5. Longitudinal relationships between humour styles and psychosocial adjustment in
5.3.7. Cluster analysis As used by Galloway (2010) with an adult sample and Fo
3.3.7.1. Gender differences A Chi-square analysis to test for gender differences
(Lc 1,42) ( María, madre de Jesús). Esta palabra sitúa a la madre de Jesús en el contexto y despliegue de la histo- ria israelita. Así le saluda su prima Isa- bel: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿De dón- de a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor? Porque tan pronto como llegó a mis oídos la voz de tu saludo saltó de gozo el niño en mi vientre. Y bienaventurada la que ha creído, por- que se cumplirá todo lo que le ha dicho el Señor» (Lc 1,42-45).
(1) Fecundidad. Lucas comienza si- tuando a la madre de Jesús en el lugar donde la vida se define por la fecundi- dad. Ella es bendita (eulogêmene) por ser madre, conforme a una visión tra- dicional en Israel. Siguiendo esa línea, la bendición de María puede ampliarse en línea social, recordando a las muje- res de la historia israelita que no han sido bendecidas por sus hijos, sino por su acción liberadora en contra de los enemigos de Israel. La madre de Jesús vendría a culminar no sólo la lista de madres fecundas (benditas por el vien- tre), sino también la de mujeres gue- rreras del principio (Yael*) o de la cul- minación israelita (Judit*). María aparece también como madre del rey (de mi Señor). Las reinas de las que ha- bla la historia israelita son extranjeras (como la reina de Sabá: 1 Re 10,1-13) o figuras divinas rechazadas (la Reina de los cielos: Jr 7,18; 7,17-25). En este contexto debemos recordar como ex- cepción singular a Ester, que es la rei- na israelita por excelencia, pero sólo en calidad de esposa de un monarca ex- tranjero (Est 2,17.22). María es madre del rey mesiánico israelita y así puede presentarse como gebîra* mesiánica.
(2) La creyente. La madre de Jesús es la pisteusasa, la que ha creído, la cre- yente. Del campo veterotestamentario de la fecundidad bendecida (eulogême- ne) pasamos así al plano de la biena- venturanza mesiánica (makaria), que sólo puede conseguirse en ámbito de fe y de seguimiento cristiano. Este paso de la bendición por la maternidad a la bienaventuranza por la fe nos sitúa en el centro de la teología de Lucas. Así lo indica la palabra de una mujer que bendice a María diciendo a Jesús «bie- naventurado el vientre que te ha gesta- do y los pechos que te han amamanta-
do» (Lc 11,27). Ella sitúa a María en el nivel de la maternidad biológica, ha- ciéndola vientre y pechos, cuerpo para engendrar. Así la ve como ha visto a la mujer gran parte de la tradición reli- giosa (incluso la cristiana) dominada por varones: la mujer es fuerza engen- dradora, vida hecha principio germi- nante, como Eva* (Havvah), madre de todos los vivientes (cf. Gn 3,20). En esa línea se podría haber divinizado a Ma- ría, convirtiéndola en un tipo de De- méter o Gran Diosa. Pues bien, Jesús corrige esa visión, diciendo ¡bienaven- turados más bien los que escuchan la palabra...! (Lc 11,28), interpretando así a su madre en la línea de las pala- bras finales de Isabel ¡bienaventurada la que ha creído! (Lc 1,45).
(3) Reina madre, reina creyente. Ma- ría podía haber aparecido como reina por ser madre. Ésta es la función y sen- tido de su realeza femenina en pers- pectiva popular sagrada. Ella sería bendita por su capacidad procreadora. Reinar es, ante todo, dar la vida. Las armas o signos del reinado femenino son el vientre y los pechos, la potencia engendradora, la capacidad nutricia. Como tierra gestante, gleba fecunda, se concibe el reinado de la madre de Jesús en esta venerable palabra de la tradición cristiana que el evangelio ha puesto en boca de una mujer de la mu- chedumbre: ¡Bienaventurado el vientre y los pechos que te han criado! Pero Lucas ha sentido ya el peligro de inter- pretar a María en esa perspectiva, en la que ella puede confundirse con las ma- dres sagradas del cielo o de la tierra, diosas de la vida. Por eso ha introduci- do y superado el logion del vientre y de los pechos, hablando de la bienaventu- ranza de la fe, ayudándonos a com- prender la bendición de María como creyente y no como pura madre bioló- gica. En esa línea abre el camino para comprender el nuevo sentido de la na- talidad cristiana (nacimiento*).
BENEDICTUS
( bendición, eucaristía, Juan Bau- tista, Zacarías). Las oraciones más so- lemnes de la liturgia israelita son ben- diciones, como la de Salomón, cuando dedica el templo (¡Bendito sea Yahvé, Dios de Israel...; 1 Re 8,15; cf. 1 Cr 29,10), y como muchos salmos. Pode- mos destacar también la de Melqui-
sedec, que empieza llamando a Dios «bendito...», cuando sale al encuentro de Abrahán (= Abram): «Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra; y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó tus enemi- gos en tu mano» (Gn 14,19-20), o la de Jetró cuando se encuentra con los is- raelitas liberados de Egipto: «Bendito sea Yahvé, que os libró de la mano de los egipcios, y de la mano de Faraón, y que libró al pueblo de la mano de los egipcios» (Ex 18,10). Entre todas ellas destaca en el Nuevo Testamento la de Zacarías, llamada Benedictus, por la primera palabra de su traducción lati- na (Lc 1,67-78).
(1) Las tres estrofas. Zacarías, que ha estado mudo por su falta de fe, tras el encuentro con el ángel en el templo (Lc 1,20), recobra la voz para bendecir a Dios (euloguein), en palabras de fuer- te tono sacerdotal y profético, en las que se expresa la vida y vocación de su hijo, Juan Bautista. Las citamos de un modo parcial y las dividimos en tres estrofas: «(1) Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y re- dimido a su pueblo, suscitándonos una Fuerza (cuerno) de salvación en la ca- sa de David su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. (2) Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odian, realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres... Para conce- dernos que libres de temor, liberados de la mano de los enemigos, le sirva- mos en santidad y justicia en su pre- sencia todos nuestros días. (3) Y tú, ni- ño, te llamarás profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a prepa- rar sus caminos, para dar a su pueblo el conocimiento de la salvación..., por las entrañas de misericordia de nues- tro Dios, por las cuales nos ha visitado el sol que nace de lo alto (Lc 1,67-78). Esta oración es posiblemente un him- no que algunos judeocristianos anti- guos han utilizado para poner sus pro- pios ideales religiosos en la boca del sacerdote Zacarías, que aparece así co- mo representante de un grupo sacer- dotal y profético de Iglesia primitiva. La tercera estrofa deja clara la función del profeta del Altísimo, que irá delan- te del Kyrios, preparando su camino. Según el texto actual, ese profeta es Juan: anuncia el perdón, proclama la
misericordia de Dios, conforme a las más hondas y constantes esperanzas del Antiguo Testamento (cf. Ex 34,4-7). Es evidente que los judeocristianos y (en general) todos los judíos pueden aceptar ese pasaje, en clave de espe- ranza israelita, abierta quizá escatoló- gicamente a todos los pueblos de la tie- rra, pero bien arraigada en la situación de los judíos de aquel tiempo. Pero las referencias a la salvación aparecen me- nos precisas en las dos primeras partes del himno y pueden separarse de la función de Juan Bautista (y del mismo cristianismo). Son de tipo genérico y emplean una fraseología bastante co- mún entre los círculos nacionalistas judíos de aquel tiempo.
(2) Benedictus: texto nacionalista ju- dío, texto cristiano. Las posibles refe- rencias cristianas del texto quedan ve- ladas, sobre todo en las dos primeras estrofas, de tal forma que el canto pue- de ser aceptado por gran parte de los ju- díos del tiempo de Jesús, entre los que Lucas sitúa a Zacarías. (a) La primera estrofa expresa la salvación en clave re- gia. Por eso habla de un cuerno o po- der de salvación que ha brotado en la familia o casa de David. Todo nos per- mite suponer que el texto alude a un Mesías político, que tomará el poder para liberar al pueblo de la mano u opresión de los enemigos (los roma- nos). De esa forma habrían entendido el texto los celotas y otros movimientos de liberación nacional del judaísmo. (b) La segunda estrofa acentúa el as- pecto religioso de la salvación, situán- dola en un plano más sacerdotal. Es como si Dios, por medio del Mesías da- vídico, quisiera liberar al pueblo para hacerle así capaz de ofrecer en Sión (sobre el templo) un culto verdadero. Se unen de esa forma santidad y justi- cia, términos clave de la tradición pro- fética y de la sacerdotal. Los creyentes del nuevo pueblo de Dios, sacerdotes y profetas, separados ya de los gentiles, podrán disfrutar en paz la salvación sobre la tierra. Ésta es una esperanza claramente israelita que nos sitúa en el centro del pueblo de la alianza. En es- ta línea, podríamos decir que el celo- tismo, entendido como interpretación nacionalista del mesianismo israelita, no es algo que los cristianos tuvieron que encontrar fuera de su Iglesia. Den- tro de ella han podido existir grupos o, por lo menos, movimientos que eran
tendencialmente celotas. Lucas ha re- cuperado su recuerdo y mensaje a tra- vés de Zacarías y su salmo de libera- ción nacional, el Benedictus. De esa manera ha recreado el Antiguo Testa- mento dentro del mismo Evangelio, utilizando para ello la figura de este sacerdote, situado en el lugar donde se vinculan y separan templo y profecía. No lo hace por erudición ni simple ar- queología, sino por fidelidad evangéli- ca: necesita mostrar el sentido de la práctica israelita de Zacarías, para dis- tinguirla de la práctica mesiánica de Jesús. Zacarías está a la puerta, pero no entra en la iglesia. Su palabra es buena, pero no es aún cristiana. El Evangelio será más que un cumpli- miento de la voz de Zacarías, que pa- rece resonar todavía en las palabras de los caminantes de Emaús cuando di- cen, muerto ya Jesús, ¡esperábamos que él fuera el redentor de Israel! (Lc 24,21). El mismo Jesús resucitado co- rregirá a los fugitivos judaizantes de Emaús, ofreciéndole la verdadera in- terpretación cristiana de la historia: ¡era necesario que el Cristo padeciera estas cosas para entrar en su gloria! (Lc 24,26). Pues bien, en el camino que va de la esperanza legítima del sacer- dote Zacarías, inmerso todavía en un contexto nacional judío, al cumpli- miento cristiano de esa esperanza nos sitúa Lucas. (c) Tercera estrofa. Profeta del Altísimo, los caminos del Señor. Zacarías ha empezado reflejando una esperanza nacional y sacerdotal judía. Pero al fin la acaba superando, pues no presenta a su hijo como sacerdote me- siánico, que reforma el culto religioso de Jerusalén (como habrían querido muchos apocalípticos y entre ellos los de Qumrán), sino como profeta del Al- tísimo. De esa forma abre la puerta pa- ra la novedad del Sol que nace de lo al- to, un Sol que para los cristianos se identifica con Jesucristo.
Cf. S. MUÑOZIGLESIAS, Los cánticos del evan-
gelio de la infancia según san Lucas, CSIC,
Madrid 1983; Los evangelios de la Infancia I- IV, BAC, Madrid 1986-1990.
BESTIA
( profecía, dragón, seis-seis-seis). En sentido estricto, bestia (thêrion) significa animal salvaje y feroz, con rasgos de monstruo (cf. Ap 6,8). Dn 7,5-11 LXX había aplicado este nom-
bre a los imperios enemigos de Israel. El autor del Apocalipsis lo recrea, para evocar las dos figuras básicas de la per- versión político-ideológica de la huma- nidad, hablando de su surgimiento (anticipado en Ap 11,7), de su lucha contra los fieles (14,2; 16,2.10), de sus relaciones con la Prostituta* (17,3-17) y de su destrucción por el Jinete de la palabra (19,19-20). La primera Bestia (con rasgos de león, oso y leopardo: Dn 7) es el mal poder político (Ap 13,1-10). La Segunda (el Falso profeta) es el en- gaño personalizado, la religión hecha mentira, para ruina de los hombres (13,11-18). Ambas provienen del Dra- gón* de Ap 12,1-5, que ha sido arroja- do a la tierra, para plantear allí su ba- talla final.
(1) Primera Bestia. (1) Presentación. «Y vi subir del mar una Bestia que tenía diez cuernos y siete cabezas, con una diadema en cada cuerno y un título blasfemo en cada cabeza. La Bestia que vi se parecía a una pantera; tenía patas como de oso y fauces como de león. El Dragón le dio su fuerza, su trono y su inmenso poder. Una de sus cabezas pa- recía haber sido herida de muerte, pero su herida mortal estaba ya curada. La tierra entera corría fascinada tras la Bestia. Entonces adoraron al Dragón, porque había dado su poder a la Bestia y adoraron también a la Bestia, dicien- do: ¿Quién será como la Bestia y podrá luchar contra ella?» (Ap 13,1-4: cf. 13,1- 10). Junto al mar primordial se ha colo- cado el Dragón* (Ap 12,18), para iniciar la lucha final, convocando a sus subor- dinados (bestias y prostituta). Por evo- cación mágica, llamada por el Dragón, sube de allí la gran Bestia. Recordemos que el mar, imagen del abismo, signifi- ca para los judíos Occidente: desde la roca de Patmos se mira hacia Oriente la tierra de Asia (segunda Bestia: Ap 13,11), y hacia Occidente, el gran mar insondable que lleva hacia Roma (pri- mera Bestia). (a) En un nivel, la Bestia es una visión literaria, elaborada con imágenes de profecía y poesía, tomadas de la Biblia israelita. (b) Pero en otro plano, desde la experiencia histórica de Juan, autor del Apocalipsis, la Bestia es el imperio que amenaza a los cristia- nos. Eso significa que ella tiene una in- cidencia muy concreta en la vida de los creyentes. (c) Muchos cristianos poste- riores han identificado la bestia con los nuevos poderes de opresión sistema-
tizada (imperio otomano o soviético, americano o fascista). No es que Juan los cite, pero parece adelantar algunos de sus rasgos, pues él ha descubierto la perversión final de una historia que alcanza su maldad suprema al enfren- tarse con Jesús y su Evangelio. Hasta ahora no existía el mal completo, la opresión total.
(2) Primera Bestia. (2) Rasgos princi- pales. Habían existido máquinas sacra- les destructoras, pero más pequeñas, como se decía en Dn 2 y 7 (con 1 Hen, 2 Bar y 4 Esd). Pues bien, el autor del Apocalipsis ha contemplado la Gran Bestia, de manera que su descripción se ha vuelto modelo de todas las des- cripciones y experiencias posteriores. (a) Tiene diez cuernos y siete cabezas... (Ap 13,1). Las cabezas simbolizan la totalidad mundana del mal (son siete), los cuernos son reyes, en signo que re- cuerda al Dragón (cf. Ap 12,3), aunque luego deba interpretarse, para aplicar- lo a los emperadores que el autor ha conocido y que le parecen signo de la bestia (cf. 17,11-14). (b) Esta Bestia es todas las bestias (Ap 13,2). Cristo ex- presa (personaliza) todos los poderes y amores de Dios. De modo analógico y contrario, la Bestia de Roma encarna los falsos poderes antes difusos del Dragón (imperios de Dn 2–7), el mal que ha culminado ya y que se expresa como poder antidivino (Mt 6,24 par identifica a la mamona). Los Vivien- tes*, animales buenos, eran signo de Dios y de la vida (león, toro, hombre, águila: Ap 4,7). La Bestia, en cambio, es animal perverso, condensación su- prema de todos los reinos bestiales de Dn 7 (pantera, oso, león: Ap 13,2). (c) Bestia herida, imitadora del Cordero (13,3). En tiempo de Nerón y sus in- mediatos sucesores, envueltos en dura guerra civil (54-69 d.C.), pudo parecer que el imperio se acababa y muchos en oriente (no sólo en Judea y Jerusalén) se alegraron. Pero revivió, volvió a cre- cer más fuerte y hubo personas que in- terpretaron esa curación como señal divina, muestra de la eternidad de Ro- ma. Juan la interpretó como signo de- moníaco: mala imitación de la muerte y pascua redentora del Cordero dego- llado. (d) Adoraron al Dragón: «¿Quién será como la Bestia y podrá luchar en contra de ella?» (Ap 13,4). El poder se quiere divinizar: Dragón y Bestia uni- dos, vinculados en dúo sacral, se vuel-
ven objeto y centro de la religión del imperio. Es evidente que en Roma y sus provincias hay otros movimientos religiosos, gentes que piensan de un modo distinto. Pero en conjunto, como totalidad social sagrada, Roma se ha hecho Iglesia y Estado de la Bestia, suscitando admiración por su poder perverso que Juan toma como destruc- tivo. (e) Y se le dio una boca que pro- fiere arrogancias... (Ap 13,5-6; cf. Dn 7,8.20). Estas palabras comparan a la Bestia con Antíoco, que fue a los ojos de Israel el gran tirano, que se elevó or- gulloso, para morir luego impotente, castigado por el mismo Dios a quien había despreciado. Ella, la Bestia a quien Satán concede su poder, es el verdadero enemigo de Dios. (f) Tam- bién se le concedió luchar contra los santos y vencerlos... y le adorarán... (Ap 13,7-8). El Apocalipsis sigue actuali- zando los signos de Dn 7,21. Dios ha permitido que el Dragón actúe, conce- diendo a la Bestia su poder contra los santos e instaurando su reinado per- verso sobre tribus, pueblos, lenguas y naciones. Ya están enfrentados, desde siempre y para siempre, los que ado- ran a la Bestia (mayoría pervertida) y los que están inscritos en el Libro* de la vida del Cordero, degollado desde el comienzo del cosmos. En este Libro del Cordero (cf. Ap 5,6), que el profeta ha comido para anunciar el juicio y salvación de Dios (cf. 10,1-11), sólo pueden inscribirse aquellos que no adoran a la Bestia.
(3) Segunda Bestia. (1) El falso profe- ta (Ap 13,11-18) (profecía*). El Apoca- lipsis unifica primero las bestias de Dn 7 (todas son una, que se expresa en este tiempo final, a través de Roma) y des- pués las dualiza (la Bestia-Roma tiene dos rostros: uno más político, otro más religioso). El segundo rostro de la Bes- tia, que depende de la primera y está al servicio de ella, tiene rasgos de falso profeta: «Vi otra Bestia que surgía de la tierra: tenía dos cuernos como de Cor- dero pero hablaba como Dragón. Ejer- cía todo el poder de la primera Bestia en favor de ella, haciendo que la tierra y todos sus habitantes adorasen a la pri- mera Bestia, aquella cuya herida mortal había sido curada. Realizaba grandes prodigios, hasta el punto de hacer bajar fuego del cielo sobre la tierra, a la vista de los hombres. Seducía también a los habitantes de la tierra con los prodigios
que se le había otorgado realizar en fa- vor de la primera Bestia, y los incitaba a levantar una estatua en honor de la Bestia que fue herida de espada y revi- vió» (Ap 13,11-14; cf. 11,11-18). La ac- ción de la Bestia* del mar (= Occidente, Roma) culmina con esta Bestia de la tierra (religión que viene de oriente), a quien después se presenta como pro- feta* falso (cf. Ap 16,13; 19,20; 20,10). Dios se manifiesta por Jesús a los profetas verdaderos (cf. Ap 1,1-3; 10,7; 22,6-19), que dan testimonio dejándose matar por la primera Bestia (cf. 11,1- 13). En contra de ellos eleva el Dragón a los profetas falsos, representados por la segunda Bestia, que será un símbolo de los sacerdotes y/o filósofos de la pri- mera Bestia, funcionarios y servidores de su principio de violencia. Ap 6,15 ci- taba a reyes, nobles, comandantes mi- litares, ricos y poderosos de la tierra, que servían al poder supremo del mun-