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COLLABORATION PROGRAM (ICP) IN GOVERNMENT PROCUREMENT

CHAPTER 3 ICP IMPLEMENTATION

Después de haber establecido tanta camaradería con todos los indios, después de jugar y cantar con ellos y enseñarles canciones en inglés, Silvia comenzó a demostrar que la monotonía la iba sitiando.

Empezó por dar pequeños paseos sola, cerca del campamento. Le pidieron que no se alejara mucho, o de lo contrario que se hiciera acompañar por un indio de confianza. La mujer de fray Calabaza, como la llamaban, había caído en gracia a todos, y al mismo tiempo sentían verdadero placer en servirla. Miraba lo que hacía Gum y, viéndolo ocupado, esperaba pacientemente que terminara su tarea, aunque no dejaba de protestar:

—Honey, tú no me prestas la menor atención. En plena luna de miel me cambias por cualquier indio.

—Querida, no se trata de eso. No hay nadie en el Puesto que entienda de farmacia, y no cuesta nada dar una mano a los demás. Pronto estaré libre.

Le rodeaba la cintura y olía sus cabellos con placer.

—¿Por dónde quieres pasear? ¿Te sientes medio abandonada, desde que los txucarramáes se fueron?

—¡Qué raro!, ¿no, Gum? —¿Qué cosa?

—Ellos. Se mostraron tan amigos, tan simpáticos, y se fueron de madrugada, sin siquiera decirme adiós.

—Son como la lluvia y el viento. Forman parte de la selva. Llegan cuando quieren y parten de la misma manera. Cosas de indios. Aunque hay excepciones, en realidad casi todos son así. ¿Qué quieres hacer?

Se desprendió de sus brazos.

—Dar un paseo por la selva. El día está muy caliente y dentro de la selva debe haber mucha sombra y mucha frescura.

—Iremos, pero después no vayas a protestar por las garrapatas y los mosquitos. —¡Vaya! Ya vienes tú a arruinarme el placer.

Silvia estaba llena de melindres y de constantes caprichitos.

—Tomaré un arma e iremos a ver la selva a nuestro gusto. Volvió con la carabina y la camisa para resguardarse de los bichos del mato.

—Bien, ¿hacia dónde vamos?

Ella señaló en dirección al Sudeste. Una vaga contrariedad apareció en el rostro de él. —¿Qué pasa?

—Nada.

—¡Pusiste una cara!

—¡No le des importancia, vamos!

Caminaron en silencio. Él iba pensando: «Quizás ella no quería ir exactamente hacia allí ¿No habrá descubierto sola aquella parte de la selva?»

Cruzaron el campo de aviación y el silencio continuaba entre los dos. —¿Qué es eso, Gum?

—¿Qué cosa, mi amor?

—Parece que no sientes ningún placer en pasear conmigo. ¿Estás comenzando a cansarte de mí?

—¡Qué tontería, Silvia! Estoy un poco cansado porque tuve un trabajo loco, poniendo orden en la farmacia. ¿Viste cuánta gente apareció?

—Sí.

Enmudecieron de nuevo, pero Silvia no esperó mucho tiempo. —¿Por qué no quieres ir adonde te mostré?

—Hay una parte de la selva que me recuerda cosas tristes. No me gustaría volver allí.

—Estaba segura de eso. Basta que yo quiera una cosa para que, en seguida, tú resuelvas querer lo contrario.

Esas discusiones estériles cansaban realmente. Sin querer, volvía a pensar en Paula, tan libre de aquellas pequeñas cosas mezquinas. La adorada loquita debería de estar, como ella misma decía rodando por París. Una puntita de celos, lejana, lejana, golpeó su corazón. ¿Y si ella, para vengarse, hiciera ahora lo que él estaba haciendo desde hacía dos meses? No. Ella no haría algo así, arbitrariamente. Sonrió.

—¿Por qué te sonríes ahora?

—Honey, si me quedo serio protestas, si sonrío me retas; eso no puede ser.

Enojados, caminaron uno junto al otro, cada uno mirando la vida a su manera Entraron en un descampado donde el pasto crecía amarillento. Después atravesaron un bosque irregular de mangueiras, y de pronto tropezaron con la entrada de la gran selva.

—¿Cómo descubriste todo esto? —Vine aquí ayer, sola.

—¡Estás loca! Esto es peligroso. Muchas veces encontramos en el interior del bosque vestigios de fuego, encendido por indios no pacificados que venían a observar el campamento de noche. Es muy peligroso. Muchos perros desaparecieron, arrastrados por los tigres.

La aspereza de Silvia parecía no querer comprender la advertencia.

—Pues vine sola ¿Qué querías que hiciera, mientras tú andabas lejos, por las aldeas? ¿Qué me pudriera de tanto dormir en la hamaca, o que me muriera de tedio mirando el río?

En cierta forma, la muchacha tenía razón. Pero él no podía escapar a una obligación asumida durante toda su existencia, y tampoco podía llevarla consigo en aquellas largas caminatas, a través de campizales todavía llenos del barro de las últimas aguas, para rodar por selvas espinosas y quedarse sin beber a veces durante horas enteras.

—Por eso esperé hasta que llegaras para penetrar ahí. Quiero conocer este lugar tan misterioso.

—Me parece mejor que volvamos.

—No. Llegué hasta aquí y seguiré adelante. Si no quieres acompañarme puedes volverte. Resueltamente se internó en la selva, siguiendo la estrecha senda que había entre los árboles. —¡Silvia!...

En vez de responder, ella emprendió una enloquecida carrera. —¡Qué loca. Dios mío!... Y todo por un capricho.

Corrió en su persecución, pero sólo oía sus rápidos pasos, que aplastaban las hojas y las ramas de la selva Necesitaba correr para alcanzarla.

Volvió a gritar su nombre, asustado por el esfuerzo hecho por Silvia, sin olvidar que no podía arriesgarse a tanto.

Pero ella no respondía y continuaba corriendo en la selva.

Debía de estar cerca del claro fatídico, el lugar donde había jurado no poner nunca los pies. Corrió más, y la luz del día se filtraba a chorros por las aberturas que dejaban los árboles. Allá se encontraba el claro fatal, en toda su magnificencia.

Silvia se había detenido agitada, con las manos en las caderas, en contemplación de la grandeza y la altura de los árboles que la rodeaban. Se volvió desafiante hacia él.

—¿Querías esconder todo esto para ti?

Caminó hacia el tronco de jatobá y se sentó en sus grandes raíces amenazadoras, como garras extendidas. El soltó un rugido amenazador.

—¡Por favor, no te sientes ahí!

Sus ojos parecían rayos incandescentes. Todo su cuerpo se agitaba en temblores y el sudor de la apresurada caminata corría por su frente. Estaba como poseído por los demonios de todas las locuras. La boca, desencajada, dejaba escapar una baba pegajosa.

—¿Qué pasa, Gum?

Se levantó, asustada, e intentó alejarse de la figura que se aproximaba como en estado de trance. Los ojos eran dos bolas de vidrio y fuego. No parecían pertenecer al mismo hombre aquellas facciones tumefactas: él debía de estar lejos, muy lejos...

…Hacía de aquello más de tres años, cuando Paula le dio vacaciones una vez, al ver que comenzaba a invadirlo la tristeza. En esos momentos ella comprendía que el extraño grito de la selva lo estaba llamando.

Abrió las zarpas de su ternura y lo dejó partir. Haciendo eso, estaba segura de no perderlo. Había acudido como siempre, a su cuartel general: la isla del Bananal. Desde allí tomaba cada vez una región de la selva que quería visitar. Esa vez optó por el Xingu. Sentíase feliz y contento. Mayo se presentaba maravilloso. Las noches frías y sin mosquitos, los días largos, calientes y de cielo azul, las aguas del río frías y agradables, preparándose para el verano.

No existían enfermedades en la aldea ni en el Puesto, fuera de cosas simples y sin complicaciones. Con la presencia de Claudio y Orlando, el puesto se encontraba completo. Todo era música y alegría. Principalmente, no había ningún turista que molestara ni quebrara la paz ambiental. Lejos de allí, la certeza del amor de Paula que lo aguardaba con cariño.

Una tarde, después de desperezarse, cansado de la comodidad de la hamaca saltó al suelo. Tomaría un baño en el río; luego bebería un café recalentado en el fogón e iría a ver la vida, a mirar los árboles y escuchar el canto de los pájaros.

No buscó una carabina, sino un pequeño revólver Smith Wesson 32, que perteneciera a su padre. No pretendía cazar ni matar, sino simplemente defenderse en caso de necesidad.

Atravesó el campo de aviación, metió los pies entre los matorrales y penetró en la boca de la selva. Era una de las matas más bonitas. Muchas veces iba allí, al comienzo de la noche, a cazar jacobins y mutuns, cuando no lo acompañaba un indio para matar un macaco.

La selva estaba reluciente: cantos y voces por todos lados, provocados por su inoportuna presencia. Mariposas de alas azuladas volaban casi al ras de la alfombra de follaje que existía entre cada árbol secular. A veces parecía haber oscurecido porque la luz del día mal se podía filtrar a través de la cerrada y exuberante vegetación.

Una paz de espíritu poco común reinaba en todo su cuerpo.

—¡Solamente quien va a morir puede disfrutar de una paz así! Sonrió, asustado de semejante idea.

—¡Vaya pensamiento!

Caminó un poco más por la suavidad de la senda. En seguida alcanzaría la claridad. Escuchó pasos cautelosos, a sus espaldas. Se volvió asegurando el revólver, pronto para todo, pero sonrió. El viejo perdiguero del Puesto, abandonado allí algunos años antes por un oficial llegado para una temporada de caza, había presentido su salida y lo acompañaba en silencio.

Le hizo unas fiestas al animalito y comenzaron a caminar juntos. —No quería que yo solo devorara tanta belleza, ¿no es así, viejo amigo? El perro movió la cola, satisfecho por la atención que el hombre le prestaba

Allí estaba pleno de belleza y magnitud. El claro-rey del lugar. Lo cruzó invadiendo aquel círculo de luz que se filtraba por entre las grandes copas.

Sentóse en las grandes raíces de un jatobá y se quitó el sombrero, para dejar en libertad los sudorosos cabellos. Se puso a mirar la modesta vida de los más pequeños. La lucha de las hormigas cargando hojas o pequeños insectos muertos. Levantó la cabeza para apreciar la caída de las hojas, que imitaban a las mariposas en danzas parecidas. El cielo, muy azul, lo dominaba todo sin una mancha de nubes. Los mil gritos y sonidos de la selva vinieron a aumentar aún más la paz de su corazón.

El perro se acostó cerca, con la cabeza apoyada en una de las patas distendidas al frente. El demonio se deslizó por las ramas y acercóse a su oído.

—Solamente quien va a morir puede sentir una paz así. Sonrió con la idea que lo perseguía.

—Pero ¿morir por qué?

—Morir. Simplemente morir. Morir de felicidad, el contrario que los otros. Morir sin dolor, sin sentir que la vida nunca fue algo que valiera la pena de ser vivida.

—¿Morir ahora? Si soy joven, feliz, tengo a alguien que me quiere, tengo un relativo éxito y muchos amigos.

—Así se debería morir. ¿Para qué esperar la vejez? El tiempo inexorable que afeará tu cuerpo, tu bello rostro, que va a quitar la luz a tus ojos todavía fuertes...

Comenzó a impresionarse con aquella conversación. Intentó no prestar atención a las insinuaciones del diablo.

—Tal vez seas como los otros, que prefieren esperar la muerte pudriéndose poco a poco, viendo que todo lo que se tiene se echa a perder. Quizá prefieras una larga vejez enfermiza, la pérdida del amor, el conocimiento de que tus dotes artísticas comienzan a fallar.

Se le hizo un nudo en la garganta, tanta era su emoción. La selva estaba desparramando sus tentáculos fascinadores, provocando la fiebre de la soledad. Pero todo era tan calmo que no llegaba a causar angustia sino horror.

—O conservas una vida para entregarla en el futuro a las garras de un cáncer, o para estallar desde las raíces de un infarto prolongado... Morir así, viendo el cielo, viendo la paz, con el corazón expandiéndose en la calma y la beatitud que ahora sientes. Morir sabiendo que harás falta, teniendo la certeza de que no molestas ni sobras a nadie. ¿Qué te cuesta? El propio amor sería sublimado en un misterio indisoluble y podrías permanecer dentro de la miserable eternidad de una existencia. Y ¿por qué no, bobo? Es cuestión de segundos. ¡La muerte es un gran sueño sin dolor! Un día ella vendrá, de cualquier manera. Un segundo apenas, y la muerte ya no es dolor. No es tan grande como el dolor de vivir. Nadie se acuerda del dolor de cuando se nace, ni tampoco nadie del dolor de cuando se muere...

Los ojos fueron quedando deslumbrados; la fiebre llegaba a su cima. Vio el verde de los árboles, el cielo azul; oyó el canto de las aves, y todo fue formando una linda sinfonía, convertido en un canto que invitaba a adormecerse.

Tenía conciencia de lo que hacía, pero no sentía remordimiento ni culpa. Solamente aquel enorme deseo de dormir. Dormir largamente. No sufrir más la amenaza de la angustia, olvidar que había vivido y que la vida es dolor.

Lleno de felicidad, ni siquiera pensó qué iría a suceder después; no después de la muerte en busca de otra vida, sino después de la muerte física. No pensó en el destino que darían a su cuerpo ni en lo que podrían opinar de su actitud trágica. Aunque no la sentía trágica en absoluto, si se tiene en cuenta que quien quiere dormir completamente respira tan solo por las entretelas del alma. Solamente el alma…

Embriagado de paz levantó la mano y apoyó el caño del revólver sobre el corazón. No cerró los ojos porque quería dormir escuchando los cantos de la vida, viendo hasta el último momento el verdor lujuriante de la mata y el azul maravilloso de un cielo inútil.

Accionó el gatillo, pero el tiro falló. Todavía trasportado por el éxtasis, volvió a accionar el gatillo. Intentó de nuevo, y ¡nada!

Solamente entonces cayó en el horror de la realidad. Fue poseído de un temblor violento y del pecho escapó un rugido doloroso. La selva había perdido toda la calma y se convulsionaba en un vendaval enloquecido, inesperado. Los árboles parecían chicotearse entre sí; las ramas se agitaban con tal violencia que conseguían cruzarse cubriendo, el azul de allá arriba.

Comenzó a llorar, desesperado; el demonio causaba toda aquella destrucción para compensar su total fracaso.

—Dios mío ¿qué estaba haciendo?

El perro se incorporó, con los pelos del lomo totalmente erizados. Lloró como un bicho maltratado, levantando el hocico hacia el cielo. De súbito, la mata se calmó por completo y un olor a guayaba, muy fuerte, sobrepasó al olor del humus y de la savia salvaje.

Una luz amarillenta surgía en el extremo de la mata e iba llegando lentamente.

El perdiguero aulló más, totalmente asustado, y se fue alejando despavorido, hasta que desapareció selva adentro.

Dentro de la luz amarillenta vio aproximarse el bulto de su padre muerto. La mirada prisionera estaba detenida sobre su cuerpo. Veía que se encontraba vestido con un pijama azul claro y calzaba las mismas chinelas de cuero. Y las chinelas repetían el ruido que antiguamente hacían sobre los ladrillos del baño y de la antecocina de su vieja casa, aunque apenas tocaran en el tierno pasto del suelo.

Se detuvo frente a él y la tristeza de sus ojos estaba humedecida de lágrimas. El rostro aparecía bien afeitado, con aquella sombra oscura que los pelos le dejaban en el rostro. Su voz sonó también tristemente y musitó una sola palabra

—¡Loco!

Después, abriendo los brazos en cruz, continuó diciéndole:

—¿Por qué eso, hijo mío? ¿Por qué todo eso? ¿Por qué negociar así el rostro de Dios? Bajó los brazos y fue a sentarse a su lado, en una de las grandes raíces.

Gum escondió el rostro humedecido en los brazos que se apoyaban sobre las rodillas. El padre continuó hablándole, esta vez más blandamente.

—Nadie elimina la vida por diletantismo, hijo mío. La vida es algo más que una gracia, más cara y difícil que la propia muerte. Ningún suicida que se mate por desinterés tiene posibilidades de redención. Solamente los que eliminan la vida por amor o por desesperación pueden encontrar una

posibilidad de salvación La vida existe para ser vivida hasta el momento en que Dios lo crea conveniente…

Se puso en pie y prosiguió:

—Estoy triste, hijo mío. Triste en la eternidad de mi sueño. Mira mis ojos. Obedeció, sin poder rechazar aquella atracción.

—No dejes que mis ojos sigan teniendo por tiempo ilimitado esta marca de tristeza. ¿Lo prometes? Ahora toma tu arma. Accedió sin dudarlo.

—Me voy. Debo irme. Que Dios tenga piedad de tu alma.

Desapareció con la luz amarillenta, en la misma dirección de donde viniera. La selva volvió a vivir la vida común, olvidada del terrible drama pasado e indiferente a él.

Conservaba el arma en las manos y las rodillas todavía le temblaban de emoción. Con mucho esfuerzo consiguió levantarse, ponerse el sombrero y buscar el camino de regreso.

Se arrojó sobre la hamaca y todo el mundo extrañó la rara fiebre que se apoderó de él durante tres días.

Dos semanas después, todos estaban conversando acerca del tema de las armas, las cuales siempre habían constituido la pasión de Claudio. El comentó:

—En mi colección está faltando un Smith Wesson 32, de esos que se abren por arriba, del tipo que llaman gatillo de perro. Todavía no conseguí uno de esos.

Gum se sobresaltó por la coincidencia. —Yo tengo uno. ¿Nunca lo viste? —No. ¿Quieres mostrármelo?

Fue a buscar entre sus cosas y retornó con el revólver fatídico. —Es exactamente uno de esos

Impresionado por aquello, Gum se estremeció. —Puedes quedarte con él: perteneció a mi padre.

—¡Estás loco! Una cosa que ha sido del padre de uno no se da así porque sí.

—Es un favor que me haces... Solamente que necesita un arreglo. Debe de tener algún defecto, porque no dispara.

—¿Tiene balas?

—Las cinco que caben en el tambor.

Claudio levantó el arma hasta los ojos, cerró uno y miró el gran tronco de jatobá que tenía enfrente. Apretó el gatillo y una y otra vez, sonaron las cinco detonaciones.

Silvia, todavía aterrada, miraba sus facciones trastornadas. Dominada por un gesto acogedor, lo tomó de los brazos.

—¡Gum!... ¡Gum!... Honey… ¿Qué pasó? Yo no sabía que esta selva te iba a hacer tanto daño. —No debíamos haber venido. Tú te obstinaste. No debías sentarte ahí.

Indicó la raíz del jatobá. —Ahí, nunca…

—¿Por qué, querido?

—Ahí huele a sangre. Ahí está la raíz de mi padre. Y tú siempre lo odiaste. Sientes odio por él, todavía lo guardas en el fondo de tu corazón.

Capítulo Cuarto

LA VERDAD DE CADA UNO

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