CHAPTER 4. ISSUES WITH THE BERKELEY TEST PROTOCOL
4.4 Implicit assumptions in test procedure and reporting
A lo largo de las entrevistas que realicé a hombres gay que no van con frecuen- cia a la Primero de Mayo, encontré varias cosas en común entre aquellos y los que sí van. Me llamó la atención particularmente la idea que tenían de la can- tante. Todos encontraron que Raffaella Carrà era una cantante de la liberación sexual femenina de los años setenta. Sobre todo cuando escucharon la canción, recordaban otros temas musicales en los que la fiesta, el amor, la vida aventure- ra y la despreocupación por el desengaño los llevaba, a su vez, a un bar donde escuchaban con frecuencia “música para planchar”. Hay un bar, por ejemplo, llamado El Perro y la Calandria, que es un pequeño espacio en la carrera 9 con calle 59, cuyo segundo piso (construido con listones de madera) ayuda a ampliar un poco el saturado espacio y funciona como una especie de balcón o mezza-
nine que permite ver la pantalla en la que se proyectan videos de canciones de
plancha en español. Es allí adonde lleva esta canción a mis entrevistados, pese a que aseguran haber visto el video en algún otro momento, pero no lo recuerdan. Así, a Antonio le recordó:
[...] la cultura boleta de los setenta, porque además nosotros tendemos a burlarnos de todo lo pasado de moda, por ejemplo: nos burlamos de los setenta o los ochenta pero no de los cincuenta, no sé si porque ya pasó o porque no lo recordamos. (Vargas, 2010 [entrevista a Antonio])
Los recuerdos de ese bar y de ese video se confunden en los relatos de los entrevistados, quienes siempre se refieren a dicho sitio más como un lugar para tomar y, en general, para conversar y estar sentados, que como un sitio de baile. Pero cuando se refieren al video siempre hablan de lo festivo y movido que es, así como de la manera en que han visto a los asistentes bailar y cantar esa canción en el reducido espacio de El Perro y la Calandria.
Mientras tanto, cuando suena una canción pop en la Primero de Mayo, la pista se nutre de personas, sobre todo jóvenes, que salen a cantar y bailar con enardecimiento, imitando a las divas del momento: Shakira, Chenoa, Gloria Tre- vi, Fanny Lú, o a las “madonnas” que cantan en inglés, cuyas canciones pueden no ser cantadas al pie de la letra, pero se tararean y se cantan sus coros con igual entusiasmo. En el caso de “Hay que venir al sur”, la Primero de Mayo entra en una eufórica identificación y las personas cantan tanto desde la mesa como desde la pista, mientras los animadores promueven su bar como el mejor de la zona rosa
del sur, y animan a los asistentes a pasar a la pista. Con frecuencia, esta canción
suena a media noche, justo antes de la salida de los strippers que lentamente se desnudan exhibiendo su virilidad estandarizada al público que los aplaude.
Allí, como en Chapinero, el consumo estimulado por la música comienza a hablar del amor y de la experiencia. Como dice Zygmunt Bauman (2009: 22):
En una cultura de consumo como la nuestra, partidaria de los productos lis- tos para su uso inmediato, las soluciones rápidas, la satisfacción instantánea, los resultados que no requieran esfuerzos prolongados, las recetas infalibles, los seguros contra todo riesgo y las garantías de devolución. La promesa de aprender el arte de amar es la promesa (falsa, engañosa, pero inspiradora del profundo deseo de que resulte verdadera) de lograr una “experiencia en el amor” como si se tratara de cualquier otra mercancía.
La canción del Sur les habla a los hombres, con quienes he conversado, de un amor idealizado, libre, erótico y, sobre todo, de un asunto de experiencia en el sexo, pues como afirma la cantante: “Tuve muchas experiencias y he llegado a la conclusión [de] que, perdida la inocencia, en el sur se [la] pasa mejor. Para hacer bien el amor hay que venir al sur” (Carrà, 1978a [disco]).
Esa liberalidad del amor y esa relación con el consumo se encontraban en Mario, quien mencionó que: “Ella representa cierta liberalidad, la seducción misma. Esa liberación de ya no centrarse en la soledad o el desengaño, sino en
la mujer sensual. Pero también creo que esa es una esperanza de liberalidad que también sirve para enganchar público” (Vargas, 2011 [entrevista a Mario]).
El amor, como lo plantea Carrà en su canción, es un amor consumible y rápi- damente desechable que “si te deja, no lo pienses más, búscate otro más bueno, vuélvete a enamorar” (1978a [disco]); pero, al mismo tiempo, valora esa cualidad del amor y de los amantes, pues “¿sin amantes, quién se puede consolar? Sin amantes, esta vida es infernal” (1978a [disco]). A finales de la década de 1970, esto era, según mis entrevistados más veteranos, un desafío a las normas del amor para las mujeres, al mismo tiempo que una consigna del amor entre hombres, quienes básicamente se dejan llevar por las ganas. Tal cual lo explica Bauman (2009: 27):
En los shoppings, los compradores de hoy no compran para satisfacer su deseo, como lo ha expresado Harvey Ferguson, sino que compran por ganas […]. En nuestros días, los centros de compras suelen ser diseñados teniendo en cuenta la rápida aparición y la veloz extinción de las ganas, no considerando el engorroso y lento cultivo ni la maduración del deseo.
De esta manera, la canción de venir al sur se vuelve, al mismo tiempo, la consigna de un amor consumible y libre dentro de las reglas del mercado, una referencia a la adolescencia, un himno del sur y un referente de la “boletería” de los años setenta. Al respecto, otro entrevistado menciona cómo la canta con fervor:
Aunque ya no es solo eso, pues tiene párrafos que me gustan, [como] “si te dejan, búscate otro más bueno […]”. Todos esos mensajes que son graciosos; como que la canción no se construyó desde el despecho: “me vengaré de ti y bailaré sobre tu tumba”, sino que se canta desde el gozo de la vida, más que nada, pues frente al sufrimiento hay que gozar y seguir, y eso me gusta… Para una fiesta está muy bien (Vargas, 2011).