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POLUCIÓN DEL AGUA

El agua es el más importante de nuestros alimentos. Sin ella no sería posible la vida. Desde que los químicos sintetizan numerosas sustancias que la naturaleza no ha inventado, los consumidores de agua se encuentran sujetos a un nuevo peligro.

La elaboración de productos de síntesis en gran escala sólo comenzó en 1940: a partir de esa fecha, una masa de residuos químicos penetra todos los días en los cursos de agua. Es así como, en la actualidad, la contaminación de las aguas adquiere creciente importancia. Tiene múltiples orígenes: agua de albañal, aguas domésticas, ya servidas, que contienen detergentes, residuos químicos de las fábricas, residuos radiactivos de los reactores nucleares, precipitaciones radiactivas de las explosiones atómicas, etcétera.

A todo ello se agrega la polución por los pesticidas, difundidos con amplitud en los cultivos, los jardines, los campos, los bosques, y a veces dispersados por avión sobre centenares de miles de hectáreas. En ocasiones, insecticidas y herbicidas son arrojados a las aguas para destruir en ellas las larvas, algunos peces perjudiciales o hierbas. En estas condiciones, se excede a menudo el objetivo buscado. En efecto, esos venenos tienen la propiedad de concentrarse en las cadenas alimenticias: plancton, peces vegetarianos, peces carnívoros, aves piscívoras. El cuerpo de estas últimas puede contener 175.000 veces más veneno que el agua.

Dos años después del tratamiento de un lago con DDD, producto afín al DDT, el plancton, que se ha renovado varias veces, aun contenía tanto insecticida como al principio. Seis años después del tratamiento, sobre mil parejas de somormujos, sólo quedaban treinta, y éstas parecían ser estériles. De tal modo, el DDD puede ser consumido por el hombre con el producto de su pesca. Este veneno destruye las glándulas suprarrenales, en las cuales se concentra. Gracias a esa

propiedad, ha sido inclusive empleado en el hombre para el tratamiento de una forma de cáncer de la glándula.

Una parte importante de los millones de toneladas de pesticidas utilizados para destruir insectos y roedores resulta disuelta por las lluvias y arrastrada con las aguas hacia los océanos. La polución de las aguas fluviales se pone de manifiesto en ocasiones por la mortandad de peces. Esas mismas aguas sirven, sin embargo, para la alimentación humana.

Las costas marítimas, su fauna y su flora, no escapan a la contaminación. Los herbicidas destruyen el plancton. Los insecticidas matan a los peces jóvenes y a los camarones. Los moluscos concentran los pesticidas y pueden ser tóxicos para el hombre que los come.

En California, las aguas de irrigación de vastas regiones cultivadas y tratadas se vierten en el lago de una reserva natural que frecuentan numerosas aves acuáticas piscívoras. En 1960 murieron centenares de somormujos, gaviotas, garzas, y pelícanos. Los cadáveres de estas aves, los de los peces del lago y el plancton contenían insecticida.

Las diversas sustancias contaminantes pueden combinarse, además, en el agua que las transporta, de manera inquietante y todavía mal conocida. He aquí un ejemplo.

En 1944, se estableció una fábrica de productos químicos en las Montañas Rocosas. Ocho años después, en granjas que distaban 5 kilómetros aparecieron extrañas enfermedades en el ganado y el follaje de los árboles se volvió amarillento. En los pozos de irrigación de esas granjas se encontraron sustancias químicas que, transportadas por el agua a partir de los toneles de desechos de la fábrica, habían pasado al suelo y franqueado, en ocho años, los 5 kilómetros que separaban esos toneles de los pozos. Se descubrió, tanto en los toneles como en los pozos, un insecticida muy tóxico, jamás producido por el establecimiento, pero que había nacido, de manera espontánea, por la acción del sol, el aire y el agua. ¡De tal manera, la libre combinación de desechos considerados inofensivos había dado origen a un veneno violento! Este peligro resulta agravado por la presencia de sustancias radiactivas que aumentan su reactividad.

El agua no sólo se encuentra cada vez más contaminada, sino que, además, escasea cada vez más. A causa de la explosión demográfica, el número de habitantes ha aumentado sin duda en el mundo, pero el consumo de agua por habitante se incrementó en forma desproporcionada y extravagante, en particular a causa de las enormes necesidades de las industrias.

Las napas freáticas se han vaciado, las fuentes se agotaron, y se ha debido recurrir cada vez más al agua de los lagos y de los ríos. Se la vuelve potable filtrándola y desinfectándola (por adición de cloro), pero no es posible limpiarla de todos los contaminantes modernos, como los detergentes y los pesticidas. Se ha llevado a cabo un esfuerzo considerable para purificar las aguas servidas antes de volcarlas en los ríos y los lagos, y en todas partes han surgido plantas depuradoras. A partir de entonces, el agua del lago Leman, por ejemplo, se ha vuelto más limpia y es posible de nuevo distinguir las piedras que reposan en el fondo, lo cual ya no era posible desde hacía años. En verano, el lago ya no está cubierto de algas verdes y viscosas. Estas habían prosperado gracias a los fosfatos de los detergentes, cuya presencia a lo largo de las orillas se revela por la espuma blanca traída por las olas, semejante a la de nuestros lavarropas. La

polución era tal, tiempo atrás, que los baños en el agua fueron prohibidos, y pescados muertos flotaban en la superficie. La situación ha mejorado: ahora es posible bañarse, pero la depuración está lejos de ser perfecta. La población desconfía del agua de los grifos, y el consumo de las aguas minerales, vendidas en botella, ha aumentado considerablemente.

El agua ya no se nos ofrece en forma gratuita como antes. Es preciso pagarla y usarla con sentido de la economía. ¡Cuan delicioso es el sabor del agua de las fuentes de montaña! Ya no lo conocemos.

¿Qué se puede hacer frente a esta situación alarmante? No malgastar el agua inútilmente; recoger, para el riego, el agua de lluvia; emplear productos no contaminantes para el lavado de la ropa; reducir lo más posible el empleo de los pesticidas en las casas, los jardines, los huertos y los campos.

POLUCIÓN DEL SUELO

La existencia de todos los huéspedes terrestres, incluido el hombre, depende de la delgada capa de suelo arable que cubre la Tierra. Sin ella las plantas no pueden crecer, y sin las plantas, los animales no pueden existir. Pero si la vida depende del suelo, el suelo a su vez depende de la vida.

Los liqúenes son los primeros revestimientos de las rocas, cuya disolución favorecen por medio de sus secreciones ácidas. Los residuos de los liqúenes, mezclados con los de las rocas, permiten primero la nutrición de las algas y después la de otros vegetales. El suelo así creado por la vida contiene una abundancia y una diversidad de cuerpos vivientes, sin los cuales se mantiene estéril. Se encuentra en constante evolución, enriquecido por la desintegración de nuevas rocas, por las materias orgánicas en descomposición, por el nitrógeno oxidado que cae con las lluvias de las tormentas; empobrecido a causa de las sustracciones realizadas por las plantas que crecen en él.

Los pobladores más importantes del suelo son las miríadas de bacterias y de hongos filiformes que hacen asimilables sus componentes para los vegetales superiores, reduciéndolos a sus constituyentes minerales. Una cucharada de mantillo contiene miles de millones de bacterias. Los 30 centímetros de la capa superior de una hectárea de tierra fértil pueden contener una tonelada de bacterias, lo mismo que una tonelada de hongos y protozoarios.

Los vastos movimientos cíclicos de elementos tales como el carbono, el nitrógeno, el oxígeno y el hidrógeno, entre el aire, el sol y los tejidos vivientes no podrían desarrollarse sin las bacterias. Una vez más, los microbios del suelo son los que hacen que resulten utilizables por las plantas minerales tales como el hierro, el manganeso, el azufre.

El suelo contiene además, una cantidad prodigiosa de ácaros e insectos ápteros primitivos. Ellos son quienes desmenuzan las hojas caídas de los árboles, las digieren y forman el humus.

Otros animales más grandes, como la lombriz de tierra, horadan el suelo con sus galerías, lo labran, lo airean y permiten la penetración del agua. Las lombrices llevan a la superficie los

elementos de las capas profundas y conducen la materia orgánica superficial al contacto con las raíces (hasta 11 kilos por metro cuadrado en seis meses, según Darwin).

Por lo tanto, el suelo es la sede de una vida intensa, y es preciso preguntarse si los insecticidas creados para destruir los insectos nocivos que se encuentran en él, en estado larval, no destruirán también a los que lo fertilizan. ¿El fungicida previsto para matar todos los hongos perdonará la vida de los que ayudan a los árboles a nutrirse?

En la lucha contra las plagas, este problema no ha sido planteado, como si el suelo fuese algo inerte. De tal modo, hoy se comprueba que el DDT disminuye la nitrificación del suelo; el DDD, producto similar, impide la formación en las raíces de las leguminosas de los nódulos indispensables para su prosperidad. Algunos insecticidas retardan el desarrollo de las judías, así como también el del trigo y el centeno.

Sin embargo, estos venenos pueden persistir durante quince años o más en el suelo, y esa es una de sus características más perjudiciales. Las aplicaciones repetidas se suman, año tras año, y culminan en un envenenamiento crónico.

El hombre actual no vacila en emplear sustancias tóxicas para facilitarse el trabajo, para economizar tiempo: los productos vertidos en los campos de patatas para desfoliar las plantas y hacer más fácil la cosecha provocan vómitos y diarrea en los trabajadores.

EJEMPLOS CONOCIDOS DE TRASTORNOS DE LA SALUD POR POLUCIÓN

El peligro de polución por las sustancias químicas es muy real. Por ejemplo, una de mis pacientes, después de haber hecho un día de dieta de zanahorias, experimentó dolores abdominales y náuseas. Acudió a quejarse de ello al campesino que se las había vendido. "¡Eso no me asombra -replicó este último-, se las dimos a nuestros conejos y reventaron todos (sic)!" La zanahoria tiene la propiedad de concentrar los insecticidas, y los campesinos no observan siempre con exactitud el modo de empleo de éste; acentúan la dosis para estar seguros de obtener una legumbre de hermoso aspecto y, por lo tanto, fácil de vender.

Según una información personal, proporcionada por un miembro de un centro de estudios agrícolas, el zumo de zanahorias extraído de raíces importadas de África del Norte fue mortal para las moscas que lo absorbieron.

El viñatero, nuestro vecino, había tratado su viñedo por me dio de un herbicida; y vimos que un hermoso melocotonero, plantado a 2,50 metros del límite de las dos propiedades dejaba caer sus frutos verdes varios días después, y perecía, al igual que dos plantas de moras.

Por lo tanto, cada uno de nosotros debe evitar en lo posible el contacto directo o indirecto con estas sustancias peligrosas. Si queremos tratar la ropa contra la polilla, no conviene hacerlo en la cocina. Es preciso buscar en el mercado, frutas y legumbres quizá menos hermosas, menos seleccionadas, pero no tratadas con insecticidas. Los campesinos cultivan por separado las soberbias zanahorias para la venta y las otras, menos bonitas, pero más sanas porque no han

sido tratadas, para uso de sus propias familias. Es preferible aceptar pequeñas manchas en las manzanas o algunos gusanos en las cerezas y no frutas tratadas. El ideal consiste en cultivar en el propio huerto las legumbres delicadas, acelga, lechuga, espinaca, sin tratarlas, pero, para embellecerlas, alimentarlas con abonos naturales: productos estercolados, estiércol, guano, etcétera.

Pero aunque le dedique toda su atención, el hombre ya no puede hoy día protegerse por completo de la penetración en su organismo de diversas sustancias tóxicas que han llegado a contaminar su universo. Por lo tanto es vital que adquiera más resistencia a esos venenos.

El hígado es el principal órgano encargado de la destrucción de las sustancias tóxicas. Esta función será tanto más eficaz cuanto mejor alimentado esté este órgano y menos debilitado por un aflujo de alimentos inadecuados y de sustancias nocivas. En efecto, basta que las enzimas desintoxicantes hayan sido empleadas para la destrucción de cuerpos tóxicos, bacterianos o medicamentosos, por ejemplo, para que la absorción suplementaria de dosis muy pequeñas de otros tóxicos, como los insecticidas, resulte nociva.

Al adoptar una alimentación sana y bien equilibrada -tal como la hemos descrito-, el hombre moderno tiene, de acuerdo con lo demostrado en la última parte de este libro, un excelente medio para defenderse, pero debe entenderlo así y hacer el esfuerzo necesario.

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