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4.1 Virtual Reality Authoring System Design

4.1.1 System Implementation Concept

(Conferencia pronunciada en la Asociación de Profesionales para los Niños Inadaptados, abril de 1955)

Me propongo estudiar aquí algunos aspectos de la psicología de los grupos, lo cual tal vez nos ayude a comprender mejor los problemas inherentes al manejo grupal de los niños inadaptados. Consideremos en primer lugar al niño normal, que vive en un hogar normal, tiene metas y asiste a la escuela con el deseo de aprender, y que es capaz de encontrar su propio ambiente e incluso ayudar a mantenerlo, desarrollarlo o modificarlo. En cambio, el niño inadaptado necesita un medio donde se ponga el acento en el manejo más que en la enseñanza, la cual constituye algo secundario y a veces especializado, que se asemeja más a la enseñanza diferencial que a la instrucción en asignaturas escolares. En otras palabras, en el caso del niño inadaptado, "escuela" tiene el significado de "albergue"; y por tal motivo los que se ocupan del manejo de niños antisociales no son maestros que caprichosamente añaden un pequeño toque de comprensión humana, sino psicoterapeutas de grupo que aprovechan la ocasión para enseñar algo. Por lo tanto, los conocimientos sobre la formación de grupos son de gran importancia para su trabajo.

Los grupos y la psicología de los grupos constituyen un tema muy amplio, del que he seleccionado una tesis central: la base de la psicología grupal es la psicología individual, y en particular la de la integración personal del individuo. Por ende, comenzaré con una breve descripción de la tarea que significa la integración individual.

EL DESARROLLO EMOCIONAL INDIVIDUAL

La psicología surgió de un tremendo caos a partir de la idea, ahora aceptada, de que existe un proceso ininterrumpido de desarrollo emocional, el cual se inicia antes del nacimiento y se mantiene durante toda la vida, hasta que llega la muerte como consecuencia de la vejez. Esta teoría constituye la base de todas las escuelas de psicología y brinda un principio que resulta aceptable para todas ellas. Tal vez existan violentas discrepancias con respecto a uno u otro punto, pero esta simple idea de continuidad en el crecimiento emocional sirve para mancomunarnos a todos. Partiendo de esta base, podemos estudiar la forma que adopta el proceso y las diversas etapas en las que existe peligro, sea que éste tenga un origen interno (los instintos) o externo (las fallas ambientales).

Todos aceptamos la afirmación general de que cuanto más nos internamos en la exploración de este proceso individual, más importancia asume el factor ambiental. Esto implica aceptar el principio de que el niño pasa de la dependencia a la independencia. En condiciones normales, esperamos que el individuo llegue gradualmente a identificarse con grupos cada vez más amplios, sin perder su propia identidad ni su espontaneidad individual. Si el grupo es demasiado grande, el individuo quedará aislado; y si es demasiado restringido, perderá su sensación de pertenecer a una comunidad.

Nos esforzamos enormemente por ofrecer ampliaciones graduales del significado de la palabra grupo cuando tratamos de crear clubes y otras organizaciones adecuadas para los adolescentes, y juzgamos los resultados en la medida en que cada niño llega a identificarse sucesivamente con los diversos grupos sin experimentar una pérdida excesiva de su individualidad. Organizamos asociaciones de niños exploradores y guías para los

preadolescentes, con sus correspondientes divisiones infantiles para niños de 8 a 11 años, o sea aquellos que están atravesando el período de latencia. La escuela primaria constituye una ampliación y una prolongación del hogar. Cuando se trata de proporcionar una escuela al niño de menos de dos años, vemos que aquélla está integrada con el hogar y que no atribuye demasiada importancia a la instrucción, porque lo que un niño necesita a esa edad son oportunidades organizadas para el juego y condiciones controladas para iniciarse en la vida social. Aceptamos que para el niño de esa edad el verdadero grupo es su hogar y, en lo que respecta al bebé, sabemos que una interrupción en la continuidad del manejo familiar resulta desastrosa. Si examinamos las etapas iniciales de este proceso, vemos que el bebé depende enormemente del cuidado de la madre, de su presencia permanente y de su supervivencia. La madre debe hacer una adaptación suficientemente buena a las necesidades del niño, pues de lo contrario éste inevitablemente desarrollará defensas que distorsionarán el proceso; por ejemplo, la criatura deberá asumir las funciones del medio si éste no resulta confiable, de modo que existe un self verdadero que está oculto, y no vemos más que un falso self dedicado a la doble tarea de ocultar al auténtico y someterse a las exigencias que el mundo le plantea permanentemente.

En un período más temprano, el bebé está en brazos de la madre y sólo comprende el amor que se expresa en términos físicos, es decir, a través de ese sostén humano y vital. Aquí encontramos la dependencia absoluta, y en esta etapa tan temprana no existen defensas contra las fallas ambientales, salvo la suspensión del proceso del desarrollo y la psicosis infantil.

Consideremos ahora lo que ocurre cuando el medio tiene una actitud adecuada, que siempre responde a las necesidades concretas de ese momento. El psicoanálisis se ocupa fundamentalmente (y así debe hacerlo) de la satisfacción de las necesidades instintivas (el yo y el ello), pero en este contexto nos interesa más la provisión ambiental que posibilita todo lo demás, esto es, en este momento nos interesa concretamente la madre que sostiene al bebé y no la madre que alimenta al bebé. ¿Qué es lo que se manifiesta en el proceso del crecimiento emocional individual cuando este sostén y el manejo general son suficientemente buenos?

De todo lo que observamos, lo que nos interesa fundamentalmente aquí es esa parte del proceso que llamamos integración. Antes de la integración, el individuo no está organizado, es un mero conjunto de fenómenos sensorio-motores, a los que el ambiente otorga cierta cohesión. Después de la integración, el individuo ES. O sea, el bebé se ha convertido en una unidad, puede decir YO SOY (si pudiera hablar). Ahora el individuo tiene una membrana que lo delimita, de modo que repudia todo lo que no es él mismo, y lo vuelve externo a él; tiene ahora un "adentro" en el que pueden acumularse recuerdos de experiencias y construirse la estructura infinitamente compleja inherente al ser humano.

No importa que este desarrollo se realice de golpe o gradualmente a lo largo de un prolongado período; lo cierto es que existe un antes y un después, y que, de por sí, esto hace que el proceso se convierta en un hecho trascendental.

No cabe duda de que las experiencias instintivas contribuyen en gran medida al proceso de integración, pero también es fundamental que exista ese medio suficientemente bueno, alguien que sostenga al niño y se adapte a sus necesidades cambiantes. Esa persona sólo puede estar movida por el tipo de amor que conviene a esta etapa, un amor que entraña poder identificarse con el bebé y sentir que vale la pena adaptarse a sus necesidades. Decimos que la madre se consagra a su hijo, temporaria pero auténticamente; y ella está dispuesta a hacerlo con todo gusto, hasta tanto su bebé deje de necesitarla.

Sugiero que ese momento en que el niño puede decir YO SOY es un momento muy doloroso; el nuevo individuo se siente infinitamente expuesto. Sólo puede soportar, o más bien arriesgar, ese YO SOY si se siente rodeado por los brazos de alguien.

Quisiera agregar que en ese momento es conveniente que la psique y el cuerpo ocupen los mismos lugares en el espacio, de modo que la membrana que lo delimita no sea tan sólo un

límite para la psique en un sentido metafórico, sino también la piel de su cuerpo. "Expuesto" equivale entonces a "desnudo".

Antes de la integración hay un estado en que el individuo sólo existe para quienes lo observan. Para el niño, el mundo exterior no está diferenciado, ni hay tampoco un mundo personal o interno ni una realidad interna. Después de la integración el bebé comienza a tener un self. Antes de la integración, lo único que puede hacer la madre es prepararse para el momento en que el bebé la repudie; después de ella, puede ofrecerle apoyo, calor, cuidado amoroso y ropas (y pronto comenzará a satisfacer los instintos del bebé).

También en este período previo a la integración existe un área entre la madre y el niño que es madre y niño a la vez. Si no se presentan inconvenientes serios, esta zona se divide poco a poco en dos: la parte que el niño a la larga repudia y la que en un determinado momento reclama. Pero es inevitable que subsistan vestigios de esta área intermedia, cosa que observamos más tarde en la primera posesión a la que el niño se aferra afectivamente, y que tal vez sea un trozo de frazada, una servilleta, un pañuelo de la madre, etc. A los objetos de este tipo los he denominado "objetos transicionales", y lo importante aquí es que dichos objetos son, simultáneamente, una creación del niño y una parte de la realidad externa. Por tal razón, los padres los respetan aun más que a los ositos, las muñecas y los juguetes que aparecen poco después. El niño que pierde ese objeto transicional pierde al mismo tiempo la boca y el pecho, las manos y la piel de la madre, la creatividad y la percepción objetiva. Este objeto es uno de los puentes que ponen en contacto a la psique individual con la realidad externa.

Del mismo modo, resulta inconcebible que, antes de la integración, el bebé pudiera existir siquiera sin un quehacer materno suficientemente bueno. Sólo después de la integración podemos afirmar que, si la madre falla, el niño muere de frío, o decae cada vez más, o estalla como una bomba de hidrógeno y destruye al self y al mundo a un mismo tiempo.

El niño recién integrado está, entonces, en el primer grupo. Antes de esta etapa sólo existe una formación primitiva pre-grupal, en la que los elementos no integrados se mantienen unidos gracias a un medio del que aún no se han diferenciado, y que es la madre que sostiene al niño.

Un grupo constituye un logro del YO SOY, y constituye una hazaña peligrosa para el bebé. En las etapas iniciales necesita protección, a fin de que el mundo externo repudiado no tome represalias contra el nuevo fenómeno y lo ataque desde todos los sectores y en todas las formas concebibles.

Si continuáramos este estudio de la evolución del individuo, comprobaríamos de qué manera el crecimiento personal cada vez más complejo complica el cuadro del crecimiento grupal; pero, por el momento, sigamos examinando las consecuencias de nuestro supuesto básico.

LA FORMACIÓN DE GRUPOS

Hemos llegado a la etapa de una unidad humana integrada y, al mismo tiempo, la de alguien que podríamos llamar la madre que proporciona protección, y que conoce muy bien el estado paranoide inherente a esa nueva integración. Confío en que lo que quiero decir resultará claro si utilizo los términos "unidad individual" y "protección materna".

Los grupos pueden originarse en cualquiera de los dos extremos implícitos en estos términos:

i) Unidades superpuestas, ii) Protección.

i) La base de la formación grupal madura es la multiplicación de unidades individuales. Diez personas, todas ellas bien integradas, superponen sus diez integraciones y, en cierta

medida, comparten una membrana demarcatoria. Dicha membrana representa ahora la piel de cada miembro individual. La organización que cada individuo aporta en términos de integración personal tiende a mantener desde adentro la entidad grupal, lo cual significa que el grupo se beneficia con la experiencia personal de los individuos, cada uno de los cuales ha sido cuidado durante el momento de la integración y protegido hasta alcanzar la capacidad de protegerse a sí mismo.

La integración del grupo implica al comienzo cierta amenaza de persecución, por lo cual cierto tipo de persecución puede producir en forma artificial la formación de un grupo, pero no de naturaleza estable.

ii) En el otro extremo, un conjunto de personas relativamente no integradas puede recibir protección, y ello da lugar a que se forme un grupo. Aquí el funcionamiento grupal no nace de la acción de los individuos sino de la protección. Los individuos pasan por tres etapas:

a) Se alegran de recibir protección y adquieren confianza.

b) Comienzan a explotar la situación, se vuelven dependientes y hacen una regresión a la etapa de no integración.

c) Cada uno de ellos por su cuenta comienza a alcanzar cierta integración, y en esas circunstancias utiliza la protección que le ofrece el grupo y que necesita debido a sus temores de persecución. Los mecanismos de protección se ven sometidos a un tremendo esfuerzo. Algunos de estos individuos alcanzan la integración personal y están así en condiciones de pasar al otro tipo de grupo, en el que los individuos mismos instrumentan el funcionamiento grupal. Otros no pueden curarse con la terapia de protección únicamente, y siguen necesitando ser manejados por una institución pero sin identificarse con ella.

Al examinar un grupo es posible determinar cuál de los extremos predomina. La palabra "democracia" se utiliza para describir el agrupamiento más maduro, y la democracia sólo puede aplicarse a un conjunto de personas adultas en el que la gran mayoría ha alcanzado integración personal, además de ser maduras en otros sentidos.

Los grupos adolescentes pueden alcanzar cierto grado de democracia bajo supervisión, pero es un error esperar que la democracia madure entre los adolescentes, aun cuando cada uno de ellos sea maduro. En el caso de niños sanos, la protección debe ser manifiesta, al tiempo que se proporciona a los individuos todas las oportunidades necesarias para que contribuyan a la cohesión grupal mediante el empleo de las mismas fuerzas que promueven la cohesión en las estructuras yoicas individuales. El grupo limitado favorece la contribución individual.

EL FUNCIONAMIENTO GRUPAL CON EL NIÑO INADAPTADO

El estudio de las formaciones grupales constituidas por adultos, adolescentes o niños sanos ayuda a comprender el problema del manejo grupal con niños enfermos, entendiéndose por ello inadaptados.

Esta desagradable palabra, inadaptación, significa que, en algún momento del pasado, el medio no logró adaptarse adecuadamente al niño, por lo cual éste se vio obligado a hacerse cargo de la protección y a perder así identidad personal, o bien debió obligar a alguien a hacerse cargo de esa protección, a fin de contar con una nueva oportunidad para alcanzar integración personal.

El niño antisocial tiene dos alternativas: aniquilar su verdadero self o convulsionar a la sociedad hasta que ésta le proporcione protección. En el segundo caso, si encuentra protección el verdadero self puede aflorar nuevamente, y es mejor vivir en una prisión que aniquilarse en un sometimiento carente de sentido.

En términos de los dos extremos descritos, resulta evidente que ningún grupo de niños inadaptados se mantendrá unido merced a la integración personal de sus miembros. Ello se

debe en parte a que el grupo está compuesto por adolescentes o niños, que son seres humanos inmaduros, pero sobre todo a que tales niños, en mayor o menor medida, no están integrados. Por lo tanto, cada uno de ellos experimenta una necesidad de protección anormalmente intensa porque está enfermo—precisamente por esa causa— esto es, por alguna falla en este aspecto del proceso de integración que tuvo lugar en algún momento del pasado.

¿Qué podemos hacer, entonces, para asegurarnos de que lo que les brindamos a estos niños se adapta a sus necesidades cambiantes a medida que avanzan hacia la salud? Existen dos métodos posibles:

i) Según el primero, un albergue aloja al mismo grupo de niños y es responsable de ellos; les proporciona lo que necesitan en las diversas etapas de su desarrollo. Al comienzo, el personal les brinda protección y el grupo es un grupo de protección. En él, los niños (después de un período de "luna de miel") empiezan a empeorar y, con suerte, llegan al nivel más bajo de la no integración. Por fortuna, éste es un proceso lento en el que los niños se usan recíprocamente, de modo que por lo común siempre hay un niño que está peor que los otros en un momento dado. (¡Qué tentador resultaría poder ir librándose cada vez de ese niño en particular, con lo cual se fallaría siempre en el momento crítico!)

Gradualmente, y uno tras otro, los niños comienzan a alcanzar la integración personal y, en el curso de cinco a diez años siguen siendo los mismos, pero se han convertido en una nueva clase de grupo. Se puede entonces comenzar a abandonar la técnica de protección, y el grupo empieza a integrarse en virtud de las fuerzas tendientes a la integración que existen en cada individuo.

El personal está siempre preparado para restablecer la protección, como sucede cuando, por ejemplo, un niño roba en su primer empleo, o de alguna otra manera manifiesta síntomas del temor inherente al logro tardío del YO SOY o del estado de independencia relativa.

ii) Utilizando el otro método, un grupo de albergues trabaja en forma conjunta. Cada uno de ellos es clasificado conforme a la naturaleza de la tarea que realiza, y conserva su tipo. Por ejemplo:

El albergue de tipo A proporciona un 100% de protección. El albergue de tipo B proporciona un 90% de protección. El albergue de tipo C proporciona un 65% de protección. El albergue de tipo D proporciona un 50% de protección. El albergue de tipo E proporciona un 40% de protección.

Los niños conocen los diversos albergues que constituyen el grupo a través de visitas intencionalmente planeadas, y se realizan asimismo intercambios de personal. Cuando un niño en un albergue de tipo A alcanza cierto grado de integración personal, pasa al que le sigue en la escala. Así, los niños que evolucionan llegan finalmente a un albergue de tipo E, que está en condiciones de proteger al adolescente que se lanza al mundo.

En tal caso, el grupo de albergues está protegido a su vez por alguna autoridad y por una comisión especial.

Lo embarazoso del segundo método es que los miembros de los distintos albergues no lograrán comprenderse recíprocamente a menos que se reúnan y se los mantenga plenamente informados en cuanto al método utilizado y su eficacia. El albergue de tipo B que ofrece un 90 por ciento de protección y se encarga de las tareas más desagradables será objeto de cierta desvalorización; en él habrá escapadas y momentos de alarma. El albergue de tipo A estará en mejor situación porque allí no existe la libertad individual; todos los niños parecerán felices y bien alimentados, y los visitantes los seleccionarán como la mejor entre las cinco categorías. Su director se verá obligado a ser dictatorial, y sin duda pensará que los fracasos en los otros albergues obedecen a una falta de disciplina. Pero los niños que viven en el albergue de tipo A ni siquiera han emprendido la marcha; simplemente se están preparando para iniciarla.

En los albergues de tipo B y C, donde los niños están tirados en el suelo, no pueden ponerse en pie, se niegan a comer, se hacen caca en los pantalones, roban toda vez que experimentan un impulso amoroso, torturan a los gatos, matan ratones y los entierran para

poder tener un cementerio adonde ir a llorar, debería haber un aviso: no se admiten visitas. Los directores de estos albergues tienen a su cargo la permanente tarea de proteger almas