Chapter 6 Discussion and analysis 6.1 Applying the theoretical framework
7.1 What has been learned?
La introducción y aceptación del cultivo de maíz en gran escala tuvo un fuerte impacto en las sociedades agrícolas de las tierras bajas tropicales. El alto valor nutritivo del maíz, junto con su fácil adaptación a diferentes suelos, alturas y condiciones climáticas, hicieron posible tal vez la penetración al interior del territorio y el poblamiento de las faldas y serranías, distantes de los cursos de los ríos y lagunas. Parece haber sido el cultivo de maíz lo que permitió a una creciente población expandirse rápidamente sobre las vertientes de las cordilleras colombianas, zonas que hasta entonces probablemente habían sido poco pobladas.
Esta probable adaptación ecológica llevó al desarrollo de una pauta de asentamiento que se caracterizó por una tendencia a la descentralización. La población, siempre en aumento, comenzó a extenderse sobre las vertientes tropicales y subtropicales, donde construyó sus viviendas esparcidas, a veces solitarias, en ocasiones en grupos de parentelas, que ocupaban tres o cuatro viviendas, donde quiera el terreno accidentado parecía propicia para un plantío. Este nuevo rumbo hacia los valles montañosos, desde luego no llevó a la deserción de las tierras bajas; numerosos grupos continuaron alli su anterior modo de vida, pero la tendencia general fue hacia el interior, hacia los valles de las cordilleras.
Entre las consecuencias más notables de este desarrollo, se destacan algunas que deben tratarse en más detalle, debido a su particular importancia.
En primer lugar, un movimiento demográfico hacia el interior montañoso, debe haber dado un gran ímpetu a las técnicas y a la experimentación agrícola. Colombia ocupa un lugar muy importante en el campo de la domesticación y diversificación de cultígenos nativos y los innumerables microambientes, en diferentes alturas, con características edáficas y factores meteorológicos variados, constituyen un laboratorio ideal para estos fines. Un considerable conocimiento, basado en experimentos con nuevos cultivos o nuevas variedades de especies ya domesticadas, debe haberse acumulado en las tierras bajas ya tiempos atrás, y la domesticación de ciertas raíces que prosperan en zonas de escasa o irregular precipitación, quizás llevó al poblamiento esporádico de regiones interfluviales, pero una vez que ya se había logrado, gracias al maíz, la independencia definitiva del ambiente litoral y ribereño, la ocupación de las nuevas tierras dio grandes estímulos a la intensificación y, ante todo, diversificación, de las prácticas agrícolas.
Ahora bien, el cultivo del maíz (1) , si quiere ser exitoso, necesita grandes cantidades de lluvia y de sol, pero la productividad depende no tanto de la cantidad de precipitación sino de su distribución estacional. Se puede decir entonces que, en cierta manera, las exigencias de este cultivo que, desde luego,
es en sí un producto cultural, mostraron el camino hacia aquellas regiones donde la productividad fue máxima debido a una combinación particularmente favorable de factores ambientales y meteorológicos. Al mismo tiempo, un tal medioambiente era propicio a una amplia gama de otras plantas altamente productivas, gran variedad de las cuales podían cultivarse en las fértiles vertientes templadas de las cordilleras. Dentro de este potencial ambiental econtramos ahora el germen del cambio de un modo de vida. Las comunidades maiceras comenzaron a establecerse sobre una amplia área de las montañas, ascendiendo los valles del Magdalena y Cauca, y colonizando las laderas de los Andes.
Una segunda consecuencia de la dispersión de los cultivadores de maíz, fue de no menos importancia que la expansión de su desarrollo agrícola. Por entonces, la vida en las hoyas, en los estrechos valles o en los altiplanos fríos, estaba marcada por el regionalismo y por el aislamiento cultural. En las tierras bajas de la Costa había habido siempre un común denominador en términos de condiciones climáticas similares, y de un sistema económiço generalizado, que se basaba en recursos ribereños, lacustres y marítimos; pero ahora aquella unidad anterior estaba desapareciendo. La adaptación a microambientes específicos llevó a la diversificación y al advenimiento de culturas locales que, aunque a veces ocupaban valles vecinos, se diferenciaban mucho en su ámbito y contenido. Aparentemente aquí no había contradicciones ni estilos-horizontes comparables a los de los Andes Centrales, sino más bien una marcada diversidad debida al aislamiento geográflco y cultural, así como a las diferentes maneras como las gentes confrontaban sus medioambientes locales.
Debemos examinar en más detalle los testimonios arqueológicos que nos dejaron las comunidades maiceras que, al comienzo de nuestra era, poblaban el interior y las Costas. Por lo que se puede deducir, en el estado actual de las investigaciones, la tendencia a la descentralización prevaleció sobre amplias regiones. En las estribaciones más norteñas de las tres cordilleras, en las laderas de los valles del Magdalena y Cauca, y en el Macizo Andino, se encuentran diseminados y aislados muchos pequeños sitios de vivienda, a diferentes alturas. Para unas gentes acostumbradas a la vida ribereña o llanera, el ambiente de las vertientes planteó, entre otros, ciertos problemas tecnológicos, en lo que se refiere a la arquitectura doméstica. A veces fue difícil encontrar un pedazo de tierra plana para construir una vivienda y se hizo necesario preparar un trecho piano, por medio de una combinación de cortes y rellenos. Dichos pequeños sitios de habitación, circulares o semicirculares, son muy característicos para estos grupos de las laderas, y asociados con ellos encontramos alineamientos de piedras, círculos de bloques irregulares, o pequeñas murallas de contención rodeando parte de la plataforma de vivienda. Tenemos pues, aquí, una fase temprana de ingeniería y arquitectura que, aunque no tuvo mayores desarrollos, constituye un rasgo frecuente entre los cultivadores de maíz. En estos sitios se hallan grandes y pesados metates y manos de moler, los pruneros profundamente ahuecados, lo cual atestigua su uso durante generaciones. Estos metates los encontramos generalmente dentro de la vivienda o en el patio adyacente, pero a veces hay
profundas depresiones en grandes rocas vecinas, que fueron usadas como morteros, artesas o pilones.
La cerámica de aquellos sitios, por lo general, es burda pero bien hecha; el desgrasante es de arena o a veces consiste de fragmentos cerámicos molidos, lo último especialmente en las zonas del interior. En la Costa existe a veces un desgrasante de conchas trituradas, combinado con arena muy fina. La mayoría de las vasijas está quemada en una atmósfera oxidante y tiene un color carmelita- rojizo, pero cerámicas negras ocurren en ocasiones. Hay gran cantidad de formas: son frecuentes las bases anulares o altos soportes de pedestal; hay vertederas tubulares, gran variedad de manijas y agarraderas, así como vasijas de silueta compuesta, con una división formal muy clara en base, cuerpo y cuello. El modo decorativo principal sigue siendo la incisión, y los motivos así trazados cubren la mitad superior del cuerpo o, inclusive, el cuello de las vasijas; pero también se hacen presentes el modelaje, la aplicación de peloticas o bandas y la decoración pintada de rojo. Son comunes las grandes tinajas para el almacenamiento de agua, excepto en lugares inmediatos a un curso de agua, y recipientes similares probablemente se usaron para la preparación de la chicha.
Figurinas humanas de arcilla son más bien escasas y en su lugar se encuentran ahora vasijas antropomorfas de diversos tipos. Pesadas hachas de piedra, deforma trapezoidal, son muy comunes y atestiguan la labor de desmonte; también son frecuentes los volantes de huso, cuentas de collar de piedras perforadas, y muchos pequeños adornos personales tallados de piedras finas. Es posible que el entierro en urnas de cerámica se extendió en aquellos tiempos. Primero usaban para este fin grandes tinajas de uso diario, pero luego manufacturaron urnas ovoidales o cilíndricas, estrictamente para usos funerarios (2) .
Sería peligroso tratar de generalizar para todo el país o aún para áreas restringidas, como por ejemplo, el valle del Magdalena o la Cordillera Central; las diferencias regionales son tan marcadas que cualquier correlación global será altamente dudosa. Además, para muchas regiones del interior se carece aún de informaciones detalladas acerca de sitios arqueológicos y, ante todo, de excavaciones estratigráficamente controlados. Es necesario, entonces, limitar nuestras apreciaciones a algunas regiones, donde se han efectuado excavaciones metódicas o, por lo menos, se han hecho investigaciones sobre los desarrollos culturales, que son el tema del presente capítulo. Sin embargo, antes de ocuparnos de la descripción de regiones y sitios específicos debemos considerar primero algunos nuevos aspectos, esta vez en el occidente del país, en la Costa Pacífica.
Según las fechas de radiocarbono, alrededor de 500 años antes de Cristo, pero probablemente ya en una época más antigua, apareció cierto nuevo complejo cultural, en la parte sureña de la Costa Pacífica, sobre todo entre la desembocadura del río San Juan y la isla de Tumaco, esta última ya cerca de la frontera con el Ecuador. Según parece, esta nueva cultura (o culturas) no se
deriva de una tradición costanera anterior; he propuesto una posible influencia mesoamericana en esta región(3) .
Mientras que al norte del río San Juan las manifestaciones de este complejo cultural casi no existen, ellas aumentan considerablemente hacia el sur y, tanto en el delta del río Paría como en la zona de Tumaco, hay numerosos sitios que atestiguan la expansión de estos colonizadores.
Las fechas de radiocarbono disponibles colocan esta intrusión a la Costa Pacífica, en un período de aproximadamente 500 años antes de Cristo al primer siglo después de Cristo, pero bien puede ser que los primeros vestigios en la Costa Pacffica colombiana se remonten a fechas mucho más antiguas.
Los elementos introducidos por esta población tienen como rasgos cerámicos característicos, los siguientes: cazuelas muy finamente hechas, de paredes delgadas y provistas de soportes mamiformes huecos; vasijas con doble vertedera; vasijas con rebordes sublabiales, periféricos ondulados o rebordes basales; vasijas con soportes altos, puntiagudos; vasijas con baño rojo o carmelita, con motivos geométricos finalmente incisos; pintura carmelita; pintura blanca sobre fondo rojo, figuras antropomorfas y zoomorfas de gran variedad de formas y expresiones. Los grandes metates y manos de moler indican la agricultura del maíz y la acumulación de basuras y pisos de vivienda, hasta varios metros de grosor, sugiere una vida sedentaria en aldeas o en casas dispersas(4) . El hecho de que los asentamientos en la Costa Pacífica aumenten hacia el sur, tanto en frecuencia como en profundidad de acumulación de basuras, se debe probablemente al limitado potencial agrícola del Chocó, la zona septentrional de la Costa Pacífica donde la muy alta lluviosidad y las tierras lixiviadas oponen serios obstáculos a la vida sedentaria de horticultores.
Para ellos la Costa Pacífica septentrional y los inmensos manglares al sur de Buenaventura deben haber parecido inhóspitos, y así aquellos colonizadores se concentraron más bien en la región mucho menos lluviosa de Tumaco (5) .
En la parte sur de la Costa Pacífica se distinguen esencialmente dos grandes ecosistemas bien definidos: el litoral marítimo, con sus manglares, y las tierras bajas aluviales cubiertas con selvas. Los pobladores de los sitios arqueológicos hasta ahora investigados, parece que participaron en ambos sistemas, ubicándose con preferencia muy cerca del mar, dentro de los manglares, por cuya red de canales tuvieron acceso a las zonas selváticas y a las leves colinas no inundadizas.
Figura 44. Figura decapitada; región Tumaco. Museo Nacional de Bogotá.
Figura 45. Figurina femenina; región Tumaco. Museo Arqueológico Casa de
Marquez de San Jorge
Figura 47. Fragmento antropomorfo; Crespo. Figura 48. Fragmentos cerámicos con pintura negra sobre pintura roja; Ciénaga de Luruaco.
Figura 49. Excavación del túmulo Pacífico; Zambrano (ver figuras 44,45,46,47,48 y 49)
Carecemos de datos acerca de los primeros pobladores de esta región. Si existen vestigios de ellos, éstos probablemente están cubiertos por espesos estratos de sedimentos, salvo en algunas zonas elevadas, pero estas últimas aún no han sido exploradas. No conocemos los desarrollos paleoindígenas, arcaicos o formativos de esta parte del país, y sólo a partir del Formativo Tardío contamos con algunas informaciones. La mayoría de los sitios investigados hasta la presente y que, en realidad, son muy pocos, contienen vestigios culturales que pertenecen a la Etapa de Desarrollos Regionales, pero aún no constituyen una imagen coherente (6) . Culturalmente el litoral septentrional del Ecuador, desde el río Esmeraldas, y la mitad meridional del Litoral Pacífico de Colombia, hasta el bajo río San Juan, forman una sola zona arqueológica que podemos designar como Area Tolita- Tumaco. Cronológicamente se pueden reconocer en dicha área varios períodos, pero la dinámica de su sucesión y de sus desarrollos locales está aún lejos de formar un cuadro sucinto, sobre todo en lo que se refiere a la parte del territorio colombiano. Es allí donde, en algunas partes, parece que haya continuidad de desarrollo interno, en otras es evidente que hubo períodos de desocupación más o menos prolongados; en unas zonas hay contacto entre grupos vecinos mientras que en otras parece que predominaba cierto aislamiento. Existen marcadas diferencias tipológicas y tecnológicas, tanto en un sentido de expansión horizontal como en un sentido vertical cronológico.
Según la cronología ecuatoriana, la Etapa Formativa está constituida esencialmente por la secuencia Valdivia-Machalilla-Chorrera, a la cual sigue la Etapa de Desarrollos Regionales. Esta última consiste, en la Costa de Esmeraldas, en la Fase Tolita; en la Costa de Manabí, en la Fase Bahía Jama- Coaque; en la costa del río Guayas, por la Fase Guangala, y en la cuenca del Guayas, por las Fases Tejar-Daule. La Etapa de los Desarrollos Regionales del Ecuador abarca aproximadamente mil años, desde 500 años antes de Cristo hasta 500 después de Cristo.
En Colombia, infortunadamente, no podemos distinguir aún esta secuencia de fases y es pues muy arriesgado tratar de generalizar. La mejor manera de presentación consiste entonces en describir los resultados de algunas investigaciones.
La región de Monte Alto está ubicada sobre la margen izquierda del bajo río Mataje, el cual forma la frontera con el Ecuador. En efecto, Monte Alto queda, en línea recta, en la mitad del trayecto entre Tumaco y la Tolita. En medio de los
manglares se levantan algunas colinas cubiertas de selva, que no están expuestas a las mareas, y sobre ellas se encuentran extensos sitios de habitaciones prehistóricas. Efectuamos una amplia excavación en un montículo ubicado en la confluencia del río Mataje y la quebrada La Rucia y pudimos constatar que se trataba de una acumulación de despojos culturales, de casi 3 metros de profundidad, los cuales se habían depositado en este lugar, en el curso de cuatro siglos, entre aproximadamente 500 años antes de Cristo y la primera década después de Cristo. Este lapso corresponde pues a la primera parte de la Fase Tolita, del vecino litoral ecuatoriano.
He dividido la secuencia en tres períodos, de acuerdo con las características de la estratificación ffsica y cultural, a saber, Mataje I, desde una fecha aproximadamente de 500 años antes de Cristo hasta 400 años antes de Cristo; Mataje II, de 300 años antes de Cristo hasta 10 después de Cristo, y Mataje III; sin fechas absolutas, pero perteneciente con toda probabilidad a los primeros siglos de la Era Cristiana (7) .
En el período Mataje I encontramos fragmentos que indican las formas cerámicas siguientes: grandes platos pandos de tipo budare; vasijas globulares o subglobulares con borde volteado hacia afuera; vasijas de doble vertedera, de forma más o menos globular y con un puente de sección plano-convexa, que une los dos tubos o picos; trípodes grandes, de forma aproximadamente globular, con soportes cónicos alargados y sólidos; cazuelas con ángulo periférico; vasijas con reborde sublabial, vasijas con base anular.
En cuanto a la decoración de dicha cerámica encontramos los siguientes modos: baño rojo o carmelita combinado con incisiones geométricas finas lineares; pintura carmelita clara sobre fondo rojo o naranja, en motivos geométricos sencillos; franjas rojas en el borde de las vasijas; baño rojo o crema; muescas impresas en bordes o ángulos periféricos; protuberancias semiglobulares pequeñas, cerca del borde.
Hallamos varios fragmentos de figurinas humanas macizas, aparentemente femeninas, de pie y con brazos colgantes abiertos. Ya que sólo encontramos fragmentos pequeños y erosionados, sus detalles diagnósticos son difíciles de establecer.
Entre los artefactos líticos observamos manos demoler y de triturar, así como metates. Hay numerosas pesas para redes, que consisten de piedras ovaladas provistas de muescas o escotaduras laterales, para amarrarlas a las redes de pesca.
Algunas formas cerámicas (budares) y las manos de triturar sugieren que se trata de grupos agrícolas; las pesas de redes atestiguan la pesca marítima y, desde luego, la navegación. El modo de vida parece haber sido sedentario, al juzgar por la gran cantidad de despojos culturales acumulados.
Acerca de la evolución cultural general caben las siguientes observaciones. Aproximadamente a los 2.20 metros debajo de la superficie, observamos un piso de vivienda marcado por desperdicios pisados y triturados, pero sin fogones. A 1.90 debajo de la superficie, a partir dc un contacto entre una tierra carmelita rojiza y otra de color carmelita oscura, aparecen algunos elementos nuevos: trípodes con soportes globulares o mamiformes huecos, vasijas con cortos cuellos cilíndricos; decoración del borde con impresiones triangulares.
En el período Mataje II continúan muchas de las formas y modos decorativos, pero se introducen algunos cambios característicos. Aparecen entonces grandes tinajas, probablemente destinadas a contener líquidos, tal vez chicha; también se modifican algunos detalles de forma en las vasijas de doble vertedera. La decoración incisa fina tiende a desaparecer, lo mismo que el baño de color rojo o crema. Igualmente hay cambios en la distribución numérica de ciertas formas y modos decorativos. En términos generales se puede decir que hay un desmejoramiento en la cerámica, tanto en un sentido tecnológico como estético. La cocción no está bien controlada; las formas son algo irregulares y menos simétricas y la decoración carece de precisión en su diseño y ejecución. La misma matriz tiene características particulares en cuanto se trata inicialmente de una tierra mixta, luego se presenta un estrato de greda roja, al cual sigue por último una gruesa capa de tierra anaranjada.
El período Mataje III está separado del anterior por un estrato culturalmente estéril, y ya pertenece a la Era Cristiana, pero no tenemos fechas absolutas para determinar su posición cronológica con más precisión. La tradición cerámica continúa con leves modificaciones pero nuevamente se observa cierta decadencia tecnológica y artística, si la comparamos con la del período Mataje I. Se podría pensar en un lento decaimiento de una cultura inicialinente bien desarrollada pero que, al establecerse en esta zona, sufre bajo condiciones climáticas no acostumbradas y no ha desarrollado aún los mecanismos de una adaptación adecuada. Un rasgo nuevo que se introduce en este período consiste en ralladores hechos de cerámica; se trata de bandejas provistas a veces de un pequeño borde y cuyo fondo plano está cubierto por pequeñas esquirlas de cuarzo que están incrustadas en la greda. La forma de estas bandejas es alargada, a veces algo elíptica. Obviamente se trata de rallos, pero no de yuca u otras raíces grandes, sino más bien de ají o algún otro condimento.
La secuencia tripartita del montículo del Mataje ofrece un esquema cronológico y tipológico general que puede servir como marco de referencia para otros sitios del