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desligar a la mujer de la servidumbre hacia su esposo y familia. Esta conveniente situación para el varón explicaría por qué la condición de la mujer no podía ser vista de otra manera, a pesar del avance de pensamiento racional y de la ciencia. La injusticia hacia la mujer se mantenía como en siglos anteriores, sólo porque el varón no consentía perder esta situación de privilegio sobre ella, permitida muchas veces por la propia mujer y amparada por las leyes y el Estado.

Los perjuicios continuaban por la necesidad social de mantenerlos y se exponían otros nuevos para sustentarlos. Así, Montesquieu en el Espíritu de las Leyes indicaba que si la libertad sexual se permitiese en la mujer como el hombre lo gozaba, entonces nadie estaría seguro de la paternidad de sus propios hijos. Se buscaba imponer estos pensamientos en la sociedad, de tal manera que si las leyes otorgaran derechos y más libertad a las mujeres, continuaran siendo cautivas por la costumbre. Un ilustrado llamado Helvecio en su obra El

Espíritu reclamaba una educación pública para la mujer y una adecuada legislación a su favor

por el Estado. Este libro terminó siendo condenado por Clemente XIII y rechazado por la Facultad de Teología de la Sorbona. Los avances eran vedados y casi imposibles, también, durante el siglo XVIII.

Otro que defendía los derechos ciudadanos de la mujer fue Condorcet, para quien si un solo individuo era privado de sus derechos, el principio universal de la igualdad de los hombres perdía todo su valor. La autoridad del padre y del marido perpetuaba la servidumbre femenina y denunciaba que las leyes masculinas las desamparaban. Según Condorcet, la mujer debía ser instruida igual que el hombre en nombre de la igualdad de derechos de la especie humana y esta instrucción debería ser útil para vigilar la instrucción de sus hijos que acrecentaría la felicidad de la familia. Su pensamiento iba más allá de la Ilustración, abogando el acceso de todos los seres humanos, considerados débiles, a la razón y educación. La ideología predominante del siglo XVIII consistía en considerar que el hombre era la causa final de la mujer.

La desigualdad de las funciones de uno y otro sexo justificaba que la educación fuese diferente, y si bien los ilustrados no darían más libertad a las mujeres, sin embargo su anticlericalismo les hacía caer en contradicciones, atacando una educación tradicional llevada a cabo en los conventos por monjas. Es decir, abogaban por la continuidad de la situación de injusticia en que la mujer vivía dentro de la sociedad, pero criticaban la practicada en la esfera religiosa.

Sin embargo, el pensamiento ilustrado incentivó encendidos debates y polémicas sobre la capacidad de las mujeres, que implicó tratar, también, de las relaciones entre los sexos y del origen de la subordinación femenina, terminando en algunos casos por hacerlas más visibles hasta reconocer sus aportaciones en algunos intelectuales, como fue el caso del benedictino fray Benito Feijoo, quien puso en duda los “errores físicos” que durante siglos habían sustentado la inferioridad femenina, tratando de defender la igualdad física entre hombres y mujeres, poniéndose en contra de las teorías médicas aristotélicas, galenas arraigadas en las universidades españolas. Feijoo declaró que “el alma no es varón ni hembra” y se adentró a desmontar las teorías que, basadas en la diferente organización de los cuerpos, justificaban la inferior capacidad de las mujeres.89

Otro fraile que siguió los pasos de Benito Feijoo fue fray Martín Sarmiento, quien en 1732 publicó una Demostración critico apologética en defensa del teatro critico de Feijoo, una larga disertación en defensa de las mujeres con los argumentos del maestro, combatió el determinismo biológico y afirmó la racionalidad de las mujeres y la necesidad de su educación, pues las mujeres “son iguales a los hombres en aptitud para las ciencias para el gobierno

político y económico”.90 Indudablemente, uno de los aspectos que influyó negativamente en la

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REY CASTELAO, O. (2009a: 20): El benedictino fray Benito Feijoo fue uno de los pioneros en abordar la falta de instrucción femenina y en reivindicar la igualdad intelectual de ambos sexos en su discurso En defensa de las mujeres, en donde a través del ejercicio de la razón y de la búsqueda de ejemplos de mujeres excelentes a lo largo de la historia, pretendió desterrar el error vulgarmente aceptado de que las mujeres eran inferiores en el físico o perversas en lo moral. Para ello, y por lo que concierne a los argumentos morales, se enfrentó a las Sagradas escrituras… y los padres de la Iglesia.

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mujer fue el desarrollo del argumento de la diferencia biológica que alegaba factores diferenciadores no sólo del cuerpo sino mente y de carácter. En suma, algunos pensadores ilustrados defendieron que la esposa y madre debían ser protagonistas de los sucesos sociales y políticos de la nación, convirtiéndola en una mujer modélica, pero para fines de educación de los hijos y, por ende, la perpetuación del pensamiento ilustrado.91

La mujer a comienzos del siglo XIX continuó siendo vista como objeto y no como sujeto de acción, permitiéndosele recibir una educación elemental en las escuelas públicas desde 1814. Esta medida fue iniciativa del liberalismo siendo eliminada mientras gobernó Fernando VII, para volver a imponerse en el Trienio Liberal(1820-1823). Esta idea se mantuvo y se observa que en la etapa de la Restauración el primer paso para erigir una enseñanza estatal de ambos sexos se dio mediante la ley del 21 de julio de 1838 porque la mujer fue vista como fuerza de trabajo en la incipiente industria española y sobre todo como madre educadora preferentemente en las esferas más altas de la estratificación social española.

1.2. La respuesta institucional: corporaciones de atención a la mujer A) Un planteamiento general

Esta tesis estudia mujeres pobres que rayaron el límite de la indigencia, que no tenían un hogar y sin futuro preciso ni claro, tratando de sobrevivir. Así, las mujeres que no estuviesen protegidas por la familia, el matrimonio, un convento o un trabajo precario, pero seguro, estaban en situación de indigencia, marginación y desamparo, pudiendo caer en la mendicidad o la prostitución, o un tipo de vida inestable, moviéndose casi siempre alrededor de la miseria.92 La mayor parte de personas necesitadas que solicitaban auxilio eran estas mujeres en forma de limosnas, alimentos y vestidos o mediante la petición de ingreso en centros asilares a los que pudieran acogerse. La ayuda misericordiosa que estas mujeres podían recibir provenía principalmente de la Iglesia y de algunas personas por legados testamentarios; sin embargo, era enorme la desproporción entre la oferta y la demanda.

Los núcleos urbanos eran sedes de instituciones y residencias de los grupos rentistas, de modo que allí se concentraban recursos, lugares de acogida y por lo tanto un enorme número de pobres. En las ciudades importantes, el arzobispo, el cabildo catedralicio y algunos eclesiásticos, hidalgos y burgueses perceptores de rentas eran quienes estaban en condiciones de repartir limosnas o raciones de alimento y también, los monasterios y los conventos.93 De esta manera,

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INSÚA, M (2009: 68 y 69).

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TARIFA FERNÁNDEZ, A. (1994: 169): Según esta historiadora, en el caso de grupos sociales más humildes, el varón ofrecía más ventajas como mano de obra, mientras la mujer estaba limitada, pues el campo laboral era muy reducido y el acceso al matrimonio o convento requería de una dote. Por ello, en la medida que una joven era más pobre, su futuro inmediato estaba destinado al servicio doméstico o la prostitución. Los oficios permitidos a la mujer en el Antiguo Régimen eran escasísimos y poco lucrativos (hilandera, lavandera, confitera o panadera).

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GEREMEK, B. (1989:136-152): Los archivos del siglo XVI muestran el pauperismo como un fenómeno de vida urbana. Las ciudades no habían conseguido crear estructuras de adaptación a la afluencia masiva de personas a las ciudades que no podían dar frente a las continuas crisis de subsistencias. Las ciudades actuaron de diferente manera, bien fuese Paris, Venecia, Ypres u otros. Por ejemplo, en Venecia se dio la primera ley sobre los pobres, a los que obligaba que se albergasen en alguno de los cuatro hospicios periféricos de la ciudad, en caso contrario serian azotados. El objetivo era mantener la salubridad y evitar la propagación de enfermedades en la ciudad. En un comienzo, hubo resistencia, pero al final los pobres cedieron. Sin embargo, se presentó una alta mortalidad en estos hospicios. Incluso, se prohibió la entrada de vagabundos extranjeros, mientras que a los propios se demandó la distinción entre los hábiles para el trabajo y los inhábiles. En cuanto a las mujeres y niños se les debía colocar como aprendices de artesanos. La organización de la asistencia a los pobres era responsabilidad de las parroquias; GALICIA PINTO, M. I. (1985: 15): Desde Felipe V fue permanente la preocupación por dedicar a un trabajo útil a quienes tenían aptitud para desempeñarlo. Se dieron repetidas disposiciones reales para prender a los vagabundos en los años de 1725, 1726 y 1733. Se encargaban a las Justicias del reino que detuviesen en las cárceles a los vagabundos hábiles. El rey Carlos III formó el primer plan serio de Beneficencia.

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