H
acia junio de 2006, cuando todos los ojos argentinos miraban a Alemania con excitación pensando que nuestra Selección podía hacer capote en el Mun- dial, por casualidad, estaba mirando un estante de mi biblioteca y reparé en la solapa del primer tomo de Los Vengadores de la Patagonia Trágica. Osvaldo va a cumplir ochenta, me dije, y qué mejor que sugerirle un viaje por aquellas estan- cias donde las peonadas se levantaron en defensa de sus derechos. Ya había aprendido aquellas historias, cuando tenía dieciséis o diecisiete, de su mano, cuando nunca me imaginaba que iría a conocerlo, pero por entonces, muchos apenas dejábamos el álbum de figuritas y nos inundábamos de sentimientos épicos con la sangre caliente del «Che» en Bolivia, con los alzamientos del Cordobazo o con el periódico de la CGT de los Argentinos. Habían pasado * Nació en Buenos Aires en 1953. Es periodista, escritor y docente universitario. Fue secretario de redacción de la Agencia Télam. Fue gerente de noticias de Canal 7. Es fundador y presidente de la Asociación Matilde Vara-Hogar El Armadero. Espacio dedicado a niños y adolescentes excluidos. Sus últimos trabajos documentales son, entre otros, Patriotas –a medio siglo, los fusilados hablan– (Canal 7, a cincuenta años del levantamiento y posterior fusilamiento del general Valle y otros 31 civiles y militares) y La vuelta de Osvaldo Bayer (Canal 7, un viaje por los escenarios de los fusilamientos en Santa Cruz de 1921). Es autor de varios textos. Junto a Martín Caparrós escribió la saga La Voluntad, una historia de la militancia revolucionaria en Argentina (Norma 1997/98, relanzada por editorial Planeta, 2006); Grandes hermanos, alianzas y negocios ocultos de los dueños de la información (Colihue, 2002); Cartoneros, recuperadores de desechos y causas perdidas (Norma, 2003) y La compa- ñía de monte (Planeta, 2005) entre otros.102 | OSVALDO BAYER por otras voces
tantos años…, y Osvaldo estaba en Alemania, como tantas veces, compartien- do su vida con su mujer, sus hijos y sus nietos. Vacilé por un momento, no me parecía justo ser un intruso en su vida. Lo pensé varias veces y encontré un argumento: él se había metido con nuestras vidas al publicar tantas verdades; me acuerdo de mi grupo de amigos del Buenos Aires, Germán, Francisco, Luco, Claudia, tantos otros que tempranamente empezábamos a ponernos alias y protegíamos los libros con papel de diario para ocultarlos de las miradas de los tiras en los bares del centro. Y entonces me decidí a mandarle el mail. Osvaldo, ¿te gustaría recorrer Santa Cruz, pisar de nuevo las estancias, detenerte en Jaramillo, en la estatua de Facón Grande? Y no muchas cosas más le puse, salvo que llevaríamos cámaras y un equipo humano de primera. No tardó casi nada en contestar, con esa disposición a la acción que deben envidiarle la mayoría de los intelectuales. Además, me agregó que, si andaba cerca, fuera a su casa alema- na, porque tenía una habitación sencilla para que yo pudiera quedarme. Un libertario cabal, para quien la fraternidad se practica. Desde ya no fui a Alemania y mis sueños de ver el Equipo Campeón se desmoronaron, pero me junté con Emiliano Costa y el resto de la gente para ver cómo llegábamos a cumplir con el desafío. Un desafío bastante egoísta porque, si la película salía bien, el regalo sería, finalmente, para nosotros.
Todo marchó bien y una nochecita nos juntamos en Aeroparque, éramos ocho y llovía tanto que la pista se confundía con el cielo. Teníamos que recorrer cinco mil kilómetros en una semana y si la meteorología nos castigaba fracasa- ríamos irremediablemente. Pero, como un Quijote de ley, Osvaldo no miraba la lluvia ni se preocupaba por el anuncio de la voz metálica que siempre confirma que un avión puede salir más tarde. El maestro repasaba sus libros, para no perder detalle, para no defraudar a quien tuviera que ver ese documental. Com- partimos una semana, nos divertimos, desfilaron anécdotas que son pedazos de la historia y del presente. De regreso a Buenos Aires se me había pegado un Osvaldo con sabor a gaucho. Por la ternura con la que trataba la historia de Facón Grande o de tantos peones rurales fusilados en aquellas tierras. Y se ve que no estaba tan alejada mi percepción: cuando Nicolás le sacó una serie de fotos para el documental, en varias tenía la misma expresión que el famoso
dibujo con que Castagnino ilustró alguna edición del Martín Fierro. Allí fue que surgió el título del documental: La vuelta de Osvaldo Bayer, y sus ojos se fundie- ron con los del gaucho perseguido, marginado y peleador.
El único reparo tenía que ver con el poema Nocturno a mi barrio, cuando Troilo, con voz ronca y cansada, increpa: «Alguien dijo una vez / que yo me fui de mi barrio / ¿Cuándo? ¿Pero cuando? / Si siempre estoy llegando…». ¿Acaso Osvaldo se había ido alguna vez de aquellas tierras? ¿Alguna vez había dejado solos a aquellos muertos insepultos caídos por las balas del fusilador Varela? Por las dudas, don Osvaldo, se lo aclaro: usted nunca se fue del barrio. Usted, como decía aquel otro alemán, el dramaturgo, ese tal «Brecha»; usted es de los imprescindibles, de los que están siempre, con ojos de mirada fiera si es nece- sario y con la sonrisa fresca, de pibe, de un pibe de ochenta.