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Instructor Certification Policy Certification is a

In document NAVY SCHOOL MANAGEMENT MANUAL (Page 37-41)

SECTION 3 COURSE SUPERVISORS

4.5. Instructor Certification Policy Certification is a

La Sira es la exposición cronológica de los relatos del género hadil que permiten recordar la vida del Profeta. Redactada un siglo después de la muerte de Mahoma, en una época en la que su prestigio alcanzó su cima, presenta mejor aún que la Sunna algunos caracteres de relativa incertidumbre. A cualquier espíritu crítico moderno puede parecer inevitable que numerosos rasgos legendarios se añadieran a los elementos realmente históricos.

Pero esos adornos, aunque existen, no alteran en nada nuestras conclusiones respecto del yihad. En efecto, van evidentemente en el sentido de una veneración, de una mejora de la imagen del Profeta. Son por sí mismos altamente significativos del modo en que se quería percibir al Profeta al subrayar los aspectos considerados «positivos» de su actitud personal. Por lo que concierne al yihad, la Sira nos ofrece, pues, ante todo un reflejo de la doctrina oficial musulmana del yihad en la época de su redacción, es decir, en el siglo IX. Resulta significativo a este respecto que la imagen del yihad que de ella se deduce es aún más guerrera que en los documentos que antes hemos analizado. Prueba evidente de que dicha dimensión guerrera, subrayada en el Profeta, era percibida en la época como particularmente digna de alabanza.

Más aún que en la revelación coránica, es en la Sira donde se discierne con mayor nitidez una evolución del Profeta y de la comunidad hacia una actitud más guerrera, desde el periodo «pacifista» de La Meca hasta el periodo de autodefensa de Medina, que llegó a ser conquistador y expansionista después de la toma de La Meca.

Mahoma en La Meca

Según los relatos de los orígenes reunidos en la Sira la nueva religión no parece que hubiera suscitado reacción alguna antes de

que Mahoma tomara la iniciativa de denunciar las prácticas idolátricas. A partir de entonces, la pequeña comunidad provocó la hostilidad. Fue atacada en plena oración y, por vez primera, un musulmán vertió sangre mediante un tiro de flecha. El autor se jactó de ello personalmente en un poema.

El mismo Mahoma insultó a los idólatras, pero se abstuvo de cualquier violencia física. Frente a las injurias recibidas a cambio, permaneció silencioso. Toda la comunidad, minoritaria y sin defensores, agachó el lomo y evitó toda ocasión de ajuste violento, a pesar incluso de que sus miembros fueron entonces injuriados, golpeados y perseguidos. Muchos se refugiaron entonces en Abisinia, donde el negus aceptó protegerlos tras haberles interrogado sobre su fe. La Sira relata este episodio en el cual los musulmanes relatan cómo Dios les había enviado un profeta para separarlos de los ídolos, de la mentira y de la sangre derramada que caracterizaban sus antiguas creencias.

La actitud de aquellos primeros musulmanes no provenía, sin embargo, de un pacifismo de principio. Únicamente obedeció al hecho de que entre ellos no había ningún hombre de guerra. Se observa bien cuando Umar, y luego Hamza, llegaron a ser musulmanes: la Sira celebra sus virtudes guerreras y la protección que así aportaron a la joven comunidad de los creyentes: nunca más fueron molestados físicamente pero continuaron siendo apartados y menospreciados.

Dicha protección «física» se debilitó a la muerte de Hadiya y de Abu Talib, el tío de Mahoma. Sin embargo, algunos grupos de Yatrib (la futura Medina) se aliaron entonces a la comunidad y se comprometieron a defender con las armas a Mahoma contra sus enemigos. Los habitantes de Medina fueron, pues, los primeros que se mostraron dispuestos a hacer la guerra.

Dios reveló entonces a Mahoma que estaba autorizado para combatir a quienes los oprimían. Esta revelación está consignada en el Corán: «Les está permitido [combatir] a quienes son atacados, porque han sido tratados injustamente. -Dios es, ciertamente, poderoso para auxiliarles-.» (Corán, XIII, 39). Desde entonces, fue el mismo Mahoma, y no ya los quraysíes, quien tomó la iniciativa de las batallas. Después de la hégira, en Medina, organizó su comunidad para luchar contra ellos con las armas.

Mahoma en Medina

La Sira relata que, desde su llegada a Medina, trece años después de su primera revelación, Mahoma se preparó para la guerra, conforme a la orden de Dios que preconizó el yihad contra los mequíes. Un mequí fue matado en el transcurso de un primer enfrentamiento. Fue en aquella ocasión cuando se planteó la problemática concerniente a los meses sagrados (rayab). Aquel homicidio, en efecto, hizo nacer la disensión en la comunidad. Los oponentes acusaron de ello a Mahoma, el cual negó en principio haber dado la orden de combatir durante dicho periodo. Aquella

crisis interna fue superada, como hemos visto, por una revelación coránica que justificó a Mahoma.

En el momento del segundo enfrentamiento, en la batalla de Badr, el mismo Mahoma habría incitado a sus adeptos a la guerra prometiendo el paraíso a quienes murieran en el combate. La Sira relata a este respecto varias anécdotas relativas a la doctrina del martirio de los combatientes en la senda de Alá. Expresan cuando menos la concepción «oficial» del yihad en la época de su redacción.

Es, sin ninguna duda, poco después de la llegada de Mahoma a Medina, tras la batalla de Badr, cuando se sitúa el acuerdo llamado «de Medina». Se trataba ante todo de establecer un compromiso, una mediación que permitiera reglamentar las relaciones entre los musulmanes refugiados en Medina y las otras tribus de los alrededores, judías, cristianas o idólatras, y, sobre todo, de evitar las querellas internas, las alianzas de esas tribus con los adversarios mequíes de Mahoma. Según el acuerdo, dichas tribus conservarían una cierta «autonomía» y algunas responsabilidades propias, pero se comprometían a no hacer la guerra sin autorización de Mahoma (artículo 36); a cambio, el «combate en la senda de Dios» exige la plena solidaridad de todos los creyentes (artículo 19); los judíos debían contribuir igualmente -con sus recursos (artículo 24); judíos y musulmanes debían darse asistencia mutua contra el enemigo (artículo 37).

CONCLUSIÓN

Los acuerdos de Medina pueden considerarse como la primera «carta» de la Umma. Parecen traducir la partida de nacimiento de la comunidad musulmana bajo la dirección político-militar-religiosa de Mahoma.

La guerra desempeñó un papel importante en aquella comunidad, puesto que en principio era menester defenderse de numerosos enemigos. Dicha guerra adquirió acentos religiosos e incluso sagrados en la medida que fue conducida contra los infieles, bajo la dirección de Mahoma y con la garantía divina, a veces incluso por la orden directa, de Alá. Esos aspectos de guerra santa, ya presentes al menos en germen en el Corán y más aún en la Sunna, fueron establecidos de manera definitiva en la doctrina musulmana y en las mentalidades en la época de la redacción de la vida del Profeta, en el transcurso del siglo IX. El yihad, en lo sucesivo codificado, fue objeto a continuación de exposiciones doctrinales y de tratados que difundieron su idea y discutieron sus modalidades.

No obstante, la noción del yihad guerrero había sido admitida mucho antes de su fijación doctrinal, al menos en la mentalidad común de los musulmanes desde la época del Profeta. La orden de combatir a los incrédulos «politeístas» de La Meca era particularmente clara: «Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los asociadores dondequiera que les encontréis»

(Corán IC, 5, véase también III, 190-192). Sólo el arrepentimiento (distinto de la conversión), la aceptación de la oración musulmana y el pago del impuesto islámico podían evitarles un ataque. Los idólatras de La Meca no eran los únicos que estaban en el punto de mira de la guerra en la época de Mahoma: las tribus judías o cristianas también lo estaban, si no se conformaban a las demandas de alianza o de sumisión de Mahoma.

Sin embargo, advirtámoslo, la guerra santa no debía hacerse de manera sistemática contra todos los que no aceptaran el islam. En verdad, la comunidad de los creyentes debía ser apoyada y protegida militarmente por todos los musulmanes, por solidaridad, y un ataque sobre una parte de dicha comunidad se consideraba como una agresión al conjunto de ella. Pero, desde los orígenes, Mahoma llevó a cabo una política de alianzas muy compleja con tribus no musulmanas, política que limitó mucho los casos de guerra santa.

¿Cuál era entonces la amplitud de la obligación personal del yihad en su forma guerrera? En teoría, la doctrina de Mahoma exigía la movilización de toda la población capaz de llevar armas. Pero, en la realidad práctica, se llegó a reconocer pronto que el éxito de la guerra ofensiva dependía esencialmente de la caballería; ahora bien, esa caballería era costosa. La financiación de un caballero armado devino entonces un medio aceptable de ejecutar la obligación moral de la guerra santa. Nos encontramos ahí en los orígenes de la delegación del yihad a profesionales de la guerra, que seria practicada más tarde.

La instalación, tras su victoria, de Mahoma en La Meca no eliminó la guerra de su programa. Al contrario, una de sus primeras decisiones fue hacer frente a las tribus que se oponían al islam en el Hiyaz, y los venció, en la batalla de Hunayn. En 63], Mahoma quiso dirigir él mismo su última gran expedición militar en el norte del Hiyaz. El origen de aquella campaña parece que fue una revelación divina. Se tradujo en una declaración de guerra a los cristianos y a los judíos, descritos como «no creyentes ni en Dios ni en el último día», y asimilados a los «hipócritas».

Aquí se trataba, evidentemente, de un yihad en el sentido de guerra santa. En efecto, a propósito de los creyentes que iban a combatir en el curso de aquella gran expedición, Mahoma afirmó que Alá los haría entrar en el paraíso desde su muerte. Decía también (lo que, cuando menos, resulta sorprendente) que la Torá y los Evangelios contenían también esas promesas de martirio a los creyentes. Si, en efecto, puede pensarse que una semejante doctrina del martirio existía tal vez (pero podemos dudar de ello) en los escritos sagrados del judaísmo, está claro que en ningún caso puede reclamarse del Evangelio, que no contiene ninguna huella de ella, sino todo lo contrario, como antes hemos visto. Salvo que admitamos, bien entendido, como profesan (a veces) los musulmanes, que los Evangelios fueron modificados, amputados o pervertidos al igual que el conjunto de los escritos sagrados de la Biblia. Se trata evidentemente aquí de una afirmación que sólo de- pende de la confesión de fe, y no de la razón crítica, que de ninguna

manera garantiza esta tesis. El historiador, en ningún caso, puede tenerla en cuenta en su propia argumentación.

Varias veces, mucho antes de sus últimas declaraciones de tendencia particularmente belicosa (sermón del adiós pronunciado por Mahoma con ocasión de la peregrinación a la Kaaba, considerado como la terminación de su mensaje), Mahoma afirmó que Dios haría prevalecer el islam sobre las otras religiones. Esta afirmación abría evidentemente la vía a un programa de conquista, aunque muy probablemente él se refiriera más a una dominación religiosa que secular, en la medida que los dos aspectos puedan ser disociados en su pensamiento. El hecho es que los musulmanes emprendieron muy pronto la tarea de islamizar todo el mundo por la fuerza de las armas (entendiendo por ello, recordémoslo, someterlo a la ley del islam, y no convertir a sus habitantes por la fuerza). La conquista religiosa estaba en el centro del mensaje, pero la dominación política era la condición necesaria, secundaria aunque, no por ello, esencial para asegurar el triunfo del islam. La guerra santa, pues, desempeñó muy pronto, tras la muerte del Profeta, un doble papel político y religioso, según la naturaleza misma del yihad, que, como toda guerra santa, derivó de la estrecha unión de ambos dominios.

CAPÍTULO 6

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