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El sistema sexo/género, junto con la cultura, contribuye al desarrollo de la identidad personal, constituyéndose en ejes vertebradores del comportamiento humano (Martínez-Benlloch y Bonilla, 2000). El desarrollo del sistema sexo/género implica un largo proceso que parte de una diferenciación genética y finaliza en el sujeto social. Se trata de un proceso dinámico, en el que la interacción de factores biológicos y socioambientales da lugar a la construcción de la dimensión de género. El género obtiene su significado psicológico a partir de la interacción de los factores genéticos, hormonales y neurales con la experiencia subjetiva del dimorfismo sexual.

Los factores que intervienen en el proceso de construcción del sistema sexo/género son muy diversos, desde factores biológicos hasta ambientales, pasando por aquellos que suponen una interacción de ambos. Por tanto, en este apartado, se analizan los aspectos de sexuación biológica, de asignación social de género y psicológicos que intervienen en dicho proceso.

2.1. Procesos de sexuación

El proceso de desarrollo sexual implica la actividad de nuestro organismo a tres niveles diferentes, a saber, el genético, el hormonal y el neurológico- cerebral. La primera diferencia que se establece entre un hombre y una mujer se produce a nivel genético. Según Diamond (1977), existen tres fases en el proceso de configuración del sexo, la primera de las cuales se denomina “prediferenciación sexual”, basada en el dimorfismo genético del zigoto. A este nivel, los cromosomas XX darán lugar a una niña, y los XY a un niño. La segunda etapa de “diferenciación sexual” se inicia con la diferenciación gonadal, cuando la actividad hormonal de los andrógenos determinada genéticamente produce el desarrollo de testículos o su ausencia provoca el desarrollo de ovarios (Papalia y Wendkos, 1992). Por último, la tercera fase de “desarrollo dimórfico sexual” supone la consolidación morfológica de los genitales y el resto de los órganos corporales (Barberá, 1998b).

Otra importante aportación al estudio del proceso de sexuación es el estudio de Money y Ehrhardt (1972), quienes establecen tres fases en el proceso de evolución del dimorfismo sexual: diferencia genética, diferencia hormonal y asignación social. La predisposición cromosomática origina las gónadas fetales, que producen diferentes secreciones hormonales, determinando el desarrollo de los caracteres sexuales internos y externos. A partir de este dimorfismo sexual, entra en juego el componente ambiental marcado por la sociedad. Según Fernández (1988), este proceso culmina con la identidad de rol de género.

Por último, otra aproximación es la de Martínez-Benlloch y Bonilla (2000), quienes consideran dos etapas básicas en el proceso de sexuación, correspondientes con los procesos prenatales, niveles genético y hormonal que tienen su efecto sobre las estructuras neurales, y los procesos postnatales, con cambios fisiológicos y morfológicos producidos por la diferencia hormonal, procesos psicológicos y de construcción social.

En el proceso de formación de la fisiología sexual juegan un papel fundamental las hormonas, principalmente la testosterona, la progesterona y los estrógenos. Pero no sólo se han estudiado los efectos de las hormonas

sobre el desarrollo prenatal, sino que también se ha investigado el efecto sobre el desarrollo del cerebro, buscando patrones comportamentales diferenciados (Baker, 1980). Incluso algunas investigaciones han tratado de determinar el papel de las hormonas en los procesos de construcción del género (Ehrhardt, 1987; Hampson y Hampson, 1961; Hines y Green, 1990), cuyos resultados destacan el papel fundamental de los factores ambientales en dichos procesos. Barberá (1998b) plantea algunas dudas sobre el supuesto carácter dicotómico de la sexuación, que divide en categorías discretas a hombres y mujeres, argumentando que la diferencia hormonal y la presencia de determinados caracteres sexuales secundarios, resultado del efecto hormonal, obedecen más a una variable continua que discreta.

La identidad de género se construye a partir de la biología. La diferencia anatómica permite la asignación sexual y la construcción de la imagen corporal (Martínez-Benlloch y Bonilla, 2000). La diferencia sexual fundamenta todo un sistema de creencias y atribuciones adquiridas normativamente y transmitidas socioculturalmente. En el lugar de trabajo, la imagen personal adquiere determinados significados que influyen en la experiencia de las mujeres y marcan las relaciones con el otro sexo. El significado simbólico de las diferencias físicas entre hombres y mujeres se acentúa en el entorno organizacional, reproduciendo las desigualdades entre ambos sexos. En el siguiente capítulo, demandas organizacionales, se analiza con mayor detalle el impacto de la imagen personal, a través de los aspectos biológicos y anatómicos del género, en las relaciones laborales.

2.2. Procesos sociales de asignación de género

La asignación de género constituye un proceso psico-social mediante el cual se transmite una serie de creencias y valores sobre cuestiones de aspecto físico, personalidad o comportamiento que deben tener los niños o las niñas, dependiendo de su grupo de asignación sexual. Este proceso psico- social de asignación de género interviene en interacción con los factores biológicos, durante todo el desarrollo ontogenético de la persona. La pertenencia a un grupo sexual, hombre o mujer, determina la transmisión de actitudes, capacidades, valores y expectativas por medio del proceso de

socialización, según el concepto de rol social de Parsons (1951), que permite a la persona incorporar patrones de comportamiento que le facilitarán adaptarse el medio social en el que está inmersa.

El proceso de diferenciación entre hombres y mujeres no se limita al desarrollo biológico, sino que desde el mismo momento del nacimiento, incluso antes, las personas otorgan gran importancia al hecho de tener un bebé, expresando sus deseos y preferencias sobre su sexo y las futuras características de su personalidad. Además las percepciones pueden variar mucho dependiendo de si se trata de un niño o de una niña, tal y como han demostrado diferentes estudios acerca de las expectativas sobre el futuro del bebé (Bem, 1975), descripción física (Luria y Rose, 1979; Rubin, Provenzano, y Luria, 1974), o interpretación de los gestos del bebé (Condry y Condry, 1976). El proceso de asignación social de género no sólo afecta a las percepciones que tienen las personas adultas sobre diferentes características de los bebés, asociadas a su sexo biológico, sino que también determina ciertos comportamientos de los propios bebés (Bell y Carver, 1980; Maccoby, 1988).

El proceso de configuración de la dimensión de género contempla la intervención de los factores biológicos que conforman la sexuación humana y los mecanismos de asignación social (Barberá, 1998b), que construyen los conceptos de masculinidad y feminidad a partir de la interpretación activa de las diferencias biológicas a través de creencias, pensamientos estereotipados y valores prescritos.

2.3. Construcción psico-social del género

El género se configura a partir de los procesos de sexuación y de asignación psico-social, en una continua interacción entre factores internos, biológicos y psíquicos, y factores medioambientales. La capacidad de reflexión subjetiva es el principal aspecto que configura la dimensión psicológica del género. Nuestra capacidad para reflexionar sobre nuestra condición sexual, el hecho de sabernos pertenecientes al grupo de hombres o de mujeres, una capacidad que es exclusiva del ser humano, es lo que confiere carácter psicológico al género.

Las características esenciales de la reflexividad son la de ser consciente, incluyendo tanto los aspectos intelectivos como los afectivos, y su carácter holístico, de forma que la reflexividad es algo más que la suma de todos sus componentes (Fernández, 1998). La reflexividad permite que cada persona construya las imágenes de su identificación sexual y de género, como síntesis de sus experiencias vitales y sociales acerca de su condición sexuada.

Mediante el proceso de identidad de género se adquiere el conocimiento del sí mismo, así como la categorización de los otros, como hombre o mujer. Esta conciencia se adquiere, entre otros aspectos, a partir de la acomodación en nuestros esquemas y estructuras mentales mediante los que organizamos y definimos la realidad, de la información procedente de los estereotipos sociales y del aprendizaje de los comportamientos asociados al rol de género.

Según el modelo propuesto por Fernández (1996), el proceso de identidad de género encuentra su fundamentación en dos variables originadas en el proceso de sexuación, las variables sexuales y la asignación social del género. La identidad de género se construye de forma interna en la persona, pero con influencia del entorno inmediato. Factores del medio sociocultural como los estereotipos de género y los roles de género intervienen en un proceso de construcción interactivo con la identidad personal (Barberá, 1998b).