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Finding 12: LAPD’s return to work program needs improvement, as it lacks performance metrics and reliable systems to

En los siglos XVIII y XIX, las principales figuras de la Ilustración y el Romanticismo establecieron una

división clara entre la inteligencia y el sentimiento. Los racionalistas recelaban del sentimiento; los románticos confiaban en muy pocas otras cosas. Cada uno a su manera, ambos veían la inteligencia y los sentimientos en reinos distintos de la experiencia que debían mantenerse mutuamente separados. Las consecuencias de esta división se dejan sentir aún hoy. Pueden ser catastróficas y están por doquier.

Los filósofos racionalistas se proponían ver a través de las ilusiones de la superstición y el sentido común mediante un proceso de implacable razonamiento escéptico.2 En las ciencias naturales (incluidas la física y la biología), los sentimientos, la intuición, los valores y las creencias se tenían por peligrosas distracciones: la turbia banalidad de una mente indisciplinada. David Hume, prominente faro de la Ilustración, lo decía sin rodeos: «Si tomamos cualquier tratado de divinidad o metafísica, por ejemplo, ¿contiene algún razonamiento abstracto sobre cantidad o número? No. ¿Contiene algún razonamiento experimental sobre cuestiones de hecho y existencia? No. Echémoslo al fuego, porque nada puede haber en él más que sofismas e ilusiones».3

Esto significaba, por ejemplo, que las ciencias biológicas no debían hacer suposiciones metafísicas sobre los orígenes y las funciones de la vida, que se debían explicar en términos puramente materiales. Si existe alguna fuerza más allá de la lógica y la evidencia que sea responsable de la vida en la Tierra, la ciencia no debe presuponerla ni interesarse por ella. La teoría de la selección natural de Darwin cumplía estas condiciones materialistas con seductoras elegancia y claridad, y sus efectos siguen latiendo en todos los sistemas de creencias.

En las ciencias humanas, había un rechazo similar de las ideas religiosas y de todas las formas de trascendentalismo. Los primeros grandes psicólogos, entre ellos Ivan Pavlov (1849-1936), J. B. Watson (1878-1958) y B. F. Skinner (1904-1990), se emplearon en examinar el comportamiento humano dejando de lado todas las ideas sobre espíritus o almas inmateriales. Contemplaban, cada uno a su modo, la conducta humana desde el punto de vista del condicionamiento social, de las reacciones aprendidas de las experiencias, y de la satisfacción de las necesidades prácticas de supervivencia. B. F. Skinner desarrolló en la década de 1920 la teoría del conductismo. Ésta afirmaba que se podía condicionar a la persona a determinadas formas de conducta. Por supuesto que en la teoría hay cierta verdad evidente. Gran parte de nuestra conducta es previsible y condicionada. Los experimentos de Pavlov con perros llegaron a una conclusión semejante. En su laboratorio, tocaba una campana cuando daba de comer a los animales, y al final, sólo con oír la campana, ya se ponían a salivar. Pavlov lo llamó «reacción condicionada». Los seres humanos también podemos mostrar reacciones condicionadas. Sin embargo, en los últimos 100 años se ha realizado una inmensa cantidad de estudios experimentales dentro y fuera de los laboratorios sobre todos los aspectos de la conducta humana. Pero no se ha planteado una teoría definitiva del comportamiento humano con la que se pueda prever de forma fiable cómo actuarían todas las personas en determinadas circunstancias.

Sigmund Freud (1856-1939) concebía la mente como un aparato mental para implicar al individuo en el mundo exterior. Distinguía entre el i d (el ello), las fuerzas instintivas básicas de la conducta humana, que se rigen por el principio del placer; el ego (el yo), la mente consciente, que se rige por el principio de la realidad y gestiona nuestros pensamientos, las funciones ejecutivas y las relaciones en el mundo: y el súper ego (el superyó), que es la sede de los valores morales, un sentimiento de propósito superior, de espiritualidad y de conciencia.

Para Freud, el yo existe en un permanente estado de tensión en su afán por gestionar los impulsos más primitivos del ello, las tendencias morales del superyó y las exigencias enfrentadas del mundo exterior. Mantener una mente racional depende de controlar las complejas interacciones de estos diferentes impulsos psicológicos. En consecuencia, y en muchos sentidos, la psicología freudiana concibe los sentimientos como fuentes potenciales de perturbación para una personalidad equilibrada.

Pese a lo muchísimo que estas ideas han influido en las ciencias humanas y en la cultura popular, a mediados del siglo XX fue creciendo el número tanto de académicos como de profesionales de la

medicina que rechazaban estos planteamientos mecanicistas de la conducta humana. En 1960, Jerome Bruner y Frank Miller crearon el Centro de Estudios Cognitivos de la Universidad de Harvard, con la intención explícita de ir más allá del paradigma conductista y estudiar la naturaleza intrínseca de la mente y la conciencia. Hacía tiempo que el gran psicólogo evolutivo Jean Piaget postulaba enfoques cualitativos para comprender cómo aprenden y experimentan el mundo los niños y los adultos. Su obra y la de Bruner tuvieron una profunda influencia en las teorías de la educación.

Muchos psicólogos y médicos también objetaron la que consideraban una concepción esencialmente negativa de los sentimientos y las emociones que procedía de las tradiciones racionalista y conductista; lo que R. D. Laing llamó «la psicología negativa del afecto». Al igual que Laing, muchos veían en los modelos racionalistas de la psicología síntomas de un problema mayor: la represión que «nuestra

civilización ejerce sobre los instintos, no sólo la sexualidad, sino cualquier forma de trascendencia». Desde principios del siglo XX ha habido teorías radicalmente alternativas sobre el bienestar humano

y la salud emocional. William James (1842-1910), Viktor Frankl (1905-1997), Carl Jung (1875-1961), Abraham Maslow (1908-1970), Carl Rogers (1902-1987) y muchos otros han postulado de diferentes formas concepciones más armoniosas de los sentimientos, la espiritualidad, la mente y el cuerpo. Algunos, como Alan Watts (1915-1973) y Aldous Huxley (1894-1963), partían de antiguas enseñanzas orientales en las que no se establecían de forma tan contundente divisiones entre la mente, el cuerpo y el espíritu. En la década de 1960, empezaba a cobrar fuerza una compleja reacción contra el racionalismo, que se manifestó en los profundos cambios en lo que el historiador cultural Raymond Williams hubiera llamado la «estructura del sentimiento» de la época.

Las dos piedras angulares del crecimiento personal son la individualidad y la

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