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4.2 Key Performance Parameters (KPPs) 1 Connectivity
La tesis principal de Q. Skinner consiste en afirmar que una buena investigación en historia de las ideas o en historia de la filosofía supone una contextualización del pensamiento de los autores cuyo arsenal argumentativo intentamos demostrar. Según Skinner, tal teoría es par- ticularmente aplicable a la historia de las ideas políticas, en la cual las opiniones, los argu- mentos y los juicios de los autores no deberían ser interpretados en el «cielo» de las ideas, sino en el contexto histórico particular en el que surgen.
Esta idea, aparentemente banal, se opone con contundencia al estructuralismo fran- cés o, de manera más precisa, a una aproximación que preconiza una lectura estricta-
5. O. Koselleck, Brunner, W. Conze (eds.), Geschichtliche Grundbegriffe. Historiches Lexikon zur poli-
mente interna de los textos, pensados como sistemas. Podríamos hacer referencia a la dia- noemática de Gueroult o a la técnica estructuralista de Beyssad, Matheron o Goldschmidt. Pero el programa de Skinner no sólo se dirige contra el estructuralismo o sus aplicacio- nes en el plano historiográfico. Skinner, de hecho, construye su trabajo contra toda filo- sofía especulativa y teleológica de la historia, tal y como puede ser apreciada en los traba- jos de Arthur Lovejoy —quien es, a menudo, considerado el padre de esta disciplina cono- cida como historia de las ideas— y sus discípulos. Se posiciona, por tanto, contra el principio de una lectura estrictamente interna de las grandes obras filosóficas del pasado y contra la voluntad de leer la historia de las ideas como un relato en el cual cada autor pasa el relevo al siguiente. Skinner muestra la importancia de la contingencia de los he- chos históricos. De nuevo la tesis parece banal, pero contrasta tan abiertamente con los trabajos de la «escuela» de Arthur Lovejoy que ha contribuido de forma considerable a revolucionar las maneras de hacer historia intelectual. Hasta tal punto que este programa metodológico es considerado desde hace veinte años también como una escuela: la «es- cuela de Cambridge».
La tesis de Skinner se apoya sobre todo en dos salvaguardas de naturaleza epistemo- lógica.
A) En primer lugar, cuando leemos a los autores del pasado, debemos tomar en conside- ración la importante distancia entre su mundo intelectual y el nuestro. Si no nos preocupa- mos por este aspecto —y es fácil obviar esta medida de precaución tan necesaria para el historiador— no solamente podríamos errar nuestras preguntas sobre el mundo intelectual del pasado, sino que también quedaríamos apartados de un conjunto importante de infor- maciones que podríamos calificar de intraducibles y, por consiguiente, sería imposible que el mundo del pasado nos enseñara nada. Estas informaciones son intraducibles en la medida en que sólo nos son accesibles con la condición de no reducirlas a nuestro propio vocabula- rio, nuestras visiones del mundo, teorías, etc.
No se trata, entiéndase bien, de rechazar toda forma de diálogo con los autores del pasado. Simplemente se trata de no reducir —si existe algo parecido a un diálogo— su uni- verso al nuestro. Para lograrlo, y en este punto la salvaguarda metodológica nos recuerda una de las ideas apuntadas más arriba, el respeto de la alteridad histórica de los textos del pasado debe partir de un trabajo importante de contextualización histórica. Es una red de discursos en cuyo seno se asientan los enunciados estudiados por el historiador.
B) En segundo lugar, para comprender un texto del pasado, el contexto histórico, por muy importante que sea, no es tampoco determinante. No es determinante si como tal con- sideramos que todo lo que está en el texto está ya en su contexto. Una forma de presentar esta idea a la que se opone Skinner, es ver en el contexto la causa del texto. Es cierto que un contexto particular puede causar un texto, lo cual no significa que todo lo que se dice en el texto se encuentre ya en el contexto original. Sería muy simple creer que basta reproducir la matriz de un enunciado (el tejido intelectual en donde se posiciona un enunciado) para deducir el enunciado mismo en toda su claridad. Un contexto nos instruye sobre el enuncia- do, pero no nos lo dice todo acerca de él.
Es cierto que la idea de causalidad, la idea de que el contexto da lugar a un tipo de texto, deja entender que un buen número de elementos que componen el objeto «causado» —en esta ocasión el texto de un autor del pasado— están ya presentes en su contexto porque el contexto es la matriz del texto. Skinner rechaza aceptar esta idea y no sería honesto querer reducir su programa metodológico a esta forma de contextualismo. La razón principal de este rechazo es que dicha teoría sólo contempla los textos como efectos del contexto y, por lo tanto, les niega toda autonomía. Resulta entonces imposible plantear la cuestión de qué ha querido hacer un autor X al escribir Y en un período histórico con- creto, puesto que el contextualismo causalista —si podemos llamarlo así— no ve las rela- ciones entre un contexto y su texto más que en un solo sentido: el del contexto como matriz social y/o ideológica del texto, que será su producto. Ahora bien, es posible concebir sin
mucho esfuerzo una relación inversa entre el texto y su contexto, donde el texto produciría un efecto sobre su contexto inmediato. El contextualismo de Skinner no es por lo tanto un causalismo.
Podríamos pensar que la contextualización es una forma de separar el objeto de inter- pretación de su intérprete a través del peso de los hechos. Lo que impediría a un autor discutir con Platón, Ockham, Hobbes o Mill como si discutiera con su vecino de mesa, es que no vive en la misma realidad histórica que los autores. Desde este punto de vista, la historia de las ideas no sería, por retomar la expresión de Jean Fabien Spitz, sino una «sucesión de realidades heterogéneas [...] entre las que es imposible establecer un diálogo entre cuestio- nes idénticas para definir una eventual esencia común de lo político».6 Desde este presu-
puesto, toda tentativa de restituir el pensamiento de un autor supondría prestar atención a los más mínimos detalles de su biografía personal, de los hechos importantes que se desarro- llan durante su vida, de las condiciones socio-económicas de la época, etc. Tal atención puede rápidamente convertirse en algo fastidioso, sin ser necesariamente pertinente para el estudio de los textos del pasado.
Sin negar tal cosa, el programa metodológico de Skinner es menos ambicioso y propone detenerse, sobre todo, en lo que podríamos llamar —la expresión no pertenece a Skinner— los «hechos intelectuales» que son constitutivos del contexto ideológico y filosófico de los autores del pasado. Inspirado por Wittgenstein, pero también y principalmente por la teoría austiniana de los actos de lenguaje, Skinner ve en la historia de las ideas y de las acciones el resultado de debates intelectuales en los cuales las tesis, los argumentos y la retórica desple- gada por los autores deben ser leídos como actos de lenguaje que producen o quieren produ- cir efecto sobre un público determinado. En el marco de una historia de las ideas políticas, estos actos de lenguaje son interesantes sobre todo en la medida en que forman parte de una visión del mundo, de una ideología o de un sistema de pensamiento, y un conjunto de gestos políticos.
6. Spitz, op. cit., p. 134.