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De la descripción de san Justino se desprende en primer lugar que la liturgia de la eucaristía comenzaba por una celebración de la palabra en la que se leían en público «los comentarios de los apóstoles y los escritos de los profetas». Esto, sin embargo, es un desarrollo posterior, porque la eucaristía apostólica estaba vinculada con un banquete copioso, que saciaba (Sättigungsmahl) y precedía a la celebración eucarística como unidad cerrada. Detrás de ello se encontraba la bella convicción de que el ágape recíproco de la comunidad debía preparar el espacio vital en el que luego, con la celebración de la eucaristía, podía entrar el agápē transformador de Jesucristo. En la evolución real de las cosas, sin embargo, esta bella visión no se mantuvo. El ágape comunitario estaba concebido como puerta para la llegada del Resucitado. Pero de hecho se convirtió en la puerta de entrada del egoísmo anticristiano, deviniendo así inadecuado como preparación para la celebración de la eucaristía. Sea como fuere, esta fue la razón por la que ya Pablo quiso separar el banquete copioso de la eucaristía propiamente dicha, reprochando a los corintios lo siguiente: «Y así resulta que, cuando os reunís, no coméis la cena del Señor. Pues unos se adelantan a consumir su propia cena, y mientras uno

pasa hambre, otro se emborracha. ¿No tenéis casas para comer y beber? ¿Menospreciáis la asamblea de Dios y avergonzáis a los que nada poseen? ¿Qué puedo deciros? ¿Voy a alabaros? En esto no os alabo» (1 Cor 11,20-22).

La separación del banquete copioso y la eucaristía tuvo, sin embargo, una consecuencia decisiva: mientras la eucaristía se mantuvo directamente asociada a un banquete copioso, los cristianos pudieron seguir participando al mismo tiempo en la celebración de la palabra de la sinagoga, en la que se leían e interpretaban las Sagradas Escrituras, se rezaban salmos, se alababa en común a Dios y se le dirigían preces. Tras la definitiva separación de la sinagoga y la Iglesia hacia finales del siglo I, ello dejó de ser sensato e incluso posible. De ahí en adelante, la Iglesia tuvo que desarrollar su propia celebración de la palabra, que progresivamente fue entrelazándose con la eucaristía para terminar formando una unidad. Con ello surgió la forma esencialmente cristiana en la que seguimos celebrando la eucaristía en la actualidad y que ya no refleja sin más una situación normal de comensalía.

Aquí enlaza la segunda observación. Justino dice que el presidente de la celebración pronuncia sobre el pan y el vino «una larga acción de gracias» (eucharistía). Y para concluir su narración, el santo habla de que a cada uno de los presentes se le administra un trozo del pan «sobre el que se pronunció la acción de gracias» (por así decir, eucaristizado). De ahí recibió la celebración su nombre: «eucaristía». Si se estudia la historia lingüística en la Iglesia antigua27, se observa que las primeras designaciones de esta celebración –«cena» y «cena del Señor»– desaparecieron ya muy pronto, siendo sustituidas inequívocamente por la palabra «eucaristía». Ya a mediados del siglo II –en Ignacio de Antioquía–, «eucaristía» es el nombre por excelencia de la celebración. Este desplazamiento lingüístico pone de manifiesto que el elemento que sostiene todo en esta celebración es la alabanza y la acción de gracias, la eucharistía.

Para entender esto mejor, debemos recurrir a las raíces veterotestamentarias de la eucaristía28. Eucharistía se revela entonces como traducción griega del término hebreo

berakah, que significa asimismo: alabanza, acción de gracias, bendición. Tales oraciones

de alabanza y acción de gracias tienen una gran importancia en la piedad judía. Según una bella tradición, el judío piadoso debe alabar a Dios cien veces al día, presentarle una

berakah, desde el momento en que se levanta hasta que se acuesta, en toda ocasión que

se preste a ello. El número cien indica que el judío debe devolver a Dios en la alabanza todo lo que ha recibido de él. Todo debe convertirse, podríamos decir también, en eucaristía. No debemos recibir nada sin alabar a Dios, sin, por así decir, «eucaristizarlo»29.

Esta piedad veterotestamentaria arroja una iluminadora luz sobre la última cena de Jesús, de la que el relato de Marcos pone claramente de relieve que Jesús dijo la oración de alabanza sobre el pan y la oración de acción de gracias sobre el cáliz. Con ello, Marcos interpreta la última cena de Jesús como eulogía y eucharistía; y ello, situándose por completo en la tradición de la oración judía de alabanza y acción de gracias, de la

berakah. A partir de esta alabanza judía surgió posteriormente el canon de la misa

romana, nacido por completo de la oración de Israel y de la oración de Jesús. La plegaria eucarística debe entenderse, por eso, como continuación de la oración de Jesús en la última cena y, en esa misma medida, constituye el centro de la eucaristía eclesial.

Si la plegaria eucarística es la forma de sentido esencial de la eucaristía, el mandato de Jesús: «Haced esto en memoria mía», no puede significar que Jesús nos encargara repetir como tal la liturgia judía que él celebró con sus discípulos. La orden de repetición se refiere más bien a lo nuevo que él nos regala en el contexto de la liturgia de Israel. En este sentido cabe afirmar que la última cena de Jesús constituye el fundamento de toda liturgia cristiana, pero no es todavía ella misma liturgia cristiana. En liturgia cristiana solo se convirtió la última cena una vez que las palabras de la institución dichas por Jesús fueron consideradas punto cimero de la gran oración de acción de gracias y de bendición que procede de la tradición sinagogal y que también fue asumida por Jesús en la última cena al dar gracias a Dios en la tradición judía, aun cuando mediante la entrega de su cuerpo y sangre confirió una nueva profundidad a esta acción de gracias.

De ahí que la Iglesia antigua tuviera siempre claro que el mandato jesuánico de repetición no se refiere a la última cena en cuanto tal, sino a sus acciones específicamente eucarísticas y a las palabras que las interpretan, así como que lo esencial en el acontecimiento de la última cena no es la ingesta del cordero y los demás platos tradicionales, sino la gran oración de alabanza, cuyo centro está en las palabras de la institución pronunciadas por Jesús: «Este es mi cuerpo», «esta es mi sangre». Así pues, la Iglesia primitiva vio el núcleo esencial de la última cena de Jesús en la eucharistía, en lo que hoy denominamos «plegaria eucarística»30, percibiendo la forma fundamental del sacramento eucarístico en la eucharistía.

Por consiguiente, la eucaristía de la Iglesia no es sencillamente la repetición de un banquete, sino la celebración conmemorativa de la muerte y resurrección de Jesucristo, como profesamos tras las palabras de la institución: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!». Quien, sin tener esto en cuenta, pretende volver a hacer de la celebración de la eucaristía un banquete sencillo y fraternal no se dirige al origen, sino que se retrotrae más allá del momento crucial de la muerte y resurrección y, por tanto, más allá de la realidad que funda al cristianismo en su novedad. Por el contrario, quien hoy reflexiona sobre la bella continuidad entre las acciones y palabras eucarísticas de Jesús en su última cena y la celebración eucarística de la Iglesia y hace justicia a la importancia fundamental de la plegaria eucarística en la celebración de la eucaristía, esa persona demuestra un respeto especial por la susodicha oración de alabanza y comienza a comprender que su configuración no puede dejarse sin más al arbitrio de cada liturgo.

Recordar y garantizar este carácter no arbitrario también en el sentido de que la eucaristía no nace de la comunidad misma, sino que es un don de Jesucristo a la Iglesia entera es el verdadero sentido de la convicción católica de que la celebración de la

eucaristía está vinculada a la presidencia de un sacerdote sacramentalmente ordenado. El ministerio presbiteral remite en este sentido al extra nos del sacramento: «El hecho de que para la eucaristía se requiera del sacramento del ministerio sacerdotal se basa cabalmente en que la comunidad no puede darse a sí misma la eucaristía; debe ser recibida del Señor a través de la mediación de la Iglesia una»31. Desde aquí también resulta comprensible que la plegaria eucarística es una oración unitaria desde el punto de vista compositivo y, por consiguiente, en su totalidad una «oración ministerial del sacerdote»32, que puede ser pronunciada en nombre de la comunidad, pero no –ni siquiera determinados fragmentos de ella– por la comunidad o por laicos dedicados profesionalmente a tareas pastorales.

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