Según la caracterización de Wenzel, la Retórica no se ocuparía exclusivamente de la comunicación verbal, y menos aún, de la argumentación. Además, esta concepción vendría a poner de manifiesto que no existen actos comunicativos intrínsecamente retóricos, sino distintos objetos que pueden analizarse desde una perspectiva retórica. Llamemos a estos objetos que pueden analizarse retóricamente, ‘actuaciónes de inducción simbólica’27.
27 Demos por bueno el término “actuación” para referirnos también a inducciones simbólicas como las que pueden llevarse a cabo mediante un libro o una fotografía. Ciertamente, existe una discontinuidad espacial y temporal entre la producción y la recepción de este tipo de objetos que, propiamente hablando,
Para caracterizar este tipo de actos comunicativos, me gustaría en primer lugar hacer la siguiente distinción entre dos tipos de significado28 involucrado en todo acto comunicativo. Por un lado, la comunicación intencional supone que toda actuación conllevaría un significado del intérprete, esto es, el significado que al ser reconocido por el oyente como el objetivo comunicativo del hablante, aseguraría el éxito comunicativo de su actuación29. Por otro lado, la comunicación intencional es también un medio de influencia. El significado del remisor de una actuación es una expresión de la disposición intencional (creencia, sentimiento, actitud, etc.) que esta actuación habría de causar en el remisor, en virtud del modo en que ha sido dispuesta. Así, el significado del remisor de una actuación estaría ligado a esta actuación porque podemos dar sentido de sus elementos como causas que “normalmente” producirían la disposición correspondiente. Como vamos a ver, es por referencia a este tipo de regularidad que una respuesta dada a un estímulo simbólico contaría como comprensión. Además, la idea de un significado del remisor nos permitiría tomar ciertas características de la actuación – como el que sea graciosa, triste, tétrica, etc.- como parte de su significado, independientemente de las intenciones comunicativas del hablante, e incluso independientemente del efecto real sobre el oyente.
es ajena al sentido habitual del término “actuación”. Pero esto es algo que podemos subsanar, por ejemplo, considerando que el intervalo completo entre la producción y la recepción constituye un único hecho. Esta estrategia nos permitiría integrar las contingencias históricas que enriquecen o distorsionan el significado retórico de esta actuación en el momento de su producción respecto del momento de su recepción como parte del contexto. Pero tendremos también que admitir que dicho contexto no es completamente accesible ni para el emisor ni para el receptor, de tal modo que el emisor puede producir efectos propiamente retóricos que no espera. En realidad, creo que esto es característico de los efectos retóricos en general, no sólo por su relación no-convencional con la actuación, en tanto que cierto tipo de efectos perlocucionarios, sino también por la incidencia imprevisible de un contexto inestable. No obstante, es ése contexto el que determina el significado retórico de la actuación y cuáles de sus efectos perlocucionarios son propiamente retóricos.
28 Vamos a adoptar una noción de significado como “contenido con una función pragmática”, la cual estaría en las antípodas de la concepción Griceana. No se trata de cuestionar la concepción tradicional, ni de desdibujar la distinción entre semántica y pragmática; es sólo un concepto instrumental que no debe ponerse en relación con ninguna concepción particular del significado.
29 Al hablar sobre “hablantes y oyentes” o “emisores y receptores” no pretendo restringirme a la comunicación oral. Más bien, “hablante” o “emisor” vendría a ser cualquier productor de una actuación de inducción simbólica, al igual que “oyente” o “receptor” se refieren también a cualquier tipo de espectador.
La distinción entre estos dos tipos de significados se basa en la distinción entre dos concepciones del “oyente”: el oyente como intérprete capaz de reconocer objetivos comunicativos en el hablante, y el oyente como un remisor del discurso, susceptible de ser influenciado por éste. En ese sentido, dicha distinción es una manera de subrayar la distancia que hay entre el significado del hablante, el cual ha constituido tradicionalmente el objeto de la interpretación, y el significado comprendido, el cual viene a ser una explicación del significado no como el producto de la interpretación de ciertas intenciones comunicativas, sino como el resultado de nuestra capacidad de ser afectados por símbolos. Tal capacidad está conectada con nuestra capacidad de “comprender” en el sentido de ser “adecuadamente responsivos al mundo y al lenguaje”.
En este sentido, estamos asumiendo una distinción entre interpretar y comprender según la cual, interpretar requiere ser capaces de atribuir significados, mientras que comprender sólo requeriría ser adecuadamente responsivos a ciertos estímulos. Por otra parte, la adecuación de una respuesta en este sentido debería verse como una cuestión de regularidad: comprendemos si y sólo si nuestra respuesta a un estímulo es “normal”. En realidad, es en virtud de esas regularidades que un hablante puede anticipar los medios para conseguir ser comprendido. La posibilidad de habérnoslas con este tipo de significado, a saber el significado comprendido, es crucial a la hora de dar cuenta de la dimensión retórica de la comunicación, la cual requiere una explicación de cómo es posible lograr objetivos comunicativos sin que el oyente reconozca esos objetivos como tales. Como veremos en esta sección, es por ello que proponemos este concepto de
significado del remisor en lugar de usar el concepto de Searle de efecto ilocucionario. Hasta cierto punto, el significado del intérprete parecería corresponderse con la fuerza ilocucionaria de una actuación, mientras que el significado del remisor parecería corresponderse con su fuerza perlocucionaria. Sin embargo, es de destacar que en este punto estamos considerando significados, no fuerzas. De ese modo, la primera cosa que cabe destacar respecto de estos dos tipos de significado es que no pueden parafrasearse, puesto que son compuestos de contenidos, verbalmente articulables o no, y de funciones pragmáticas. Es decir, en este punto estaríamos más bien adoptando la concepción pragmática del significado de Peirce como “explicitación de una función comunicativa particular”. Según tal concepción, por ejemplo, el significado del intérprete de “no nos gusta ese tipo” puede consistir en información sobre las actitudes de cierto grupo
respecto de “ese tipo”, en una confidencia sobre “nosotros”, en un aviso respecto de “ese tipo” o incluso respecto de “nosotros”, etc. Por su parte, el significado del remisor de esta proferencia, el cual expresa la disposición intencional que la proferencia ha de causar en el oyente, puede consistir en pena o en desprecio respecto de “ese tipo”, en miedo respecto del grupo de personas de referencia y también, en general, en la adopción de esa proferencia como información sobre las actitudes de cierto grupo respecto de “ese tipo”, como una confidencia de que alguien no gusta a cierto grupo, como evidencia respecto de ese tipo, etc.
En la medida en que el significado del remisor de una actuación es una expresión del tipo de disposición intencional que ésta debería causar en el oyente, todo intercambio comunicativo exitoso tendría este tipo de significado, aunque sólo sea porque la comunicación es más que mera enunciación: al comunicar con éxito algo conseguimos al menos la interacción mínima de ser comprendidos, es decir, de generar una creencia sobre nuestras intenciones comunicativas. De ese modo, la producción de cierto significado del remisor es el objetivo de todo acto comunicativo. Pero no es una función de los objetivos comunicativos del hablante, en la medida en que no representa directamente sus intenciones comunicativas, sino más bien sus logros comunicativos, dadas las características de su actuación y las condiciones de su recepción. Esos logros dependen de las propiedades causales de la actuación dado su contexto y las actitudes, emociones, creencias, etc. del remisor. Y a pesar de que, en principio, no representan
las intenciones comunicativas del hablante, esos logros comunicativos pueden ser anticipados y promovidos por el hablante, al menos hasta cierto punto.
Evidentemente, no todo acto comunicativo es capaz de producir una disposición más allá de la mera comprensión de su significado del intérprete, es decir, más allá del mero reconocimiento de los objetivos comunicativos del hablante. Pero muchos de ellos lo son, y es a esto a lo que llamaremos “tener fuerza retórica”. Las actuaciones de inducción simbólica son el tipo de actividad comunicativa que tiene fuerza retórica, es decir, son el tipo de objetos que cabe analizar retóricamente. Consecuentemente, el
significado retórico de una actuación de inducción simbólica será una expresión de los logros comunicativos de una actuación de inducción simbólica, tanto si esos logros son los que realmente perseguía el hablante como si no. Por el contrario, un acto retórico
será un acto comunicativo del que se busca tenga fuerza retórica, es decir, un intento de producir una inducción simbólica.
Así pues, el significado retórico de una actuación no sería una función de las intenciones comunicativas del hablante. Pero un hablante puede tener intenciones retóricas que harían externamente racional el modo en que ha dispuesto su actuación. Y los oyentes, en tanto que intérpretes, pueden ser capaces de descubrirlas.
Por otra parte, al contrario que el éxito comunicativo respecto del significado del intérprete, el éxito retórico de una actuación de inducción simbólica no requiere que el remisor reconozca el significado del remisor de la actuación. De hecho, la mayoría de las veces, es más bien al contrario: si la disposición que el hablante trata de inducir en el remisor se vuelve demasiado evidente para éste, entonces puede suceder o bien que éste identifique el pretendido significado del remisor como el objetivo comunicativo de la actuación del hablante, o que el remisor sea capaz de reconocer la distancia que hay entre el supuesto significado del intérprete de esta actuación y el significado del remisor que se busca.
En el primer caso, el hablante no lograría producir una actuación de inducción simbólica porque el remisor sería incapaz de identificar un significado del intérprete que sea distinto del pretendido significado del remisor, p. En realidad, en estos casos, el hablante sería interpretado por el oyente como significando que p. Tal es el caso, por ejemplo, cuando alguien pregunta “¿podrías cerrar la puerta, por favor?”: podríamos considerar que el pretendido significado del remisor de esta proferencia sería generar un compromiso a cerrar la puerta, pero en circunstancias normales, tal significado sería en verdad comprendido como el objetivo comunicativo del hablante, de manera que su proferencia sería interpretada por el oyente como un intento de generar un compromiso de cerrar la puerta, más que como una pregunta sobre las habilidades del oyente (en ese sentido, las implicaturas pragmáticas serían parte del significado del intérprete).
En el segundo caso, por el contrario, la mayoría de las veces el hablante fallaría en su intento de inducir una disposición intencional particular porque, a pesar de que el remisor sería capaz de identificar un significado del intérprete que es diferente del pretendido significado del remisor, también sería capaz de identificar este significado del remisor como una expresión de la disposición que el hablante trata de inducir en él. Tal reconocimiento suele conllevar adoptar una perspectiva consciente que, en la mayoría de los casos, resultará incompatible con que éste pase a tener la correspondiente disposición. Aunque no siempre: hay veces que necesitamos reconocer
cierta proferencia como un chiste para ser capaces de encontrarla graciosa. Otras veces, es justo al contrario.