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2.2 Methodological considerations

Duverger, en su obra sobre los partidos políticos, distingue varios modelos en fun- ción de sus elementos de base y de su armazón general: los «burgueses» del XIX, super- vivientes durante el XXen forma de conservadores y liberales; los socialistas; los comu- nistas y fascistas; y un cuarto grupo, en el que entrarían democristianos, laboristas y los partidos agrarios, «cuya diversidad de organización es muy grande y cuyo papel perma- nece limitado a algunos países»49. Sin embargo, pese a su denominación, donde mejor

puede encuadrarse al Partido Agrario Español no es en el último grupo sino en el pri- mero, correspondiente a los partidos burgueses tradicionales. A este modelo Duverger asigna las siguientes características: pretensión —al menos en la práctica— de agrupar no a grandes masas sino más bien a personalidades (notables); orientación de su activi- dad hacia las elecciones y la actividad parlamentaria; estructura administrativa en estado embrionario; ejercicio de la dirección del partido por los diputados, especialmente por el grupo cercano al jefe parlamentario; atención prioritaria hacia los problemas políticos; e importancia secundaria de la doctrina y los problemas ideológicos, al basarse la adhe- sión en el interés o la costumbre50. Se puede decir que todos estos rasgos son aplicables

al PAE.

Desde una perspectiva algo distinta, Panebianco, a la hora de analizar más en detalle la estructura organizativa de un partido, concede gran importancia al modelo originario, al proceso de institucionalización y a la configuración de la coalición dominante51.

El modelo originario. Éste es, según Panebianco, resultado de tres factores. El pri- mero es la forma de desarrollo organizativo, que puede ser mediante penetración territo- rial (un centro controla y dirige la fundación de agrupaciones locales e intermedias) o di- fusión territorial (las elites locales constituyen agrupaciones que luego se integran en una organización nacional). El segundo factor consiste en la presencia o ausencia de una institución externa patrocinadora —y legitimadora— del partido. El tercero es el carác- ter carismático o no del partido en sus momentos de formación52. Panebianco afirma que

siempre hay elementos carismáticos en la relación entre los líderes y sus seguidores du- rante los primeros momentos de vida de un partido. Mas éste adquiere realmente un ca- rácter carismático cuando se convierte en «la creación de un líder que aparece como el creador e intérprete indiscutido de un conjunto de símbolos políticos»53. Panebianco cita

como ejemplos el fascismo italiano, el nazismo alemán y el gaullismo francés.

48 Horizontes (n.º 13), 4 de abril de 1935.

49 DUVERGER, M.: Los partidos políticos, México, Fondo de Cultura Económica, 1965, pp. 31-33. 50 DUVERGER, M.: Ídem, p. 31.

51 PANEBIANCO, A.: Modelos de partido. Organización y poder en los partidos políticos, Madrid, Alianza, 1990, passim.

52 PANEBIANCO, A.: Ídem, pp. 108-114. 53 PANEBIANCO, A.: Ídem, p. 114.

En el caso del Partido Agrario Español, su desarrollo organizativo combinó difusión y penetración territoriales. Así, el partido se asentó, en ocasiones, sobre organizaciones y cacicatos ya existentes —como el Bloque Agrario de Valladolid, el Partido Provincial Agrario en Zamora y los complejos entramados de influencias políticas y sociales con- trolados por Martínez de Velasco en Burgos, por Velayos en Ávila, por Burgos y Mazo en Huelva y por Cano de Rueda en Segovia— pero también, especialmente durante 1935, se intentó crear la organización ex-novo en regiones como Cataluña o Galicia. Tendió a predominar, en cualquier caso, la primera modalidad, propia de los partidos dé- bilmente institucionalizados.

Acerca de la presencia (o ausencia) de una institución externa patrocinadora, el PAE mantuvo conexiones con diversas organizaciones de agricultores y terratenientes, que se concretaron en la presencia de políticos agrarios en sus órganos directivos. Pueden se- ñalarse, en este sentido, los siguientes ejemplos. Andrés Maroto, diputado agrario por Ciudad Real en los comicios de 1933, ocupó una de las vicepresidencias de la Confede- ración Española Patronal Agraria, mientras que el cargo de tesorero de dicha entidad lo desempeñó Alfredo Aleix, miembro del Consejo Directivo del PAE. De igual manera, los diputados agrarios Antonio Navajas y José Blanco Rodríguez formaron parte de la directiva del Comité de Enlace de Entidades Agropecuarias, en calidad de vocales. Por último, Daniel Mondéjar Fúnez, diputado del PAE por Ciudad Real en 1936, y Juan An- tonio Llorente García fueron directivos de la Confederación Nacional Católico-Agraria (CNCA)54. Sin embargo, no puede decirse que ninguna de las organizaciones agrarias

mencionadas actuase realmente como institución externa legitimadora.

En lo relativo al posible carácter carismático del PAE, el liderazgo ejercido en él por Martínez de Velasco no fue puesto en ningún momento en discusión. Mas debe tenerse en cuenta que también desempeñaron un papel destacado otras figuras, como el vicepre- sidente Antonio Royo Villanova o el cacique zamorano José María Cid, que dejaron su impronta en el ideario del partido (en aspectos como el centralismo o la defensa del prin- cipio de autoridad). Cid llegó a convertirse, incluso, en jefe de facto del PAE durante los meses previos a la desaparición de éste. Por todo ello, cabe concluir que, incluso duran- te su corta existencia, el PAE no fue un mero «vehículo de afirmación de un líder caris- mático»55.

El grado de institucionalización. Panebianco define la institucionalización como el proceso mediante el cual el partido incorpora los valores y fines de sus fundadores y pasa de estar concebido exclusivamente como instrumento para la consecución de unos fines a ser, para un importante sector de sus miembros, un fin en sí mismo. Sería, pues, la consecuencia de dos fenómenos paralelos: el desarrollo de intereses en el manteni- miento de la organización y el establecimiento y difusión de lealtades organizativas. Se- ñala Panebianco cinco indicadores para medir el grado de institucionalización de un par- tido: el desarrollo de la organización extraparlamentaria, en concreto de su burocracia; el

54 CABRERA, M.: «Organizaciones patronales y cuestión agraria en España (1931-1936)», en GARCÍADEL-

GADO, J. L. (ed.): La cuestión agraria en la España contemporánea, Madrid, Edicusa, 1976, pp. 122 y 136-137; y CASTILLO, J. J.: Propietarios muy pobres..., p. 372.

grado de semejanza entre las subunidades organizativas del mismo nivel jerárquico; las modalidades de financiación (cuanto mayor sea la institucionalización, es más probable que la organización cuente con un sistema de ingresos basados en aportaciones regula- res); las relaciones con las organizaciones cercanas al partido (siendo el grado de insti- tucionalización del partido parejo al predominio que ejerza sobre ellas); y el nivel de co- rrespondencia ente las normas estatutarias y la constitución material del partido56.

El PAE fue concebido, en sus inicios, esencialmente como un instrumento para la re- visión de la legislación reformista republicana, en especial de la que afectaba a la situa- ción socioeconómica de la agricultura; así lo demuestran sus constantes peticiones he- chas en esa dirección a los primeros gobiernos del segundo bienio. Pero, más adelante, se acometió un serio intento de institucionalización del partido, que se plasmó en el afán por extender su organización a la periferia nacional y en el lanzamiento de una prensa oficial. Conviene comprobar cuál fue el alcance real de esta institucionalización. Así, no parece que la organización extraparlamentaria alcanzara un fuerte desarrollo, especial- mente en determinadas regiones –tales como las Islas Baleares, Asturias, País Vasco y Navarra– en las que el PAE estuvo en del todo ausente (en ellas no presentó candidatos a los comicios generales ni hay constancia de que celebrase actos de propaganda). En el mismo sentido, apenas hay noticia de que los órganos directivos del partido mantuviesen una actividad regular.

Sobre el grado de semejanza entre las subunidades organizativas del PAE, cabe afir- mar que existieron grandes diferencias de unas regiones a otras en cuanto a tamaño y complejidad, en virtud de su mayor o menor implantación. En lo referente a las modali- dades de financiación, en los estatutos se fijaba un sistema de cuotas a satisfacer por los afiliados, aunque también se consideraba la posibilidad de «donativos». Éstos últimos debieron de ser, a buen seguro, muy frecuentes, sobre todo por parte de terratenientes que vieron en los agrarios a unos firmes defensores de sus intereses.

Acerca de las relaciones del PAE con las organizaciones cercanas al partido, en los estatutos aparecía el objetivo de «fundar como filiales toda clase de nuevas agrupaciones agro-sociales y políticas»; se señalaba a continuación que éstas habrían de quedar en- cuadradas en la estructura de la organización57. Por los datos que se conocen, el PAE no

debió de tener especial éxito en la creación de entidades filiales. Más bien se limitó a en- cuadrar como tales a organizaciones existentes, por lo general de ámbito provincial (como el Bloque Agrario vallisoletano o el Partido Provincial Agrario de Zamora).

Finalmente, el grado de correspondencia entre las normas estatutarias y la constitu- ción real del partido fue escaso y la institucionalización, por ende, débil. Los estatutos del PAE fueron claramente incumplidos en aspectos tan importantes como la obligato- riedad de celebrar, al menos una vez al año, Asamblea general de representantes; ésta sólo llegó a reunirse en marzo de 193658.

La coalición dominante de un partido, según Panebianco, «está integrada por aque- llos actores, pertenezcan o no formalmente a la organización que controlan las zonas de

56 PANEBIANCO, A.: Ídem, pp. 114-125.

57 PARTIDOAGRARIOESPAÑOL, Estatutos..., pp. 3-4. 58 El Debate, 18 de marzo de 1936.

incertidumbre más vitales»59. Éstas son determinadas áreas cuyo dominio permite a de-

terminados individuos incrementar su poder en la organización: la competencia, las re- laciones con el entorno, la comunicación, las reglas formales, la financiación y el reclu- tamiento. La coalición dominante, cuya fisonomía influye sobre la estructura organizati- va, puede analizarse desde tres puntos de vista: su grado de cohesión, dependiente de si el control sobre las zonas de incertidumbre se halla disperso o concentrado, lo que con- duce a distinguir entre partidos divididos en facciones (grupos fuertemente organizados) o en tendencias (grupos débilmente organizados); su grado de estabilidad, en función del carácter duradero o precario de los compromisos sobre reparto de áreas de poder en el vértice de la coalición; y el mapa del poder organizativo, es decir, las relaciones entre las distintas áreas del partido (grupo parlamentario, dirigentes nacionales y periféricos) y entre el partido y otras instituciones.

En el caso del PAE puede hablarse, en primer lugar, de la existencia una coalición dominante unida y estable. Ello se debió a que la jefatura de Martínez de Velasco, reco- nocida sin fisuras por todos los dirigentes agrarios, desempeñó una función aglutinante. Pese a existir discrepancias internas, ni se tradujeron en la existencia de facciones orga- nizadas ni derivaron en escisiones de importancia60.

En cuanto al mapa del poder organizativo, en el PAE se produjo una situación de cla- ro predominio del grupo parlamentario. Eran los diputados los que intervenían en los ac- tos de propaganda y, generalmente, los que encabezaban la organización en sus respec- tivas provincias. Esta situación se explicaría por la ausencia de una fuerte burocracia central. El mapa de poder existente en el PAE se encuadra, pues, dentro de uno de los ti- pos definidos por Panebianco: aquél en el que entre los parlamentarios y las estructuras de base no hay barreras organizativas (o son ligerísimas), con lo que los primeros pue- den configurar las segundas como feudos personales61.

Por último, acerca de las conexiones del PAE con organizaciones de su órbita, pue- de decirse que las asociaciones patronales y sindicales potencialmente afines —como la Agrupación de Agricultores de España (AAE), la CEPA, la CNCA o la Agrupación de Propietarios de Fincas Rústicas (APFR)— guardaron una ligazón más estrecha con el partido hegemónico de la derecha, la CEDA. Ello no fue óbice para que mantuviese con ellas unas relaciones fluidas y que incluso varios de sus miembros fueran al mismo tiem- po dirigentes de dichas entidades. Así, con relación a la patronal, Andrés Maroto y Al- fredo Aleix, miembros del Consejo Directivo del PAE, fueron, respectivamente, vicepre- sidente y tesorero de la CEPA. De igual manera, José Blanco Rodríguez y Antonio Na- vajas Moreno formaron parte, como vocales (en representación de Andalucía Oriental y Andalucía Occidental respectivamente), de la directiva del Comité de Enlace de Entida- des Agropecuarias, nombrada en febrero de 1934. No deben olvidarse, igualmente, las buenas relaciones mantenidas por Martínez de Velasco con la Asociación de Agriculto-

59 PANEBIANCO, A.: Modelos de partido..., pp. 89-91.

60 La deserción más importante fue la protagonizada en diciembre de 1935 por Antonio Royo Villanova, quien, no obstante, no trató de fundar ninguna organización nueva en la que aglutinar a sus seguidores. Ver Ahora, 18 de diciembre de 1935.

res de España62. En el terreno del sindicalismo católico agrario, José Luis Mondéjar y

Juan Antonio Llorente, candidatos agrarios por Ciudad Real y Valladolid respectivamen- te en 1936, pertenecieron a la CNCA63. Fuera del ámbito agrario, destaca la pertenencia

de Luis Garrido Juaristi, presidente del PAE de Madrid, a la Cámara Oficial de la Pro- piedad Urbana de la capital64.

Cabe, por otra parte, señalar que el Partido Agrario Español mantuvo una vincu- lación especial con la Unión Española de la Clase Media (UECM). Esta organización —que contaba con un antecedente durante el primer bienio republicano, la Federación Española de Clases Medias65— fue impulsada en los meses siguientes a febrero de 1934

por Royo Villanova, nombrado, a la sazón, presidente de la misma. En su manifiesto fun- dacional —aparecido en la prensa el 6 de febrero, pocos días después del publicado por el PAE—, la UECM alertaba sobre «el actual desconcierto nacional, especialmente ca- racterizado por la desorientación y la cobardía», expresaba su propósito de evitar la «de- finitiva desesperación del país», que «fatalmente conduciría a una dictadura severísima o a una anarquía sangrienta y catastrófica», y exhortaba a «la defensa, por todos los me- dios lícitos, de España, arrancándola de manos de verdugos y traficantes profesionales, y la defensa, también enérgica y decidida, de nuestros intereses de clase, vejados y es- carnecidos siempre por los de arriba y los de abajo». La UECM fijaba como sus objeti- vos «el engrandecimiento, la tranquilidad y la reconstrucción de España, y luego, como tal entidad de clase, luchar por el triunfo de las distintas tendencias económicas que re- presentan todos los elementos similares de un medio de producción, actividad, venta o consumo, hoy absolutamente indefensos en la vida nacional»66.

Durante los meses siguientes a su nacimiento, la UECM llevó a cabo una intensa campaña de propaganda, en la que destacaron sendas conferencias pronunciadas en el mismo febrero de 1934 por Royo Villanova, el ofrecimiento al ministro de Trabajo del mantenimiento de los servicios públicos en Madrid el 1 de mayo —alegando que, al celebrar ese día el PSOE la fiesta del Trabajo, la ciudad quedaba paralizada— y, so- bre todo, el banquete en homenaje a Royo Villanova. Celebrado el 3 de junio, asistie- ron unas 2.500 personas, entre ellas Martínez de Velasco, José María Gil-Robles, Ja- cinto Benavente, Carlos Arniches, los hermanos Álvarez Quintero y Gregorio Mara- ñón. Se adhirieron, por carta, el líder radical Alejandro Lerroux y Santiago Ramón y Cajal67.

No parece que la UECM tuviese demasiado éxito en su campaña de propaganda. De hecho, su último acto del que se tiene noticia fue un mitin celebrado el 26 de agos- to de 1934, en el que intervinieron, junto a Royo Villanova, su vicepresidente Alfredo

62 CABRERA, M.: «Organizaciones patronales y cuestión agraria...», pp. 122, 136-137 y 150. 63 CASTILLO, J. J.: Propietarios muy pobres..., p. 372.

64 Cfr. Ahora, 21de diciembre de 1934 y GARRIDOJUARISTI, L.: La propiedad urbana en el actual momen-

to. Conferencia pronunciada el día 13 de marzo de 1936, Madrid, Cámara Oficial de la Propiedad Urba-

na de Madrid, 1936. 65 El Sol, 17 de mayo de 1932.

66 El manifiesto en El Debate, 6 de febrero de 1934.

67 El Debate, 9 de febrero de 1934; Ahora, 27 de febrero de 1934; El Sol, 28 de marzo de 1934 y El De- bate, 5 de junio de 1934.

Aleix —miembro destacado del PAE— y su secretario general, José María de Barbá- chano68.

No queda muy claro cuál fue la auténtica motivación de la efímera Unión Española de la Clase Media. Así, si se tiene en cuenta la fecha en que tuvo lugar su creación, pue- de interpretarse como un iniciativa del PAE para conseguir, indirectamente, un respaldo social entre las clases medias urbanas. Sin embargo, el hecho de que, ya en el primer bienio, existiera una organización análoga –a la que, además, pertenecieron algunos de los dirigentes de la UECM, concretamente Barbáchano– hace pensar que se trató de una iniciativa autónoma surgida de la pequeña y mediana burguesía y que, a la altura de 1934, trató de contar en sus filas con una figura de indiscutible popularidad como Royo Villanova.

CONCLUSIÓN

La vinculación del PAE con la política de la Restauración, visible en la trayectoria de los que fueron sus principales dirigentes, se reflejó también en su estructura organi- zativa. Ésta se caracterizó por el predominio del personalismo y por un escaso grado de institucionalización. De hecho, es sumamente significativo que en sus más de dos años de vida, el PAE no celebrara ningún congreso. Se desconoce, igualmente, cuál fue el mé- todo seguido para designar a los jefes provinciales y locales del partido, mas todo apun- ta a que, en la mayoría de los casos, fue el factor determinante la voluntad personal de Martínez de Velasco. El PAE tuvo, pues, mucho más que ver con los viejos partidos de notables característicos de la Monarquía que con las nuevas organizaciones de masas, como la CEDA. De hecho, aquéllas de sus secciones internas, que, teóricamente, eran propias del momento –como las juventudes o la sección femenina– tuvieron una finali- dad más ornamental que práctica. Esta ausencia de modernización en el terreno organi- zativo fue causa decisiva del fracaso del PAE en la pugna que mantuvo con la CEDA por conquistar el respaldo de las clases sociales conservadoras de la España del momento. La hora de la «vieja política» había pasado.

JUANLUISCHULILLA YPILARAZAGRA*