1) En primer lugar, Aristóteles hace referencia explícita a una
estructura cosmológica de acuerdo con la cual se advierte una
gradación de bienes: un Bien Supremo, y una relación de entes, cuyo bien se gradúa en la medida en que posee en mayor o menor grado las características propias de este Bien Supremo, y en que su proximidad a él es mayor o menor. Éste es el Motor Inmóvil, que es la perfección y que, por tanto, no tiene movimiento ninguno.
La estructura, en sentido descendente, se articula de la siguiente manera: al Motor Inmóvil le sigue el primer cielo, que por estar cerca de la perfección requiere un movimiento mínimo; después los astros, que tienen que realizar muchos movimientos para alcanzar la perfección; y después los seres que, por estar tan lejos de alcanzar el bien, no se mueven, como es el caso de la Tierra. En el mundo sublunar ocurre lo mismo: hay una escala de seres en función de su grado de perfección y de proximidad con el bien. Los hombres se sitúan entre los seres que requieren de muchos movimientos para alcanzar la perfección (así lo ilustra Aristóteles en el fragmento que hemos transcrito: el hombre emprende muchas acciones y realiza muchas actividades). Después vienen los animales y las plantas, que
131
realizan pocos movimientos o una actividad pequeña y única, porque no pueden alcanzar el Sumo Bien y por tanto se conforman con acercarse en algo: alcanzan otro bien o se quedan en el camino, sugiere Aristóteles. Se aproximan en algo al bien perfecto que no pueden alcanzar108. Esta tendencia de todo ente al bien se da desde la naturaleza propia de cada uno, de modo que cada uno busca su propio bien y en la medida en que lo hace se acerca o parece al Sumo Bien que es el Motor Inmóvil. En cuanto que la posibilidad de bien supremo de las plantas es pequeño –como lo es su ser- realizan pocos movimientos (en consonancia con su modo de ser). Son más los movimientos de los animales, y más los de los hombres, porque gradualmente su capacidad de bien es mayor. Lo mismo ocurre en el mundo celeste.
Por lo tanto, podríamos definir una primera dimensión en que los grados de bien se articulan en una estructura cosmológica, de acuerdo a un Bien Supremo que es el Motor Inmóvil, y que es la perfección. Los demás niveles son buenos, como se ha indicado, en cuanto poseen en algún grado las características propias del Sumo Bien, que es el Motor Inmóvil. Todas las características que posee el Sumo Bien en acto son las características propias de lo máximamente bueno. En función del grado de posesión de estas características, se mide el grado de bien. Más adelante se verá cuáles son estas características.
2) En el texto se advierte un segundo orden de grados de perfección, que podríamos calificar como perfección propia o natural, o grados de bien en la estructura entitativa. Además de referirse a la estructura cosmológica, el Estagirita apunta también a lo óptimo para cada uno de los entes: a la perfección propia, natural, debida. En efecto, cada ser tiene su propio fin, que consiste, para él, en la condición óptima. El término de medida de esta perfección es su propia naturaleza: el bien consiste en el estado excelente que le es
108
132
propio de acuerdo con su naturaleza. El ejemplo de la salud a que recurre en el fragmento lo pone de manifiesto: el máximo bien, en cuanto a la salud, es alcanzar el fin, que consiste en el buen estado, en el estado saludable. Hay grados de perfección de acuerdo a la proximidad que tiene un hombre con respecto a este buen estado: es más perfecto quien no tiene que hacer ejercicio para alcanzar la salud, y menos perfecto quien no la alcanzará nunca: entre medio, en función de la cantidad de esfuerzo que exija alcanzar este bien, hay mayor o menor grado de perfección. Hay mayor bien en los seres cuanto más próximos están de alcanzar las perfecciones propias de su naturaleza. Por lo tanto, podíamos definir una segunda dimensión en que los grados de bien se articulan en función de la perfección o el bien supremo según la naturaleza propia.
Lo que comparten estos órdenes es que manifiestan una clara progresión en cuanto a la perfección, determinada por el grado de posesión de bien, de acuerdo a lo que consiste el bien supremo. Esta gradación siempre coincide en diversos niveles que ya hemos mencionado y que Aristóteles explicita: “Hay algo que posee y participa del bien supremo; “algo que llega a él con poco <esfuerzo>”; “Algo que llega con múltiples <esfuerzos>”; “Y algo que ni siquiera lo intenta, sino que <tiene> bastante con acercarse al <bien> último”. También comparten el hecho de que el bien supremo es el término de medida: las características propias del bien supremo son las que determinan el grado de bien y de perfección de cada ente en su situación concreta, en las dos dimensiones.
Pero, además, son destacables algunas particularidades de cada dimensión, que conducen a distinguir el segundo orden de niveles en el bien: el bien en el ser y el bien en el obrar.