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C. Empirical Analysis

1. Model Specifications

1.1. Gini Coefficient Regression

acuerdo con el paradigma en el que estén situados. Los primeros estudios

espaciales en arqueología apuntaban a investigar el lugar físico en el que se

desarrollaban las acciones sociales y culturales de los grupos humanos. Se ha

propuesto que la primera generación de estudios arqueológicos de tipo espacial

tendió a reducir el espacio a un factor limitante del desarrollo de las

comunidades, casi generando una analogía con los análisis de la territorialidad

animal (Parcero Oubiña 2002) según la cual, es la disponibilidad de recursos lo

que condiciona las formas de vida. Como respuesta crítica a estas ideas, el

propio concepto de espacio se fue reformulando a lo largo del tiempo,

entendiéndose entonces como una conjunción del medio natural y de la acción

social, que podía evaluarse principalmente a través de su organización

económica. De acuerdo con esta postura, el espacio no sería simplemente una

precondición de la acción social sino parte de ella.

En la década de 1980, la concepción del espacio se benefició con la introducción de los puntos de vista denominados contextuales (Roper 1979; Davidson y Bailey 1984), que modificaron algunos conceptos básicos, de manera que el espacio dejó de ser pensado únicamente como un objeto fruto de prácticas sociales materiales, como la producción o la territorialidad (Parcero Oubiña 2002). Además, algunos autores como Tilley (1994) y Criado Boado (1993), sostuvieron que la comprensión del espacio deriva también de prácticas sociales imaginarias, y que se lo puede concebir no sólo como producto social, sino como creación cultural. De acuerdo con esto, los grupos humanos construyen un espacio a través de su acción social y lo imaginan por medio de su acción cultural (Bermejo Barrera 1992, en Parcero Oubiña 2002). Así, el paisaje sería resultado de la conceptualización del espacio, es decir, el espacio pensado. Por ello, estos investigadores proponen que el objeto de trabajo de la Arqueología del Paisaje, en tanto marco teórico-metodológico, es más amplio que el

56 mero espacio. El paisaje es un producto dinámico de la acción social y el resultado de la superposición de numerosos paisajes sucesivos (Ingold 1993), es dinámico y se reconstruye todo el tiempo. En términos de Parcero, el paisaje es “manifestación de y medio para acercarnos a los sistemas sociales” (Parcero Oubiña 2002:16).

Por su parte, Criado Boado (1999:5) definió al paisaje como un "producto socio-cultural creado por la objetivación, sobre el medio y en términos espaciales, de la acción social, tanto de carácter material como imaginario". Si trasladamos esta definición a la de Patrimonio Arqueológico, las analogías son muy significativas: el PA es un producto socio-cultural, creado por mecanismos de valoración social y selección, está anclado necesariamente a un espacio dado, e integra un contexto cultural, por lo que se encuentra cargado de significados.

Así pensado, el concepto de “paisaje” tendría diferentes dimensiones: a) la

dimensión ambiental, que es la materia prima a partir de la cual se construye un paisaje; b) la dimensión económica, que correspondería al efecto de la acción humana sobre el espacio y el resultado de estrategias de producción para la reproducción de la comunidad; c) la dimensión socio-política, que refiere a las relaciones interpersonales e intercomunitarias que operan en la construcción material del paisaje y d) la dimensión simbólica, que supone el más complejo de los componentes porque representa la forma de conceptualizar e imaginar el espacio por parte de un grupo social, pero la reconstrucción de un paisaje dado es siempre incompleta sin esta última dimensión (Parcero Oubiña 2002:18).

De todo lo previamente expuesto puede deducirse que la Arqueología del Paisaje analiza el registro arqueológico como a un conjunto de elementos que está constituido dentro de una matriz espacial (Criado Boado 1999), que se encuentra implicado en el paisaje y que participa del mismo. En este sentido, el paisaje no es sólo contexto, sino también objeto de estudio (Parcero Oubiña 2002). Fábrega (2004: 9) sostuvo que no resulta efectivo intentar comprender a una sociedad sin comprender previamente su espacio (domesticado, humanizado y, por lo tanto, pensado). Este investigador propuso una definición de “territorio” en tanto concepto que marca los límites de escala que el de “espacio” no tenía. De esta manera, una investigación de ámbito territorial analiza un municipio o una provincia, pero no una unidad doméstica (de pequeña escala espacial), ni un continente (de gran escala espacial).

En este trabajo de tesis, el paisaje es la unidad de análisis del patrimonio arqueológico, mientras que el concepto de territorio se selecciona porque ofrece dos ventajas: 1) una escala de cierta flexibilidad en términos de dimensión espacial y 2) una manera directa de introducir el tema del ordenamiento territorial y su relación con el PA.

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La ordenación del territorio es

“el estudio interdisciplinario y

prospectivo de la transformación óptima del espacio regional y de la

distribución de esta transformación y de la población total entre núcleos

urbanos con funciones y jerarquías diferentes, con vistas a su integración en

áreas supranacionales” (G. Sáenz de Buruaga 1969 en Pujadas-Font, 1998: 11).

El Patrimonio Arqueológico constituye uno de los recursos territoriales más

afectados por la inadecuada gestión del medio y, sin embargo, su integración en

los documentos de planificación territorial no es todo lo eficaz que cabría esperar

en función de los potenciales riesgos a los que está sometido. La importancia de

incluir al PA en estudios de ordenamiento territorial estaría basada en la idea de

que el paisaje se gestiona con una lógica contemporánea, pero teniendo en

cuenta un uso (físico, social y simbólico) pasado.

3.6. El paisaje como Patrimonio

El paisaje es una construcción cultural que constituye una expresión de la relación ideal entre la gente y su tierra, aunque la naturaleza de ese ideal depende de la cultura, del tiempo y del espacio. Por eso, la aproximación contextual es importante para observar qué es lo que se define o selecciona como patrimonio y por qué. En general, los paisajes que la gente decide identificar como patrimoniales son poderosos indicadores de su sentido de identidad (Kirby 1996). Así entendida, la práctica de la gestión del patrimonio cultural no sólo implica el manejo de la herencia de objetos materiales sino, además, la herencia social en términos de valores e ideas acerca del pasado. En este sentido, el patrimonio incluye tanto elementos tangibles como intangibles, ya que ambos están íntimamente relacionados. Por esta razón, cualquier estrategia de gestión del patrimonio cultural material debería también contemplar la importancia de velar por el mantenimiento de la relación con los aspectos inmateriales asociados (Hall et al. 1996).

El paisaje es un aspecto primario del patrimonio común, que necesita ser comprendido, democratizado y manejado de forma sustentable (Clark et al. 2004). De acuerdo con la definición de la UNESCO, el “paisaje cultural” es

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una realidad compleja, integrada por componentes naturales y culturales, tangibles e intangibles, cuya combinación configura el carácter que lo identifica como tal, por ello debe abordarse desde diferentes perspectivas. Se trata del resultado de la acción y la interacción de factores naturales y humanos que ilustran la evolución de las sociedades a lo largo del tiempo. En ellos los valores materiales e inmateriales, así como la dinámica histórica, adquieren gran importancia, superándose la visión tradicional del patrimonio centrada en la materialidad y el valor histórico.

En el Convenio Europeo del Paisaje (Consejo de Europa 2000), por ejemplo, se propuso al paisaje como la unidad primaria de análisis del patrimonio común europeo,

“el cual requiere de un abordaje amplio y comprensivo de todos sus aspectos, de la participación democrática y de un manejo sustentable” (ver Convenio Europeo del Paisaje). Se postula, de este modo, que el desarrollo sostenible debe basarse en una relación equilibrada y armoniosa entre las necesidades sociales, la economía y el medio ambiente, y que paisaje desempeña un papel importante de interés general en el campo cultural, constituyendo un recurso favorable para la actividad económica.

Asimismo, el paisaje contribuye a la formación de las culturas locales y que es un componente fundamental del patrimonio natural y cultural, que contribuye a la consolidación de la identidad. Se considera al paisaje como un elemento clave del bienestar individual y social, por lo que su protección, gestión y ordenación implican derechos y responsabilidades para todos (Consejo de Europa 2000).

Esta caracterización de los paisajes culturales o históricos considera todos los aspectos naturales y culturales, antiguos y modernos. Uno de los puntos fundamentales que la distinguen es que tiene en cuenta las percepciones de las comunidades locales, y no sólo la opinión experta. Así, los paisajes son interpretados de manera subjetiva, y no sólo descriptos de forma objetiva. A su vez, una característica de los paisajes es su dinamismo, ya que han sido modificados por cientos de años de cambios sucesivos. Por esto, los paisajes arqueológicos no son fósiles detenidos en el tiempo, sino espacios dinámicos que contienen historia.

3.7. Comentarios finales

En este capítulo se sintetizaron los conceptos operativos que van a ser utilizados a lo largo del trabajo. Se busca, de este modo, encontrar una metodología para la gestión que tome lo mejor de cada perspectiva y maximice las posibilidades de arribar a una propuesta factible de ser aplicada al Patrimonio Arqueológico regional. De este modo, se busca generar un método de trabajo en el que convivan la rigurosidad procesualista en lo que refiere al registro

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arqueológico per se y lasensibilidad postprocesualista en lo que respecta a la esfera social y simbólica que también encierra el registro material. Esta combinación se vuelve muy útil a la hora de desarrollar estrategias de gestión.

Desde el punto de vista del abordaje espacial de la información, particularmente, se puede observar que los mapas constituyen extremas simplificaciones de una realidad sumamente compleja. Los paisajes culturales congregan en su fisonomía atributos del presente y del pasado, tanto materiales como inmateriales. En este sentido, tanto el mapa en sí mismo como la capacidad de comprender todo lo que contiene ese paisaje son estratégicamente útiles a la hora de desarrollar estrategias de gestión. Estas últimas deberían ser lo suficientemente concretas y factibles de ser llevadas a cabo por cualquier ente gubernamental interesado en incluir al Patrimonio Cultural del área en planes de ordenamiento territorial, por ejemplo. Pero, además, las estrategias de gestión no deberían subestimar la esfera valorativa que existe en torno a los temas de patrimonio, puesto que es la significación que reviste en la comunidad la que lo hace digno de ser preservado. El desarrollo tiene que acompañarse de políticas de gestión acordes a las necesidades del presente, pero de un modo tal que no se borre la historia de la que todavía dan cuenta los paisajes.

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CAPÍTULO 4