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Chapter 3. Literature Review 23

3.1 Distance e-Learning 23

3.1.2   Genealogy of Distance e-Learning 28

Hace miles de años, la gente creía en dioses y espíritus, pero muy poc@s podían decir que hubieran presenciado un milagro, una demostración física del poder divino. Sin embargo, un hombre que parecía poseído por un espíritu divino —y que hablaba en lenguas, arrebatos de éxtasis, expresión de intensas visiones— sobresalía

como alguien a quien los dioses habían elegido. Y este hombre, sacerdote o profeta, obtenía enorme poder sobre los demás. ¿Qué hizo que los hebreos creyeran en Moisés, lo siguieran fuera de Egipto y le fuesen fieles, pese a su interminable errancia en el desierto? La mirada de Moisés, sus palabras inspiradas e inspiradoras, su rostro, que brillaba literalmente al bajar del monte Sinaí: todo esto daba la impresión de que tenía comunicación directa con Dios, y era la fuente de su autoridad. Y eso era lo que se entendía por «carisma», palabra griega en referencia a los profetas y a Cristo mismo. En el cristianismo primitivo, el carisma era un don o talento otorgado por la gracia de Dios y revelador de su presencia. La mayoría de las grandes religiones fueron fundadas por un carismático, una persona que exhibía físicamente las señales del favor de Dios.

Al paso del tiempo, el mundo se volvió más racional. Finalmente, la gente obtenía poder no por derecho divino, sino porque ganaba votos, o demostraba su aptitud. Sin embargo, el gran sociólogo alemán de principios del siglo XX, Max Weber, señaló que, pese a nuestro supuesto progreso, entonces había más carismáticos que nunca. Lo que caracterizaba a un carismático moderno, según él, era la impresión de una cualidad extraordinaria en su carácter, equivalente a una señal del favor de Dios. ¿Cómo explicar si no, el poder de un Robespierre o un Lenin? Más que nada, lo que distinguía a esos hombres, y constituía la fuente de su poder, era la fuerza de su magnética personalidad. No hablaban de Dios, sino de una gran causa, visiones de una sociedad futura. Su atractivo era emocional; parecían poseídos. Y su público reaccionaba con tanta euforia como el antiguo público ante un profeta. Cuando Lenin murió, en 1924, se formó un culto en su memoria, que transformó al líder comunista en deidad.

Hoy, de cualquier persona con presencia, que llame la atención al entrar a una sala, se dice que posee carisma. Pero aun estos géneros menos exaltados de carismátic@s muestran un indicio de la cualidad sugerida por el significado original de la palabra. Su carisma es misterioso e inexplicable, nunca obvio. Poseen una seguridad inusual. Tienen un don —facilidad de palabra, a menudo— que l@s distingue de la muchedumbre. Expresan una visión. Tal vez no nos demos cuenta de ello, pero en su presencia tenemos una especie de experiencia religiosa: creemos en esas personas, sin tener ninguna evidencia racional para hacerlo. Cuando intentes forjar un efecto de carisma, nunca olvides la fuente religiosa de su poder. Debes irradiar una cualidad interior con un dejo de santidad o espiritualidad. Tus ojos deben brillar con el fuego de un profeta. Tu carisma debe parecer natural, como si procediera de algo misteriosamente fuera de tu control, un don de los dioses. En nuestro mundo racional y desencantado, la gente anhela una experiencia religiosa, en particular a nivel grupal. Toda señal de carisma actúa sobre este deseo de creer en algo. Y no hay nada más seductor que darle a la gente algo en qué creer y seguir.

El carisma debe parecer místico, pero esto no significa que no puedas aprender ciertos trucos para aumentar el que ya posees, o que den la impresión exterior de que lo tienes. Las siguientes son las cualidades básicas que te ayudarán a crear la ilusión

de carisma.

Y Jehová dijo a Moisés: «Escribe tú estas palabras; porque conforme a estas palabras he hecho la alianza contigo y con Israel». Y él estuvo ahí con Jehová cuarenta días y cuarenta noches: no comió pan, ni bebió agua; y escribió en tablas las palabras de la alianza, las diez palabras. Y aconteció que, descendiendo Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, mientras descendía del monte, no sabía él que la tez de su rostro resplandecía, después que hubo con Él hablado. Y miró Aarón y todos los hijos de Israel a Moisés, y he aquí que la tez de su rostro era resplandeciente; y tuvieron miedo de llegarse a él. Y llamólos Moisés; y Aarón y todos los príncipes de la congregación volvieron a él, y Moisés les habló. Y después se llegaron todos los hijos de Israel, a los cuales mandó todas las cosas que Jehová le había dicho en el monte de Sinaí. Y cuando hubo acabado Moisés de hablar con ellos, puso un velo sobre su rostro. Y cuando venía Moisés delante de Jehová para hablar con él, quitábase el velo hasta que salía; y saliendo, hablaba con los hijos de Israel lo que le era mandado; y veían los hijos de Israel el rostro de Moisés, que la tez de su rostro era resplandeciente; y volvía Moisés a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba a hablar con Él.