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En las ciencias sociales y de manera particular en la antropología y la sociología existe una fuerte tendencia epistemológica a concebir los conceptos como herramientas neutrales, a partir de las cuales se puede interpretar cualquier formación socio-cultural, económica y política. El carácter histórico de los conceptos es esquivado, o al menos no evaluado con seriedad. Es frecuente encontrar una actitud acrítica frente a la vida y uso de los conceptos. De alguna manera existe una aceptación oficial y una validación discursiva de la racionalidad política y económica de occidente, que ha servido de soporte argumentativo y justificativo de las diferentes formas de colonización que occidente ha emprendido en múltiples sociedades a nivel mundial (Sahlins, 1980[1976]).

Este tipo de enfoque que concibe los conceptos como portadores de una vida independiente de los contextos sociales, culturales, económicos y políticos en que tienen su origen y que los concibe cual si fueran a-históricos, ha merecido la crítica radical de distintas corrientes filosóficas. Una de estas perspectivas criticas frente al uso acrítico de los conceptos ha sido la propuesta por Jacques Derrida (1967), quien desnuda los fundamentos conceptuales de occidente y le permite al científico social preguntar por los presupuestos del pensar y de las instituciones que lo soportan y legitiman. Derrida no pretende destruir dichos presupuestos ni estas instituciones, pero si logra cuestionar sus “evidencias” y “seguridades”. Como bien lo señala Gilles Anquetil (2004), en un breve artículo en homenaje a Jacques Derrida, la deconstrucción es un estilo y un movimiento del pensamiento que no cesa de reinterpretar los conceptos y cuestionar los textos; la deconstrucción le inyecta al discurso movimiento y juego, le abre las posibilidades a los

múltiples e inacabados significados y, algo de suprema importancia, librera a los significantes de la esclavitud de un solo sólo significado, es decir, nos permite decantar con agudeza y perspectiva política el tipo de conceptos que se usan y el nivel de revestimiento ideológico que ellos cargan.

El trabajo de deconstruir el logocentrismo occidental y construir, desde esas rupturas, nuevas maneras de pensar los fenómenos sociales, nuevos enfoques, nuevas narrativas y nuevas maneras de interpretar la diversidad cultural y social es un gran reto para el analista social, pero al mismo tiempo no es tarea fácil. Y no lo es dado que, como plantea Foucault (1971), toda sociedad produce un discurso controlado, organizado y distribuido por medio de mecanismos que tienen la función de reproducir las relaciones de poder, de conjurar los peligros y dominar los acontecimientos aleatorios que puedan poner en duda la verdad establecida, es decir, existe un acuerdo consensuado entre el discurso y la ley sobre lo que es verdad y lo que es falso, lo que es permitido y lo que es prohibido. Para Foucault (1971), el discurso es el dispositivo por medio del cual se traducen las luchas de los sistemas de dominación y por medio de los cuales el poder se posesiona y legitima una forma de saber.

El proceso de deconstrucción de los conceptos, por lo tanto, no es solamente un juego de palabras e incorporación de neologismos. Se trata en el fondo de una afectación al régimen de saber predominante. En su texto “La volonté de savoir”, Foucault (2001[1971]) plantea que las modificaciones de una práctica discursiva están ligadas a menudo a un conjunto complejo de transformaciones que ocurren o bien por fuera de las formas de producción, las relaciones sociales y las instituciones políticas prevalecientes, o bien dentro de ellas, es decir, en las técnicas de determinación de los objetos o en los afinamientos y ajustes conceptuales. Cuando estas modificaciones se producen dentro de las prácticas discursivas admitidas, por lo general, se trata de variaciones discursivas previamente acordadas institucionalmente y que están orientadas a integrar al régimen discusivo lo que por fuera de él representa un peligro o una amenaza futura para las formas de saber establecidas.

Estamos hablando de la verdad como una construcción política, con un soporte y una distribución institucional, íntimamente ligada a los procedimientos de poder y a los regímenes de saber. Se trata del establecimiento de una verdad que ejerce un poder de coacción sobre otros discursos que circulan en las sociedades pero que son calificados como no válidos, como saberes incompetentes. De ahí que Foucault (1971:36) sea enfático al afirmar, citando a Canguilhem, que para que una proposición sea calificada como verdadera o falsa debe estar primero «dans le vrai» y esta verdad cambia con la historia del saber y, obviamente, con las relaciones de poder establecidas. En este sentido, Foucault (2001 [1984]) afirma que ningún régimen político es indiferente a la verdad. Los conceptos operan como reproductores de un tipo de verdad y en el interior de las prácticas discursivas que los contienen permanecen estratégicamente ocultas variables políticas y económicas que de develarse socialmente evidenciarían prácticas de poder y relaciones sociales e institucionales profundamente asimétricas.

En el discurso agrario el concepto que mejor ha ocultado los procesos de acumulación de capital, el manejo patrimonial de las estructuras estatales y la expropiación ilegal de los territorios campesinos es el de “colonización espontánea”. Cuando se usa este concepto, en el esquema cognitivo se revela la imagen de una acción impulsiva, sin causa que la motive, algo que se hace sin planificación; se representa mentalmente como un arrojo personal, voluntario y heroico a una empresa incierta y para la cual no se está preparado, pero cuyo éxito o fracaso depende única y exclusivamente de quien la emprende o quizá, de un golpe de suerte. Este concepto de “colonización espontánea”, se ha integrado en el esquema cognitivo e interpretativo de los más avezados analistas agrarios.

En Colombia este concepto empezó a hacer carrera desde el siglo XIX y a ser usado de manera indiferenciada para referirse a las diásporas que familias enteras han emprendido de manera obligada en búsqueda de su estabilidad social y económica. El concepto se encuentra en la literatura que explica el movimiento migratorio de familias de comienzos de la era republicana, la que explica la migración masiva de campesinos a mediados del

siglo XX e incluso, la que explica la colonización que ha tenido lugar en los últimos cincuenta años en la región amazónica.

En general, el concepto de “colonización espontánea” se emplea para hacer referencia a una corriente migratoria emprendida de manera voluntaria y no planificada, que se dirige hacia zonas del país caracterizadas por estar “vacías de población” o tener “baja densidad poblacional”, por presentar una reducida o ninguna explotación de los recursos naturales y por tener una precaria o nula presencia estatal. Una de las particularidades de las áreas a donde llegan los “colonos espontáneos” es el precario estado de las vías de acceso y comunicación, la carencia de centros escolares y de atención en salud, la ausencia de centros de mercadeo, etc, es decir, áreas aisladas, desconectadas, tierras salvajes, sin dios ni ley, donde el colono tiene que construir su casa e inventarse hasta sus propias herramientas para poder sobrevivir y garantizar la reproducción de su núcleo familiar.

Este es el imaginario que existe y predomina en la literatura agraria sobre la “colonización espontánea” y también, como lo señala Margarita Serje (2005), el imaginario que ha predominado en Colombia de la frontera desde tiempos republicanos. Este concepto, el de “colonización espontánea”, es presentado como un concepto neutral y heurístico que ilumina al investigador y le permite ahondar en el fenómeno estudiado. Pese a que se mencionan variables institucionales y económicas que explican las dinámicas migratorias, los analistas agrarios no han dejado de referirse al concepto de “colonización espontánea”. Aunque se deja claro que existen factores económicos, de política agraria e incluso de carácter militar que explican el origen de los procesos de colonización, el adjetivo de “espontáneo” se conserva. En algunos casos el concepto se pone entre comillas, para tratar de decir que el asunto no es tan espontáneo, pero hasta ahí la visión crítica hacia este concepto. En documentos de carácter técnico emitidos por organismos multilaterales se habla de “colonización espontánea” para referirse a procesos de migración masivas no dirigidos por agencias estatales o empresas privadas.

Este concepto ha servido, sin lugar a dudas, de soporte institucional e ideológico para enmascarar los propósitos económicos perseguidos por los empresarios agrarios durante las grandes diásporas de campesinos. El geógrafo Ernesto Guhl (1982) planteaba que en Colombia existe una fuerte tendencia a ocultar las variables políticas y económicas que explican los movimientos migratorios y la ocupación del territorio nacional. Frente a la colonización de la selva pluvial amazónica este geógrafo planteaba que si bien existe una “iniciativa individual” para emprender la migración hacia nuevos territorios, esta no puede ser desligada de las variables económicas y políticas que la determinan, ni de las condiciones socio-económicas de quienes la toman. Refiriéndose a los colonos planteaba Guhl (1982: 98):

“La inmensa mayoría de los colonos, prácticamente casi todos, llamados espontáneos unos y dirigidos otros, no son hombres atrevidos que por iniciativa propia se enfrenten a un mundo natural nuevo y desconocido. No son ni aventureros ni conquistadores, sino unos pobres desplazados y hambrientos. Son un sobrante del potencial humano del país, que huye desesperadamente de un orden social y económico establecido en el interior andino, que solo les ofrece muy precarias condiciones de vida y ningún porvenir; y donde la subalimentación, la subocupación, la subeducación, en una palabra, el subdesarrollo, se ha convertido en una institución y una forma de vida para una gran parte de la sociedad”.

Fernand Braudel (1969), en su análisis sobre la historia y su contribución a las otras ciencias sociales, plantea que se puede obtener una nueva concepción de lo social cuando se analizan los fenómenos sociales interrelacionando de manera dialéctica tres dimensiones históricas de tiempo que operan e interactúan en ellos, esto es, la larga (estructuras), la mediana (coyunturas) y la corta (acontecimientos) duración. Para Braudel esta perspectiva epistemológica en el análisis de los fenómenos sociales permite que el analista social trascienda los acontecimientos (événements) y pueda observar en ellos tanto la coyuntura (conjonture) social que le dio su origen, como el conjunto de estructuras sociales –de larga duración (longue durée)- que provocaron la coyuntura y que al tiempo permiten explicarlos y comprenderlos.

Esta perspectiva epistemológica que reviste los acontecimientos de una triple temporalidad, permite al científico social superar los análisis superficiales e inmediatistas que frecuentemente se desprenden de los acontecimientos y ver en ellos, como diría Carlos Marx en referencia a la mercancía, la síntesis de múltiples determinaciones. Este enfoque de Fernand Braudel nos permite pensar, entonces, la colonización campesina, no como una acción social espontánea sino, en primer lugar, en relación a la estructura de poder político y económico en que se inscribe; en segundo lugar, en relación a la estructura agraria predominante en que tiene lugar; y en tercer lugar, en relación a la manera como las nuevas regiones surgidas del proceso de colonización se integran a las dinámicas económicas y políticas del país.

4.2. Colonización del siglo XIX. Violación estatal del pacto