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«Tratándose de una guerra civil, cada muerto presupone un asesino, y un asesino es un muerto espiritual».

Recuerdo que conocí a Gironella en 1946, el día en que fue galardonado con el Premio Nadal por su novela Un hombre. Y recuerdo también que pocos años más tarde viajé hasta su casa de Gerona en compañía del editor José Manuel Lara y de su esposa, María Teresa. Era un día de lluvia intensísima, y fuimos encontrando caminos inundados, y algunas crecidas en las rieras, por ejemplo en la peligrosa riera de Arenys que suele arrastrar coches, camiones, animales y cuanto encuentra a su paso. Recuerdo igualmente que nos detuvimos a ver si escampaba y para almorzar, mientras tanto, en el hostal de L’Arengada. El viaje tenía por objeto la firma del contrato de Los cipreses creen en Dios, libro que señalaría de forma brillante la irresistible ascensión de Lara como editor, su finísimo olfato, su capacidad para la creación de best-sellers.

Nunca he vuelto a hablar con Lara de aquel día, ni de este tema, pero supongo que Gironella constituiría para el avispado hombre de negocios una sólida piedra sobre la que edificaría su impresionante arquitectura empresarial de hoy.

El hecho fue que Gironella se trajo de París sus novecientos folios y pico mecanografiados con una máquina checa, y que sufrió una peregrinación lenta y dolorosa de editor en editor. Prácticamente, según José María asegura, los visitó a todos, con resultado negativo. Un día, cuando llevaba catorce o quince editores catalanes visitados,

me cuenta que se dejó caer desolado en un banco de la plaza de Cataluña y se puso a llorar. Pero después tomó la decisión de probar suerte en Madrid, y ala capital se vino. Por fin encontró a alguien que le escuchara: el editor Ruiz-Castillo, que le firmó un contrato, y le entregó tres mil pesetas de anticipo. Poco iba a durarle la alegría, porque Ruiz-Castillo debió de pensarlo mejor, hasta llegar a la conclusión de que aquel mamotreto no habría quien lo comprase, y llamó al día siguiente a Gironella para tratar de que le devolviera las tres mil pesetas. Esta vez, al escritor gerundense le tocó llorar de desesperación en la Cibeles. Y se fue al café Gijón para ver si hallaba quien pudiera darle consuelo. Allí se encontró con César González-Ruano, el maestro de periodistas, escribiendo su artículo de cada día con pluma y tinterillo. Se le acercó Gironella para confesarle su desesperación, sus tres años de trabajo que nadie estimaba y su tropiezo con Ruiz-Castillo. César le dijo:

—Hay un extraño ser, recién llegado de Andalucía, que a lo mejor pica.

César dio a Gironella la dirección del hotel madrileño donde Lara se hospedaba. Allá se fue el escritor, acomplejado, y Lara picó. Quedaba demostrado que tenía muchísimo más olfato que todos los editores importantes, tradicionales, establecidos y dedicados a seguir cortando el cupón de los antiguos prestigios. El caso de Gironella es verdaderamente singular porque fue el primer escritor español que tuvo la valentía de intentar una visión objetiva y neutral de nuestra contienda cuando todavía las heridas estaban abiertas, y consiguió ser leído en España y en el mundo (se calculan en bastantes más de seis millones los ejemplares vendidos solamente del primer volumen de la trilogía, Los cipreses creen en Dios. Añádanle a ello Un millón de muertos y Ha estallado la paz y hagan cuentas. Luego, no olvidemos que ganó los premios Nadal

(Un hombre) y Planeta (Condenados a vivir), y que entre otros títulos figuran en su

producción: Todos somos fugitivos, Mujer, ¡levántate y anda!, La Marea, Gritos del mar y

Gritos de la tierra, Personas, ideas, mares, En Asia se muere bajo las estrellas, El Japón y su duende, El escándalo de Tierra Santa, El escándalo del Islam, Mundo tierno, mundo cruel, Carta a mi padre muerto [que Gironella me recomienda especialmente], Cita en el cementerio, Cien españoles y Franco y la continuación de la saga de la guerra civil con Los hombres lloran solos, cuarto tomo de la historia que no será el último.

Después de haber cruzado un largo desierto de meditación y de estudio desde que vive en una casa de campo en Arenys de Munt y de haberse replanteado la necesidad de cubrir muchas lagunas en su formación autodidacta, Gironella (nacido el 31 de diciembre de 1917) ha depurado y enriquecido su estilo, y a ello han ayudado sus frecuentes viajes por el mundo, del brazo de Magda, su mujer… y su motor.

Demócrata, partidario de la libertad total de expresión, Gironella ha tenido fuertes encuentros con la censura de otro tiempo. Algunos los sufrimos juntos, pues tuve el honor de hacer una versión radiofónica de Los cipreses por Radio España de Barcelona, y raro era el día en que el censor de tumo no rasgaba con su afilado lápiz rojo las páginas del guión.

Gironella, aprendiz en una droguería, botones de un banco, mayorista de tejidos, profesor de ajedrez, trapero, librero de lance, poeta en lengua catalana, articulista en la prensa gerundense, escritor de best-sellers, resulta especialmente atrayente por sus calidades humanas. Acaso por eso el libro que más quiero de toda su obra es el que nos da una radiografía de su alma doliente: Los fantasmas de mi cerebro. Donde el dolor, la pasión, la sinceridad y la desesperación se hacen grito y sollozo: «¡Señor, Señor!… ¿Me merezco yo todo esto?».

«Mi trilogía era una réplica a Hemingway, Koestler y Malraux»

—Tu nombre empieza a sonar cuando te premian Un hombre con el Nadal. Es en 1946. —Aquella novela la escribí en mes y medio. Me parece una desfachatez. ¿Y a ti? Era por falta de experiencia, claro. En mi segundo libro, ya tardé un poco más: un mes y veintiún días. —Un poco rápido, ¿no? —Así salieron los pobres. —No estaban tan mal, José María. —Sí, sí. Y yo, cuando los dedico a alguien, le pido perdón. —Había buen ritmo narrativo en ambas novelas.

—Pero estaban mal construidas. Por ejemplo, en Un hombre hay varios capítulos dedicados a Irlanda. La única razón era que yo tenía en mi casa el tomo del Espasa dedicado a la «I», que daba muchos datos sobre el país. Si hubiera tenido el tomo de la «M», el personaje se habría ido a Madagascar. —Es poco serio, pero nadie lo objetaría si tú no lo declaras. —Con Los cipreses la cosa cambia, porque está París por medio. —Está París y están los años. —Aunque no tantos. Cuando escribí Un hombre tenía 28. Y me fui a París a los 30. —¿Por qué te fuiste? —Me di cuenta de que si seguía en Gerona continuaría siendo la vedette de turno en el café de la pequeña ciudad amurallada que Gerona era y sigue siendo. Y que continuaría escribiendo libros en mes y medio, cosa verdaderamente fatal. Necesitaba enriquecerme con otros aires, y decidí irme a París. Allí me sentí como un pigmeo intelectual. Me encontré rodeado de sabios por todas partes: maestros de escuela, traductores, gente que no salía en los periódicos pero tenía esa cosa de humanismo francés empapándole hasta

los huesos. Me sentí muy ignorante. Pasé mucho tiempo reflexionando, leyendo, y haciendo cosas raras, hasta que encontré una especie de mentor, un gran traductor francés que se conocía todos los clásicos de memoria. Leyó mis dos libros, y dijo: «Aquí hay algo, pero está todavía en bruto; hay que pulirlo. ¿Por qué no prueba usted a escribir un libro tardando tres años en lugar de mes y medio?». Y seguí su consejo, y de ahí salieron Los

cipreses creen en Dios.

—¡Tres años!

—Me costó tres años. Tres años y dedicación casi completa, y lo rehíce cinco veces. Afán de perfeccionismo acaso, o quizá no me salía. Novela de novecientos folios, problemas de construcción, alusiones reconstructivas para que el lector no se pierda… Era bastante difícil.

—El año 1952 declarabas, a propósito de este libro, que tu trilogía iba a ser una

réplica a Hemingway, Koestler, Malraux, Bemanos.

—En realidad me refería concretamente a que las novelas que los escritores habían dado al mundo sobre la guerra española estaban muy parceladas, eran pequeñas anécdotas dentro de lo que fue la guerra; faltaba una panorámica completa. Lo de Hemingway es el caso del americano que viene, se pasa toda la novela debajo del puente, y nada más. Yo, siendo del país que había sufrido este drama cruento y absurdo, que duró tres años tan horribles y que tanto me hirió, me sentí en la obligación de dar la réplica en ese sentido, de dar una visión mucho más completa, puesto que conocía el tema más a fondo.

—Empresa ambiciosísima y llena de dificultad.

—Y había que explicar, que es lo que nunca se había hecho, el porqué había llegado este drama. Es el tomo de Los cipreses, la época de la República, del 31 al 36. ¿Por qué llegó aquello? La mayoría de los libros que andaban flotando por el mundo arrancaban inmersos ya en la guerra, en plena guerra, pero nadie explicaba cómo un país se dividió en dos de una manera cada vez más fuerte, en un crescendo beethoveniano hasta llegar a matarse unos a otros durante tres años seguidos. Había que explicar el porqué y esto fueron Los cipreses. Luego Un millón de muertos fue el cómo en los dos bandos. Y Ha

estallado la paz, los resultados. Y ahí me quedé cortado esperando a que cambiasen las

circunstancias para terminar el ciclo.

—El ciclo tendrá una continuación. ¿De cuántos volúmenes?

—Yo no había previsto que Franco viviera tanto, por eso creí que con un tomo o dos después de Ha estallado la paz, que seguiría el ritmo de la nación día por día o semana por semana, me bastaría. Pero la cosa se fue prolongando. Como que Ha estallado la paz termina en el año 46 y Franco murió en el 75, son muchos años que requerirían doce volúmenes. De manera que he decidido englobarlo todo en un solo volumen haciendo pasar el tiempo más rápidamente y cerrando el ciclo con los funerales de Franco.

—La obra de Gironella ha sido un best-seller no sólo en España, sino en todo el

Chicago. Aquí el Premio Nacional de Literatura. Y ha sido objeto de ensayos, análisis, tesis y un aluvión de críticas, algunas muy favorables, y otras no tanto…

—Las críticas han sido bastante fuertes, aquí y fuera de aquí. Estoy un poco mal situado en este aspecto, ya que Un millón de muertos salió el año 61. Para muchos lectores de aquí era un libro rojo, pues fue el primer libro en el que dentro de España se decía que se mataba a mucha gente en los dos bandos, y que también los nacionales mataron a mucha gente en Navarra, en Galicia, en Castilla, en Granada, en Canarias, etc. Fue la primera vez que se dijo esto en público. Y mucha gente de aquí que estaba sumisamente integrada en las cosas que iban ocurriendo, sin capacidad de reflejo ni de crítica, me llamaron rojo oficialmente. En cambio, para los exiliados aquello les quedaba corto y me llamaron fascista. Sí, estaba mal situado. Un poco lo que me ocurre ahora, que soy catalán y escribo en castellano. Entonces no faltan en Cataluña los que se preguntan: ¿este hombre es un desertor, o no lo es? Yo creo que no, que se puede hacer catalanismo, en el buen sentido de la palabra, escribiendo en castellano. El instrumento que se utiliza no es lo primordial, la cuestión es que lo que se lee esté empapado en la sustancia de la propia tierra.