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Chapter 5: Methods

5.9 Data analysis

5.9.3 Identifying patterns and forming themes

Hay una voz que se pierde con el viento helado de los andes, el aire la lleva entre las hojas, y en el camino termina rasgada al acariciar las espinas de la tuna. Hay una voz que quiere decir y aún no sabe cómo, que quiere llorar y aún no sabe si está bien, hay una voz que resbala entre las piedras y se desliza hacia el barranco, sin rumbo, sin poder sujetarse a nada. Una voz que en el silencio deja de ser voz y al callar se vuelve viento. Una voz que calla, que no es voz, que no es una sino varias:

Sentada en el patio de su casa, Elena no pensaba en el dolor de sus heridas, solo se preguntaba si todo esto duraría para siempre, trataba de ser fuerte, de no llorar mientras pensaba: ¿todas las mujeres hemos nacido para sufrir?

Rufina desgrana el maíz seco frente a las cenizas de las habas, el sol quema fuertemente su rostro, mira a su hija menor correr junto al perro y suspira, tal vez de tristeza, tal vez con la esperanza de que algún día su hija no tenga que sufrir lo que ella sufre.

Martha sonríe al salir de su casa, saluda a sus vecinas y sigue el camino que todos los días la lleva hacia su chacra, no pude dejar de pensar en la noche anterior, y está casi segura que esta noche tampoco será diferente, y sin dejar de sonreír se aleja por el camino de piedras para empezar el día.

Filomena regresa de su chacra, camina despacio, esta vez no hay apuro, a pesar de que su esposo ya no toma, no ha dejado de insultarla. “Si me pegas le digo a la doctora”, es la única forma que tiene para desanimar a su esposo, que ya no quiere golpearla por temor a ir a la cárcel. Filomena me dice: “Ya no me pega mamá, con la boca nomá me hace”... y no sabe si estar triste o feliz al respecto.

Nelly está sola, su esposo dentro de la casa mientras ella atiende en su pequeña bodega. Han pasado varios años y las cosas no han cambiado mucho. Ella todavía lo mira con temor cuando se acerca y él todavía la hace sentir poca cosa. Nelly ha aprendido a vivir callada y mientras su esposo se sienta a su lado a tomar el desayuno, Nelly está sola.

Meche atiende a la gente del pueblo, su hija, juega en la plaza sin perderse de vista. Los hombres del pueblo entran y salen del negocio, la miran, sonríen, algunos se acercan a ella. Meche casi nunca sonríe, y piensa que si lo hace “se van a aprovechar”, es difícil ser madre soltera, “para eso has denunciado a tu esposo, ahora los hombres te hablan” le dicen sus vecinas… “Tal vez tienen razón”, piensa ella.

Francisca no sale de casa, tiene a sus dos hijos menores con ella, el más pequeño tiene dos años, y ya puede caminar, no es necesario que lo cargue para que alcance los pechos de su madre cuando ella está sentada en un adobe de la casa. Mientras su hijo se alimenta de su pecho, ella conversa decidida: “yo lo que quiero es que se vaya y que me deje la casa, además para eso tengo mis hijos, ellos me amparan”.

Gloria es una de las mujeres más conocidas del pueblo, siempre alegre, ayudando a los demás y aconsejando a las vecinas que sufren violencia. Todas las noches en casa, su esposo borracho la agrede y ella en silencio, llora esperando que la mañana seque las lágrimas para mostrar nuevamente su sonrisa a todo aquel que la necesita. A veces ella también quisiera poder hablar.

Juana llega todos los días a su lugar de trabajo, y mientras todos los vecinos de la comunidad le tienen respeto y admiración por su trabajo, ella siente que a veces no puede hacer todo lo que quisiera, mira a su esposo, agradece que los golpes cesaron, pero no puede dejar de sentir tristeza: a pesar que es “campesino nomá”, tienen que consultarle y pedir su aprobación para lo que ella desee hacer.

Sabina se sienta en la plaza de su pueblo, tal vez ahí se siente más segura, recibiendo el calor del sol en plena mañana, come su mandarina y ve pasar a la gente, ahí se siente un poco libre, un poco acompañada, y quisiera que el tiempo pase lento, que la

noche no llegue porque tal vez al volver a casa tenga que llorar hasta que el sol salga nuevamente y le seque las lágrimas.

Todas piensan y guardan en silencio el dolor que llevan dentro, lo que no se atreven a decir, lo que parece un secreto, callan y siguen con su vida, callan y trabajan, callan y cocinan, callan mientras caminan por el pueblo, suspiran y cruzan miradas unas con otras, mujeres silenciosas, sin saber que por dentro, todas llevan el mismo dolor. Cada una de las diez, comparte su historia, sus lágrimas, su dolor, el que a pesar del Estado y su presencia, no ha cambiado mucho. Ese dolor que sigue siendo el mismo, y en ninguno de los diez casos, ha podido desaparecer, aunque ellas lo sigan esperando.

Al observar el panorama en el que se encuentran estas diez mujeres frente a su situación de violencia, es inevitable preguntarse nuevamente ¿Cuán efectiva ha sido la propuesta de esta política en la prevención y atención de la violencia familiar y de género en la provincia de Sucre? Y Mientras vemos en cada una de estas mujeres esa sensación de soledad, desamparo y tristeza aún después de haber acudido al CEM buscando ayuda, esta interrogante se mantiene todavía. Siguen pasando los años y siguen viviendo con miedo, la mayoría aún tiene que lidiar con la inseguridad y el temor en su propia casa. Y las pocas mujeres que han conseguido librarse de la violencia física, no ha podido escapar de los insultos, amenazas y humillaciones que aún debilitan su alma y las mantiene vulnerables. La esperanza de encontrar solución, de lograr un cambio en su vida, se desvanece frente a un servicio del estado que parece no encajar en sus procedimientos y normas con los sistemas

de género asentados en la sociedad y cultura andina, y que se ha hecho presente con un modelo de intervención que aún después de 5 años todavía tiene dificultades para conseguir la identificación del servicio por la población desde el nombre, hasta las funciones o atribuciones que tienen frente a la problemática. Un servicio del Estado que busca encontrar solución pero camina a tientas en un terreno que no se ha decidido a conocer con la profundidad que se requiere, donde se sabe muy poco o no se considera para su intervención, las formas en las que se relacionan hombres y mujeres, los espacios y condiciones en las que las mujeres víctimas de violencia se encuentran doblemente vulnerables frente a su comunidad, autoridades y propias familias y en el que el servicio todavía actúa con un pensamiento urbano intentando solucionar un problema multi causal y con una enorme carga cultural. Hay un silencio incómodo en el ambiente, un vacío en las mujeres que no es ausencia de dolor, es más bien un vacío que paraliza, que adormece y se vuelve resignación, donde se agotan las ganas de pedir ayuda y se termina sufriendo aún más.