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PREMISAS Y CARACTERÍSTICAS DEL DESARROLLO PSÍQUICO EN LA NIÑEZ

Neonato (desde el nacimiento hasta uno o dos meses). El niño nace más desvalido que la cría de la inmensa mayoría de los animales. Posee una base relativamente limitada de formas de conducta exactamente reflejo-condicionadas y de adaptaciones al medio exterior. Figuran entre ellos los reflejos que regulan las diversas funciones fisiológicas: reflejo de succión, reflejos defensivos y de orientación, así como algunos reflejos motores especiales, reflejos prensor y de apoyo, reflejos de desplazamiento, etcétera. Todos ellos son regulados por los centros nerviosos cerebroespinales y sub-corticales que, al igual que los órganos de los sentidos del niño, maduran en grado suficiente hacia el momento del nacimiento. El neonato responde a muchas influencias externas con movimientos globales, indiferenciados, de los brazos y las piernas. La corteza de los grandes hemisferios aún no se ha formado por completo: las células nerviosas casi no tienen ramificaciones y las vías de

conducción no están cubiertas por envolturas mielínicas protectoras. Esto conduce a una amplia irradiación de la excitación y dificulta la formación de reflejos condicionados. La falta de una considerable cantidad de formas innatas de conducta no constituye la debilidad, sino la fuerza del niño: dispone así de posibilidades casi ilimitadas para asimilar la nueva experiencia, para adquirir nuevas formas de conducta inherentes al hombre.

La condición imprescindible para que madure normalmente el cerebro en este período es el funcionamiento activo de los analizadores. Si el niño cae en un estado de "aislamiento sensorial" (falta de una cantidad suficiente de impresiones exteriores), su desarrollo se retarda en forma notoria. La característica distintiva del desarrollo del neonato es que la actividad de sus analizadores se forma con mayor rapidez que los movimientos somáticos (corporales), a la vez que es particularmente intensiva la formación de la actividad de los analizadores superiores: la vista y el oído. Sobre esta base se opera el desarrollo del reflejo de orientación y comienzan a estructurarse vínculos reflejo condicionados cada vez más diversos. Ya en los primeros diez días de vida en muchos neonatos aparece el reflejo condicionado a la postura alimentaría. En los primeros dos meses pueden formarse reflejos condicionados en todos los analizadores.

El desarrollo del reflejo de orientación se expresa en que aparece la concentración visual y auditiva, momento en el cual se inhiben los movimientos impulsivos y caóticos. Mientras que en los primeros días posteriores al nacimiento los estados de sueño y vigilia aún están poco diferenciados, al finalizar el período de neonatalidad (hacia los dos o tres meses) se produce la división de los mismos y la vigilia adquiere un carácter más rico y activo. La naciente actividad psíquica se manifiesta en la represión de la actividad motriz impulsiva

Hacia los dos o tres meses aparecen en el niño formas particulares de reaccionar ante los adultos. La criatura diferencia al adulto como intermediario imprescindible en el contacto con el mundo circundante y como origen de la satisfacción de sus necesidades - poco a poco se va elaborando en el niño una reacción motriz emocional específica a la aparición del adulto, a la que se denomina "conducta compleja de animación". Este complejo se expresa en tempestuosos movimientos de brazos y piernas.

El niño concentra la mirada en el rostro de la persona que se inclina sobre él y le sonríe. La aparición de esa conducta se ha dado en considerar como el final del período neonatal y comienzo de la lactancia.

El lactante y el adulto (límites de la lactancia: de uno-dos meses a un año). En opinión de algunos investigadores burgueses, durante los primeros meses de su vida el niño es un ser asocial que vive en un mundo cerrado. Por eso consideran que el grito del recién nacido es una protesta ante una realidad extraña y hostil que lo enfrenta. Así, el psicólogo austriaco Sigmundo Freud (1856-1939) aprecia el grito del niño que viene al mundo como un grito de la angustia que éste vive en el momento en que se separa del organismo materno. Según Freud desde ese momento surge un conflicto permanente entre las necesidades instintivas y las exigencias de la vida en sociedad. Freud pinta un cuadro pesimista según el cual esos conflictos trasforman la vida psíquica en un perpetuo drama.

Esta idea de Freud ha influido en los primeros trabajos de Piaget, quien consideraba que el niño desde el momento de su nacimiento hasta los dos años está desgajado por completo de la realidad: su mundo interior se limita a la capacidad innata de satisfacer sus necesidades no en el mundo real, sino en sus propios sueños, en las vivencias oníricas.

Estas tesis de Freud y Piaget fueron sometidas a una seria crítica. El investigador progresista francés Henri Wallor (1879-1962) considera que la motivación psicológica del grito como presentimiento o lamento por algo no es más que un mito.

La tesis de Piaget relativa al aislamiento inicial de la vida psíquica fue criticada en su tiempo por Vigotski, y posteriormente por otros psicólogos soviéticos.

Innúmeros datos obtenidos por investigadores soviéticos y autores progresistas de otros países demuestran que la vida del lactante depende por entero del adulto. Este satisface las necesidades orgánicas de la criatura: la alimenta, la baña, la cambia de posición. El adulto satisface también la necesidad del niño de una vida psíquica activa: el lactante se anima visiblemente cuando lo toman en brazos. Al trasladarse en el espacio con ayuda del adulto, el niño tiene la posibilidad de ver una mayor cantidad de objetos, de observar el

desplazamiento de uno con respecto a otro, lo que forma su experiencia sensorial. Asimismo parten del adulto las impresiones auditivas y táctiles.

Vigotski señalaba que la relación del niño con la realidad es desde el comienzo una relación social. Indicaba que el niño puede ser llamado en este sentido el ser social por excelencia: toda su vida está organizada de tal manera que en cualquier situación está presente -visible o no- otra persona.

El adulto actúa respecto del niño como intermediario en su comunicación con el mundo objetivo. A menudo el niño comienza a manipular intensamente un objeto en presencia del adulto, pero su interés decae cuando el adulto no está a su lado. La forma básica de comunicación del niño con el adulto se convierte paulatinamente en una actividad conjunta cuando la actividad del niño es estimulada por las acciones del adulto y cuando aquel llama a éste a actuar conjuntamente. Las relaciones sociales del niño se van desarrollando en el curso de toda la lactancia.

Dentro de la comunicación también aparecen las primeras premisas del lenguaje. Ya en el segundo mes se observan los primeros signos del balbuceo, en el que posteriormente, a través de la imitación, surgen los fonemas de la lengua natal. Hacia el final del primer año el lactante comienza a comprender algunas palabras. Esta comprensión se manifiesta en que el niño vuelve la cabeza hacia el objeto que le nombran o realiza la acción que el adulto le menciona. Al mismo tiempo, empieza a pronunciar las primeras palabras. Por consiguiente, en el proceso de la comunicación con el adulto, por una parte, surgen y evolucionan permanentemente las necesidades del niño (entre ellas tiene un importante significado la necesidad de comunicación: "hambre emocional"; por otra parte, surgen las posibilidades de satisfacerlas.

Sería inexacto suponer que al principio el niño madura y luego se lo educa y enseña. Todos los tipos de conducta, todos los caracteres y capacidades psíquicos que son propios del hombre, el niño los adquiere gracias a que ya en la primera infancia le enseñan a caminar, a manejar objetos, a ver, escuchar, observar, reconocer y recordar. Por supuesto que en la lactancia lo más común es que se enseñe al niño de un modo no intencional, espontáneo.

Si por obra de la casualidad un cachorro humano es separado del entorno humano, su desarrollo no se eleva hasta las posibilidades humanas. Sólo gracias a la influencia del medio social y de una enseñanza especial se forma, a partir del niño, una personalidad capaz de sentir y pensar humanamente. El adulto es aquí intermediario entre el niño y la sociedad humana en su conjunto. Al vivir entre hombres, recibiendo de ellos en forma constante nuevos conocimientos, el niño adquiere una tendencia creciente hacia el saber. Los reflejos de orientación del lactante se trasforman en curiosidad. El interés del niño se orienta hacia todo lo que lo rodea. El fisiólogo ruso I. P. Pavlov (1849-1930) calificó ese tipo de curiosidad como "desinteresada" por cuanto no está vinculada a la satisfacción inmediata de necesidades orgánicas.

DESARROLLO PSÍQUICO DEL LACTANTE

Durante su primer año el niño logra grandes progresos en el desarrollo de los movimientos y de la formación de los procesos y cualidades psíquicos. Aprende a sostener la cabeza, a sentarse, a arrastrarse, y, por último, a adoptar la posición erecta y a dar alguno pasos. En el tercero o cuarto mes comienzan a desarrollarse lo movimientos prensores. El niño se estira hacia un objeto brillante que le llama la atención, tiende hacia él la mano, intenta tomarlo. Inicialmente estos movimientos no son lo bastante coordinados: el lactante suele equivocarse, fallar. Pero poco a poco los movimientos se hacen más precisos, concordando con la ubicación espacial, las dimensiones y la forma de los objetos que lo atraen. Este tipo de actividad motriz tiene una enorme significación. Gracias a ella, el niño adquiere una serie de hábitos motores imprescindibles. Además, la adaptación práctica a las propiedades de los objetos hace que éstas comiencen a ser diferenciadas en la percepción visual. Mientras que al principio el niño realiza acciones de orientación externas, adaptando la posición de las manos a las propiedades de los objetos mediante multitud de pruebas, más adelante estas acciones se interiorizan pasan al plano de la percepción visual.

Junto con la formación de la prensión surgen y se desarrolla sencillas manipulaciones con objetos: los sacude, los golpea, los arroja, etcétera. Al cumplir esas acciones, el niño se familiariza con innumerables propiedades de las cosas. Tras las impresiones fluyentes y cambiantes comienza a aparecer el mundo de los objetos permanentes, que existen independientemente de él.

La percepción adquiere objetividad y constancia

Durante la lactancia se modifica el carácter de la actividad psíquica del niño, aparece la tendencia a una actividad intencional. Se van creando todas las posibilidades para reproducir los movimientos casuales. Aunque estos movimientos tampoco son previstos por el niño antes de realizarlos, la criatura se torna capaz de repetir intencionalmente un movimiento a fin de ver cambiar en consecuencia el medio que lo rodea.

Hacia el final de la lactancia los niños revelan un gran poder de imitación repitiendo muchas acciones que realiza el adulto.

Las acciones intencionales y la imitación atestiguan la presencia de un intelecto que se desarrolla intensamente. En efecto después de que los niños comienzan a actuar deliberadamente con los objetos (golpear, sacudir, hacerlos girar) después de que logran cierto éxito en la imitación de los actos más simples de los adultos, resulta posible descubrir en las acciones infantiles manifestaciones elementales de pensamiento. En la propia manipulación objetal surge para el niño una situación problemática que también intenta resolver mediante la manipulación del objeto. Dicho de otro modo, en la manipulación objetal surgen y se resuelven situaciones problemáticas elementales. Por consiguiente, el niño aprende a pensar en las acciones, imitando sus propios movimientos y también los ajenos.

Características de la temprana infancia

Principales progresos de la temprana infancia (de uno a tres años). En la ontogénesis, durante períodos de tiempo iguales, la psiquis del hombre atraviesa diferentes "distancias" en el desarrollo. Las transformaciones cualitativas que experimenta la psiquis del niño durante los primeros tres años son muy significativas. Por eso muchos psicólogos, al reflexionar sobre cuál es el centro del camino que recorre el desarrollo del hombre desde el momento del nacimiento hasta la edad adulta, lo relacionan con los tres años.

Una criatura de tres años es capaz de atenderse sola, sabe entrar en relación con las personas que la rodean. A la vez, no sólo domina las formas verbales de la comunicación,

sino también formas elementales de conducta. El niño de tres años es bastante activo, entiende a quienes están, a su alrededor, es bastante independiente.

El desarrollo de la psiquis infantil desde un año hasta los tres años depende de un conjunto de factores.

Ejerce una considerable influencia sobre el desarrollo psíquico del niño el dominio de la marcha erecta. Al final de la lactancia, el pequeño comienza a dar los primeros pasos. La traslación en posición vertical es algo difícil para él. Las pequeñas piernas se apoyan con gran dificultad. El programa de locomoción aún no se ha conformado y por eso pierde a cada momento el equilibrio. ¿Qué es lo que lo obliga a superar el temor que le provoca una caída y empeñar esfuerzos una y otra vez para dar esos primeros pasos? Un importante estímulo es la sensación muscular que surge durante la marcha y que proviene de los músculos actuantes de piernas, brazos, espalda y de todo el cuerpo. Puede decirse que el sentimiento de dominar el propio cuerpo constituye una especie de autogratificación para el niño. Su intención de caminar es reforzada asimismo por la posibilidad de alcanzar el fin que desea, y por la participación y aprobación de los adultos. Muy poco después de los primeros tímidos pasos comienza a formarse la capacidad para realizar movimientos armónicos en línea recta. En su segundo año, el niño se busca con enorme entusiasmo obstáculos cuando camina. Las dificultades y su superación provocan en el pequeño estados emocionales positivos.

La capacidad de desplazarse es una adquisición física que tiene consecuencias psicológicas. Gracias a ella el niño entra en una etapa de contacto más libre y autónomo con el mundo exterior. El dominio de la marcha desarrolla la capacidad de orientarse en el espacio. La sensación muscular se convierte en una medida que permite registrar la distancia y la ubicación espacial de un objeto. Esto se logra mediante el funcionamiento conjunto de la vista, la cinestesia y el tacto. Acercándose al objeto que mira el niño asimila en la práctica su dirección y alejamiento.

Como puede trasladarse, le resulta posible ampliar mucho el conjunto de cosas que se convierten en objetos de su conocimiento. Se torna capaz de manipular los objetos más diversos que antes sus padres no consideraban necesario ofrecerle. Los nuevos objetos

involucran nuevos modos de exploración y revelan al pequeño propiedades de las cosas y nexos entre ellas que antes estaban ocultos para él.

En el desarrollo psíquico del niño influye considerablemente el desarrollo de las acciones objetales. La manipulación propia de la lactancia, comienza a ser sustituida en la primera infancia por la actividad objetal. El desarrollo de ésta, está ligado a la asimilación de modos de manejar los objetos que han sido elaborados por la sociedad. Para el hombre los objetos tienen un significado fijo, permanente, los hombres, a diferencia de los animales, viven en un mundo de cosas permanentes. Como es sabido también el mono puede beber de un jarro. Pero para el animal los objetos tienen un significado circunstancial: si el agua se vierte en un jarro, el mono beberá de él, si está en un bidón lo hará del bidón, si está en el suelo, beberá del suelo.

El niño aprende de los adultos a orientarse hacia el significado permanente de los objetos que ha sido fijado por la actividad humana. El mundo de objetos que rodea al niño: muebles, ropas, vajilla, juguetes, son objetos que poseen determinado significado en la vida de la gente. El significado de las cosas también lo comprende el niño en la primera infancia.

El contenido fijado en el objeto no se da por sí solo al niño. Este puede abrir y cerrar infinidad de veces la puertita de un armario, así como golpear largo tiempo con una cuchara en el piso, pero esa actividad no le posibilita llegar a conocer el destino de los objetos. Las propiedades funcionales de los objetos se le revelan al pequeño a través de la influencia educativa y formativa de los adultos. El niño reconoce que las acciones con objetos diversos tienen un grado diverso de libertad. Algunos objetos, por sus propias características exteriores, exigen un modo de acción rigurosamente determinado (figuran entre ellas acciones concordantes del tipo: cerrar cajas con tapas, ensartar anillas en pirámide, armar las legos, etcétera). En otros objetos, el modo de acción está rígidamente fijado por su destino social: se trata de los objetos-instrumentos (cuchara, lápiz martillo). Es importante destacar que precisamente el dominio de las acciones concordantes e instrumentales ejerce la influencia más esencial sobre el desarrollo psíquico del niño. Carece de toda importancia el que la cantidad de objetos-instrumentos que domina el niño en la primera infancia sea relativamente pequeña. La cuestión no reside en la cantidad, sino

en que son estos objetos los que van formando en él la orientación a buscar en cada nuevo objeto-instrumento su destino específico.

Hacia el final de la primera infancia (en el tercer año de vida) comienzan a estructurarse nuevos tipos de actividad. Alcanzan formas amplias más allá del límite de esta edad y paulatinamente comienzan a determinar el desarrollo psíquico. Son el juego y los tipos productivos de actividad (el dibujo, el modelado, la construcción). Es preciso tener en cuenta la significación que adquirirán estos tipos de actividad en el futuro y crear las condiciones para que se formen ya en la primera infancia.

El cúmulo de impresiones extraídas de la actividad objetal sirve de base al desarrollo del lenguaje infantil. Sólo cuando tras la palabra están las imágenes del mundo real, se logra la asimilación de esa palabra. El dominio del lenguaje trascurre vinculado al constante desarrollo de la necesidad de comunicación que ha surgido ya en la lactancia. El contacto verbal aparece cuando se exige al niño capacidad para la comunicación, es decir, cuando los adultos lo comprometen a hablar de un modo inteligible y a expresar con palabras sus pensamientos dentro de lo posible con claridad. Si los adultos captan cada deseo del niño, no aparece en él el estímulo necesario para desarrollar el lenguaje. La primera infancia es un período crucial para el desarrollo del lenguaje: precisamente en esta etapa la asimilación del lenguaje se opera con la máxima efectividad. Si por cualquier causa el niño se ve privado durante estos años de las condiciones necesarias para desarrollar el lenguaje, posteriormente resulta muy difícil reparar lo perdido. Por eso a los dos o tres años es necesario ocuparse intensamente del desarrollo verbal del niño.

Durante la actividad conjunta con los adultos, ya en la primera infancia el niño comienza a comprender el vínculo que existe entre las palabras pronunciadas y la realidad concreta que ellas expresan. La aptitud de referir las palabras a los objetos y acciones que designan no surge en forma repentina. La capacidad de relacionar el lenguaje del adulto y las propias