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Extensas áreas de agostaderos en México, que una vez fueron productivas, se encuentran actualmente deterioradas y presentan bajo potencial de producción de forraje y, las comunidades dominadas por pastizales, se encuentran entre los ecosistemas más amenazados del mundo (Samson y Knopf 1996). Esta situación aplica tanto para América del Norte como para el Desierto Chihuahuense de México donde, actualmente, los pastizales cubren aproximadamente 15% o menos de su superficie original y esta pérdida tiene severas repercusiones en el ámbito económico y social (PMAR, 2012).

El sobrepastoreo o sobrexplotación de la vegetación afecta no solo a la vegetación misma (Holechek et al., 1989; Lemaire el al., 2000), sino que ocasiona problemas al

ecosistema: aumentos en tasas de erosión debido a muerte de raíces; reducciones en infiltración de agua de lluvia, por compactación; alteraciones en ciclos de nutrientes, debido a que no se privilegia la descomposición por microorganismos; perdidas de biodiversidad; reducciones de calidad de hábitat; así como propagación de especies exóticas y disminución en la calidad de vida. El deterioro del suelo en zonas áridas y semiáridas de México ocurre debido a sobrepastoreo, deforestación y cambio de uso de suelo, este último provocado principalmente por apertura de tierras a campos de cultivo (SEMARNAT, 2008). En México, desde 1930 el deterioro de pastizales comenzó a manifestarse debido al descanso parcial o nulo de los pastos (De Alba, 1958). De acuerdo a CONABIO (2006), el 66% de la superficie del país es utilizada por la ganadería, donde las evidencias indican que existe mayor deterioro en ejidos (Chavira, 2007; Molinar et al., 1998).

La sobreexplotación de pastizales nativos de México y su conversión a tierras agrícolas son los fenómenos antropogénicos que más afectan su extensión, estructura y funcionamiento. Entre los principales factores asociados al cambio de uso de suelo destacan: 1) crecimiento poblacional, 2) crecimiento de la frontera agropecuaria y 3) urbanización. Dentro de éstas, la agricultura es la actividad que más ha propiciado el cambio de grandes superficies de pastizales (SEMARNAT 2006; Lezama y Graizbord

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2010). Entre las consecuencias más importantes relacionadas están las alteraciones en ciclos bio-geoquímicos (agua y carbono) pérdida de biodiversidad y fragmentación del hábitat, entre otros (SEMARNAT 2006). Como resultado de la apertura de tierras a la agricultura, se crean diferentes tipos de infraestructura: 1) cercos, carreteras y vías de comunicación, 2) canales de riego y 3) áreas urbanas y agrícolas. Esto propicia el aislamiento de comunidades o individuos de diferentes especies, tanto fauna como flora silvestre. Como resultado, se interrumpe el flujo genético entre poblaciones y se propicia la invasión de especies no deseables. Los cambios de uso en el suelo producen alguno o varios de los siguientes efectos: 1) incremento en escurrimientos y erosión, 2) disminución de la diversidad biológica, 3) pérdida en concentraciones y especies de aves, 4) incremento en invasión de especies no nativas, 5) disminución en la cantidad de forraje y 6) reducción de especies vegetales de mayor valor nutritivo (ECOPAD, 2007). Uno de los Estados que más han presentado cambios de uso de suelo ilegales dentro de la Ecorregión Chihuahua y, entre 1978 y 2003, los pastizales medianos de este Estado han perdido cerca del 13% de su extensión (FMN, 2007; INIFAP, 2008). Del mismo modo ECOPAD (2007), menciona que del pastizal remanente, sólo 1% se considera en buen estado, mientras que el resto está en diversos grados de deterioro debido a la fragmentación, sobre-pastoreo y acelerada apertura de tierras a la agricultura. INEGI (2012), reporta para el periodo 2002–2005, una superficie total de pastizal para el país de 14 896 314 hectáreas y SEMARNAT (2009), menciona que la superficie de pastizal perdida por cambio de uso de suelo entre los años 2002-2007 en el país, fue de 42 110 hectáreas, con una tasa anual de cambio en porcentaje de -0.83. Para el Estado de Chihuahua, se calcula una pérdida de aproximadamente 400, 000 hectáreas de pastizal en los últimos cinco años, por apertura ilegal de la frontera agrícola (Carreón et al., 2008). Ésto, sin contabilizar las

ocurridas entre 2008 y 2011. Por ejemplo, en el Estado de Chihuahua existe sobreexplotación de acuíferos (Chávez-Rodríguez et al., 2007; CNA, 2002a; 2002b;

2002c) mientras que más de 50 especies de flora silvestre con estatus de conservación federal se han visto afectadas (Royo y Melgoza, 2005). Aunado a lo anterior, el deterioro del suelo y áreas de pastoreo ocurre también por combinación de factores como cambio climático, sobrepastoreo, tala inmoderada, extracción excesiva de

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productos naturales (madera, leña, carbón, plantas de uso artesanal, alimenticio, medicinal e industrial), sequías frecuentes y prolongadas, fuegos accidentales y provocados (Vallentine, 1980; Ibarra et al., 2007, SEMARNAT, 2009). Según Cotler et al. (2007), hoy en día, la degradación de suelos en México ha tomado proporciones

muy importantes, en cuanto a extensión, intensidad y el costo que conlleva su recuperación. Estas condiciones, a su vez, aumentan costos de producción y empobrecen a la población rural, hasta el punto de provocar su migración. Huss (1993), refiere que el sobrepastoreo, producto de periodos de pastoreo y recuperación inadecuados, asociado a tasas de ocupación excesivas y malos sistemas de manejo, dan como resultado pastoreo destructivo y constituyen una de las causas más importantes de la desertificación de tierras de pastoreo. De igual forma Whisenant (1999), menciona que la condición de la superficie del suelo es el factor causal más extendido en la degradación de la mayoría de pastizales, porque la cobertura vegetal proporciona estabilidad del suelo (habilidad de resistir las fuerzas erosivas), el funcionamiento hidrológico (infiltración y escurrimiento), ciclo de nutrientes y los procesos biológicos relacionados con la captura de energía.

Un estudio en la Cuenca del Río Juchipila, reportó que la cubierta de pastizales y tasa de degradación del suelo muestra tendencia creciente en 99.9% de la superficie afectada y solo en 0.1% en degradación es estable, al no incrementar ni disminuir (Márquez et al., 2009). Muchas áreas del Desierto Chihuahuense aún cuentan con

buena densidad y cobertura de pastos forrajeros, por lo que tiene potencial de recuperación al aplicar prácticas de manejo como ajuste de carga animal, rotación y descanso de potreros (Vallentine, 1980; Ibarra et al., 2005). En otras áreas, sin

embargo, se detecta deterioro severo, por lo que requiere de trabajo, siendo en la mayoría de los casos, necesaria la siembra de pastos, arbustos y árboles forrajeros, para recuperar su productividad (Monsen, 2004).

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2.3. Recursos Genéticos para Rehabilitación de Agostaderos y Reconversión de

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