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durante su ministerio público, sobre todo de la muerte sangrienta de Juan Bautista y de amenaza de muerte que pesaba sobre El. Nac permite afirmar que todos los anuncios de la p: que se encuentran en los evangelios se haya añadido posteriormente. Desde el momento de profesión de fe de Pedro de Jesús de ello a sus discípulos: «Desde entonces Jesús a manifestar a sus discípulos que El debía a y sufrir mucho de parte de los anci¡ nos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser denado a muerte y resucitar al tercer día» 16,21; 8,32;

Pero se puede pensar que El prevé para sí muerte de los profetas, la lapidación. Se situaba sí mismo en la descendencia de los A compatriotas de Nazaret que creer en E Jesús les dice: «Un profeta sólo en su tierra y su casa carece de prestigio» (Mt Anunc persecuciones a sus discípulos porque es la de los profetas: « D e la misma manera ron a los profetas anteriores a vosotros» (Mt 5, cfr. Mt

El profeta acaba su misión siendo mártir: i sangre apela a la justicia de Dio «Desde la sangre del justo Abel hasta la sangre c Zacarías, hijo de a quien matasteis e tre el Santuario y el altar» (Mt La muer del profeta, bajo los golpes de quienes le abate: es una muerte violenta, pero se convierte en da en una muerte gloriosa. Dios justifica a aqu

a quienes los hombres condenaron; los de sus verdugos les levantan mausoleos. Es

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especie de ley de la historia. Los fariseos la cono- cen bien: «Hipócritas, que edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos» 2 3 , 2 9 ) . La lapidación es casi el tér- mino normal de la misión de un profeta y también el cumplimiento y casi la consagración de esa mi- sión. Su martirio completa, cierra su mensaje, y Dios mismo ratifica la misión que el mártir ha sellado con su sangre.

No ocurre lo mismo con la Cruz. Jesús no tendrá la muerte de los profetas, sino la de los bandidos. Será entregado a los romanos para su- frir el suplicio más infamante, el que un judío no puede imponer a otro judío, ni un romano hacer padecer a otro ciudadano romano, el reservado a los malhechores y a los Aparecerá desnu- do a los ojos de todos, clavado en el patíbulo de la infamia, a las puertas de la ciudad, con el moti- vo de su condena inscrito encima de su

Y algo peor aún. El clavado en el madero de la cruz no sólo es despreciado de todos, sino que es maldito de Dios. Todo el mundo conoce el tex- to del «Maldito el que pende del madero» (Dt 2 1 , 2 3 ) . La crucifixión de Jesús es, al parecer de todos, la desaprobación de Dios: es maldito. Este hombre que anunciaba una religión nueva, una superación de la ley, este hombre que se oponía a las más altas autoridades religiosas, a las instituciones más venerables, al sábado, al tem- plo, pudo, por un instante, ser tenido como un enviado de Dios, debido a los signos que hacía. Se pudo pensar que era un nuevo profeta, el profeta. Era tal su prestigio, que hasta el último momento

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cupo esperar que se levantara un testigo de descar- go o se produjera una intervención de Dios en su favor, como antaño en favor de Pero no se levantó nadie y Dios no intervino. Le han cogido y El no se ha le han condenado y nadie le ha justificado; le clavaron en la cruz entre dos malhechores y no hubo señal alguna de que Dios le protegiera. Por lo tanto, se acabó. Se acabó todo. Sus enemigos triunfan; es Dios mismo quien les da la razón: «Los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban de El di- ciendo: A otros salvó y a sí mismo no puede

que baje de la cruz y creeremos en El. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve aho- ra, si es que de verdad le quiere, ya que Soy Hijo de

Dios»

(Mt 2 7 , 4 3 ) . Pero nada, ninguna respuesta a este desafío. A excepción de unos po- cos fieles, entre los que se encuentra María, su madre, sus discípulos están desconcertados. Está en cruz, ha muerto en cruz, despreciado de los hombres, rechazado por ¡nos hemos equivo-

Es a la luz de la resurrección como la Iglesia naciente descubrirá el significado de la Cruz. No hace falta endulzar el escándalo: «Nosotros predi- camos un Mesías crucificado: escándalo para los judíos, locura para los paganos, pero para los lla- mados, tanto judíos como griegos, es Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios» Co De este Jesús crucificado, de este Salvador mediante una hace Pablo el centro y como el todo de su predicación. Escribe a los Corintios: « H e deci- dido no saber nada entre vosotros más que a Jesu-

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cristo crucificado» Co 2 , 2 ) . los

«En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme más que de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo (Ga A su vez, nosotros necesitamos entrar hoy en esa de Dios» que es la realización de la salvación de todos mediante Jesucristo crucificado «expuesto a nuestros ojos»

No es preciso retroceder ante la paradoja de esta «maldición» del Salvador. Hay que asumirla por completo y hacer que brote de ella una luz maravillosa. No es casualidad que los discursos de Pedro en los Hechos de los Apóstoles evoquen la muerte de Jesús bajo este aspecto, el más descon- certante del «maldito sobre el «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien voso- tros habíais ejecutado colgándole del madero»

Y en casa de Cornelio habla tam- bién de Jesús en estos términos: «A El, a quien los judíos suprimieron colgándole del madero, Dios le resucitó al tercer día» (Hech 10,39; cfr. 1

Con mayor fuerza aún, dice Pablo a los

«Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose El mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: Maldito todo el que está

colgado de un madero» Y de forma

más paradójica aún, a los Corintios: «A quien no había conocido pecado, por nosotros le identificó con el pecado, a fin de que, por su medio, viniéra- mos a ser justicia de Dios Co Jesús maldito por nosotros, identificado con el pecado por nosotros. Ese es, para terminar, el misterio de

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El Cordero que lleva el pecado del mundo

Nos quedaríamos en la superficie de las cosas si hiciéramos un viacrucis que nos llevara a con- templar solamente los sufrimientos físicos de Jesús y aun simplemente su humillación huma- na en el plano social. El misterio es interior. Así como la resurrección no es sólo una victoria sobre la muerte física en orden a una renovación de vida biológica, sino una victoria sobre el pecado en orden a una vida nueva en la justicia con Dios, así en su pasión Jesús no paga única-

la salvación mediante la Cruz. Todas las etapas de su suplicio cobran valor a esta luz que nos

el desconcertante designio de Dios sobre El: «fue entregado en manos de los pecadores», «fue colo- cado en la categoría de los malhechores», murió entre dos bandidos, al nivel mismo que ellos, el de la cruz. Se cumplió así en El lo que Isaías anuncia- ba del Siervo sufriente:

No tenía apariencia ni presencia; ni aspecto que pudiésemos apreciar. Despreciable y deshecho de hombres, varón de dolores y sabedor de

Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado.

Pero El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras

con sus cardenales hemos sido curados (Is 53,2-5).

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mente el tributo del sufrimiento físico en sus miembros y en su cuerpo, en participación con to- do el sufrimiento humano de la tortura y de la ab- yección de los hombres, sino que, más todavía, se hace solidario del sufrimiento más oculto, el

más atroz, el más el sufrimiento mis-

mo del pecado.

Tal es la paradoja de la salvación: el que es inocente llevó en su carne y en su corazón, en su alma y en su espíritu, el indecible sufrimiento de los pecadores. Y esto, no en virtud de una imputa-

ción que haría cargar al inocente con la

pena de los culpables, sino por una solidaridad de amor que hace que el que ama se identifique por amor con aquel a quien ama, aunque sea miserable por ser pecador. Tal es la lógica del amor, la reve- lación del misterio de Dios.

Hay dos grandes momentos de la pasión que nos hacen presentir este misterio de la solidaridad de amor de Jesús con los pecadores: su agonía y su oración en la Cruz.

Algunos exegetas, tanto protestantes como ca- tólicos, han querido hacer de Cristo crucificado «un condenado» en el sentido más fuerte de la palabra: Cristo rechazado de Dios, el Hijo

cido por el Padre. Semejante pensamiento es abso- lutamente aberrante. Jamás estuvo Jesús tan uni- do a su Padre en el Espíritu de amor filial como en el Huerto de Getsemaní, cuando ora: «Abba, Padre, no mi voluntad, sino la tuya», o cuando en la cruz dice: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Afirmar lo contrario es tan insensato como pretender que Teresa del Niño Jesús perdió

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la fe al final de su vida. Jamás la fe de Jesús fue tan ardiente y tan viva como en aquella noche. Tiene razón el P. Feuillet al

«Hay que rechazar absolutamente la idea de que Cristo fuera realmente abandonado por Dios y mirado por El como el mayor de los pecadores. Es imposible que aquel que hasta en la escena de la agonía atestigua conciencia de ser el Hijo de Dios en un sentido único, cuando exclama: «¡Abba, haya podido estar ni un instante separado de Dios»

Pero es muy cierto afirmar que el Señor Jesús en su agonía no sólo sufrió por el pecado, sino que

sufrió muy profundamente el pecado. No sólo to-

mó sobre sí de manera jurídica la pena del pecado, que habría expiado mediante sus sufrimientos físi- cos y su sangre derramada en la Cruz; experimen- tó en mismo todos los sufrimientos de los peca- dores, aun aquellos mismos más

que nacen de su alejamiento de Dios. El no fue pecador, pero antes que Teresa, y más que ella, se hizo solidario del sufrimiento de los El no fue condenado, pero aun permaneciendo per- fectamente unido al Padre, padeció el sufrimiento de los reprobos. En el Huerto de los Olivos «Je- sús estaba más unido al Padre que nunca, pero en la angustia y el sudor de sangre, en la experiencia

del Les dice a sus discípulos:

«Mi alma está triste hasta morir de esa tristeza»

(6) A. FEUILLET, Vagante de Gethsémani, Gabalda, p.

194

(7) De la et de du París, Brujas, 1967, p. 64.

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(Mt 26,38). escribe también el P. A. Feui- «Parece que en el curso de su Pasión, primero en Getsemaní y quizá más todavía en el Calvario, Jesús, para expiar los pecados de la Humanidad, quiso voluntariamente experimentar en su huma- nidad la angustia y la soledad de los hombres se- parados de Dios por sus pecados» es decir, el sufrimiento mismo de los Como escribe el P. Urs von «La angustia del monte de los Olivos es una solidaridad en el sufrimiento con los

Es este, sin duda, el aspecto más profundo, el más atroz, pero también, en definitiva, el más vífico de la Pasión de Jesús. Fue por nosotros, pecadores, por lo que El sufrió la congoja del pe- cado en lo que de más cruel tiene esa la soledad de parte de los hombres y la soledad mis- ma de parte de Dios. Agonía: misterio de la sole- dad de Jesús, misterio de Jesús abandonado.

¿No es eso también lo que Jesús quiere hacer- nos entender con el gran grito que lanza desde lo al- to de la «A partir del mediodía hubo tinie- blas sobre toda la tierra hasta las tres. Hacia las tres, exclamó Jesús con fuerte voz: Eli, Eli, sabactaní», es decir: «¡Dios mío, Dios mío!, qué me has abandonado?» (Mt 27,46). El evan- gelio de Mateo nos transmite la versión de las palabras de Jesús, como si aquel grito del Cru-

(8) Cfr. A. op. p. 198.

(9) URS VON BALTHASAR, «Le mystére pascal», en

Mysterium Salutis, III, t. II, p. 207. Cristiandad, Ma- drid, 1971.

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se hubiera grabado para siempre en el co- razón de los discípulos o como para garantizar su absoluta autenticidad.

Se ha dicho que, en el mundo judío, citar el primer verso de un salmo es evocarlo completo. Jesús ora desde lo alto de la cruz con el primer verso del Salmo 22, que acaba con la acción de gracias y con el gozoso anuncio del triunfo final. Es cierto.

Pero es seguro que Jesús hizo suya la llamada angustiosa del vivió ese abandono. Ade- más, el mismo salmo prosigue con la expresión de ese inmenso sufrimiento físico, moral y espiritual que Jesús sintió en la

¡Lejos de mi salvación las voces de mi rugido! Dios mío, de día clamó, y no respondes,

también de noche y no hay reposo para

Y yo, gusano, que no hombre,

vergüenza de lo humano, asco del (Sal 22,2-7).

Sí, realmente Jesús descendió al del

abismo, abismo de todos los sufrimientos huma-

nos, los del cuerpo y los del alma, desamparado de sus amigos, rechazado por su Pueblo y como aban- donado del mismo Dios. Todos los sufrimientos que vinieron por el pecado, hasta los más extre- mos, los tomó sobre sí, los vivió en sí mismo, por solidaridad de amor con todos los pecadores para salvarlos a todos. Ante este abismo de sufrimiento hemos de permanecer en silencio, con María y

La salvación llega a los

Juan, al pie de la Cruz. Esta solidaridad de amor de Jesús con los pecadores supera cuanto podamos concebir o experimentar: en El todos los sufrimientos de todos los pecadores.

Más aún, es mucho más y algo totalmente dis- El corazón del pecador, debido al peso mis- mo de su pecado, permanece ofuscado aun acerca de la malicia de su pecado y la inmensidad de su desdicha. No ama a Dios lo bastante, no le conoce suficientemente como para descubrir plenamente el atroz error y miseria del pecado que le separa de El. Sólo Jesús, Hijo de Dios, Hijo muy amado del Padre, sufre todo el mal del hombre, toda la malicia de todo el pecado del mundo, en la luz de Dios y en la plenitud del amor. Es el Inocente que gusta voluntariamente toda la amargura y la aver- sión, la tristeza y el horror de los pecadores; el Justo abatido por la iniquidad de los impíos, el Cordero de Dios que lleva el pecado del mundo. Como dice Pascal: «Un suplicio de una mano no- humana, sino omnipotente, que hay que ser omni- potente para sostener» Sólo la omnipoten- cia del amor le permite aceptar y ofrecer el abismo de la

Esta dimensión espiritual de la Pasión nos re- vela su significado último. Debemos releerla ente- ra centrados en esta luz: toda ella por entero es la expresión de esa solidaridad de amor de Jesús con los pecadores. El fue «contado entre los malhe- chores», visiblemente, socialmente condenado con los condenados de derecho público, ejecutado en-

(10) PASCAL, El misterio de Jesús, Cf. A. op. p.

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tre ladrones, preferido para la cruz al criminal liberado Barrabás. Todo ello es algo más que una historia que se desarrolla un día en Jerusalén, en- tre el palacio de Herodes y el de

En lo más íntimo de su entraña, es el misterio de Jesús, que bebió hasta las heces «la copa de la ignominia, el cáliz» de los sufrimientos de todos los pecadores, porque quiso ser uno de ellos. El gustó la muerte y no sólo el amargo sabor de nuestra muerte física, el anonadamiento de la se- pultura y de la bajada al sino más todavía el indescriptible sufrimiento de la muerte espiritual, la de los reprobados. Todo cuanto asume en su cuerpo en solidaridad con el sufrimiento y la sole- dad de los muertos, nos revela todo lo que sufrió en su corazón en solidaridad con el sufrimiento y la soledad de los pecadores. Una solidaridad que nos

La solidaridad