• No results found

Los datos que aparecen dispersos por doquier en los poemas homéricos nos permiten reconstruir el ambiente de ocio en que se desenvolvía la vida de los protagonistas de la epopeya. Como en cualquier época, existe una clara diferencia entre las prácticas cotidianas y los momentos festivos extraordina­ rios. El período micénico destaca por las manifestaciones agonísticas que se desarrollan como consecuencia de acontecimientos especiales: bodas, fune­ rales o agasajos destinados a huéspedes importantes. Echemos, pues, una

rápida ojeada sobre estos acontecimientos antes de detenernos en las compe­ ticiones y otras manifestaciones de ocio.

Las bodas han constituido siempre un motivo de regocijo general para familiares y amigos de los contrayentes. Ya en las legendarias nupcias de Tetis y Peleo todos los dioses del Olimpo subrayaron con su bulliciosa pre­ sencia la importancia de tales acontecimientos y el propio Apolo deleitó a sus inmortales colegas con los dulces acentos de su voz y de su cítara. En casa de la novia, y probablemente también en la del novio, se celebraba un alegre festín de bodas, con intervención de aedos y ejecución de danzas. Al anoche­ cer, un jubiloso cortejo, cantando el himeneo y danzando al son de flautas y forminges, acompaña, a la luz de las antorchas, a la recién desposada desde la casa paterna hasta su nuevo hogar.

Otro de los acontecim ientos más destacables en el mundo hom érico es el de las honras fúnebres tributadas a los muertos. Obedecen tanto al deseo de procurar al espíritu de éstos el reposo en la otra vida como a la necesidad de evitar su cólera. Asom brosam ente, tras complicados ritos funerarios, que duraban en función del rango del difunto y del dolor de sus deudos y amigos, se organizaban importantes juegos y competiciones en su honor. Los funerales tributados a Patroclo por Aquiles llenan el libro XXIII de la

Ilíada, que constituye la colección más importante de datos sobre los ju e ­

gos y deportes en la época homérica. En él se relatan los juegos fúnebres en honor de Patroclo, que com ienzan con la ceremonia de apagar con vino las llamas de la pira y de encerrar los huesos del héroe en una urna cinera­ ria. Aquiles anuncia el comienzo de las competiciones deportivas, en las que él no va a participar, y propone los premios: «Calderas, trípodes, caba­ llos, mulos, bueyes de robusta cabeza, m ujeres de hermosa cintura y lucien­ te hierro» (//. XXIII, 230 ss.).

M áscara de Agamenón.

Los extranjeros, desamparados en un país desconocido, están bajo el patrocinio de Zeus. Son acogidos normalmente como huéspedes y ello da lugar al nacimiento de un vínculo recíproco de hospitalidad, que se convierte en hereditario y está sometido a normas protocolarias. Se saluda al huésped, se le hace entrar en la casa, se le invita a tomar asiento y se le ofrece de comer

está repuesto de las fatigas del viaje, para lo que a veces pasan varios días. Se organizan en su honor banquetes, juegos y otras distracciones, con interven­ ción de los aedos. No se le debe despedir pronto ni retenerlo demasiado. El huésped, a su vez, debe corresponder con delicadeza a las atenciones del anfitrión; ambos se ofrecen mutuamente presentes de hospitalidad. Sólo los seres abominables o monstruosos, como los Cíclopes, o los soberbios, como Antínoo, violan las leyes sagradas de la hospitalidad, incurriendo con ello en la ira divina y sufriendo el merecido castigo.

Ejemplo de todo lo dicho es la acogida dispensada por el rey Alcínoo a Ulises, arrojado por la tempestad a las costas de los feacios. Tras el banquete comienzan los juegos en honor del huésped. Alcínoo dice: «Salgamos a pro­ bar toda clase de juegos, para que el huésped participe a sus amigos, después que se haya restituido a la patria, cuánto superamos a los demás hombres en el pugilato, la lucha, el salto y la carrera» (Od. VIII, 97 ss.).

M anifestaciones agonísticas

Bodas, honras fúnebres, llegada de un huésped y celebraciones en honor de los dioses son ocasiones extraordinarias para juegos, concursos y certáme­ nes deportivos. En los concursos de la Ilíada se resalta el respeto a los demás concursantes y a las reglas del juego, que excluyen la mala voluntad y el dolo; se añade el temor a los dioses y la delicadeza de que hace gala Aquiles, organizador de los juegos, para no herir el amor propio de los participantes menos afortunados, ni ultrajar su honor con decisiones injustas en el reparto de los premios; el respeto de los jóvenes por los de más edad, cuyos méritos reconocen; el orgullo con que el viejo Néstor añora sus buenos tiempos de atleta imbatible.

Todo ello nos pinta una sociedad en la que sobre la fuerza bruta o la des­ treza en los ejercicios físicos prevalecen ya valores éticos propios de una sociedad refinada, cuyo carácter se acentúa en la Odisea, poema en el que emerge, tras las borrascas de las gestas heroicas, la vida placentera y amable de la paz. Los personajes homéricos saben reaccionar y, sobre todo, hablar ante situaciones imprevistas. En la Odisea vemos que las relaciones entre los pretendientes y Telémaco, a pesar de la violenta tensión que entre ellos exis­ te, están presididas por cierta cortesía. Telémaco se comporta en Pilo y en Esparta con la más exquisita educación y Nausicaa se manifiesta ante Ulises con gran naturalidad y dignidad.

Los certámenes agonísticos, iniciados en la edad caballeresca y cele­ brados en honor de los dioses y de los héroes, permitían lucir las habilida-

Aquiles. Palacio A chillion, Corfú.

des de los contendientes. Probablem ente estos concursos tenían cierto sig­ nificado mágico y religioso. En ellos el vencedor se convierte en héroe, pero, en realidad, sirven para rendir culto a la memoria de otro héroe. En estos juegos solemnes, organizados y reglamentados m eticulosam ente, se manifiesta el gusto por los ejercicios físicos. Se exalta la a r e té de los parti­ cipantes y la cortesía con que se respeta al adversario vencido. En esta ri­ validad, reservada a los guerreros y a los kyrioi, las reglas de honor no excluyen la astucia que da la victoria, señal evidente de las cualidades del atleta y de la ayuda divina. En estos certámenes destacaban las carreras de carros y la competición de pugilato, junto a otros concursos de lucha, ca­ rrera y lanzamientos.

Carreras de carros

La carrera de carros es la competición aristocrática por excelencia, en la que sólo participan los grandes caudillos. Es la que goza de mayor prestigio y a la que le están reservados los premios más valiosos: una mujer, un trípo­ de, una yegua preñada, una caldera, dos talentos de oro y un vaso de dos asas sin estrenar.

Carrera de carros.

Un juez, situado en la línea de meta, que no es el punto de llegada, sino el lugar en donde ha de iniciarse el retorno a la línea de salida, debe velar para que nadie infrinja el reglamento. Hasta la diosa Atenea interviene a favor de uno de los aurigas, para neutralizar la jugarreta que, para ayudar a su rival más próximo, le acaba de hacer Apolo a Diomedes. Los propios dioses se contagian del entusiasmo del público. Durante la carrera surgen acaloradas discusiones entre los partidarios de los distintos concursantes y el reparto, un tanto arbitrario, de algunos premios suscita protestas airadas por parte de quienes se consideran injustamente tratados. Los enojosos incidentes a que estas protestas dan lugar acaban con una solución amistosa, ya que los pro­ tagonistas de la prueba compiten entre sí en generosidad, sacrificando su interés personal en aras del afecto mutuo, para no aparecer culpables ante los dioses.

Antes de comenzar la carrera de carros, el prudente Néstor, como un entrenador actual, da instrucciones a su hijo: prudencia y cautela; ha de cla­ var sus ojos continuamente en la meta, dar la vuelta cerca de la misma, casi tocándola pero sin chocar con ella, animando a sus caballos con la voz y el látigo. Tras indicar Aquiles la meta y colocar cerca de ésta a un «juez» de la competición, comienza la carrera. Los caballos vuelan por la llanura.

Apolo hace que a Diomedes se le caiga de las manos el látigo; Atenea se lo devuelve y da nuevos bríos a sus caballos, a la vez que rompe el yugo de los del hijo de Admeto. El belicoso Antíloco saca su carro fuera del camino y está a punto de provocar un choque con el de Menelao, que, para evitar la catástrofe, se aparta, lanzando improperios al temerario rival. Se cruzan apuestas entre Idomeneo y Ayax Oileo. Avanza impetuoso Diomedes, sus caballos rocían de tierra al auriga y las llantas de su carro apenas dejan huella en el polvo tenue. Cuando detiene el luciente carro, copioso sudor corre de la cerviz y del pecho de los bridones hasta el suelo, y el héroe, saltando a tierra, deja el látigo colgado del yugo.

Aquiles le concede el segundo premio. El aplauso incomprensible que le tributa el público provoca la airada protesta de Antíloco, que se ve posterga­ do. Cede Aquiles y, a su vez, protesta Menelao, que increpa a Antíloco, por haber deslucido su habilidad y atropellado a sus corceles. Le obliga a jurar por Poséidon que actuó involuntariamente y sin dolo al hacerle detener su carro. Antíloco reconoce su inexperiencia juvenil y la valentía de su rival y le cede el premio recibido, ya que prefiere conservar su afecto y no aparecer como culpable ante los dioses. Menelao acepta gozoso las disculpas y le de­ vuelve la yegua ganada en la carrera, para no ser vencido en generosidad.

En la Odisea se hace una brillante comparación entre una nave que sur­ ca rauda las olas y una cuadriga: «Del modo que los caballos de una cuadri­ ga se lanzan a correr en un campo, a los golpes del látigo y, levantándose sobre sus pies, terminan prontam ente la carrera; así se alzaba la popa del navio y dejaba tras sí muy agitadas las olas purpúreas del estruendoso mar» (XIII, 81 ss.). En la literatura posterior aparecen las imágenes de las cuadri­ gas volando entre nubes de polvo; se describe el entusiasmo de los especta­ dores, la sensación de esfuerzo sobrehumano de los aurigas, que sienten en su nuca el aliento de los caballos que tratan de rebasarlos, en suma, todos los detalles de este apasionante espectáculo, que, a través de los siglos, llegó a acaparar la atención de las masas que abarrotaban los circos de Roma y de Bizancio.

La competición de pugilato

El pugilato revestía un carácter de gran dureza, ya que los contendientes se golpeaban con los puños guarnecidos con duras correas. En los juegos fúnebres en honor de Patroclo, a la carrera de carros sigue la competición de pugilato. Las bravatas de los púgiles anuncian ya las que prodigan los boxea­ dores actuales antes de cada combate: al rival le rasgarán la piel, le aplastarán

los huesos... Ambos contendientes ciñen sus manos «con unas bien cortadas correas de piel de buey salvaje». Se acometen con furia, sus fornidos brazos se entrelazan. Crujen sus mandíbulas y el sudor brota de todos sus miembros. Cae uno de ellos y su rival, magnánimo, lo levanta. Sus amigos lo rodean y se lo llevan malherido, recogiendo el premio que le corresponde por su par­ ticipación en 1 a pelea.

En la Odisea, Ulises se ve obligado aceptar un curioso certamen de pugi­ lato (XVIII, 89 ss.). Duda entre liquidar de un golpe mortífero a su rival o golpearlo con más suavidad, derribándolo al suelo. Opta por lo último, para no ser reconocido por los aqueos. Iro, su contrincante, se desploma y, «ten­ dido en el suelo, bate los dientes y golpea con los pies la tierra». Los espec­ tadores «levantaban los brazos y se morían de risa».

En el libro XXIII de la Ilíada se describe tam bién una competición de lucha. Los contendientes, puesto el ceñidor, se enlazan con sus robustos brazos. Crujen sus espaldas, copioso sudor les brota de todo el cuerpo y van apareciendo en él cruentos cardenales. Ayax levanta en vilo a Ulises, pero éste, fecundo en ardides, le da por detrás un golpe en la corva, lo derriba de espaldas y cae sobre su pecho. Ante su desatada furia y la igualdad de fuer­ zas Aquiles declara nulo el combate y otorga a ambos púgiles premios si­ milares.

Otras competiciones

En la carrera a pie, los participantes comienzan a correr desde el sitio señalado. Ulises va pisando las huellas de Ayax Oileo, antes de que el polvo caiga en torno de las mismas y le echa el aliento a la cabeza. Pide a Atenea que dé más ligereza a sus pies y la diosa escucha su plegaria, haciendo que Ayax resbale y Ulises consiga el primer premio. En el palacio de Alcínoo se desarrolla también una competición de este tipo (Ocl. VIII, 128 ss.).

En la hoplomaquía, o «lucha con armas», Ayax Telamonio y Diomedes se acometen tres veces, procurando herirse de cerca. Diomedes, ante un gol­ pe recibido, se enfurece y está a punto de acabar con Ayax. Los espectadores temiendo un trágico desenlace, ponen fin al combate, concediendo a ambos luchadores igual premio.

Viene a continuación el lanzamiento de pesos. Aquiles ofrece como pre­ mio una bola de hierro que «proporcionará al vencedor cuanto hierro necesi­ te durante cinco años, aunque sean muy extensos sus fértiles campos». Es de señalar el gran valor que tenía el hierro en la civilización del bronce, en la que se ambienta la epopeya homérica.

Aqiiiles venda el brazo a Patroclo.

Luego sacó Aquiles azulado hierro para los arqueros, colocando en el circo 10 hachas grandes y otras 10 pequeñas. Clavó [...] a lo lejos un mástil de navio, después de atar en su punta, por el pie y con delgado cordel, una tímida paloma; e invitóles a tirar saetas: «El que hiera a la tímida paloma, llévese a su casa las hachas grandes; el que acierte a dar en la cuerda [...] tomará las hachas pequeñas». El primer arquero rompió la cuerda; el segun­ do atravesó con su certera flecha una de las alas de la paloma, que daba vueltas en lo alto del aire [...] La gente lo contemplaba con admiración ^ asombro. (//. XXIII, 850 ss.)

Ulises, que en la corte de Alcínoo se jacta de ser un buen arquero, tuvo ocasión de demostrarlo al regresar a ítaca. Penélope propone a sus preten­ dientes una prueba con el arco de Ulises, prometiéndoles que se casará con el vencedor (Od. XXI, 8 ss.). Telémaco, el hijo de Ulises, tras un fallido intento de curvar el arco, cede el puesto a los pretendientes. Estos, tras ímprobos es­ fuerzos, tampoco lo consiguen. Por último, interviene Ulises, el cual, a pesar de los 20 años transcurridos desde que lo usó por última vez, supera con faci­ lidad la dura prueba: «Apuntó al blanco, despidió la saeta y no erró a ninguna de las segures [...] la flecha [...] las atravesó todas y salió afuera». El certamen termina con la espantosa matanza de los pretendientes, que van cayendo, uno tras otro, abatidos por las certeras saetas del enfurecido Ulises.

Finalmente, en el libro XXIII de la Ilíada se nos dice: «Dos hombres dies­ tros en arrojar la lanza se levantaron [...] Agamenón [...] y Meriones». Aqui-

les resuelve el concurso de un modo un tanto original, diciendo: « ¡ Atrida ! Pues sabemos cuánto aventajas a todos y que así en la fuerza como en arrojar la lanza eres el más señalado, toma este premio» (884 ss.)·

En cuanto al lanzamiento de disco, en la Odisea (VIII, 186 ss.), Ulises acepta el reto de los feacios y demuestra su destreza con el disco, lanzándolo mucho más lejos de lo que hubieran podido imaginar.

En el libro V de la Eneida, Virgilio describe los juegos fúnebres organi­ zados en Sicilia por Eneas, en honor de su padre Anquises, muerto el año anterior. Los juegos se componen de regatas de naves, carrera a pie, pugilato, tiro de arco y evoluciones de caballería.

La vida cortesana

Junto a las actividades deportivas encontramos los esparcimientos del espíritu como la música, la danza y el canto, don este último concedido a las sirenas como principal atractivo. Estas actividades forman parte, a menudo del banquete, celebración social por excelencia que también formaba parte de las bodas, honras fúnebres, llegada de un huésped y celebraciones en ho­ nor de los dioses. Además de los cantos épicos, acompañados de la lira, en­ tonaban a veces los peanes, himnos a Apolo, de carácter propiciatorio o de acción de gracias. Los instrumentos musicales más conocidos son la formin- ge o cítara y la flauta.

En la Ilíada vemos a Aquiles deleitándose al son de la lira y cantando las acciones gloriosas de los héroes. Patroclo alterna con él en el canto. La lira es la compañera inseparable del festín, cuyos ornatos imprescindibles son el canto y la danza. Eumeo (Odisea, XVII, 515 ss.) describe así al mendigo harapiento: «Como se contempla al aedo, que ha aprendido de los dioses maravillosos relatos y los canta a los mortales y ellos no se sacian de oírle cantar...» Los aedos, que se sienten inspirados por los dioses, cantan en los palacios y en las plazas públicas; están orgullosos de su profesión y de su obra. Homero promete a sus héroes la inmortalidad. Alejandro Magno con­ sideraba afortunado a Aquiles, no tanto por las hazañas que había realizado, como por haber tenido a un Homero que las cantara.

En la Odisea hay constantes elogios a los aedos. Femio, el aedo de Ulises en Itaca, se ve forzado a distraer con su canto a los pretendientes de Penélope. Sin embargo, Ulises le perdona la vida, porque, abrazado a sus rodillas, éste le dice que no se consolará más tarde de haber dado muerte a un aedo como él, que canta a los dioses y a los hombres. La impresión que el relato de aven­ turas maravillosas produce en el ánimo de los oyentes se describe así en la

Odisea (XIII, 1-2): «Inmóviles y silenciosos se quedaron los feacios al ter­

m inar Ulises su relato».

Apolo rodeado de las M usas, 430-420 a. C.

En el palacio de Alcínoo dice éste: «danzadores feacios salid los más hábiles a bailar, para que el huésped diga a sus amigos, al volver a su morada, cuánto sobrepasamos a los demás hombres en la navegación, la carrera, el baile y el canto». En esta época caballeresca, los deportes son considerados como mera preparación para la guerra. Desarrollan el sentido de la emulación y contribuyen al armónico desarrollo físico. Las principales actividades de­ portivas son la natación, la caza y el atletismo.

La caza de fieras prueba la destreza en el manejo de las armas, la resis­ tencia a la fatiga y el valor ante el riesgo. En un principio se lleva a cabo para defender el ganado de los ataques de las fieras, para matar a una bestia peligro­ sa, como en el caso del jabalí de Calidón y en las míticas cacerías de Heracles (la cierva de Cerinea, el jabalí del Erimanto, etc.). Luego se organizan cace­ rías puramente deportivas, siendo numerosas en los poemas homéricos las comparaciones cinegéticas, en las que se alude a la caza de jabalíes, panteras