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modulation of perceived harmony and complexity.

Chapter 8: General Conclusion

El marxismo italiano de los años sesenta presenta rasgos particulares respecto a las tradiciones de otros países tanto en el alcance, como en la intensidad, la creatividad y la duración de los conflictos políticos y de los debates abiertos. Algunos han hablado de cómo supone una anomalía en el marco de las luchas políticas marxistas. Esa década de los sesenta se caracteriza en Italia por un obrerismo que enarbola el “rechazo del trabajo” como principal consigna política. Este “rechazo del trabajo” fue un eslogan muy popular entre los grupos obreros radicales en los sesenta y se difundió entre diferentes movimientos sociales durante los setenta. Ha de interpretarse en contraposición a la glorificación del trabajo que algunas corrientes socialistas habían defendido. El obrerismo de los sesenta entiende el comunismo no como una liberación en el trabajo, sino como una liberación del trabajo. La destrucción del capitalismo debe ir en conjunción con la desaparición del trabajador como tal y no con su reafirmación. El rechazo del trabajo no significaba una negación de las capacidades creativas y productivas de la gente, sino que se interpretaba como una negación del dominio del capital en su capacidad de coordinación del proceso de producción. El rechazo significa un reconocimiento de las capacidades creativas externas o autónomas del

grupo obrero respecto a las relaciones capitalistas de producción. Este anticapitalismo de los trabajadores y de los estudiantes se convirtió en una oposición generalizada al Estado, a los partidos políticos tradicionales y a los sindicatos institucionalizados.

En la década de los setenta, las relaciones de antagonismo entre trabajo y capital, que se habían desarrollado con intensidad dentro de la fábrica, se extienden a otras áreas sociales. Estudiantes, grupos de parados y otros colectivos experimentaron nuevas formas democráticas de organización social y de acción política en redes horizontales. El concepto que aglutinó al movimiento en los setenta es el de ‘autovalorización’, que tiene interés porque constituía la base sobre la que construir nuevos criterios de socialidad autónomos, no regidos por el sistema capitalista. El concepto provenía de Marx y estaba integrado en su teoría del funcionamiento del capitalismo. La valoración del capital se concebía como la creación de plusvalor en el proceso de trabajo, el plustrabajo y el plusvalor definían, según Marx, la valorización capitalista. Marx propuso una composición social alternativa del valor que no se fundase sobre los criterios de valorización del capital, sino sobre las necesidades y los deseos colectivos de una comunidad productiva. Llamó a esta alternativa la ‘autovalorización’. En Italia, este concepto se recogió y se utilizó para definir formas locales y comunitarias de organización social relativamente autónomas de las relaciones de producción capitalistas y del control del Estado. Una especie de tercer sector autónomo y desmarcado de la lógica del capital.

Durante los años ochenta, el movimiento político que representaba el área de la autonomía obrera fue desestructurado, criminalizado y perseguido policial y judicialmente por sus presuntas conexiones con el terrorismo de Brigadas Rojas. Este declive teórico-político coincidió con la perdida de vigor, en todas las esferas, de los trabajadores industriales. En lo simbólico, la derrota más severa fue en las fábricas de Fiat, que habían sido durante las décadas anteriores uno de los núcleos más importantes de poder obrero. Fiat automatizó sus fábricas y despidió a miles de trabajadores. Disgregado en

diferentes corrientes y desgarrado por los extremismos, el movimiento y el pensamiento político de la autonomía obrera entró en un serio letargo.

La actual posmodernización de la economía y la americanización sociocultural se extienden, creando una convergencia social y una revitalización de la teoría política del ‘área de la autonomía’, con la recuperación y creación de nuevos conceptos mediante los que articular una crítica al trabajo actual. Ya hemos mencionado la importancia que el marxismo ha concedido al trabajo y los autores italianos – Lazzaratto (1994), Berardi (1994), Bologna y Fumagalli (1997), Negri y Hardt (2002)- han continuado el desarrollo de los conceptos marxistas aplicándolos a las realidades actuales del trabajo. Marx coincidía con la Economía Política Clásica en que el trabajo era fuente de riqueza social, pero iba más allá al añadir que además era el origen de la socialidad, el elemento que cimentaba el entramado de relaciones sociales. Partiendo de esta idea, estos autores han intentado comprender cómo está cambiando el trabajo y qué potencialidades sociales trae consigo. Nuevos conceptos como el de “General Intellect” o el de “trabajo inmaterial” se unen a los ya tradicionales de rechazo al trabajo para explicar estas nuevas realidades laborales. La actual producción capitalista se caracteriza por una menor materialidad y está más marcada por soportes culturales ligados a la información y al conocimiento, o también por cualidades de servicio y asistencia. El ‘trabajo inmaterial’ podría ser definido como la parte de trabajo que produce los componentes informativos, culturales o de atención y servicio de un bien. Un rasgo destacado por estos autores es que el trabajo inmaterial es cada vez más difícil de cuantificar según el esquema de valorización capitalista. El tiempo de trabajo es difícil de medir y menos diferenciado del tiempo fuera del trabajo, siendo así que hoy una parte considerable del valor proviene de actividades externas al proceso de producción y que se desarrollan en la esfera del no-trabajo –formación, cuidados, habilidades complementarias, etc.

El término General Intellect se encuentra en Marx, en los Grundisse y define el saber social general, la inteligencia colectiva de una sociedad en un

momento histórico. Este saber se objetiva en las máquinas. De la misma forma que la fuerza colectiva de los cuerpos humanos agrupados es usada por la fábrica para alcanzar la máxima producción, también la fuerza del saber colectivo se emplea en el mismo sentido. El momento productivo actual, plagado de tecnologías informáticas, convierte al General Intellect en la fuerza principal de la producción social. Marx analizó el concepto vinculado a su fijación a las máquinas, pero hoy se desvela todo su potencial aplicado al trabajo vivo, hasta el punto, que hace preguntarse a Maurizio Lazzarato si los cambios actuales no están determinando una modificación esencial en las relaciones entre fuerzas productivas y relaciones de producción.

Otro de los conceptos que acrecientan el interés de estas aportaciones de los autores postobreristas italianos es el de trabajo autónomo o independiente. Con el se trata de analizar el nuevo estatuto del trabajo en el postfordimo, un estatuto que trae consigo cambios que superan la definición fordista de obrero y su forma más clásica de obrero industrial asalariado y subordinado. la configuración productiva postfordista en que se desarrolla el trabajo autónomo renueva las bases de la explotación capitalista. Sergio Bologna y Andrea Fumagalli (1997) señalan cómo la organización socioeconómica del trabajo autónomo está definiendo los contornos de nuevas formas en las que se realiza la producción y en las que se produce la nueva acumulación capitalista. Entre estas nuevas formas encontraríamos las formas cooperativas; las redes de empresas; la externalización de funciones de las empresas; los “falsos autónomos”, trabajadores-empresarios sin asalariados; el aumento no medido de la jornada laboral en estos trabajadores; la degradación de sus condiciones de trabajo, el cambio de la modalidad retributiva de la forma-salario a la forma-renta, la reducción de la existencia a un único ciclo socio-afectivo regido por el trabajo; la perdida del control del trabajo a manos de los nuevos dictados del mercado y de los pedidos.

El trabajo autónomo se interconecta con el mercado de trabajo en la profusión de nuevos modelos contractuales atípicos, que lo descomponen en variados formas de prestación de mano de obra caracterizadas por la

flexibilidad y la precariedad y con un progresivo deterioro de las tutelas laborales. En su dimensión política, las propuestas para ‘recomponer la subjetividad’ de estas nuevas categorías laborales pasan por una acción que se ha de desarrollar en el ámbito del trabajo a través de la reducción de la jornada y, preferentemente, en el ámbito político externo al trabajo mediante las rentas de ciudadanía, que puedan ir más allá del trabajo y alcanzar a otros colectivos como jóvenes o parados.

Todos estos conceptos muestran cómo el análisis del trabajo recobra importancia en la actualidad. Más allá del lugar marginal que le atribuyen hoy los discursos dominantes, el concepto de trabajo parece reafirmar su posición en el eje del debate. Parece evidente que el proletariado industrial ha perdido el lugar central y que las condiciones y la entidad del trabajo han sufrido cambios drásticos, sin embargo, todo esto no desplaza al trabajo, sino que le devuelve un papel esencial y hace confiar a Toni Negri en la posibilidad de “una subjetividad adecuada a estas mutaciones”, que pueda articular nuevos conflictos y nuevas experiencias de comunicación y antagonismo.

La existencia de un sector de la clase obrera condenado a la ociosidad forzosa por el exceso de trabajo impuesto a la otra parte, se convierte en fuente de riqueza del capitalista individual y acelera al mismo tiempo la formación de un ejército industrial de reserva.

K. Marx (1979)

Como se ha puesto de manifiesto en capítulos anteriores, el paro es para el amplio campo de las ciencias sociales un objeto de investigación que podríamos calificar de clásico. La obra de Maria Jahoda, Paul Lazarsfeld y Hans Zeisel (1996) Los parados de Marienthal (ed. orig. 1933) es quizá el precedente más conocido, pero, anteriormente, los desempleados habían sido sometidos a la exploración de muy variados profesionales de lo social. Incluso cuando aún no contaban con un nombre ‘homologado’, los ‘sin trabajo’ eran ya objeto de la mirada escrutadora de trabajadores sociales, moralistas, políticos y reformadores. Desde finales del XIX, proliferan los informes sobre la situación de estos colectivos que despuntan entre el cúmulo de problemas que plantea la espinosa “cuestión social”. El pauperismo y el desorden social son generados por una industrialización cuyos costes recaen implacablemente sobre la parte más débil del engranaje. A caballo entre el XIX y el XX, las monografías sociales de Charles Booth o Benjamin Rowntree; los grandes informes de Sydney y Beatrice Webb o de William Beveridge; el naciente periodismo social de Henry Mayhew o Jacob Riis; las narraciones convulsas de Zola en Germinal (1885) o de London en Gente del abismo (1904), entre otros, constituyen ejemplos destacados de esta percepción del mundo obrero y de sus lacras. Su atenta y detallada observación de los fantasmas de la época les hace acreedores de figurar entre los pioneros de una tradición de estudios que

luego se completarían, especializarían y perfeccionarían metodológicamente en el curso del XX13.

Fruto de esta especialización y de la progresiva definición y ajuste terminológico es, precisamente, el estudio mencionado arriba que Jahoda, Lazarsfeld y Zeisel realizan en Alemania 1930. A pesar de ser el más conocido, no es sino una muestra de la inquietud que el desempleo despierta entre los analistas de lo social en esa década. En ese mismo momento, aparece la investigación de E. Wight Bakke (1933) The unemployed man, en la que se indaga sobre los efectos de los ya implantados subsidios de desempleo en un barrio de Londres –Greenwich-. Igualmente, se desarrollan entonces las grandes encuestas británicas de G. Cole, que en 1937 publica The condition of Britain, una síntesis de los trabajos de la Nuffield survey, proyecto que se derivaba del primer informe Beveridge. La tradicional actuación de las fundaciones aparece con la investigación Man without work (1938), patrocinada por el Pilgrim Trust, institución cercana a la Iglesia y formada por personalidades preocupadas por la condición de los desempleados de las zonas industriales inglesas.

En Estados Unidos, las peculiares investigaciones de los sociólogos de la escuela Chicago se acercan al tema del desempleo, pero no será sino hasta los años treinta cuando éste adquiera un mayor protagonismo. La profunda crisis de ese momento, la innovación sociopolítica que supone el New Deal y la progresiva institucionalización de la Sociología americana hacen proliferar los estudios sobre el paro. Por añadidura, Wight Bakke y Paul Lazarsfeld recalan en Estados Unidos a mitad de la década y trasladan allí su interés por el paro. En 1937, Lazarsfeld junto a Samuel Stouffer dedican a la cuestión del desempleo uno de los trece volúmenes de su Research Memorandum on the Family in the Depresión. El hecho de que dos de los más notables representantes de la Sociología empírica americana consagrasen una atención tan destacada al paro fue otro de los motivos que provocaron una oleada de

13 Una información más detallada sobre todos estos precedentes de la investigación sobre la

“cuestión social” y sobre las nacientes categorías del paro puede encontrarse en: Carré y Revauger (1995); Bremner (1993); Magri y Topalov (1989); Topalov (1994); Garraty

pequeños estudios. El estilo de éstos es de corte predominantemente cuantitativo, con una orientación especialmente psicologista y con una marcada focalización sobre la familia. Entre los ejemplos más destacados, se encuentra la investigación que Mirra Komarovsky realiza a principios de los cuarenta, The unemployed man and his family. La autora estudia los efectos del desempleo en 59 familias de Nueva York y se ocupa, en concreto, de cómo repercute el paro en los varones bread-winner y en la estructura de autoridad. Paul Lazarsfeld dirige esta investigación y su influencia se aprecia en el cariz sistemático que la investigación tiene y en la presencia de los dos de los temas centrales –familia y autoridad-.

John Garraty (1979) reseña un buen número de institutos de investigación social en Europa que demuestran una preocupación por la cuestión del desempleo en la fatídica década de los treinta. Bélgica, Francia, Polonia, estudian los efectos de esta crisis económica en el mundo industrial. En España, sin alcanzar la plenitud de otros países europeos, los informes del Instituto Nacional de Previsión revelan en ese periodo los ‘efectos perturbadores’ del paro (Cruz, 1990).

Con posterioridad a los años treinta, la Sociología desvía su atención del problema del paro. Las nuevas preocupaciones van más en la línea de conseguir el equilibrio económico post-bélico y conjugar las grandes macromagnitudes económicas y también extender los sistemas de seguridad social. Estas preocupaciones más en el campo de lo económico y de la administración pública hacen pasar a un segundo plano la atención al desempleo. El propio título del Informe de William Beveridge en 1944 –Full Employment in a Free Society- o los textos de J. M. Keynes sobre economía política y pleno empleo hacen explícita la posibilidad de alcanzar un estado de pleno empleo que neutraliza los temores del paro persistente de la década anterior. Integrado el paro en una economía regulada y de pleno empleo, las aportaciones de la Sociología se mueven en los campos más técnicos de la definición estadística y de los métodos de contabilización o en áreas colindantes con las disciplinas económicas de mayor auge. Así, ya a finales de

los cincuenta, con los procesos de automatización en las fábricas, se despierta el interés sociológico hacia el desempleo tecnológico. Junto al cambio técnico, la cualificación es otro de los temas que centra la atención y en ella se ve un recurso especializado para mejorar la situación del empleo de los parados y de los muy minoritarios grupos de inadaptados. En cualquier caso, los estudios monográficos, que habían destacado en momentos anteriores, no son la norma durante las décadas de crecimiento de la segunda mitad del siglo XX y solo con la crisis económica de los setenta y la subsiguiente extensión del paro volverían al primer plano.

Antes incluso de comenzar la crisis de 1973, la preocupación por el desempleo había llevado a la OCDE a emprender un informe sobre ‘los trabajadores que llevan mucho tiempo en el paro’. Como se puede ver, el concepto ‘paro de larga duración’ no está entonces acuñado y es tratado en esos momentos de manera muy inespecífica. A. Sinfield, autor del mencionado informe en 1968, habla de un periodo de seis meses para incluir en él a los tan perífrasticamente denominados ‘trabajadores que llevan mucho tiempo en el paro’. Durante los setenta, va ampliándose el criterio temporal hasta imponerse el número de doce meses como criterio estadístico para definir a los parados de larga duración. En los momentos de crecimiento vertiginoso de la primera mitad de los ochenta, se llegó incluso a emplear la cifra de 24 meses, lo que hacía aún más resbaladizo todo este terreno de la definición estadística, pues se hacían más indefinidas las fronteras que separaban las situaciones de desempleo de otras como las de la pobreza y la inactividad. En todo caso, estos argumentos permiten captar bien los movimientos de una categoría administrativa en formación.

En los albores de la crisis de 1973, parece claro que las percepciones de los especialistas sobre el desempleo comienzan a variar. Pocos años antes, en los primeros años de la década de los sesenta, hubiera sido inconcebible permanecer más de un año en paro sin pasar a la condición de inactivo. La prolongación del paro solo se concebía en el marco del desempleo voluntario – de aquellos que dejan pasar el tiempo hasta encontrar un mejor empleo- o en

el mencionado caso de parados que llegado un momento no prolongaban más la situación de desempleo y transitaban hacia la inactividad. La crisis del 1973 va a crear las condiciones de posibilidad de la definición de la categoría de paro de larga duración. La caída del empleo deja ver la no voluntariedad de la mayoría de los parados, que ven dificultado su acceso al empleo y los periodos de paro se prolongan, con ello se justifica la aparición de este nuevo grupo de parados. El desbordamiento de las cifras de parados, que la estadística ratifica de forma implacable y acelerada desde comienzo de los ochenta, crea el caldo de cultivo para nuevas codificaciones y categorías en torno al desempleo.

El fenómeno se extiende por toda Europa y, aunque adopta formas diferentes en cada país, perjudica en todos los casos a los grupos más débiles del mercado de trabajo, aquellos que en la definición social de la actividad económica encuentran menor arraigo y seguridad. En algunos países, afecta más a las edades más maduras, en otros, a los más jóvenes. Las mujeres tienen, en general, una presencia fuerte, pero ello no impide que existan países donde están por debajo de la media, como es el caso del Reino Unido, donde las altas tasas de trabajo a tiempo parcial de las mujeres las protege de las situaciones de desempleo. Los países mediterráneos tienen una predominancia de las edades jóvenes y en los centroeuropeos la variable edad está marcada por la fuerte presencia de grupos de desempleados mayores. Otro rasgo que va haciendo cuajar la categoría de paro de larga duración es la intervención de las políticas de empleo, que comienzan a orientar progresivamente sus intervenciones en toda Europa hacia estos grupos de parados. Desde finales de los setenta, la definición estadística del paro de larga duración comienza a asentarse en la barrera de los doce meses; esta frontera diferenció dos grandes grupos de parados y medidas particulares para