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4.5 DATA COLLECTION

4.5.2 QUALITATIVE DATA COLLECTION

4.5.2.1 INTERVIEWS

“Solo para sopranos” es el sexto cuento del libro de Metropolitanas. La historia la relata una mujer que se dedica profesionalmente al canto y que después de esperar mucho tiempo, por situaciones casuales de la vida, adquiere el papel de la Mariscala en la ópera El caballero de la rosa de Strauss. Este papel que además de todo, será interpretado en el gran teatro de la Scala de Milán, donde la mujer nunca había sido aceptada para cantar un protagónico, fue el que ella mujer siempre esperó poder interpretar. El personaje femenino viaja en un tren con su asistente

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Berta y a medida que el viaje avanza los recuerdos del pasado vienen a su memoria: su vida monótona, la relación que tiene con Konrad, el esposo de su mejor amiga, su infancia triste y sus viajes anteriores en tren. En el transcurrir del viaje, el tren se detiene debido a un problema en las vías y las mujeres se retrasan un poco en la llegada a Milán. Sin embargo, este espacio le da a la mujer tiempo para pensar mucho más a fondo sobre lo que ha estado haciendo en su vida. Ella sale del tren y observa como cae la nieve, piensa en la Mariscala, en su pasado y en su destino, para finalmente decidir regresar a Viena y olvidarse de la Scala y de Strauss.

Los sucesos de la vida de la mujer se relacionan con lo musical no simplemente por ser ella una soprano, sino que, inevitablemente, los personajes de las óperas que ella ha interpretado se han ido convirtiendo poco a poco en parte de ella misma. Es como si las vidas de cada personaje operístico afectaran directamente la vida de la mujer, quien a través de estas palabras, lo

reconoce: “(…) y derrochaba sufrimiento por todos los escenarios del mundo interpretando a viva voz mujeres atrapadas por el dolor y la desesperación, como Floria, Tosca, Mimí o una Madame Butterfly desconsolada, a la espera de que, más a tono con mis atributos y rango, me ofrecieran papeles menos patéticos” (“Solo para sopranos” 102). Los personajes de las óperas reflejan el sufrimiento que la mujer vive a diario, sufrimiento que se debe, sobre todo, a su situación de amante de Konrad. La mujer de una manera muy curiosa se enamoró de este sujeto, pues su amiga Elke siempre le contaba las desgracias que sufría al lado de él y las lágrimas que

vertía hicieron crecer su interés: “Tanto sufría Elke por Konrad que la única forma que tuve de

creerle fue enamorarme de oídas, ya que las lágrimas que vertía mi amiga constituían la

credencial más atractiva del miserable” (“Solo para sopranos” 102). La mujer, al parecer, alimentándose del dolor, lo deseaba para sí misma y, de ese modo, se convirtió en amante de Konrad. Al parecer, esto le daba fuerza para interpretar a sus personajes, seres repletos de dolor. Cuando la mujer se enteró de la enfermedad de la soprano que originalmente interpretaría en la Scala el papel de la Mariscala y a la cual reemplazaría, se dio cuenta no solo de que llegaría su gran oportunidad, sino que también, interpretaría a la mujer con la que se sentía completamente

identificada: “Cansada de interpretar La mujer sin sombra, podía ahora vivir a fondo la pena de la Mariscala, que en gran medida es la de mi propia vida. El libreto, ciertamente, parece afectarme de forma directa y, a lo mejor, tal casualidad es la responsable de mi interés por la

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Strauss, la cual cuenta la historia de una mujer: la emperatriz, quien es hija del rey de los espíritus y, por supuesto, viene de otro mundo, sin embargo, ella, enamorada del emperador, decide casarse con él, pero al no poseer una sombra, debido a su inhumanidad, no puede ser madre. La mujer tiene un tiempo determinado para conseguir la sombra que anhela o terminará convertida en piedra. Probablemente, el personaje femenino esté cansado de este papel, porque la mujer en su vivir cotidiano no posee un ideal más profundo que el de esperar el momento en el que le ofrezcan algún papel, su situación no le permite observar la trascendencia del emprendimiento de una búsqueda hacía algo, ella solo se encamina a buscar papeles de los que muchas veces no se siente satisfecha. En otro momento del relato, la mujer cuenta la manera en que sus padres, mucho más emocionados que ella, insistían en que tomara la decisión de hacer una carrera como cantante lírica: “(…) todo esto formaba parte de un repertorio que nutría mi infancia de hija única mientras papá hacía subir enteros a la empresa y mamá suspiraba, muda entre el piano, por su Rubinstein: todos sabían que yo era la esperanza más fiable para que sus

gustos musicales tuvieran algún día cumplida voz”. (“Solo para sopranos” 109). De ese modo, comprendemos que la mujer se siente atrapada en su cotidianidad y en el hecho de, simplemente,

intentar cantar mejor que las demás mujeres: “La vista de la carrilera, al doblar una curva, me hace pensar en las líneas de los pentagramas y creo que todo en mí se reduce precisamente a eso:

pentagramas y viajes”. (“Solo para sopranos” 105).

Por el otro lado, el papel de la Mariscala significaba algo mucho más profundo para el personaje femenino, pues su propia vida estaba reflejada en esa mujer sufriente. La Mariscala mucho más vieja pero enamorada del joven Octavian, mantiene una relación a escondidas con él, asunto que hace que constantemente piense en el transcurrir del tiempo y en que la dejará alguna vez por alguien más joven que ella. Un día su primo el viejo Barón Ochs le informa que desea casarse con Sophie von Faninal, hija de un rico mercader ennoblecido, para así solucionar su vida económica, entonces, el Barón le pide a la Mariscala que lo ayude a conquistar a esa mujer. Ella decide enviar a Octavian para que, en un acto tradicional de la época, le entregue a Sophie von Faninal una rosa de plata de parte del Barón, la cual significaba una propuesta matrimonial. Sin embargo, Octavian al ver la belleza de Sophie termina por enamorarse de ella destrozando a su vez la relación de amantes que tenía con la Mariscala. Sin embargo, la Mariscala, consciente de su edad y en un gran gesto de madurez al ver a los dos jóvenes amantes juntos decide dejar a Octavian para que tenga una vida feliz con Sophie von Faninal. De este modo, es interesante

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observar como se da la trasformación de la mujer a través del cuento, pues es esta manera de cambiar la que evidencia la influencia que tiene el papel de la Mariscala en la vida y perspectiva del personaje femenino.

En el momento en que la mujer cuenta su desenfrenada pasión por Konrad hallamos su inestabilidad. El personaje de Konrad se describe como un sujeto al que no le interesa mucho, sentimentalmente hablando, su amante. La mujer lo sabe, y sin embargo, desea mantenerse con él. Así explica la mujer los sucesos sucedidos antes de su partida hacia la Scala:

(Hablando sobre Konrad) Me dio uno de esos besos de estación y me deseó toda clase de éxitos en mi gran prueba, aunque algo me hizo creer –Bocca baciata non perde ventura / Anzi, rinnova como fa la luna– que en ese beso, que poco tenía que ver con el cantado por Verdi, se escondía el pretexto de una despedida, su alivio. (“Solo para sopranos” 101)

Además menciona: “Subí al tren tras el último aviso, acuciada por el perentorio gesto de un

ferroviario, y Konrad ni siquiera tuvo la delicadeza de esperar a que la máquina abandonara el andén para largarse. Y sin embargo, nada me habría hecho dudar ni un solo instante de mi pasión, loca y desmedida, como decían mis amigas, por aquel ingrato” (“Solo para sopranos”

101). El personaje femenino aunque consciente del daño que le causa ser la amante de Konrad permanece a su lado. Posteriormente, cuando nos enteramos de los sufrimientos por los que pasaba la amiga del personaje femenino a causa de Konrad, ella nos cuenta que finalmente: “ella se casó con su Konrad y yo, sin ninguna clase de cinismo me convertí en su amante […] ella dejó

de penar mientras yo ocupaba su lugar y derrochaba sufrimiento” (“Solo para sopranos” 102). A pesar de esto, la mujer seguía pensando en siempre permanecer.

Las cosas cambian a través del viaje de la mujer. Esto se empieza a notar desde las metáforas que ella utiliza para referirse a su vida y al tren. El tren representa en el cuento y, sobre todo, en la vida de la mujer su único recuerdo de infancia, su única sensación que más allá de lo cotidiano

refleja esos deseos de avanzar y ser otro: “Nunca pude explicarme la sensación que vivía al

viajar por la carrilera bajo una tormenta y el misterio de la luz al romper la densa oscuridad de los túneles, los precipicios que la máquina bordea a tumba abierta y las gélidas cumbres, sobre

119 mencionar a Konrad: “Hablar de él es, como dice La traviata, hablar Di quell’amor ch’e palpito,

amor que es zozobra y duda, pero que me tiene en sus manos” (“Solo para sopranos” 109). La mujer cuenta que Konrad solo se interesa en verla cuando quiere que hospede a sus amigos en su casa, pues su mujer no le permite que los hospede en su casa. De todas maneras el personaje

femenino menciona: “Me paga el favor en especie y, para ser franca, nada me gustaría tanto

como que convirtiera mi apartamento en un refugio permanente para sus genios y poder así tenerlo a mi disposición semanas enteras” (“Solo para sopranos” 110).

Posteriormente, la mujer a través de la figura del tren termina por equiparse con él, con su

destino y con su dolor: “En uno de los recodos de la vía puedo observar por primera vez los doce

o quince vagones del convoy, aunque la parte posterior del mismo se hunde entre la niebla, lo que contribuye a darle el aspecto de una bestia que arrastra un destino mutilado, como yo

misma” (“Solo para sopranos” 110). En el momento en que el tren permanece inmóvil la mujer siente emoción de ver un hecho que transcurre de manera diferente y se emociona ante el cambio. Piensa en la relación que puede haber entre el ritmo uniforme del tren y sus trinos de soprano, lo cual la hace pensar en el camino que ha recorrido su vida hasta ahora, viviendo estáticamente entre conciertos y viajes. Mientras el tren no se mueve, la mujer sufre su más grande transformación, al pensar en lo estático y al observar a los trenes: “aparcados en un

reposo mastodóntico, cubiertos por la bendición láctea que parece redimirlos de sus largos

vagabundeos” (“Solo para sopranos” 116). La mujer, al igual que la Mariscala, siente el peso del paso del tiempo. Observando la quietud del metal errante, la caída de la nieve y percibiendo el

silencio, la mujer comienza a llorar: “Advierto que sobre mis mejillas se funde el llanto con los grumos derretidos y es entonces cuando descubro que todo esto no es más que la prueba de una insólita revelación y que solo nieva para mí” (“Solo para sopranos” 116). En ese instante el personaje femenino se da cuenta de que las cosas que ha tenido a su alcance no son las que verdaderamente deseaba tener, su vida se había reducido a agradecer a quien la contrataba, y lo de la Scala simplemente lo hacía por su orgullo personal. Además, y aquí está la relación directa entre la mujer y su papel de la Mariscala, la mujer comprende cual es el rumbo que debe tomar frente a todos los aspectos de su existencia. El permanecer al lado de Konrad se ha convertido más en un capricho, en algo que prefiere hacer pero que, al fin y al cabo, para ella no es

importante: “prefiero dejarme utilizar antes que meterme en dramas a costa de una exclusividad

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consciencia del transcurrir de su vida solo en función del cuidado de su voz hacen que piense en

la Mariscala y en sus reflexiones: “¿Qué es al fin y al cabo la Mariscala? Un papel musicalmente

perfecto, pero también una profunda reflexión sobre la madurez, sobre el sentido de la vida”

(“Solo para sopranos” 118). La mujer encuentra su camino gracias a la visión que la Mariscala tiene de su existencia y en un acto que sorprende a Bertha decide detenerse: “también yo puedo decidir la hora de mi retirada, también yo puedo decir basta” (“Solo para sopranos” 118). La mujer fusionándose de otra manera con su tan anhelado papel operístico descubre el sentido real de su camino, el trayecto que desea emprender y quien verdaderamente es: “Hay cambio de

itinerario, Bertha. Olvídate de La Scala y de la Mariscala. Regresamos a casa en el próximo tren”

(“Solo para sopranos” 119).