1. Introduction and Methodology
1.6 Methods of interpretation in cases of conflicts of norms
«Y Dios creó al hombre a imagen suya.» GÉNESIS 1:27
«Somos máquinas diseñadas para sobrevivir, robots ciegamente programados para conservar las moléculas
egoístas que llamamos genes.» Richard Dawkins (El gen egoísta
)
De acuerdo con el teólogo, la vida es el milagro supremo, y la vida humana constituye la culminación del
plan cósmico divino. Para el científico, la vida e s el fenómeno más sorprendente de la naturaleza. Hace cien
años, el tema del origen y la evolución de los seres vivos se convirtió en el campo de batalla de una de las
más grandes controversias entre ciencia y religión. La teoría de la evolución de Darwin hizo temblar los cimientos de la doctrina cristiana y —como sucedió cuando Copérnico puso al Sol en el centro del Sistema Solar— se hicieron manifiestas en todos los ámbitos de
la sociedad las profundas consecuencias del análisis científico. La ciencia abrió de pronto una nueva
perspectiva para el hombre y su relación con el Universo.
Este es, básicamente, un libro sobre física y no voy a extenderme demasiado en los detalles de la evolución
darwiniana, sus repercusiones para la Iglesia y la curiosa resurrección del sentimiento antidarwiniano en el reciente movimiento "creacionista". Todos estos temas están profusamente documentados en otras partes. En este
capítulo nos plantearemos interrogantes sobre el significado de la vida desde el punto de vista del
físico.
La Biblia afirma bastante explícitamente que la vida es un resultado directo de la actividad de Dios; no apareció de manera natural como resultado de procesos
físicos ordinarios puestos en marcha después de la creación del Cielo y la Tierra. Dios decidió crear, por
medio de su divino poder, primero las plantas y los animales y después Adán y Eva. Desde luego, la inmensa
mayoría de cristianos y judíos están de acuerdo en la actualidad en conceder un carácter alegórico al libro
del Génesis y no intentan defender la versión bíblica del origen de la vida como un hecho histórico. A pesar
de ello, la naturaleza divina de la vida humana sigue siendo el dogma central de la doctrina religiosa
contemporánea.
¿Tiene la vida un origen divino? ¿Violó Dios las leyes de la física y de la química manipulando las moléculas
de materia inerte con el fin de producir de forma milagrosa el primer ser vivo? ¿Manipuló posteriormente
la estructura genética de algún simio hace miles o millones de años para crear al hombre? ¿O e s la vida, por el contrario, un resultado de actividades químicas y
físicas naturales (aunque complejas) y el hombre es el producto final de un largo y evolucionado desarrollo?
¿Puede crearse la vida artificialmente en el
laboratorio, o debe contener un ingrediente adicional, una chispa divina, antes de que sea viable?
¿Qué es la vida? Para el físico, las dos características distintivas de la vida son complejidad y organización.
Incluso un simple organismo unicelular muestra una complejidad que no admite comparación con ningún producto del ingenio humano. Considérese, por ejemplo,
una humilde bacteria. Una inspección minuciosa nos revela una compleja red de funciones y formas. La bacteria puede inte-ractuar con su entorno de diversas
formas: se puede propulsar a sí misma, puede atacar a sus enemigos, es capaz de reaccionar frente a los estímulos externos acercándose o alejándose de los
mismos y puede intercambiar materia de una forma controlada. Su funcionamiento interno se asemeja en organización al de una gran ciudad. La mayor parte del
control reside en el núcleo de la célula, dentro del cual se encuentra el "código" genético, el "negativo" químico que permite a la bacteria duplicarse a sí misma.
Las estructuras químicas que controlan y dirigen toda esta actividad pueden comprender moléculas compuestas de
más de un millón de átomos dispuestos de una manera complicada aunque altamente específica. La base química
de la vida la constituyen las moléculas de ácido nucleico, ARN y ADN, con sus famosas estructuras de
"doble hélice".
Es importante darse cuenta de que un organismo biológico está compuesto de átomos perfectamente ordinarios. Parte
de su función metabólica consiste en adquirir nuevas sustancias de su entorno y expulsar las sustancias degeneradas o no deseadas. Un átomo de carbono, de
hidrógeno, de oxígeno o de fósforo en una célula viva no es diferente de un átomo similar fuera de la misma, y hay una corriente ininterrumpida de átomos entrando y saliendo de cada organismo vivo. Claramente, pues, la vida no se puede reducir a una propiedad de las partes
constituyentes de un organismo. La vida no es un fenómeno acumulativo como, por ejemplo, el peso. Aunque nadie duda de que un gato o un geranio son seres vivos, no encontraremos el menor signo de vida en ni ngún átomo
individual del gato o del geranio.
Esto parece paradójico. ¿Cómo puede haber vida en una colección de átomos inanimados? Hay quien piensa que es
imposible construir vida a partir de algo carente de ella, de modo que, en su opinión, debe existir algún ingrediente adicional no material en el interior de todos los seres vivos, una fuerza, vital o una esencia espiritual debida, en última instancia, a Dios. Ésta es
la vieja teoría del vitalismo.
Un argumento empleado con frecuencia en apoyo del vitalismo tiene que ver con el comportamiento. Una
característica de los seres vivos es que parecen comportarse de acuerdo con un propósito, como si estuvieran encaminados hacia un fin específico. Esta cualidad "ideológica" se muestra de forma más evidente
en las formas de vida superiores, aunque incluso una bacteria puede dar la impresión de estar esforzándose para llevar a cabo ciertas tareas rudimentarias como la
captura de alimento.
Hacia 1770, Luigi Galvani descubrió que un músculo de rana se contraía espasmódicamente cuando lo tocaba con un par de varillas metálicas y llegó a la conclusión de
que esta "electricidad animal" no era otra cosa que la manifestación del espíritu oculto de la vida. De hecho,
la creencia de que la electricidad está de algún modo relacionada con las fuerzas vitales se encarna en la
historia de Frankenstein, una criatura creada
artificialmente a la que se le comunica vida por medio de la chisporroteante descarga de un ingenio eléctrico.
En tiempos más recientes, algunos investigadores de lo que se conoce como paranormal mantienen haber detectado
directamente las misteriosas fuerzas de la vida por medio de una más que improbable combinación de poder
psíquico y tecnología avanzada. Han esgrimido como prueba confusas fotografías en las que aparecen misteriosas manchas y rayos filamentosos que emanan de
Por desgracia, es difícil dar algún apoyo científico a estas vagas conjeturas. Aparentemente, la única forma en que se manifiesta la hipotética fuerza vital es a través de la vida; los seres vivos poseen la fuerza vital, los
que no lo están no la poseen. Esto reduce la fuerza vital a una simple palabra y no a una explicación de la
vida, porque ¿qué quiere decir que una persona, o un pez, o un árbol, posean fuerza vital? Únicamente que están vivos. En cuanto a la manifestación de la fuerza vital por medio de oscuros y misteriosos experimentos, se puede decir que estas experiencias son notorias por
su no repetibilidad; además, están expuestas de una manera tan evidente al fraude que son muy pocos los científicos profesionales que las tienen en cuenta. El error que se comete cuando se invoca una fuerza vital
es pasar por alto el hecho de que un sistema compuesto puede poseer cualidades que no poseen en absoluto sus componentes individuales. Considérese, por ejemplo, una
fotografía de periódico de una cara compuesta de multitud de pequeños puntos. Por mucho que se aumente con una lupa el tamaño de cada punto, ninguno de ellos
revelará individualmente ninguna cualidad de la ca ra. Solamente mirando la colección de puntos como un todo reconocemos la imagen. La cara no es una propiedad de los puntos en sí mismos sino de toda la colección. La propiedad debe buscarse en la distribución y no en los
constituyentes. Del mismo modo, no hay que buscar el secreto de la vida en los átomos individuales, sino en
la forma en que éstos se agrupan, en la información codificada dentro de las estructuras moleculares. Una vez se acepta la existencia de fenómenos colectivos, la necesidad de encontrar una fuerza vital desaparece. Los átomos no necesitan ser "animados" para producir vida,
basta con que se combinen y estructuren de una manera apropiada.
La distinción que establecemos se conoce a menudo como la oposición entre "holismo" y "reduccionismo". El motor
principal del pensamiento científico del mundo occidental en los tres últimos siglos ha sido el reduccionismo. La misma palabra "análisis" ilustra adecuadamente el hábito científico de descomponer un problema para resolverlo. Sin embargo, existe n algunos
problemas (como los
rompecabezas) que sólo pueden ser resueltos juntando sus distintas piezas (son de naturaleza "holística" o sintética). El dibujo del rompecabezas, al igual que la
cara granulada de la fotografía de periódico, sólo puede ser percibido en un plano estructural superior al de las piezas individuales (el todo es mayor que la suma de las
partes).
El reduccionismo científico tiene su origen en la física del siglo XIX y en el desarrollo de la teoría atómica de la materia. Más recientemente, los biólogos han seguido este camino consiguiendo éxitos muy notables en desvelar
la base molecular de la vida. Estos éxitos han alentado un punto de vista reduccionista en otras áreas de
investigación.
Los males del reduccionismo desenfrenado han at raído aceradas críticas sobre sí. El escritor Arthur Koestler escribe: «Al negar un lugar al sentido y al propósito en
la interacción de fuerzas ciegas, la actitud reduccionista ha arrojado su sombra más allá de los confines de la ciencia, afectando nuestra atmósfera cultural e incluso política.» Muchos críticos lamentan que estos intentos de explicar los organismos vivos como meros montones de átomos sin sentido, producto inútil de
accidentes aleatorios, devalúan seriamente nuestra propia existencia.
El neurobiólogo británico Donald Mackay, un conocido defensor de la doctrina cristiana, se opone a esta actitud tan en boga entre los biólogos contemporáneos.
En La imagen mecánica menciona, para ilustrar su argumento, el funcionamiento de uno de estos familiares anuncios luminosos que consisten en cientos de bombillas
eléctricas que se encienden y se apagan de acuerdo con una determinada secuencia para deletrear un mensaje. Un
ingeniero eléctrico podría dar una descripción
meticulosa y completa de este sistema en términos de la teoría de circuitos eléctricos, explicando por qué y cómo se apaga cada una de las bombillas. Sin embargo, la
idea de que el anuncio luminoso no es más que una serie de corrientes eléctricas en un circuito complejo es
absurda. De hecho, la descripción del anuncio en términos eléctricos no es ni falsa ni incompleta en su propio nivel de descripción, pero no menciona en ningún
momento el mensaje. El concepto del mensaje está fuera de los términos de referencia del trabajo del ingeniero.
Solamente se manifiesta cuando se considera el funcionamiento del anuncio como un todo. Podemos decir que el mensaje se encuentra en un plano estructural más elevado que el de los circuitos y las bombillas: es una
En el caso de los organismos vivos, nadie negaría que un organismo es una colección de átomos. El error consiste
en suponer que no es nada más que una colección de átomos. Tal punto de vista es tan ridículo como afirmar
que una sinfonía de Beethoven no es nada más que una colección de notas o que una novela de Dickens es simplemente una colección de palabras. La vida, el tema
de una melodía o el argumento de una novela son lo que llamamos cualidades "emergentes". Sólo emergen en el plano colectivo de una estructura y no tienen sent ido en
el plano de los constituyentes de la misma. La descripción de los constituyentes no contradice la descripción holística, sino que los dos puntos de vista
son complementarios; cada uno es válido en su propio plano (cuando examinemos la teoría cuántica volveremos a
encontrar la idea de dos descripciones diferentes y complementarias de un único sistema).
La importancia de la distinción de planos es muy familiar en el mundo de la informática. Un computador electrónico moderno consiste en una intrincada red de
circuitos electrónicos a través de los cuales se transmite una compleja serie de pulsos eléctricos. Nos encontramos en el plano del hardware. Por otro lado, la
misma actividad electrónica puede representar la solución de un sistema de ecuaciones matemáticas o el análisis de la trayectoria de un proyectil. Esta última
descripción, que se encuentra en un plano superior que el hardware, utiliza conceptos tales como programas, operaciones, símbolos, entrada y salida de datos, etc.,
que no tienen ningún significado en el plano del hardware. Por ejemplo, un conmutador de un circuito no se cierra porque tenga que calcular una raíz cuadrada.
Se cierra porque la diferencia de potencial es la adecuada y las leyes de la física le obligan a ello. El
plano superior de descripción del funcionamiento de un computador, es decir, el programa, se denomina software.
Tanto el hardware como el software describen lo que sucede en el interior del computador, cada uno a su manera y en planos conceptuales totalmente diferentes.
Quizá quien mejor ha descrito la tensión entre el reduccionismo y el holismo haya sido Douglas Hofstadter
en su monumental obra Gódel, Escher, Bach. En su deslumbrante "fuga de las hormigas" expone lúcidamente las confusiones que se presentan cuando se co nfunden los
planos de descripción, examinando el destino de una colonia de hormigas. Las hormigas poseen una elaborada
estructura social altamente organizada, basada en la división del trabajo y la responsabilidad colectiva.
Aunque cada hormiga individual posee
un repertorio muy limitado de recursos en cuanto al comportamiento, quizá inferior al de alguno de los modernos microprocesadores, la colonia como un todo muestra un grado notable de propósito e inteligencia. La
construcción de la casa colonial requiere vastos y sofisticados proyectos de ingeniería. Evidentemente, ninguna hormiga individual dispone de una concepción mental del diseño global. Cada hormiga es un simple autómata programado para ejecutar un conjunto sencillo de operaciones. (Hablamos en el plano del hardware.) Si
consideramos la colonia como un todo descubrimos un esquema complicado. A este plano holístico (análogo al software en informática) se hacen aparentes cualidades emergentes, como son el comportamiento deliberado y la organización. Surge un esquema colectivo. Hofstadter
mantiene que estos dos planos de descripción no son antagónicos, que la pregunta sobre si debe entenderse el
mundo vía el holismo o vía el reduccionismo no es válida. Todo depende de lo que se quiera saber.
Hofstadter señala que esta perspectiva ha sido apreciada desde siempre en Oriente, hallando su más refinada expresión en la críptica filosofía oriental del Zen. Aunque estamos acostumbrados a pensar en las hormigas individuales como organismos primarios, la colonia como un todo se comporta, en cierto sentido, también como un organismo. Nuestros propios cuerpos son también colonias
compuestas de miles de millones de células que cooperan en una organización colectiva. Su asociación es quizá más estrecha que la existente entre las hormigas, pero siguen básicamente los mismos principios de división del
trabajo y responsabilidad colectiva. Sin embargo, el aspecto crucial que queremos señalar es que, del mismo
modo que la colonia de hormigas tiene cualidades holísticas, también las tiene la colonia de células.
Decir que una colonia de hormigas no es más que una colección de hormigas es pasar por alto la realidad del comportamiento de la colonia. Es tan absurdo como decir
que los programas de computador no son más que un conjunto de impulsos eléctricos. De modo análogo, decir que un ser humano no es más que un conjunto de células, las cuales a su vez no son más que pedazos de ADN, que a
su vez no son más que ristras de átomos, y concluir finalmente que, por esta razón, la vida carece de
sentido, es decididamente absurdo. La vida es un fenómeno holístico.
Una apreciación de la naturaleza holística de la vida permite abandonar tranquilamente la vieja idea de la fuerza vital, puesto que ésta también está basada en una
confusión de planos. La idea
En el caso de los organismos vivos, nadie negaría que un organismo es una colección de átomos. El error consiste
en suponer que no es nada más que una colección de átomos. Tal punto de vista es tan ridículo como afirmar
que una sinfonía de Beethoven no es nada más que una colección de notas o que una novela de Dickens es simplemente una colección de palabras. La vida, el tema
de una melodía o el argumento de una novela son lo que llamamos cualidades "emergentes". Sólo emergen en el plano colectivo de una estructura y no tienen sentido en
el plano de los constituyentes de la misma. La descripción de los constituyentes no contradice la descripción holística, sino que los dos puntos de vista
son complementarios; cada uno es válido en su propio plano (cuando examinemos la teoría cuántica volveremos a
encontrar la idea de dos descripciones diferentes y complementarias de un único sistema).
La importancia de la distinción de planos es muy familiar en el mundo de la informática. Un computador electrónico moderno consiste en una intrincada red de
circuitos electrónicos a través de los cuales se transmite una compleja serie de pulsos eléctricos. Nos encontramos en el plano del hardware. Por otro lado, la
misma actividad electrónica puede representar l a solución de un sistema de ecuaciones matemáticas o el análisis de la trayectoria de un proyectil. Esta última
descripción, que se encuentra en un plano superior que el hardware, utiliza conceptos tales como programas, operaciones, símbolos, entrada y salida de datos, etc.,
que no tienen ningún significado en el plano del hardware. Por ejemplo, un conmutador de un circuito no se cierra porque tenga que calcular una raíz cuadrada.
Se cierra porque la diferencia de potencial es la adecuada y las leyes de la física le obligan a ello. El
plano superior de descripción del funcionamiento de un computador, es decir, el programa, se denomina software.
Tanto el hardware como el software describen lo que sucede en el interior del computador, cada uno a su manera y en planos conceptuales totalmente diferentes.
Quizá quien mejor ha descrito la tensión entre el reduccionismo y el holismo haya sido Douglas Hofstadter
en su monumental obra Gódel, Escher, Bach. En su deslumbrante "fuga de las hormigas" expone lúcidamente