Como ha sido señalado en la literatura, la violencia hacia las mujeres, aquella que es perpetrada desde sus parejas intimas, es un fenómeno de naturaleza procesual que toma forma en el transcurso del tiempo. Un proceso que, como hemos visto, instaura modalidades de relación con los otros y con uno mismo, y que está abierto a la experimentación de distintas posiciones: victima/sobrevivientes.
Un fenómeno que, aunque configura un contexto restrictivo a las capacidades de agencia de quienes la padecen, sin embargo no niega completamente esta capacidad. En este sentido, es posible establecer que las mujeres están constantemente evaluando su capacidad de tolerar, quedarse, salir o regresar a la relación (Dobash y Dobash, 1992). En este orden de ideas, el análisis que sigue se concentra en las movilizaciones de salida. Planteamos que las acciones de las mujeres en contextos de violencia íntima, en dirección al acercamiento a las políticas públicas que promueve el Estado, deben considerar tanto modalidades pasivas como activas, detectándose con ello diferenciales de trabajo de movilización.
En este aspecto, y a partir de los relatos, fue posible reconocer dos tipos de trabajo de movilización conducentes a la salida de la situación de maltrato: 1) aquellos que podríamos llamar “acercamientos espontáneos” porque son fuertemente movilizados por el contexto de interacción, por ejemplo cuando la amenaza a la vida, ante la gravedad de violencia, es inminente. 2) aquellos que pueden entenderse como “acercamientos racionalizados”, en la medida que en ellos prima el uso y ejercicio del acumulado de experiencias de acercamientos previos.
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2.1 Modalidades de acción “pasivas”: acercamientos espontáneos
En las dinámicas de abuso en que se encontraban las mujeres que son participes de este estudio, no siempre las movilizaciones aparecieron como intentos realizados tras una reflexión y evaluación consciente del proceso de violencia que experimentan, más bien, en la mayoría de los casos, es un incidente de violencia física el que desencadena un acercamiento de tipo espontáneo. Ello, en parte, explica el por qué en general las mujeres recurren como primera instancia a Carabineros, y esto es, porque esta institución aparece, en los distintos relatos, como una contestación inmediata de fuerza, regulación y autoridad hacia el agresor. En algún sentido, lo que motiva el movimiento de acercamiento, es una imperiosa demanda de defensa frente a una situación límite imposible de manejar por sus propios medios.
La situación límite que experimentó Lila es particularmente clara en mostrar como el contexto de interacción se constituye en una la fuerza movilizadora del encuentro.
“… la última vez que él me levanto la mano yo me defendí, me defendí (…) ese día le quiso pegar a mi hijo, y yo me gane en frente y le dije ‘no po a mi hijo no me lo tocai, si tú le vas a pegar a alguien me pegas a mí, pero si tú me levantas las manos yo te levanto las dos’, lo desafié, y me levanto la mano. Me tiro una cachetada y yo se la devolví, después me tiro otra cachetada y se la devolví otra vez. Y después siguió, y no sé cómo, no sé, ni siquiera sé cómo lo hizo que me dio vuelta, me agarró del pelo y me puso la mano en el cuello para ahorcarme contra la puerta. Y estaban mis dos niños chiquititos, los dos ellos (…) mis hijos me defendieron, mis dos niños. El (nombre del hijo), me acuerdo, le quebró un vaso en la cabeza, y no me soltaba, él me estaba ahorcando, estaba tan enrabiado que no se daba cuenta que me estaba ahorcando (…) Y en eso mi hijo llena un jarro con agua y se lo tiró y ahí me soltó, pero cuando me soltó a mí se me había salido un ojo (…) Y ahí yo salí corriendo me fui a la pieza del lado donde arrendaba una niña, me encerré en esa pieza y ahí llamé a carabineros”
(Lila).
Lo que muestra con especial claridad la escena relatada por Lila es la fuerza del contexto para configurar el acercamiento, lo que podría estar evidenciando la borradura de su agencia ante la importancia causal de las constricciones estructurales de la violencia. Si
77 bien esta afirmación podría ser controversial en relación a que es Lila quien llama a Carabineros, en cuanto logra escapar de su agresor, y este acto de sobrevivencia podría interpretarse con una función primara de la agencia, su rol es más bien instintivamente reactivo frente a un contexto límite que configura el riesgo de perder su vida. Para la ponderación de los diferenciales de movilización entre contexto/situación y actor, y la adjudicación de la carga de movilización al contexto, es necesario indicar que antes de este episodio, Lila había pasado por muchas situaciones graves de violencia, incluyendo golpes que le provocaron un aborto. Sin embargo, en estos episodios nunca percibió una amenaza real a su vida.
2.2 Modalidades de acción “activas”: acercamientos racionalizados
El acercamiento a las distintas instancias que la legislación contempla para la atención de la violencia hacia las mujeres perpetrada por sus parejas, no necesariamente implica la salida definitiva de la situación de maltrato. En muchas ocasiones en estas instancias las mujeres no encuentran una solución adecuada e inmediata, y aún más, sus exigencias y procedimientos contribuyen a alargar el proceso de salida, o favorecen el agravamiento de la violencia (Larrauri, 2007b; Riquer, 2009). Entre los muchos factores que concurren en esta situación, quizás uno de mayor relevancia explicativa es que las experiencias de violencia deben poder ser traducidas a la definición pública del problema social (Valenzuela y Ramos, 2015).
Este proceso de traducción tiene implicancias prácticas para las mujeres, y entre ellos destacan los múltiples acercamientos que deben realizar para ajustar la violencia que han sufrido al marco legal (abuso reiterado, amenazas a la vida, lesiones comprobables) cuando, en el encuentro no se impone la fuerza del contexto, es decir, cuando la adjudicación de la carga de movilización no puede ser referida de manera espontánea a
78 un evento indiscutible, como se presentó en el caso de Lila. Las mujeres, en la mayoría de los casos entonces, se encuentran y desencuentran con las instituciones gubernamentales de atención, y este proceso puede durar varios años, haciendo de la búsqueda de asistencia y protección un aspecto continúo en sus vidas.
En este contexto es donde toman forma lo que podemos llamar “acercamientos racionalizados”, en la medida que en ellos prima el uso y ejercicio del acumulado de experiencias de acercamientos previos. El diálogo siguiente es sugerente al respecto:
“Y me acuerdo que en septiembre, el 4 de septiembre, él salió de la casa en el día y él llegó como a las dos de la mañana borracho ya, yo estaba con todos mis hijos nuevamente. Él llegó borracho y en un maletín con sus herramientas, sacaba las herramientas y ‘la voy a matar, y le voy a pegar’, decía, ‘la odio, la odio’. Entonces mis hijos despertaron, y ‘mama - me decía - mi papa despertó, si, si lo escuche- ¿y qué vamos a hacer?’ ‘mira - le dije yo a mi hija - llévatelo para la cocina y yo salgo a la calle y llamo a los carabineros’, nuevamente. Entonces eso fue lo que hicimos po, yo en pijama a pata pela, y yo llamando a carabineros en la calle ahí en la esquina escondida, y llego carabineros. Y claro, efectivamente ya tenía a mis hijos de testigo y ellos lo enfrentaron y todo eso. Entonces ahí lo sacaron de la casa, y ahí tuve medida cautelar, que él no se podía acercar a la casa, nuevamente, ni donde estudiaba y ni donde trabajaba. Y, lo bueno que ahí como que él tomo como en serio el asunto de no acercarse a mí. Ya después no lo vi más” (Begoña).
Como lo muestra la narración de Begoña, las mujeres no solo son activas en sus intentos por encontrar soluciones a la violencia, recurriendo de manera insistente, sino también son estratégicas pues definen la situación, proyectan un curso de acción y consideran los recursos a movilizar25, por ejemplo los testigos, para que la situación experimentada pueda ser acogida por las instancias pertinentes.
Como Begoña, en muchos casos, las mujeres al poner en marcha recurrentemente el sistema de protección y penalización, realizan un proceso de aprendizaje y evaluación
25 Para visualizar este proceso de agenciamiento y coordinación con otros en los momentos de
enfrentamiento con el agresor el relato de Amapola: “… empezamos a tener redes de apoyo. Teníamos
como una secuencia, mis hijas invitaban a sus compañeros de liceo a estar mi casa, a frecuentar la casa, prendíamos todas las luces, guardábamos los cuchillos, porque el ‘A’ amenazaba con hacerse daño”.
79 del cúmulo de experiencias derivadas del ensayo error para lograr que sus demandas de protección sean admitidas.
En este caso, podemos ver que la ponderación de los diferenciales de movilización entre contexto/situación y actor, y la adjudicación de la carga de movilización al actor se sustenta en el exigente trabajo de configurar la situación en la que las mujeres deben enfrentar tanto la situación de amenaza como el acercamiento con las instancias públicas de modo estratégico, y en ello, por supuesto, se revela el despliegue de un importante trabajo de movilización y agenciamiento.
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Considerando lo anterior, el análisis de los relatos nos permite proponer que la diversidad de situaciones, intensidades, frecuencias y manifestaciones que conoce la experiencia de violencia común a todas las entrevistadas, vuelve elásticos sus márgenes de acción, promoviendo modos de gestión diversos en el encuentro con las distintas instancias que la legislación contempla para su atención. Las acciones de las mujeres en contextos de violencia íntima, en dirección al acercamiento a las políticas públicas que promueve el Estado, como vemos, pueden considerar tanto modalidades pasivas como activas, detectándose con ello diferenciales de trabajo de movilización y agenciamiento.
80 3. MOVILIZACIÓN DE SOPORTES Y CAPACIDADES: LA VERGÜENZA Y EL ESTIGMA SOCIAL.
La violencia íntima es un fenómeno experimentado muy en solitario. A menudo ello es así porque el juicio público recae más fuertemente sobre quienes la experimentan que sobre quienes la ejercitan. Como lo ha mostrado Dunn (2005), las mujeres maltratadas al mantenerse en la relación transgreden las expectativas normativas, es decir, lo que comúnmente en un escenario como este se espera que hagan. No salir de la relación, entonces, implica una desviación, una incongruencia respecto a cómo actuaría un individuo normal, dejando con ello en evidencia distintas carencias (voluntad, juicio razonable) o perturbaciones (patología mental, personalidad dependiente).
“… entonces claro al final también me tenían de tonta, ‘cómo si te están pegando, cómo no te vai’” (Azucena).
Es precisamente este cúmulo de adjetivos posibles de imputar a una mujer que permanece en la relación, lo que en mucho juega en contra para salir de ella. Tomando en consideración lo anterior, este apartado intenta mostrar como la desacreditación del otro como lo ha definido Goffman (2001) juega un papel fundamental tanto en el proceso de movilización de soportes como en la restricción de las capacidades de agencia.
3.1 Mantener el secreto: estrategias de simulación y sentimientos de vergüenza
En muchas ocasiones las mujeres deciden no revelar la violencia que experimentan y deciden dedicar sus esfuerzos al despliegue de distintas estrategias de simulación y encubrimiento. En algunos casos se trata de tapar las marcas dejadas por los golpes, en otros, pese a la evidencia, de negar la situación ante los otros, como lo revela el relato de Jazmín:
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“… yo creo que si me hubiesen preguntado yo a lo mejor me hubiese quebrado y lo hubiese contado, o a lo mejor lo hubiese negado. Porque yo me acuerdo que hubo un episodio en que una de mis tías escucho que él me estaba tratando pésimo, cachai, y le conto a mi mama y mi mama me encaró. Y yo lo negué y deje de mentirosa a mi tía por protegerlo, cachai. Yo le dije “no, mi tía está mintiendo, está mintiendo”, y nadie me saco de que mi tía estaba mintiendo, cachai. Eh, no lo sé, a lo mejor si me hubiesen presionado quizás un poco más. O si mi mama me hubiese dicho “pero hija si yo también escuche” a lo mejor no sé, habría dicho “sí”, no sé” (Jazmín).
Las razones del ocultamiento de la situación pueden ser múltiples, sin embargo, la posibilidad de rescatar algún respeto para sí misma es, ciertamente un argumento decisivo. En cualquier caso se trata de un manejo la información acerca de la situación. Lo que se oculta es algo vergonzoso, aquello que desacredita al yo, como señala Lila:
“… un poco vergüenza puede haber sido, de ir preguntando. Yo creo que va más por ese lado, de un poco de vergüenza. Porque es increíble a uno le da vergüenza que los demás sepan que uno está pasando por estas cosas” (Lila).
Abrir la situación a juicio público, implica por una parte hacer frente a esta imagen desacreditada de sí misma, y por otra exponerse a aquello que disminuye su valor social, a ser estigmatizada como “mujer golpeada”. Como apunta Goffman (2001) un individuo estigmatizado puede presentar a los otros un yo que por su precariedad es susceptible de abuso y descrédito. Muy por el contrario, en el fondo las mujeres se resisten a las imágenes estigmatizantes, y las posiciones desvalorizadas que genera este estigma. Esta situación es confirmada en el relato de Jazmín:
“… Y me acuerdo que una vez igual se puso violento, y fui a carabineros y puse, no una denuncia, puse parece una constancia, porque me dijeron que para denuncia tenía que ir constatar lesiones y me dio lata, me dio lata, me dio vergüenza, no chao, no quise hacerlo. Entonces solamente quedó como una denuncia por… no, no denuncia, una constancia de violencia intrafamiliar, cachai, en los carabineros. Pero igual fue incómoda la situación, fue incomoda, porque el paco habla fuerte, al final una que habla despacio, que queri contarlo de la forma más piola posible, al final como que todos se enteran cachai” (Jazmín).
82 En este sentido, las mujeres al impedir que la experiencia violencia se haga pública velan su propia imagen como víctimas. La desprivatización de la violencia supone en mucho la habilidad de manejar el estigma de ser una mujer golpeada, y tener la capacidad de reinterpretar la culpa en responsabilidad. En palabras de Magnolia:
“no tener vergüenza de denunciar digamos si es que esto ha pasado antes. O sea yo puedo ver como alguien lo podría hacer sentir avergonzado que te pregunten ‘bueno y por qué en siete años no denunciaste, digamos’. O sea, lo veo, porque alguien podría sentirse mal y ahorrarse eso y no decirlo porque te da vergüenza aceptar que estuviste siete años en esto” (Magnolia).
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Tras la lectura de los relatos aquí presentados, es posible establecer que la construcción social de esta experiencia plantea importantes reservas, que se expresan en mantener el silencio o la inacción, en quienes la experimentan, a fin de preservar una imagen que parece más adecuada ante los otros.
Como se ha planteado, las creencias sociales que construyen el problema, hace caer sobre las mujeres, un juicio moral descalificatorio asentado en la incomprensión de su comportamiento, ante la dificultad que tienen las mujeres de contestar la pregunta ¿por qué no se va?.
Las mujeres temen que los otros, a quienes puede quedar develada la experiencia, les recuerden la posibilidad que tienen de elegir parar oportunamente el maltrato. Desde este lugar, las mujeres corren el riesgo de actualizan el estigma de haber sido cómplices de su situación o hacen suya una imagen pública irracional.
Vista así las cosas, la exposición de la violencia a los ojos del otro, plantea restricciones a la movilización. Avergonzadas de cierta imposibilidad de reconocer una forma de vida mejor despliegan comportamientos de evitación, ocultación o retirada en las
83 interacciones con los otros que abundan, en muchas ocasiones, en coartar las capacidades de agenciamiento y búsqueda de salidas de la violencia.
84 4. EMERGENCIA DE SOPORTES: UNA PROPUESTA DE ANÁLISIS A PARTIR DE LAS MATRICES DISCURSIVAS DEL FEMINISMO.
Este apartado aborda los elementos que pudieron ser identificados como cumpliendo un rol de soporte en la vivencia de las mujeres que han experimentado violencia desde sus parejas intimas al encontrarse con las instancias públicas de ayuda, protección y penalización. Sin embargo, no se pretende elaborar un listado de ellos y entenderlos como elementos invariables y propios a este fenómeno. Recordemos, los soportes son lo que son porque hacen parte de un contexto interaccional específico en una historia particular. Y en este sentido, como apunta Martuccelli (2007a) existe una diversidad de elementos que pueden jugar este papel en un espacio social personalizado.
Para abordar esta cuestión, sin caer en un catálogo descriptivo de soportes, que podría volverse interminable, es que proponemos un análisis que permita contextualizar su emergencia y movilización en relación con dos grandes matrices discursivas, la matriz individualista y la matriz relacional, identificadas en la literatura feminista respecto a la relación que las mujeres han mantenido con el Estado, y en particular con sus políticas públicas26 (Offen y Ferrandis, 1991).
En este orden de ideas, es que fijaremos la atención en el derecho, en cuanto soporte enmarcado en una versión de acercamiento con impronta individualista, por un lado y por otro, en la identidad mujer-maternidad, en cuanto soporte encuadrado en una versión del acercamiento de índole relacional.
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Estos dos modos de argumentación representados como matrices feministas diferenciadas histórica y analíticamente se han entrelazado y adoptado en distintos momentos un tono bivalente.
85 4.1. El Derecho como soporte y su difícil encarnación en las experiencias.
En las últimas décadas, la clave del derecho se ha consolidado como una propuesta de regulación de las relaciones sociales en Chile (Araujo, 2009b). El estado, la sociedad civil organizada y los organismos internacionales han confluido en el trabajo de extensión de este mecanismo normativo, logrando que la justicia intervenga en asuntos que hasta hace poco eran regulados en otras esferas de lo social.
La violencia contra las mujeres es uno de los fenómenos paradigmáticos que se pueden leer dentro de este proceso. Desde la década del 90, en Chile y la región, asistimos a una mayor penetración de las versiones que han contestado su legitimidad, sostenida históricamente en las instituciones y en las costumbres, a partir del discurso de derechos humanos; desde el cual se ha promovido la construcción de políticas públicas y marcos jurídicos para erradicarla (Rico, 1996). Desde estos lugares institucionales, el derecho a una vida libre de violencia, es un soporte que ha sido activamente estructurado.
Este apartado se interesa en la presencia del discurso de derechos, y cómo es encarnado en las experiencias de acercamiento de las mujeres a las instancias dispuestas para su ejercicio.
El derecho es un soporte que en el acercamiento a las instancias públicas de resolución de la violencia se expresa de manera latente. Tanto es así, que en muy pocas ocasiones fue nombrado explícitamente por alguna de nuestras entrevistadas, pero, sin embargo, es posible establecer que se encuentra actuando subterráneamente en sus experiencias por el solo hecho de que la mayoría de ellas privilegiaron como primera medida acercarse a una oficina policial en búsqueda de protección. Más aún la insistencia de encuentros revela la actualización silenciosa del derecho en las experiencias:
86 Esta idea de que el derecho es un soporte movilizando en los encuentros de manera solapada, se explica en cuanto las mujeres con la activación de la denuncia de la