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1.3 Electrocatalysis

1.3.2 Hydrogen Evolution Reaction

Bioética. Dicho ethos es un tejido de valores que está en la base de los procesos sociales y los normatizan, como forma práctica de gestión cultural, a modo de trama simbólica que da identidad a un grupo humano.

Los valores son bienes espirituales que cada individuo va descubriendo intelectivamente, los asume libremente en la vida práctica con la anuencia de su comunidad de pertenen- cia, construye con ellos sus ideales de vida buena, a la vez que con la vivencia de dichos valores otorga sentido a su exis- tencia personal. Contrario a los valores, los antivalores no son bienes espirituales, aunque aparentemente se presenten como tales. La comunidad de pertenencia sirve de criba de los antivalores, pues estos terminan haciendo daño al individuo y a la comunidad, pues con ellos no se obtiene una vida buena ni sentido existencial. Generalmente los valores van en la línea del altruismo, y los antivalores en la del egoísmo. Con los valores nos construimos moralmente y con los antivalores arruinamos la vida propia y la del todo social. La muerte de una cultura y de una civilización depende de la prevalencia de antivalores históricamente acumulados que termina por hacer colapsar el ethos vital. En síntesis, los antivalores pro- ducen anemia espiritual en el individuo y en la sociedad.

La connotación actual que tienen los términos ética y mo- ral no es la misma tradicional, de estrecho parentesco semántico grecolatino, hecho que para el intento de funda- mentar una Ecología-humana a favor de la Ética civil no debe pasar desapercibido. Autores tan importantes como Engelhardt y López-Azpitarte (op.c. en bibliografía), continua- mente le dan a los conceptos de ética y moral un tratamiento no diferenciado. Otros autores, como Adela Cortina, prefieren separar estos conceptos.

En nuestra cultura occidental, muy marcada por el judeocristianismo y por la filosofía greco-romana, se tiende a identificar la ética con la moral teológica, bajo el supuesto de un universalismo de la fe cristiana que permearía todas las costumbres. Este equívoco histórico nos obliga a resignificar las palabras y pactar nuevos consensos para construir una ética civil “sin moral teológica”, como “mínimos éticos” válidos para todos los miembros de la sociedad secular y democrática contemporánea. Los valores civiles mínimos y comunes permi- ten la convivencia pacífica, la tolerancia de las diferencias y el respeto por todo tipo de vida, con base en el reconocimiento de la pluralidad cultural, étnica, religiosa, política, etc.

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Justamente la propuesta de Ecología-humana, al ser aconfesional, pero no opuesta a las confesiones religiosas, políticas y culturales que aporten un “plus” de sentido existencial al ethos vital, propicia de manera explícita la cons- trucción de una ética civil como convergencia de todas las fuerzas humanizantes de la sociedad. Una vez pactados los “valores mínimos” de convivencia, cada quien está en libertad de agregar “valores máximos” a la vida propia y de quienes los compartan, con los cuales enriquecen su ethos vital, pues este “plus” de sentido no va en contravía de aquellos valores míni- mos comprometidos con el todo social.

Tendríamos que agregar también que, las palabras moral y moralidad, además de la connotación de costumbridad reli- giosa no solamente cristiana, la filosofía y las ciencias socia- les se la han apropiado para decir con ella algo muy íntimo y específico del ser humano individual y colectivo. La moral de una persona y de un pueblo habla del temple espiritual que los caracteriza, de la jerarquía de valores propios de su cultu- ra, del modo muy particular de comportarse y de los ideales o proyecto de vida que dan contorno a su ethos vital. En este sentido filosófico y sociocultural asumimos los términos mo- ral y moralidad en este libro. Más adelante tendremos que usar el concepto “sujeto moral”, a favor de la definición de “persona”, y será claro que el rigor de la filosofía nos dará una mano para entender lo que queremos decir con “Ecología- humana” como metáfora moral articuladora de naturaleza y cultura.

El ser humano es la única especie sobre la tierra dotada de sentido ético, dada su naturaleza imperfecta y su reclamo óntico de perfectibilidad. Según el pensamiento aristotélico, todos los seres diferentes al humano ya son perfectos, ya son como son y no pueden ser diferentes, obran de acuerdo con su naturaleza y en esto consiste su perfección y dignidad. Por tanto, sus acciones no están dotadas de moralidad ni de ética porque carecen de voluntad y de libertad para el cambio, pues- to que no necesitan mejorar lo que son, ya que son lo mejor de lo que pueden ser y lo realizan siendo como son. Tratándose del ser humano, imperfecto, Aristóteles no duda en proponer el aprendizaje de la ética para su perfeccionamiento. Y se tra- ta de algo que hay que aprender a lo largo de la vida, luego también hay que enseñar la ética, pues no nacemos éticamente aprendidos.

En el mundo de la vida, que se mueve en la experiencia polivalente del acontecer psicobiológico, en relaciones

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