3.3 Refining the techniques and procedures
3.3.2 The interviewees: Criteria for selection
No queremos terminar un capítulo sobre el desa rrollo emocional sin hacer referencia a la adoles cencia. Sin embargo, hemos de reconocer que, salvo para los estudiosos de la psicopatología ado lescente, los procesos emocionales en esta etapa de la vida no han sido un especial objeto de interés. Este abandono puede explicarse si tenemos en cuenta que la mayoría de los psicólogos evolutivos interesados en el desarrollo emocional se han dete nido a analizar la adquisición de las diversas capa cidades relacionadas con la comprensión, con la regulación emocional y con la empatía. Ya que parece que estas capacidades ya están consolidadas
en la adolescencia, el período de estudio más inte resante para detectar cambios evolutivos ha sido la infancia.
Efectivamente, la mayoría de los estudios evolu tivos sitúan en la adolescencia los niveles más altos en los diversos aspectos del desarrollo emocional, superándose las limitaciones propias de las etapas anteriores. Sin embargo, el día a día de muchos adolescentes y el de las personas que se relacionan con ellos se aleja bastante de un estado de equili brio emocional. ¿Son tan fuertes los retos que debe afrontar el adolescente que tales capacidades son desbordadas? ¿Son potentes pero radicales y poco flexibles estos recursos? ¿Poseen grandes capacida des pero no las usan?
Veamos en primer lugar las competencias de los adolescentes en el ámbito emocional, diferenciando la conciencia de los propios estados afectivos, la comprensión de las emociones en los demás, la re gulación emocional y la empatía.
— Según el estudio de Meerum Terwogt, Sche ne y Koops (1990) con niños de 7 y 11 años y adolescentes, se constata que estos últimos tienen mayor conciencia de sus estados afec tivos que en edades anteriores y que hacen más referencia a estados mentales a la hora de explicar sus emociones. Los adolescentes tienen también más conocimiento a cerca del efecto que tienen sus estados afectivos, ne gativos y positivos, en el modo de percibir a la gente y en la realización de tareas y acti vidades.
— El adolescente es consciente también de que una misma persona puede motivar simultánea mente emociones contrarias, que sentir có lera hacia una figura de apego; un hermano o un amigo no niega los sentimientos de afecto o amor. Este progreso requiere, por una parte, que el sujeto se dé cuenta de que, aun que las características o las conductas de una persona se integran dentro de ella, están lo suficientemente diferenciadas, de forma que los sentimientos positivos se vinculen con las características o las conductas positivas y los negativos con las características negativas de
dicha persona, y, por otra, que sea capaz de coordinar dichas características con sus co rrespondientes sentimientos positivos y nega tivos, simultáneamente. Los estudios evoluti vos sitúan este nivel de comprensión en los comienzos de la etapa adolescente (Harter y Whitesell, 1989).
— En cuanto a la comprensión de las emocio nes ajenas, en comparación con etapas ante riores, el adolescente es mucho más sensible a los factores personales —preferencias, per sonalidad o historia previa— de los demás que pueden modular su respuesta emocional. Según Gneep (1989), aunque este desarrollo continúa a lo largo de la etapa adulta, los adolescentes son capaces de utilizar un pro ceso de inferencia de tres fases. La primera fase implica determinar si es necesario o no utilizar información personal. En primer lu gar, se analiza si la situación se asocia típica mente a una determinada emoción o puede asociarse a diferentes emociones. En el pri mer caso es razonable y eficaz inferir la reac ción emocional típica en la otra persona a partir de nuestro conocimiento sobre situa ciones similares o sobre la reacción de la gente en general. Por el contrario, si la situa ción puede generar diferentes emociones, o alguna información sugiere que la persona no está experimentando la reacción emocio nal típica se reconoce que es necesaria la in formación personal, comenzando la segunda fase. La búsqueda de información personal implica indagar sobre la persona en particu lar o revisar nuestro conocimiento sobre ella. Finalmente, obtenida dicha información per sonal, en la tercera fase se lleva a cabo una coordinación de la información personal y situacional para inferir los sentimientos de la otra persona. Como se ha señalado en aparta dos anteriores, los escolares son capaces de utilizar la información personal para inferir las emociones de los demás. El avance de la adolescencia deriva de su pensamiento hipo tético que permite considerar la influencia de múltiples y posibles factores personales en
las reacciones emocionales de los demás. El adolescente tiene más capacidad para indagar y recabar información sobre la persona a la hora de inferir y explicar emociones com plejas.
— En el campo de la regulación emocional, la autorreflexión y las competencias cognitivas de los adolescentes se asocian con una ma yor referencia a estrategias cognitivas en la modulación de los estados emocionales y una mayor confianza en la posibilidad de re gular sus estados afectivos.
— También la empatía se ve positivamente afectada por los avances en la comprensión emocional propios de la adolescencia en va rios aspectos. La concepción de los demás como personas que tienen su propia historia y personalidad permite al adolescente tomar conciencia de que, en determinadas personas el malestar no es transitorio sino estable, lo cual puede intensificar la respuesta empática. Por otra parte, si la situación es equívoca —cuando la expresión facial y el tono de voz no se corresponden o la expresión no se ajusta a la situación— en adolescentes y adultos las claves expresivas inmediatas pier den fuerza y pesa más la información sobre la historia, la personalidad o las condiciones vitales de la víctima.
¿Cómo conciliamos estos datos con la imagen del adolescente emocionalmente inestable y vulne rable?
Efectivamente, una característica de la adoles cencia es la inestabilidad de los estados de ánimo. Csikszentmihalyi y Larson (1984) estudiaron una muestra de adolescentes entre 13 y 18 años a los que preguntaban, a través de un «busca», qué esta ban haciendo y qué estaban sintiendo en diferentes momentos del día y de la noche. En el espacio de una hora los adolescentes pasaban de la desespera ción a la euforia, del enamoramiento a la culpa, del aburrimiento a la excitación, de ver el mundo como lugar perfecto a considerarlo como un absoluto caos. También los adultos en la vida cotidiana al ternamos estados de ánimo en función de la situa
ción; la diferencia con los adolescentes es la rapi dez del cambio y la intensidad afectiva.
No queremos reproducir aquí el ya clásico de bate sobre la real o supuesta crisis de la adolescen cia, ni resolver la cuestión haciendo referencia a las diferencias individuales. Efectivamente, la variabi lidad entre los adolescentes es muy grande, depen diendo ésta, en parte, de su temperamento, su expe riencia y sus circunstancias vitales actuales y, en parte, de condiciones históricas y culturales. Algu nos adolescentes viven la transición con mayores dificultades que otros, pero, a pesar de las diferen cias, en la mayoría de ellos el estrés es real.
El adolescente debe asumir su nueva imagen corporal, desarrollar las diferentes dimensiones de su identidad, aceptar, experimentar y regular su sexualidad, aprender a utilizar con flexibilidad sus nuevas capacidades cognitivas, afrontar la presión de los compañeros y la presión escolar. La adoles cencia es también la etapa en que el individuo debe lograr la autonomía en el marco familiar mante niendo los lazos con las figuras de apego a través de un delicado balance, de forma que esta con quista no supere los límites a partir de los cuales pueda caer en la soledad, la cólera o la culpa, y, fi nalmente, es el tiempo de los primeros enamora mientos y, por la misma razón, de los primeros traumas producidos por los desaires y rupturas. Es decir, son muchos los frentes donde los adolescen tes deben poner a prueba su capacidad de afronta miento.
Por otra parte, el disponer de grandes competen cias cognitivas y emocionales no quiere decir que se utilicen ni que su puesta en escena sea necesa riamente adaptativa. Es verdad que el adolescente reconoce que los demás tienen diferentes pensa mientos y preocupaciones y que las emociones aje nas pueden depender de factores personales; es ver dad también que es capaz de considerar e incluso de indagar, si se pone a ello, múltiples y posibles razones en las emociones de los demás. Pero tam bién es cierto que, debido a su egocentrismo, está tan preocupado por sí mismo que tiende con fre cuencia a no considerar la perspectiva de los otros. En cuanto a la regulación de las emociones, aun que apenas existen estudios sobre los cambios en la
capacidad de regulación que se producen en la ado lescencia, los datos existentes sugieren que una de las características de la modulación emocional en esta etapa es la falta de flexibilidad. Según Lavou vieVief, HakimLarson, Devoe y Schoeberlein (1989), el adolescente es radical en su regulación, utiliza mecanismos mentales para enmascarar inter namente sus emociones, ignorando u ocultando el significado del acontecimiento que ha causado la emoción. En su opinión, la madurez se orienta hacia una mayor espontaneidad de la experiencia emo cional, donde ésta no es suprimida sino consciente mente modulada. Los estudios sobre afrontamiento y defensa corroboran una importante transición en tre la adolescencia y la etapa adulta en esta direc ción (Folkman, Lazarus, Pimley y Novacek, 1987; LavouvieVief, HakimLarson y Hobart, 1987). La evitación, el distanciamiento, la intelectualización, o el desplazamiento, estrategias y defensas propias de la adolescencia, van disminuyendo progresiva mente para dar paso a estrategias más maduras como la reevaluación de los acontecimientos nega tivos, el humor, el altruismo o la sublimación (La vouvieVief, HakimLarson, Devoe y Schoeberlein, 1989).
Si las estrategias centradas en la emoción en la adolescencia son sofisticadas pero relativamente rí gidas, otro modo de afrontamiento adaptativo a lo largo de todo el ciclo vital, como la búsqueda de apoyo social, puede presentar más dificultades en la adolescencia. En la infancia y en la etapa adulta las figuras de apego (padres y pareja sexual, res pectivamente) constituyen una importante fuente de seguridad y apoyo emocional. Los adolescentes se encuentran también aquí en una transición, confían menos en sus padres en la búsqueda de apoyo emo cional y todavía no disponen de una pareja sexual que aporte, como figura de apego, una protección y seguridad equivalente. Es verdad que en los mo mentos de crisis intensos buscan el apoyo emocio nal en sus padres, pero también es verdad que son ambivalentes respecto a confiar en ellos, especial mente en los primeros años de la adolescencia.
A modo de conclusión, nos atrevemos a contes tar afirmativamente a las tres cuestiones planteadas al comienzo. La adolescencia es una época de gran
des retos y de grandes capacidades. Es posible que, en ocasiones, el nivel de estrés generado en los diferentes ámbitos de su vida personal y social desborde sus competencias emocionales. Por otra parte, poseer capacidades no asegura que éstas se utilicen ni que se utilicen bien. Una tarea de la ado lescencia, a añadir a las muchas citadas, es apren der a utilizar sus competencias emocionales.