4.5 Application and Analysis
4.5.1 Methane Combustion
Por distintos caminos hemos procurado llegar a una definición exacta de la fe. Hemos visto cómo nace, cuál es su contenido y cómo ese contenido la determina, cuáles son las crisis por que atraviesa esa fe durante el transcurso de su evolución, y hemos determinado por fin qué re- lación existe entre la fe, por una parte, y la obligación, la esperanza, el amor, por otra. Siempre hemos encontrado un conjunto viviente, y cada vez que hemos examinado un detalle, lo hemos hecho teniendo en cuenta el todo. Así, cada problema ha mostrado más claramente lo que es la fe.
Pasamos ahora a investigar el punto siguiente: ¿se cree siempre de la misma manera? Ciertamente, la fe siempre es la fe, y como tal, siempre idéntica a sí misma. Pero ¿se manifiesta siempre de la misma manera? ¿O bien, a pesar de una identidad esencial, hay formas distintas de la existencia creyente?
No formulamos esta pregunta con el fin de averiguar si hay distintas convicciones religiosas, diferentes clases de religión. La respuesta es evidente, y llevaría implícito este otro problema: ¿qué relación hay entre esas religiones y la fe cristiana? Pero eso está fuera de nuestro tema. La diversidad de que se trata existe dentro mismo de la fe cristiana. Y, precisamente, nos preguntamos si la fe en la Revelación única de Dios en Cristo, la fe vivida dentro de esa Iglesia única, la única guardiana e intérprete de esa Revelación, puede presentarse en diferentes formas.
El problema es harto significativo por sí mismo para resolverlo sin más. Pero la vida cristiana exige que se haga tal discernimiento, pues si existe pluralidad en las formas de la fe, la vida de fe de un hombre corre el riesgo de someterse a la influencia de otras formas en lugar de profundizar la propia; y tenemos el deber y el derecho de asumir plena conciencia de nuestra propia fe y de sostenerla firmemente.
Basta observar a nuestros contemporáneos o a los hombres de otros tiempos para ver cuán variadas son las formas de una sola y única fe.
Tomemos, por ejemplo, el caso de un hombre cuya existencia toda se nutre del corazón.
Tanto cuando piensa como cuando hace cálculos o cuando actúa, el resorte final que impulsa su existencia está en el corazón. En el deseo de darse y recibir en cambio, ese corazón todo lo invade. Quiere gustar el precio de la existencia, el valor de las cosas y poseerlas. Quiere amar y ser amado. La pregunta: «¿qué hay, en el fondo, de justo, de cierto, de real?», la formula él desde otro punto de vista: «¿dónde hay lugar para el más grande amor?». Esa clase de hombres busca un objeto digno de su amor, el objeto que se pueda amar totalmente. Más aún: como el amor no es una cosa completamente realizada que busca un objeto, sino que se desarrolla al contacto de ese objeto y por él, ese hombre busca de qué manera su amor puede alcanzar la plenitud. En su caso, tener fe significa que el mundo no podrá satisfacerlo nunca, y que el espacio vital para la expansión de su corazón, el último objeto y el desenvolvimiento pleno de su amor no podrán existir sino en Cristo.
Esta forma de fe tiene un carácter muy particular. Muchas cosas que a otros le parecen difíciles de admitir a él le parecen factibles. Cuando se plantean preguntas insolubles, como éstas: ¿cómo el Dios de la eternidad ha podido crear el tiempo, lo finito y lo infinito?, ¿cómo ha podido amar a esta perecedera criatura humana colocada en ese átomo de polvo que es la tierra?, ¿cómo ha podido fundar en ella una Historia Sagrada?, ¿cómo es posible que Dios se haya hecho hombre?, ¿cómo puede seguir siéndolo por toda la eternidad y sacrificarse por el hombre?, esa fe tiene una respuesta henchida de santidad: «el amor hace cosas así». En la fe se corre el velo de la respuesta suprema. En cambio, a ella se le presentan dificultades en las cuales los otros apenas piensan. Ella se pregunta, por ejemplo: ¿cómo es posible que todo no sea uno?, ¿que toda diferencia no sea absorbida por ese único amor, que toda separación no desaparezca en una única realización?, ¿que haya tantas injusticias, tantos dolores, tantas vidas destruidas y oprimidas, tantos pecados, tanta dureza y crueldad?
Para terminar, he aquí los criterios de esa fe: es posible lo que puede realizar el amor; es verdadero lo que es increíble de parte del amor; es bueno lo que concede su lugar al amor y favorece su crecimiento. Y esos criterios toman un significado especial por el hecho de que aquí el que ama es Dios y que el amor posee su santa magnanimidad y su infinito poder.
Aquí el horizonte se abre, aquí se realiza esa transmutación de todos los juicios de valores que en el mundo son esenciales a la existencia cristiana.
Otra forma de la fe es la del hombre que concentra toda su personalidad en la búsqueda de la verdad.
Para él, la cuestión estriba en esto: ¿qué son las cosas?, ¿qué es el ser?, ¿de dónde viene?, ¿cuál es su estructura y su fin? La verdad no es para él una pura cuestión de razonamiento, sino lo que caracteriza la existencia, la luz sin la cual el espíritu se extravía; el aire que respira, la sustancia que lo alimenta.
El espíritu busca la verdad porque sólo en ella puede vivir. La presencia de las cosas que no tienen explicación le oprime. La oscuridad de las causas y del fin de lo creado le hace sufrir y le perturba. Sólo después de haber comprendido la razón principal del ser, la finalidad del movimiento existencial, tal espíritu puede vivir realmente. La «verdad» que él busca, no es sólo la exactitud de una ley general, que siempre es posible alcanzar, sino la plenitud sustancial que responde a su requerimiento, la explicación última, la finalidad de todo el orden. Y ahora, he aquí que él tiene conciencia de que esa luz sublime, esa finalidad postrera, esa paz de la cual el espíritu se encuentra al fin colmado, no po- drían ser halladas en el mundo mismo, sino que tienen un origen en la Revelación. Y eso, no porque la verdad sea demasiado restringida, sino porque el corazón reclama otra clase de verdad, la santa verdad del Dios vivo. Y ésta no puede surgir de ningún universo, aunque fuera mil veces más grande, más profundo y más puro que el nuestro. Comprender esto y admitirlo: he ahí la fe. Para ese hombre, creer es, pues, haber penetrado en el dominio de esa verdad última que por la intercesión de Cristo viene de Dios; es haber encontrado un punto de contacto con esa suprema verdad en su esencia santa, en sus causas y en sus fines, haber adquirido conciencia de que aquí es Dios la Luz.
Esta fe se comporta de distinta manera a aquella de la cual nos hemos ocupado precedentemente. Sus crisis tienen otro origen: por ejemplo, ciertos razonamientos que parten de las investigaciones de orden profano y parecen contradecir a la Revelación, o bien alguno de los artículos del dogma, que parecen estar en pugna con la razón. Y es de una paz diferente de la que se goza cuando del misterio de la fe brota la santa luz, la que confiere a cada ser y a cada existencia terrenal su verdadero destino.
Hay personas cuyo impulso más profundo es de orden moral, o para decirlo con mayor exactitud, es la tensión de su voluntad hacia el bien.
Quieren vencer al mal, quieren superar su insuficiencia, elevarse por encima de lo que hay de salvaje, de feo, de impuro en sus almas. Quieren volverse sinceros y nobles. Tienen hambre y sed de justicia.
O más bien, que ansían renovarse y realizar así su propia verdad. A veces alienta en el fondo de su ser, mal comprendida por ellos mismos e impulsada por extraños caminos, la voluntad de cambiar, de renovarse, la voluntad de conquista y de transformación.
En todas partes, este impulso choca con limitaciones; dentro y fuera encuentra oposiciones y obstáculos; siente su propia impotencia, hasta el momento en que se le hace evidente que la imagen de la existencia recta a la cual aspira, la posibilidad de una renovación, la potencia creadora y transformadora deben venir del más allá. El bien real y sustancial se evidencia en Cristo, que es la. Revelación encarnada de la santa voluntad de Dios y que por la gracia de Dios hace posible lo que es imposible para los hombres. De este encuentro con Cristo nace la fe. Luego ser creyente es vivir en las huellas de Cristo, inspirarse en los consejos, los mandatos, los ejemplos y las parábolas de Cristo. Ser creyente es seguir en la vida esa estela luminosa de la potencia creadora y transformadora de Dios, con la esperanza de que esas fuerzas divinas producirán su fruto.
Para otros hombres, el requerimiento más profundo es el orden. Ven la existencia desgarrada por las incongruencias y las contradicciones, amenazada por influencias subversivas, irracionales; anhelan ardientemente la paz, el orden, la unidad.
Para ellos, creer es ver en Dios la potencia ordenadora sagrada, el Señor absolutamente justo, sabio y dueño de todo lo que existe, y some- terle su propia libertad. Creer es la actitud del espíritu que acoge ese Poder regulador, esa ley divina eternamente valedera; es admitir esa autoridad suprema que nada podrá poner en duda, y la manifestación de una verdad infalible en el curso de la historia. Por ahí se tiene acceso a la posibilidad de una opción clara, de acuerdo con la voluntad de Dios. Con una alegría a menudo incomprensible para otros tipos de creyentes, con un verdadero fervor, esa fe se adhiere a los fundamentos institucionales que rigen la existencia cristiana.
Existe otra clase de fe, sobre todo en ciertas clases de hombres que se expresan con más dificultad que otros. Tienen una experiencia par- ticularmente profunda acerca de lo inconsistente y fugaz que es la existencia. Lo que otros llaman realidad, a ellos les parece algo irreal, una sombra apenas. ¿En qué estriba esa impresión? ¿Es acaso consecuencia de
una vitalidad debilitada, de un corazón fatigado, de una pérdida de la voluntad? Sea como fuere, perciben lo que suele escapar fácilmente a hombres dotados de más fuerte vitalidad: lo contingente de la existencia y la irrealidad de la vida. La aspiración de esos seres es lograr lo que una experiencia plena de la vida puede darles; es decir, algo sólido, firme, capaz de aplacar su sed, y no una realidad precaria, transitoria, apenas es- bozada. Para sentirse ellos también reales, quieren alcanzar una realidad que no sea tan sólo una mera apariencia. A menudo, el camino es largo. Acaso al principio, en la pasión, en la embriaguez del gozo, en el ansia del trabajo, en el ardor del combate, creen encontrar lo que buscan, hasta el día en que comprenden que todo aquello no hacía sino encubrir el vacío, y que ese vacío se encuentra en todas partes y no puede ser llenado por cosa alguna terrena. Se dan cuenta entonces de que sólo Dios puede curar ese daño, que sólo Él, que es sustancialmente real, puede sacarnos de la pura apariencia y hacer que un ser mortal, que no vive sino a medias, adquiera la conciencia de la verdadera vida. Entonces, la herida cura y la plenitud llega.
Creer significa en este caso entrar en el dominio de la realidad auténtica, de la verdadera vida, sostenido por la esperanza de incorporarse poco a poco a ella. Para Newman, todo es realization. Creer es tener la convicción de que uno se encuentra allí donde esa realization ha sido prometida.
La fe se presenta, pues, bajo formas tan diferentes, que se podrían describir muchas otras más. En todas, la esencia es la misma, pero son distintos el punto de partida y el impulso principal. También su contenido, apropiado a la opción personal, es distinto, lo que no impide que el objeto de la fe sea uno y los contenga a todos. En efecto, la realidad divina que se revela, única y total, es plenitud que colma. Pero en ella no todo es accesible directamente a tal o cual creyente, dado el particular temperamento de cada uno. Se puede tener la intuición innata de esto o de aquello, expresión de la christianitas naturalis. Cuando una vida de creyente comienza, una determinada realidad es lo que al principio lo convence y lo que continuará siendo la base de su fe. Otras realidades continuarán siendo extrañas para él, difíciles de comprender y de aceptar; estarán sujetas, pues, a crisis y a dudas, y exigirán esfuerzos particulares. Aquí la naturaleza de cada individuo jugará su papel y determinará las dificultades, manteniendo también en reserva las fuerzas particulares necesarias en circunstancias dadas.
Estas diferentes estructuras de la fe nunca se presentan en estado puro, pues se trata siempre de sujetos concretos, no de imágenes ideales. Así, en un mismo individuo puede asumir varias formas, aunque con fuerza e importancia distintas, pero una de ellas será la dominante y ca- racterizará su actitud de creyente. Que cada uno, pues, tenga confianza en la naturaleza individual que Dios le ha dado, que vea en ella la base de su existencia y el camino que le está deparado para llegar hasta Dios; que no se deje imponer por otro una imagen o una medida extraña.
Todas estas formas de fe tienen esto de común: la afirmación del bien, la verdad resplandeciente, el amor hecho posible, el orden dominador del caos, la promesa de la realidad cumplida. En efecto, la finalidad última de ellas no es de este inundo. Viene del más allá, de Dios. Así, cada aspecto de la fe comporta siempre el deseo de conquistar lo que está por encima de este mundo, el deseo de lo sagrado y una cierta disponibilidad de adoración, pero el camino que nos lleva hasta Dios es distinto, y variadas son también sus formas características.
Como hilo conductor para el desenvolvimiento de esas modalidades de la fe, hemos elegido la idea de «estructura», de predominio de ciertas facultades del alma y de sus valores correspondientes. Podríamos valernos de otra constante. Podríamos establecer distingos entre la fe del hombre, a quien interesa sobre todo el mundo objetivo, la obra, la tarea, el adversario, la finalidad —cualquiera sea la expresión elegida—, y la de la mujer, arraigada en lo inmediato de la vida, en el ser, en el futuro; que concibe y da a luz; que protege, nutre, comparte y asume; que vive en un universo más profundo, sometida al ritmo, a los símbolos. Necesariamente, esos dos seres están llamados a desenvolver su fe en actitudes diferentes. La estructura de la fe, en la que educa, instruye, cura, socorre, sirve, será distinta a la de aquel que combate, conquista, gobierna. El hecho de pertenecer a este o aquel pueblo influirá también en la forma de fe, a tal punto que el tipo de fe y de piedad de un pueblo vecino corre el riesgo de desconcertarnos, puede parecemos extraño o antipático, impío o contrario al espíritu cristiano. Lo mismo sucede con las diferentes épocas y sus particularidades, con las distintas capas sociales, formaciones intelectuales y profesionales. La fe del sacerdote, para quien hasta la realidad religiosa constituye el contenido de la vocación, se manifiesta de manera diferente a la del seglar. Éste, que vive y está anclado en el mundo, se enfrenta con la realidad religiosa desde un ángulo especial, desprendiendo algunos de sus aspectos y llevándolos a la práctica.
Yo quisiera, en fin, atraer la atención acerca de una diferencia que me parece particularmente importante, la que existe entre estas dos formas de fe: la de la abundancia y la de la pobreza. La primera caracteriza a aquellos para quienes los contenidos de la fe son inmediatos y vivientes. Y esto no por la razón de que sean particularmente piadosos o profundos (ya que se trataría entonces de la efectividad, no de la «estructura» de la fe), sino, simplemente, porque tienen el don de ser sensibles. Las cosas, las ideas, los acontecimientos les hablan. Lo mismo sucede con la fe. Lo que creen, lo experimentan. La persona de Cristo, lo que caracteriza su enseñanza, las posibilidades de un destino eterno, todo eso los conmueve, los trastorna, los impresiona, los regocija. La vida de su fe, desarrollada en forma diferente, puede ser simple o ampliamente desenvuelta, profunda o su- perficial, elevada o primitiva, pero siempre la realidad cristiana los toca y obra sobre ellos directamente.
Muy otra es la actitud cuando hay pobreza de fe. Aquí también los objetos existen, pero el alma permanece fría. Reconoce ésta que hay valo- res, pero no los siente directamente.; Las finalidades aparecen, las decisiones se toman, la voluntad se pone en movimiento, trabaja, lucha, se esfuerza, pero sin que haya emoción en la fuente. No se pone en duda que el destino se cumpla, pero el espíritu permanece indiferente. Se sabe, se concibe, se elige, se actúa, pero en frío, con disciplina, con esfuerzo. En lo íntimo, el ser permanece insensible. El espacio aparece vacío. Las realidades no tienen densidad. Las verdades parecen ser sólo palabras.
A primera vista, uno podría sentirse tentado de decir que únicamente la primera actitud es la del creyente, pues la segunda sólo demuestra in- diferencia, cansancio, frialdad, pobreza espiritual, etc. Tal juicio además de superficial sería falso. Aquí como allí hay fe, bajo comportamientos diferentes. En el primer caso, la fe es fruto de experiencias interiores, que le dan su color, su proximidad, su riqueza, pero que arriesgan también volverla quimérica, fácil, ligera, impura. La segunda actitud está hecha de vacío, pero en ese vacío se percibe un centro espiritual que será un punto de apoyo. Ningún calor hay en el fondo del alma; pero la aridez misma es valerosa. Lo que se hace, se hace voluntaria y penosamente, y en eso hay una gran pureza. Esa actitud dificultosa puede ser el origen de algo muy verdadero y muy noble.
La diferencia es importante, pues parece que, precisamente, la segunda de esas actitudes anímicas es hoy la más frecuente. ¿Es que tal vez pasamos de la riqueza a la pobreza en la fe? El arte religioso, las iglesias nuevas, parecen indicarlo, pues su simplicidad no se explica ni por
el gusto de la novedad ni por la falta de medios, sino que prueba un aspecto profundo de la actitud religiosa actual. En realidad, cuando los recintos aparecen vacíos y los muros desnudos, se expresa en verdad una fe que, en lo «vacío», en el espacio desnudo, en las paredes lisas, sabe percibir el centro espiritual que capta la presencia pura sin perderse en la abundancia de detalles; una fe que no tiene necesidad de apoyo y es capaz