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A. The REV Market Framework

6. Interconnection

1: 29 de mayo de 1825

En enero de 1825 el periódico Moniteur anunció que la coronación de Carlos X tendría lugar esa primavera en Reims. Los ciudadanos de Reims miraban con orgullo y gratitud las torres de su catedral desde las cuales una lluvia de oro descendería sobre la ciudad. No antes de mucho tiempo hasta un agujero oscuro, si contenía una cama, se alquilaría por sesenta francos por noche.

El embajador británico, lord Northumberland, envió a su mayordomo a buscar alojamiento en Reims. Este vio un cartel que decía: “En venta” ante una gran casa y preguntó al propietario:

—¿Cuánto?

—Diez mil francos. —Sólo quiero alquilarla. —¿Por cuánto tiempo?

—Por los tres días de la coronación. —Entonces le costará treinta mil francos.

Un mes antes de la coronación, un enjambre de albañiles hicieron pedazos to- das las piezas flojas de la escultura de !a catedral, por temor de que una de ellas ca- yera sobre la cabeza del rey. Fragmentos del rostro de Cristo y trozos de las alas de los ángeles fueron a parar a la basura.

En mayo el Moniteur anunciaba gozosamente que el rey sería ungido con el an- tiguo óleo sagrado que había traído desde el cielo una paloma. La preciosa vinajera había sido conservada en Reims durante siglos. Pero en el año terrible de 1793, el ciudadano Ruhl, representante del pueblo y comisario de la convención, arrebató la santa botella de la catedral, la rompió sobre la cabeza de la estatua de Luís XV y de- rramó el óleo sobre el rey de piedra y el fango bajo él. Pero ocurrió un milagro, y algunos personajes dignos de confianza pero cuyo nombre no trascendió recogieron las golas sagradas de la piedra y el fango y las conservaron cuidadosamente para el gran día en que un rey Borbón fuese nuevamente coronado en Reims.

La procesión entró en la catedral temprano en la mañana del día de la corona- ción. El rey lucía un traje de color cereza con rayas de oro, y los pares de Francia que rodeaban al rey llevaban largas mantas de terciopelo y armiño con encajes de oro.

Dentro, la austera catedral gótica ofrecía en la ocasión el aspecto de un teatro griego y la función tuvo lugar bajo un dosel hecho de satén carmesí. El arzobispo y el rey eran los principales actores de una comedia cuya representación llevó cinco años y en la que el rey cambió de vestido seis veces. En esto lo ayudaba su primo, el pri- mer príncipe de la sangre, Luís Felipe, duque de Orléans. En una escena el rey yació postrado en cojines, mientras su apuesto rostro y pelo gris tocaban la alfombra en

que pisaba el arzobispo. El representante del Santo Padre pinchó la carne del rey con una aguja de oro a través de siete agujeros abiertos en las ropas de Carlos. En otra escena el rey se arrodilló ante el arzobispo, después de recibir el cetro en la mano derecha y los símbolos de la justicia en la izquierda. Y el arzobispo ungió la cabeza del rey con el santo óleo milagrosamente conservado para colocar luego la corona sobre ella.

Algunos de los presentes recordaban un espectáculo muy distinto, si bien igualmente colorido, que los había deleitado unos veinte años antes. Se representó no en Reims sino en la Catedral de Notre Dame de París. Entonces no fue el arzobis- po sino el mismo papa quien viajó desde Roma para coronar al joven dios de la gue- rra. Y Napoleón no se prosternó ante el Santo Padre. ¡No! A Su Santidad ni siquiera se le permitió tocar la corona. Fue el propio Bonaparte quien aferró la corona de Carlomagno y con sus propias manos imperiales la puso firmemente sobre su propia cabeza imperial.

Aquellos de los presentes que odiaban a los ultras miraban el espectáculo teme- rosos de que el rey prestara el antiguo juramentó de los reyes franceses: conservar los derechos de la Iglesia y exterminar a los herejes. Con alivio, oyeron las palabras nuevas en el antiguo rito: el rey juró obedecer la constitución.

Cuando al fin terminó la ceremonia y con todas sus insignias reales Carlos se sentó rígidamente en el trono, los cansados espectadores exclamaron: “Vivat rex in aeternum.”

¿La Revolución? ¿El Imperio? Eran sólo breves y oscuros episodios del glorioso pasado de Francia. Ahora, en que el linaje borbónico iba a reinar por siempre, las huellas de aquellos días debían desaparecer de la tierra y sus recuerdos debían morir en los corazones de los hombres.

La gran cortina que separaba el extremo de la catedral fue descorrida, la multi- tud entró precipitadamente, las campanas tañeron, el órgano rugió, las trompetas resonaron, los cañonazos contestaron al fuego de mosquetería y cientos de palomas fueron soltadas desde el techo abovedado; revolotearon en una nube de incienso, asustadas por el ruido de la multitud.

Así fue coronado en Reims el último rey francés.

2: 1825-1827

Aquellos eran los años en que la vencida burguesía francesa comenzó de nuevo a levantar la cabeza y en que acuñó dos gritos de combate para su lucha contra los ultras. El primero, vive la charte, tuvo poco efecto. El pueblo no deseaba preocuparse por la constitución, a la que el rey había jurado respetar. El segundo grito de comba- te apresó la imaginación de Francia e inflamó a la nación. A lo largo y lo ancho del país se repetía una y otra vez con palabras variables: “abajo los jesuitas”, “abajo la congregación”, “abajo los curas negros.” Un diario liberal filosofaba: “Será difícil ex- plicar nuestra época a nuestros hijos. La controversia teológica está a la orden del día y sólo oímos hablar de monjes y jesuitas.”

La estupidez y ceguera de los ultras partidarios de Carlos y de los jesuitas era el mejor aliado de la oposición. Los liberales repetían y volvían a repetir los mismos argumentos: Francia estaba gobernada por el rey, pero el rey era un títere en manos de los jesuitas. Las cámaras aprobaron una ley en cuya virtud el robo de objetos sa- grados de la Iglesia se castigaba con la muerte. Las mismas cámaras aprobaron una ley que castigaba la profanación de la hostia a la par que el parricidio. El rey se había postrado ante el arzobispo en Reims. ¿No mostraba esto que los jesuitas deseaban retrasar el reloj de la historia hasta la Edad Media y los tiempos de la Inquisición?

Pronto los tenderos y comerciantes de París fueron testigos de algo aun más alarmante. En la fiesta de la Iglesia, en la celebración del Jubileo de 1826, las proce- siones religiosas marcharon por las calles de París y el rey apareció en todas ellas. En la última y más pomposa, se bendijo la piedra fundamental del monumento del rey mártir Luís XVI. Carlos X, miembros de la familia real, cardenales, obispos, dos mil sacerdotes, mariscales, generales, oficiales de estado mayor, pares, diputados, fun- cionarios civiles, magistrados, formaron una procesión que en longitud y magnifi- cencia superó a todas las otras.

La artillería rugió al llegar la procesión a la Plaza Luís XV. El arzobispo de París subió los peldaños del gran altar. Tres veces pidió al cielo misericordia y perdón, mientras todos los presentes caían de rodillas. Entonces el rey, vestido con un traje violeta, el color del duelo real, se adelantó para colocar la piedra fundamental que el arzobispo había de bendecir. A los parisienses, dispuestos a observar cualquier acto colorido, estos dos trajes —el del rey y el del arzobispo— les parecían muy semejan- tes. Apenas había vuelto la procesión a Notre Dame entre el atronar de cañones, a través de calles en que estaban formadas tropas, cuando un nuevo rumor comenzó a propagarse desde París: el de que el rey había sido hecho obispo, que era miembro de la Orden Jesuítica, que la procesión era una penitencia que le había impuesto la Iglesia en expiación de los errores de su juventud. Siguieron rumores cada vez más extravagantes a través de declaraciones orales y folletos impresos: que nadie podía obtener un cargo público a menos que fuese jesuita; que los sacerdotes podían for- mar un cuerpo combatiente de mil hombres armados con dagas; que el papa podía deponer a un soberano si deseaba hacerlo. Decíase que el gobierno del fanatismo era más peligroso para el campo, el comercio y las fábricas que la anarquía de los más sangrientos revolucionarios. El gobierno trataba de detener estas argumentaciones llevando ante los tribunales a quienes “despreciaban a personas o cosas relacionadas con la religión”. Pero en la mayor parte de los casos los acusados eran liberados por los jueces, después de lo cual su lenguaje se volvía más violento e injurioso. Los es- caparates de las tiendas parisienses exhibían dibujos de sacerdotes con panzas pro- minentes y rostros obscenos, o cuadros de delgados monjes ascetas que quemaban los libros de Voltaire. El espectro del jesuita era llevado a dimensiones irreales hasta que llegó a arrojar sombra de odio y temor sobre toda Francia.

En los cafés, los clubes, los despachos de bebidas la palabra que más se oía era “jesuitas”. En los Colegios Reales los estudiantes repelían lo que habían oído de sus padres. El estado de ánimo que prevalecía en el Louis-le-Grand queda ilustrado por la triste carta que Monsieur Laborie, el nuevo director escribió a su superior, el mi- nistro de Educación:

No hay espíritu religioso entre los alumnos. Los pocos que son piadosos se avergüenzan de hacer el signo de la cruz, temerosos de que los otros respondan con sarcasmos y risas. Para ellos nada es sagrado. Su espíritu y su corazón son salvajes. La maldad ha llegado aquí a su grado más alto, y hay poca esperanza de mejora. Has- ta los profesores dan mal ejemplo pues no van regularmente a la capilla. Los padres dan mal ejemplo, ya que excitan la imaginación de sus hijos y los incitan a rebelarse hallándoles incesantemente de la famosa orden de los jesuitas y los peligros que entraña el dominio de la Iglesia. Los jesuitas es el tema más popular entre los estu- diantes. ¿Cómo podemos tratar estos estudiantes convencidos de que su acción re- belde tendrá la aprobación de sus padres?

Después de la rebelión en el Louis-le-Grand, Monsieur Berthot, el desdichado director, fue separado de su cargo, luego de haber expulsado a ciento quince alum- nos, la flor y nata de la escuela, todos los cuales habían ganado certámenes y hecho del Louis-le-Grand el más distinguido de los Colegios Reales. Sin embargo, y esto no se perdonó, el espíritu de rebelión continuó vivo. De modo que a M. Berthot se lo separó del cargo y en su reemplazo se designó a Monsieur Laborie. Monsieur Berthot había sido brutal, cruel, torpe. Monsieur Laborie era un hombre de modales corte- ses, hábil en la intriga y amaba al rey. El mismo espíritu dirigiría el colegio, pero la mano llevaría ahora guantes para suavizar el dolor y ahogar el ruido cuando se sofo- caban rebeliones de estudiantes.

Eran éstos los años en que Evaristo Galois avanzaba paso a paso hasta que llegó a la clase de retórica. No olvidó nunca que solo el hecho de que hubiera estado au- sente del banquete de San Carlomagno lo había salvado de la suerte de los ciento quince estudiantes expulsados.

Eran éstos los años en que los maestros del Louis-le-Grand se quejaban de que el estudiante Evariste Galois se mostraba soñoliento, falto de disciplina y ambición. Puede tener capacidad, decían, inclusive una notable capacidad, pero es inmaduro y raro. El director le aconsejó vehementemente a Monsieur Nicolás Gabriel Galois que permitiera que su hijo Evaristo repitiera la segunda clase. Pero Monsieur Galois no estuvo de acuerdo y sí ocurrió que, en el otoño de 1826, Evariste entró en la clase de retórica y contó en días la distancia que lo separaba de la libertad.

3: Febrero de 1827

Un sonoro “Adelante” contestó los golpecitos de Evariste; entró en el despacho y permaneció en la puerta mientras el director continuaba escribiendo. Miró las agudas facciones del director, los labios apretadamente cerrados y el delgado rostro ascético. Luego miró el escritorio, contó todos los objetos que había en él, miró to- dos los cuadros que colgaban de las paredes, y luego miró otra vez al director.

Evariste pensó: “Sabes muy bien que estoy esperando aquí. Esta es una nueva clase de tortura inventada por el gran maestro de la Inquisición, Monsieur Laborie,

mente, muy calmamente, y luego de pronto te arrebataré la lapicera de tu mano, la romperé y diré: Todos nosotros te odiamos y despreciamos. Eres un jesuita, un jesui- ta, un jesuita de hábito corto. ¿Te darás cuenta entonces de que estoy aquí?”

El director levantó la vista. —Oh, sí, Galois.

Hizo a un lado la lapicera, se echó hacia atrás y habló desde arriba, muy lenta y muy claramente.

— ¡Galois! He leído y discutido el informe sobre usted. No es lo que todos es- perábamos.

Galois contestó, pero sólo con sus pensamientos pues la escuela le había ense- ñado a guardar sus pensamientos para sí mismo: “Ello se debe a que no me agradas tú ni la escuela. Sabía que no me dejarías terminar este año la escuela, abstracción hecha de lo que hiciera o cómo trabajara. Estas son las órdenes que recibiste de los curas negros.”

Monsieur Laborie esperaba una respuesta, pero ésta no llegó.

—Pensamos que era usted demasiado joven para la clase de retórica. Todavía no tiene dieciséis años. Pero creímos que podíamos estar equivocados y no quisimos insistir. Desgraciadamente para usted y contra nuestras esperanzas, el tiempo de- mostró que teníamos razón. Estamos seguros de que se sentirá mucho más feliz en la segunda clase. Estará en la división de un hombre excelente, monsieur Girardin, se hallará con muchachos de su misma edad, encontrará el trabajo mucho más fácil y su progreso será indudablemente mayor.

El director hizo una pausa, como si esperara una respuesta y luego dejó caer sus bien elegidas palabras:

—Lo único que nos preocupa es el bien de nuestros estudiantes.Por ello, inten- tamos no sólo impartirles conocimientos y desarrollar sus espíritus sino y por sobre todo forjar sus caracteres. Esto lo podrá apreciar cuando tenga más edad. Sería mu- cho esperar que pudiera hacerlo ahora. Pero el pasar un año más en el Louis-le- Grand puede abrirle los ojos. No sólo adquirir conocimientos sino, lo que es mucho más importante, ganará en madurez y comprensión.

Tampoco esta vez hubo reacción. Monsieur Laborie fijó la vista en Evariste. —¿Comprende lo que le estoy diciendo?

—Perfectamente, señor.

—¿De modo que está de acuerdo conmigo? Galois no contestó.

El director repitió con una voz en la que no había la menor huella de impacien- cia o fastidio:

—Le pregunto si está de acuerdo conmigo.

Evariste contuvo su creciente cólera y logró decir calmadamente: —No, señor.

El director lo miró con interés y la amistosa voz se suavizó más.

—Dígame entonces por qué no está de acuerdo conmigo. Quizá mediante la discusión lleguemos a una solución que nos satisfaga a ambos. Podemos encontrar esa solución fácilmente si sugiere qué es bueno para usted. Nuestros intereses no

están en pugna y, por cierto, se fortalecen recíprocamente. Dígame, entonces, Ga- lois, por qué mis argumentos no lo convencen.

Evariste sintió que la tormenta se acercaba, que las palabras de denuesto y vio- lencia se agolpaban en su boca. Sabía que pronto no podría resistir su creciente pre- sión. Saldrían a borbotones y golpearían los oídos de aquella cabeza delgada, ascéti- ca. Buscó desesperadamente pensamientos que pudieran calmar la tormenta y aca- llar las palabras.

Pensó en su padre. Debería repetir a su padre exactamente lo que el director había dicho y lo que él había replicado. Debía comportarse de modo tal que los ojos de su padre no se entristecieran ni anublaran. Algo le estaba ocurriendo a su padre. Hacía mucho tiempo que no lo veía alegre, escribiendo versos, imitando a sus ami- gos y riendo de un modo que a todos contagiaba, a todos excepto a su madre. Debía de haber alguna razón de ese súbito cambio. Cualquiera que ella fuese, no debía él añadir nuevas razones. Era ahora el portavoz de su padre. Evaristedijo humildemen- te:

—Señor, me pregunto si no sería mejor para mí permanecer en la clase de re- tórica. Espero que podré terminarla con éxito. Y si no es así, estoy dispuesto a repetir la clase de retórica el próximo año.

Monsieur Laborie miró a Galois como si éste hubiera expresado una idea exce- lente que al director no se le hubiera ocurrido antes.

—Consideremos su plan desapasionadamente y veamos cuál de los planes es mejor para la escuela y, por lo tanto, para usted. Deseamos que acabe nuestra escue- la con una buena calificación. Queremos estar orgullosos de usted, pero también queremos estar orgullosos del Louis-le-Grand.

“Si vuelve a la clase segunda, en la que antes no andaba mal, tiene una buena posibilidad de tomar parte en la competición general y —quién sabe— puede ganar un premio. Entonces con esa preparación, tendrá igualmente una buena probabili- dad el año próximo en retórica. Pero, si se queda en retórica, apenas si podrá pasar, y hasta esto lo dudo mucho. Estoy casi seguro de que tendrá que repetir su último año, que comenzó con una mala nota; mientras que, si vuelvo a la segunda clase, comenzará su último año con una nota buena, quizá muy buena. Cuanto más pienso en usted, más veo que nuestro plan es mucho mejor tanto para la escuela como para usted. Sí, estoy ahora convencido de que nuestro plan es el mejor.”

Se volvió luego hacia Evariste con un aire de decisión: —Espero haberlo convencido.

“Debo acabar esta conversación, debo terminarla a toda costa. Si estoy aquí un segundo más, le escupiré a este rostro jesuítico. Debo terminarla, terminarla ahora mismo.”

—Sí, estoy convencido —dijo Evariste mansamente. Y se sintió como si hubiera escupido sobre sí mismo.

Evaristo volvió a la segunda clase, a las viejas lecturas, al antiguo fastidio entre nuevos compañeros de clase.

Temiendo la monótona repetición de un conocido plan de estudios, Evariste decidió —por primera vez— estudiar matemática. Era una materia impopular entre los alumnos y las autoridades no la consideraban lo bastante importante para hacer- la obligatoria. Como resultado de ello, un grupo heterogéneo de estudiantes de las clases tercera, segunda y retórica, se reunían cuatro horas por semana para estudiar los rudimentos de la geometría. Cuando Evariste se incorporó a esta clase en el ter- cer término, se les había expuesto a los estudiantes cerca de la mitad de Eléments de géometríe, escritos por el gran matemático Adrien Marie Legendre, libro que influir- ía sobre los manuales de texto en los años siguientes.

Durante la primera hora preparatoria Evariste abrió el volumen de Legendre y