4.1 RECAPPING EXPECTATIONS AND PRESENTING ALTERNATIVE
4.1.2 Measures
El P. Calvez ha señalado que la defensa del marxismo que hace Juan Luis Segundo oponiéndose a la Instrucción sobre la Teología de la Liberación, seis años después de la carta de Arrupe, se refiere a un marxismo inexistente: «La Congregación romana pone
particularmente en guardia –escribe Calvez– contra los empréstitos imprudentes del marxismo. Ruinosos, al límite, para la fe misma. Ante esto, Segundo se muestra muy sensible a lo que le parece una condenación universal, de un trazo demasiado simple, o sea injusto, de todo lo que tiene nombre de marxismo. Él querría salvar uno o los marxismos que no sufrieran las deficiencias de la versión descrita en la Instrucción. Ante este propósito, de mi parte, me veo llevado a decir: de acuerdo, en teoría: ¿dónde está, sin embargo, en la práctica el lugar político consistente de esos marxismos invocados? ¿Se trata, ciertamente, de marxismos? Segundo se esfuerza por su parte, en presentar una idea de la lucha de clases que se identificaría, en suma, con la lucha por la justicia, que sería su traducción. ¿Cómo olvidar empero que Marx no quería nada de ese moralismo?»54.
A pesar de esta justa advertencia, el alegato de Juan Luis Segundo dejó sembrada, en algunos hasta hoy, la convicción de que la Instrucción iba contra el mismo Vaticano II. En un escrito reciente, el P. Martin Maier, redactor de Stimmen der Zeit, revista de la Compañía en Alemania, escribiendo en Razón y Fe, revista de la Compañía en España, afirma a propósito de la respuesta de Segundo al Cardenal J. Ratzinger: «en una amplia confrontación
con la primera y muy crítica Instrucción de la Congregación de la Doctrina de la Fe sobre la Teología de la liberación, hizo notar que en un nivel profundo se ponían en cuestión la Teología y las innovaciones del Concilio Vaticano II» y recalca: «en la crítica vaticana el objeto de la crítica no es sólo la Teología de la liberación sino que apunta a una valoración negativa del Vaticano II y del período posconciliar»55. El P. Maier parece no conocer el juicio del P. Calvez. Ni menciona tampoco el marco marxista de la opción por los pobres que en el pensamiento de Segundo se
convierte en clave convalidadora de toda hermenéutica bíblica y teológica. No toma en consideración el hecho de que Segundo pasó por alto las directivas del P. Arrupe sobre el marxismo. Ya de por sí, y sin necesidad de panegíricos póstumos, las torsiones del pensamiento del adversario que le señalaba el P. Calvez a Segundo tienen larga vida, mientras que la refutación de Calvez es desconocida. Es muy difícil volver a juntar las plumas cuando se las echa a volar.
El lector podrá juzgar si son aplicables o no a lo que venimos exponiendo del pensamiento de Juan Luis Segundo lo que el P. Arrupe advirtiera: «Si raciocinamos como si todo dependiese
finalmente de las condiciones de producción, como si ésta fuese de hecho su realidad fundamental y determinante, el contenido de la religión y del cristianismo muy pronto se relativiza y se reduce. La fe en Dios creador y en Jesucristo salvador se debilita o al menos aparece como algo poco útil. El sentido de lo gratuito se desvanece ante el sentido de lo útil. La esperanza cristiana tiende a convertirse en algo irreal. [...] Existe entonces el peligro de una crítica radical contra la Iglesia, que va mucho más allá de la sana
corrección fraterna [entendible] en la ‘Ecclesia semper reformanda’. Se tenderá incluso, algunas veces, a juzgarla como
desde fuera, y aun a no reconocerla ya en realidad como el lugar de la propia fe. Así no es raro que la adopción del análisis marxista conduzca a juicios extremadamente severos e injustos con respecto a la Iglesia»56.
Ya se ha mostrado más arriba cómo Juan Luis Segundo, coincidentemente con el análisis marxista de la religión, desembocó no sólo en la sospecha sistemática, sino en una opción contra la Iglesia concreta, acusada de idolatría, en aras de una Iglesia mesiánica, que debería ponerse al servicio de la transformación marxista de la sociedad. Con el actualismo pragmático que le nota McCann57, ha impugnado el dogma concreto en aras de un dogma útil al programa de la modernidad.
Se ha dicho de Segundo en son de elogio: «Él mismo afirma
–especialmente en las obras de los últimos 10 años– que se dirige fundamentalmente al lector no cristiano, como lo hizo Milan Machovec en el Jesús para ateos, que él mismo recomienda (y también nosotros). Lo que distingue singularmente la obra de Segundo es su carácter excitantemente positivo y materialista, que
no respeta dogmas ni valores absolutos y que no reconoce ningún rito sagrado que haya inhibido sus estudios»58.
Este panegirista encomia juntamente, como rasgos que se unen armoniosamente en el perfil intelectual de Juan Luis Segundo, los atributos de la filosofía agnóstica característica del pensamiento modernista, y los del materialismo histórico e irreligioso propios del marxismo.
Era lógico que, compartiendo la crítica marxista, Segundo hiciera sus descuentos a la doctrina sobre la infalibilidad de la Iglesia. La doctrina de Juan Luis Segundo al respecto es, si no la misma, cercana a la de Hans Küng, a quien cita con frecuencia aprobando sus posturas opuestas a las definiciones del Vaticano I.
Si se tienen en cuenta las críticas de que da cuenta este informe, no parece apropiado seguir presentando todavía este pensamiento como un logro positivo permanente de la Teología de la Liberación59. Como se ve, la rectificación del máximo conocedor jesuita de las doctrinas marxistas, el Padre J.-Y. Calvez, no ha logrado remediar un error que sigue circulando.