duro, afectado, y repugnante a nuestros oídos modernos, no merecerá estima, por más que diga Bayer, de quien es hechura Goya, hago presente a VE. que está ya finalizada la impresión de la de Valbuena...
La acusación de plagio y de rapiña intelectual que el padre
Batllori extiende al Catecismo trilingüe del padre Pedro Cani-
sio nos interesa menos. Y es totalmente gratuita. Sin m ás base que las manifestaciones del padre Luengo sobre los Comentarios y la de M. Pedro Luis Blanco sobre la Poética,
i°5 Flórez Canseco no tenía pelos en la pluma, y en lo tocante a hele nismo no se andaba con bromas. Bien lo demostró con la publicación de su opúsculo contra Fr. Juan de Cuenca (cf. supra, pág. 51). Si las acusa ciones de plagio contra Goya y Muniain hubieran tenido sólido fundamento, es de creer que no tardarían en difundirse, sobre todo entre quienes culti vaban como campo propio el de la filología clásica. Entre éstos destacaba Canseco, que no habría desaprovechado la ocasión para fustigar al picaro que, con plumas ajenas, habría intentado, y conseguido, superar la traduc ción de Ordóñez, cuidada y enmendada por el propio Canseco.
el padre Batllori concluye que el Catecismo trilingüe era «sin duda obra de alguno de los jesuítas que, al salir desterrados en 1767, hubieron de dejar en sus aposentos todos sus libros, apuntes y m anuscritos» 506. Los m uertos no pueden defenderse. Precisam ente por eso, el historiador no debe, sin pruebas m a nifiestas, dictar sentencia contra ellos.
5. J. D. G a r c í a B a c c a
E n el siglo x ix no se publicó en España, que yo sepa, nin guna traducción nueva, ni se reeditó alguna de las anterio res 107. E l clim a intelectual no era propicio para tales estudios. La revolución literaria producida a comienzos de dicho siglo, como parte de una revolución ideológica más honda, produjo un cambio radical del gusto e imprimió nuevos rumbos a las tendencias estéticas. El Romanticismo proclam ó la ruptura con las norm as y con los modelos clásicos.
L a situación permaneció estancada hasta mediados del siglo actual. En 1946 publicó una edición bilingüe en Méjico el español Juan David García B acca í08. La fecunda laboriosi dad de este hombre nacido casi con el siglo (en 1901) es ver-
i« O. c., pág. 125.
107 A no ser que deba situarse en sus últimos años la reimpresión de la de Ordóñez-Canseco por Antonio Zozaya (cf. supra, pág. 53, n. 76), La otra muestra que conozco del helenismo de Zozaya —la Política de Aristó teles,. «versión castellana [no se dice de qué lengua] de Antonio Zozaya; 2 vols. de 15 cms.», en el primero de los cuales hay una sola nota (pág. 150), consistente en un término griego mal escrito, y en el segundo, dos notas, integradas también por sendos términos griegos, nuevamente mal copiado uno— apareció en 1885 (2.a ed., 1892) formando los vols. X X III y XXIV de la misma Biblioteca Económica Filosófica. El vol. de la Poética lleva el número XCI.
108 Obras Completas de Aristóteles / Poética / Versión directa, introduc ción y notas / por el / Dr. Juan David García Bacca / Profesor de Filosofía en la Universidad / Nacional Autónoma de México / Universidad Nacional Autónoma de México / 1946. Lleva una larga Introducción filosófica (pági nas VII-CV), seguida de una Introducción técnica más breve (págs. CVII- CXXV). A continuación (págs. 1-47), el texto griego —páginas de la izquier da— y la traducción —páginas de la derecha—, con la misma numeración unas y otras. Finalmente (págs, i-xxxiii), las Notas al texto castellano.
Poética de Aristóteles daderaraente. impresionante. En los veintisiete años que me
dian entre su Invitación a filosofar, México, 1940, y sus
Elem entos de filosofía de las Ciencias, Caracas, 1967 (último libro suyo original de que tengo noticia), pasando por su Existencialism o, X alapa, 1962, y su Hum anism o teórico, prác tico y positivo según Marx, produjo una docena de volúmenes de filosofía, originales o antológicos; tradujo alguno del ale
mán, como el de M. Heidegger, H olderlin y la esencia d e la
poesía, seguido de Esencia del fundam ento (vers. esp., pról. y notas de J. D. G.a B .), México, 1944, y publicó casi o tra docena y media de obras de o sobre autores latinos y griegos (sobre todo griegos), algunas traducidas y todas prologadas, intro ducidas o anotadas por él. Sin pretender una enumeración exhaustiva, mencionaré las siguientes: entre las latinas, los Soliloquios, de M arco Aurelio, México, 1944, y la Consolación p o r la filosofía, de Boecio, México, 1945; entre las griegas, Presencia y E xperiencia de Dios, de Plotino (selec. de textos,
trad. y notas p o r...), México, 1942; E l poem a d e Parm énides
(trad. y com entarios p o r...), México, 1942; B anquete y Ion, de
Platón (texto en griego y español; vers. dir., introds. y notas
p o r...), México, 1944; Hipias Mayor y Pedro, del mismo autor
(texto en gr. y esp.; vers. dir., introds. y notas p o r...), México,
1945; Vidas paralelas, de Plutarco (selec. y pról. d e...), Méxi
co, 1945; M em orables. R ecuerdos socráticos, de Jenofonte
(pról. y selección d e ...), México, 1945; Moralistas griegos:
Caracteres m orales, de Teofrasto, y Enchiridión, de Epicteto,
con la Vida de E picteto filósofo estóico, por Francisco de
Quevedo y Villegas, México, 1945; G uerra del Peloponeso, de
Tucídides (selec. y pról. d e ...), México, 1945; Prom eteo enca
denado, de Esquilo (pról., selec. y notas d e...), México, 1946; R ecuerdos de Sócrates, B anquete y Apología, de Jenofonte (texto en gr. y esp.; vers. dir., introds. y notas p o r...), México,
1946; Introducción general a las Enéadas, Buenos Aires,
1948; R efranero, poem as, sentenciario de tos prim eros filó
sofos griegos (trad. d e ...), Caracas-Madrid, 1962; 2 vols. de
diálogos de Platón: vol I, Eutifrón, Apología de Sócrates,
Critón, B anquete; vol. II, Hipias Mayor, Ion, F ed ro (introd.
Jenofonte (trad . y estudio prelim inar d e ...), México, 1966, y
hasta la Ilíada (con la trad. de L. Segalá, pero con estudio
preliminar suyo), México, 1966.
De la sólida preparación que supone toda esta m asa .de publicaciones de tem a helénico podía esperarse una traduc
ción excelente de la Poética de Aristóteles. Pero la recia per
sonalidad intelectual del Dr. García B acca, firmemente arrai gada en el terreno filosófico, impuso a su tarea de traductor un desplazamiento notable hacia este cam po, con menoscabo del m enester u oficio filológico. E ste desplazamiento se obser va ya en las características externas de la obra, y hasta en
la disposición tipográfica de su contenido. La Introducción,
mucho m ás larga que la Poética m ism a, m ás larga incluso
que el texto griego y la traducción juntos, lleva cuerpo 10, cóm odam ente legible, m ientras que el núcleo de la obra va,
como las Notas al texto castellano, en cuerpo 8, con la dife
rencia a favor de las Notas de que su interlínea es más
amplia.
A juzgar por estos indicios, en el conjunto de la obra ten dría más im portancia el pensamiento del introductor (y ano- tador) que el del propio Aristóteles. No creo que García B acca, al organizar el libro, adm itiera conscientemente esta idea. Pero es indudable que se consideraba, en el dominio de la estética filosófica, m ejor situado que el Estagirita. Se
ve en el tono mismo de su Introducción filosófica, desde las
prim eras páginas. Aristóteles, naturalm ente, no conocía «el