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uMBerto eco

(1995)

* Traducción y notas: Rocco Mangieri.

¿Ha existido realmente Don Quijote? Los historiadores nos dirán que no. Y sin embargo, si un estudiante de literatu- ra nos dijese que Don Quijote era un astrónomo que trabajaba en la corte de Alfonso, el sabio, en seguida lo sacaríamos de la clase, porque ha dicho algo que consideramos falso. Así que nos referimos a lo falso y a lo verdadero en relación con una persona de la cual el historiador diría: “es falso que haya exis- tido Don Quijote”. ¿Ha existido y existe todavía La Mancha, donde Don Quijote vivía? Los geógrafos nos dicen que sí. ¿El Don Quijote de Cervantes sería muy distinto si Don Quijote no hubiese nacido en La Mancha sino en otro lugar de Castilla, y si además no se hubiese llamado Don Quijote sino Aureliano Buendía? Creo que no. Sin embargo, el Quijote nació en La Mancha, se llamaba así y estos dos “hechos” no están en dis- cusión. Era un derecho absoluto de Cervantes hacerlo nacer en aquella comarca y con aquel nombre ¿pero, hubiese sido un derecho absoluto de Cervantes decir que La Mancha se en- cuentra en Galicia? Hubiera podido, pero nosotros leeríamos su libro con cierto malestar porque tendríamos la impresión de que nos relatan algo falso (y naturalmente no les digo lo que le ocurriría a un estudiante que, en un examen de geogra- fía, dijera que La Mancha se encuentra en Galicia).

En el transcurso de esta conferencia abordaré algunos problemas que podrán parecer ociosos. Las personas norma- les no están acostumbradas a hacerse preguntas tales como: “¿Se puede decir verdaderamente que Hamlet era soltero?” Las personas normales saben que Hamlet era soltero, y si alguien viene a decirles que había desposado a Ofelia le responderán que está loco o no conoce bien la obra de Shakespeare. Pero es posible que una persona normal entre en crisis frente a una pregunta como: “¿Sería más verdadera la soltería de Hamlet que la de San Luis Gonzaga?” Me gustaría hacer una encuesta entre los presentes y estoy seguro de que oiríamos unas muy interesantes respuestas.

Este tipo de preguntas es, por otra parte, muy común entre los estudiosos de Lógica y de Filosofía del Lenguaje. No hay que pensar que a ellos les interese algo relativo a Hamlet o a los otros personajes pertenecientes a las novelas que citan (como aquel célebre soltero que encontramos siempre en estas cuestiones, el conocido Sherlock Holmes); o mejor, ellos no es- tán interesados en los problemas de la narrativa y asumen la existencia de las obras de ficción o novelescas como un dato de hecho sobre el cual no reflexionan más de lo normal. Están por el contrario muy interesados en definir un concepto de verdad en el mundo real, en el mundo de nuestra experiencia cotidiana o en el universo de las proposiciones científicas, y utilizan los mundos ficcionales y novelescos como ejemplos de mundos irreales con respecto a los cuales poder confrontar las afirmaciones que nosotros hacemos sobre el mundo real.

En el contexto de la reflexión sobre la noción de lectura de un texto narrativo, me interesa entender cuáles son los ti- pos de presupuestos y creencias que una novela presume con respecto al lector o, incluso, le impone asumir. Entender este punto (entender qué es lo que una novela solicita como el sa- ber del lector) es muy importante para estudiar el problema de la lectura, el placer que produce y el saber que infiere.

Naturalmente no responderé a todas estas preguntas. Hoy solamente les expondré algunas breves indagaciones en el ámbito de la ontología de la narratividad. Para poder hacer- lo les pido, a pesar de tantas discusiones filosóficas, aceptar como induscutible el hecho de que el mundo real existe. No les

pido que profundicen en el plano ontológico y metafísico. El

mundo real es aquél que es descrito en las enciclopedias, en la cuales New York se encuentra sobre la costa este de los Es- tados Unidos y no en África, y Caracas se encuentra al sur de New York. Aun si como filósofos creyésemos que el mundo real es una ilusión de los sentidos, nosotros aceptaremos aquello que todos los otros creen acerca de él, por lo menos cuando, debiendo ir desde Caracas a New York, abordamos un avión que vaya hacia el norte y no un avión que vaya hacia Buenos Aires.

Creemos saber muy bien lo que significa decir que un enunciado es verdadero en el mundo real. Es verdadero el he- cho de que estamos en 1994 y que Napoleón murió el 5 de mayo de 1821. Respecto a este concepto de verdad se ha dis- cutido mucho sobre aquello que queremos decir cuando deci- mos que una afirmación es verdadera en un mundo noveles- co. La respuesta más razonable es que ella es verdadera en el marco del mundo posible de esa determinada historia. No es verdad que haya vivido en el mundo real un individuo llamado Hamlet, pero es verdad que (en el mundo posible de Hamlet) éste no desposa a Ofelia, así como también es verdadero que,

en el mundo posible de Gone with the wind1, Scarlett O’Hara

se casa con Rhett Butler. En el mundo de Hamlet cualquier pregunta sobre Scarlett O’Hara carece sencillamente de senti- do, así como también carece de sentido en nuestro mundo real preguntarse si es verdad que el ángulo recto hierve a noventa grados. Vivimos en un mundo donde los ángulos no hierven y Hamlet vivía en un mundo donde no existía Tara.

¿Pero estamos muy seguros de que nuestra noción de verdad en el mundo real está también tan claramente definida como la noción de verdad novelesca?

Nosotros pensamos que conocemos por experiencia el

mundo real y que depende de la experiencia el saber que hoy (la fecha de exposición de esta conferencia) y en este instante llevo una corbata de un cierto color. Sin embargo el que hoy

1. Lo que el viento se llevó, film de 1939 dirigido por V. Fleming sobre una novela de Margaret Mitchell. Protagonizado por Clark Gable y Vivien Leigh. (Nota del traductor).

sea (día tal, mes tal) es verdadero sólo en el marco del calen- dario gregoriano, y el hecho de que mi corbata tenga ese co- lor es verdadero solamente en el universo de discurso de una determinada teoría de los colores, de la misma manera que el hecho según el cual Scarlett O’Hara se casa con Rhett Butler es verdadero solamente en el universo de discurso de Gone

with the wind.

No quiero jugar al escéptico metafísico o al solipsista (aun considerando que Raymond Smullyan ha demostrado que el mundo está superpoblado de solipsistas). Sé muy bien que existen cosas que conocemos por experiencia directa y si alguno de ustedes me advierte que detrás de mí ha aparecido un armadillo, de golpe me voltearía para verificar si la noticia es verdadera o falsa y todos podríamos convenir que en esta sala no hay armadillos (al menos si compartimos las catego- rías de una taxonomía zoológica socialmente aceptada). Pero normalmente nuestra relación con la verdad es mucho más complicada.

Estamos de acuerdo en el hecho de que no existen arma- dillos en esta sala, pero en el transcurso de una hora esta ver- dad se volverá algo más discutible. Por ejemplo, cuando esta conferencia sea publicada, quien la lea aceptará la idea de que hoy en esta sala no hubo armadillos, no a partir de la propia experiencia, sino sobre la base de los mecanismos que yo haya empleado en la descripción de lo que aquí aconteció.

No es por propia experiencia que sé que Napoleón murió en el año de 1821. Es más, si debiera apoyarme en mi propia experiencia no podría ni siquiera decir que Napoleón existió (alguien incluso escribió un libro para demostrar que era un

mito solar) y no fue hasta el año pasado cuando pude saber, por experiencia, que existe una ciudad llamada Hong kong. Como nos enseña Putnam, existe una división social del tra- bajo lingüístico, que es también una división social del saber mediante el cual yo delego en otros el conocimiento de nueve décimos del mundo real, reservándome el conocimiento directo de un décimo de esa realidad. En junio del año pasado debía dirigirme a Hong kong y adquirí el pasaje seguro de que el avión iba a aterrizar en un lugar llamado Hong kong. Proce- diendo de esta forma logro vivir en el mundo real sin compor-

tarme neuróticamente (es más, sobre la base de esta confianza en el saber de los otros he adquirido el derecho de aprender por experiencia directa que Hong kong existe). He aprendido que con respecto a muchas cosas y eventos del pasado he podido confiar en el saber de los demás, reservándome las dudas para algún sector especializado del saber y, para el resto, confío en la Enciclopedia, es decir, en un saber global, maximal, del cual poseo únicamente una parte, pero al cual podría acceder ya que este saber constituye una inmensa biblioteca conformada por todas las enciclopedias y libros del mundo y de todas las colecciones de revistas, periódicos o manuscritos de todos los siglos, hasta incluir allí los jeroglíficos de las pirámides o las inscripciones en caracteres cuneiformes.

La experiencia y una serie de actos de confianza en rela- ción con los integrantes de una comunidad humana me han convencido de que aquello que la Enciclopedia global describe (no sin algunas contradicciones) representa la imagen satis- factoria de aquello que llamamos mundo real. Pero lo que quie- ro decir es que el modo según el cual aceptamos la represen- tación del mundo real no es distinto del modo según el cual aceptamos la representación del mundo posible presente en un texto de ficción.

Yo acepto que Scarlett O’Hara haya desposado a Rhett Butler del mismo modo que acepto que Napoleón haya despo- sado a Josefina. La diferencia está, obviamente, en el grado de esta confianza: la confianza que coloco en Margaret Mitchell es distinta de aquella que doy a los historiadores. Yo acepto que los lobos hablen únicamente cuando leo un cuento y por lo de- más, me comporto como si los lobos fuesen aquellos animales descritos en los manuales de Zoología. No me detengo a discu- tir las razones por las cuales confiamos más en los congresos de Zoología que en lo que nos dice Perrault. Estas razones existen y son muy serias. Pero decir que son serias no significa decir que son claras. Es más, las razones por las cuales creo en los historiadores cuando dicen que Napoleón se casó con Josefina son mucho más débiles que aquéllas por las cuales creo que Scarlett O’Hara se casó con Rhett Butler.

Sostengo que ninguna persona razonable, aun conside- rando que haya leído mal a Derrida, pueda poner en discu-

sión que si leemos Gone with the wind tiene que aceptarse como verdadera la proposición de que Scarlett se ha casado con Rhett. Mientras que es razonable reservarse la sospecha de que un día los historiadores, descubriendo nuevos docu- mentos en inéditos archivos, puedan probarnos que Napoleón no haya desposado a Josefina.

En Los tres mosqueteros se nos dice que Buckingham fue apuñalado por un tal Felton, quien era uno de sus oficiales, y por lo que yo sé, se trata de una noticia histórica. En Veinte

años después se nos dice que Athos apuñaló a Mordante, hijo de Milady, y ciertamente se trata de una verdad ficcional. Pero el hecho de que Athos haya apuñalado a Mordante quedará como una verdad indiscutible mientras exista en el mundo una sola copia de Veinte años después, e incluso si alguien en el futuro inventase un método interpretativo postdeconstruc- tivista. Mientras que hoy cualquier investigador serio estaría listo para renunciar a la idea de que Buckingham haya sido apuñalado por uno de sus oficiales, en el caso de que se des- cubriesen nuevos documentos reveladores en los archivos bri- tánicos. En ese caso, el hecho de que Felton haya apuñalado a Buckingham se tornará históricamente falso: pero todo ello no disminuye el hecho de que quedará narrativamente verdadero

en el mundo posible de Dumas2.

Más allá de otras importantísimas razones estéticas, pienso que leemos novelas porque ellas nos proporcionan la confortable sensación de vivir en un mundo en el cual la no-

ción de verdad no puede ser puesta en discusión, mientras el

mundo real parece ser un lugar mucho más insidioso.

Así que sugiero renunciar al uso de una noción de ver- dad en el mundo real como parámetro para definir la verdad

novelesca, y hacer lo contrario: usar el concepto de verdad no-

velesca como un parámetro seguro e indiscutible para poder indagar el concepto de verdad en el mundo real. Podríamos entonces decir que sería suficiente definir como verdadero en el mundo real todo aquello que tiene el mismo grado de certeza

2. La noción de mundos posibles ha sido estudiada y propuesta por Eco sobre todo en su libro Lector in Fabula (1979), edición castellana de editorial Lumen, Barcelona, España, 1981. (Nota del traductor)

y de control intersubjetivo que la noción según la cual Scarlett O’Hara se haya casado con Rhett Butler.

También un mundo novelesco puede parecer infiel al

mundo real. Podría aparecer como un ambiente confortable si se tratara únicamente de entidades ficticias. En este caso Scarlett O’Hara no constituiría problema alguno porque el he- cho de que ella haya vivido en Tara es más fácil de verificar que el hecho según el cual Napoleón haya fallecido en la isla de Santa Elena. Pero cada universo narrativo se funda, en di- versas medidas parasitarias, sobre el universo del mundo real que le sirve como fondo.

Sabemos desde la época de Coleridge que la regla funda- mental para enfrentar un texto narrativo es que el lector acep- te tácitamente un pacto ficcional con el autor realizando una suerte de suspensión de la incredulidad. El lector debe saber que aquello que le es relatado es una historia imaginaria sin por ello pensar que el autor miente. Sin embargo, si construir un mundo narrativo significa (como desea Searle) pedirle al lector fingir tomar algunas cosas como buenas, en definitiva se le pide también aceptar como fondo del mundo narrativo lo que el lector sabe acerca del mundo real.

Aparentemente una novela nos dice a un mismo tiempo: “Finge creer que existe un lobo que habla, una señora que se llama Emma Bovary, un señor que se llama Gregor Samsa y que se transforma en un insecto, una mujer mala que se llama Mylady de Winter”. Y a la vez nos ordena: “de resto, continúa creyendo en las leyes, en los eventos, en los individuos que caracterizan el mundo real. La Francia de Madame Bovary es la Francia del siglo XIX, el cuarto de Gregor Samsa está amue- blado como el tuyo y el Richelieu con quien se encuentra Mi- lady es el mismo de quien nos habla la Historia”.

Las historias de Nero Wolfe se desarrollan en New York y el lector acepta la existencia de personajes llamados Nero Wolfe, Archie Goodwin, Fritz o Saul Panzer, aun sabiendo que son invenciones de Rex Stout: es más, el lector acepta incluso que Wolfe habite en una casa de piedra de río ubicada sobre la calle treinta y cinco oeste, cerca del río Hudson. Podría ir a verificar si existe o si ha existido en los años en los cuales Stout ambientaba sus historias, pero normalmente no lo hace.

Y digo porque sabemos muy bien que van a la búsqueda de la casa de Sherlock Holmes en Baker Street, y me encuentro entre los que han ido a buscar en Dublín la casa de Eccles Street en la cual habría debido habitar Leopold Bloom. Pero estos son episodios de fanatismo literario que constituyen un divertimento inocente o tal vez conmovedor, pero muy distinto de la lectura de textos; para ser un buen lector de Joyce no es necesario celebrar el Bloomsday sobre las orillas del río Liffey.

Pero si aceptamos que la casa de Wolf estuviese allá don- de no estaba y no está, no podríamos en cambio aceptar que Archie Goodwin tomase un taxi sobre la quinta avenida de New York y le pidiese que lo llevara hacia Alexander Platz porque, tal como nos lo ha enseñado Doeblin, esta plaza se encuentra en Berlín. Y si Archie saliese de la casa de Nero Wolfe, cruzase la esquina y se encontrara de inmediato en Wall Street, esta- ríamos autorizados a pensar que Stout ha cambiado de género narrativo y quiere relatarnos un mundo como El proceso de kafka, en el cual k entra en un edificio ubicado en un punto de la ciudad y sale para encontrarse en otro punto. Pero en la historia de kafka debemos aceptar el hecho de que nos move- mos en un mundo no euclidiano, móvil y elástico, como si ha- bitáramos en un inmenso cheewing-gum mientras una cierta entidad misteriosa lo está masticando.

Parece por lo tanto que el lector debe conocer muchas, demasiadas cosas sobre el mundo real para poderlo asumir como fondo de un mundo ficcional. Si así fuere, un universo narrativo sería una tierra extraña: por un lado, en cuanto nos narra solamente la historia de algunos personajes en un lugar y tiempo definidos debería aparecer como un pequeño mundo, infinitamente más limitado que el mundo real; pero al contener al mismo tiempo el mundo real como fondo, anexándole única- mente algunos individuos, algunas propiedades y eventos, se vuelve más vasto que el mundo de nuestra experiencia.

En realidad, los mundos de la ficción son parásitos del

mundo real, pero colocan entre paréntesis la mayor parte de las cosas que sabemos sobre él y permiten concentrarnos so- bre un mundo finito y concluido, muy similar al nuestro pero más pobre. El autor no debe disponer de la totalidad de mundo

sugerencias sobre la cantidad de saber que él debe poner en obra para poder comprender el relato y, al mismo tiempo, pro- porcionarle informaciones, en los casos en los cuales no pue- da disponer de éstas, sobre algunos aspectos del mundo real que son indispensables para la comprensión de la historia.

Supongamos que Rex Stout nos diga en una de sus no- velas que Archie toma un taxi para hacerse conducir hasta el cruce de la cuarta con la décima calle. Supongamos ahora que sus lectores se dividan en dos categorías. De un lado están aquellos que conocen New York, de los que podemos desinte- resarnos porque están dispuestos a creer de todo. Pero mu- chos otros lectores, conocen que la estructura urbana de New York es como un mapa geográfico en donde las streets son las paralelas y las avenues los meridianos, pensarán que se