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MICROSTRUCTURAL BEHAVIOR DURING INTERCRITICAL ANNEALING

Salimos de la tienda. Me sentía renovado. La tierra seguía bamboleándose. Zeus seguía en batalla con Porfirión, y los demás estaban en las mismas condiciones.

Como yo esperaba, se decepcionó.

- Pero…-

- Pero nada.-la corté.- Ya te perdí una vez. No de nuevo.-puse mis manos alrededor de su cuello.

- Y si…-

- Se acabó jugar a los héroes.-dije. Sonaba como su padre, seguramente.- No

te expongas.-

- ¿Y tú? ¿Por qué tengo que quedarme viendo cómo te matan, eh?-me planteó. Sabía que ella tenía razón, pero…

- Esperemos.-me propuso.- Si vemos que la cosa va mal, entonces bajamos.- me miró detenidamente un momento.- Los dos.-agregó, finalmente.

Yo asentí. La idea me gustaba. Al menos tendría unos momentos ahí con ella antes de bajar a pelear. Miré el campo de batalla. Ahora eran dos dioses contra cada gigante. Júpiter y Zeus, contra Porfirión; Apolo y Febo, contra Alcioneo; Hera y Juno peleaban con Efialtes; Atenea y Minerva se turnaban una vez cada una para distraer y atacar a Palas; Poseidón y Neptuno clavaban sus tridentes en Polibotes una y otra vez; Hermes y Mercurio atacaban a Hipólito con distintas armas cada vez, provocándole una impotencia terrible; Artemisa y Diana le disparaban flechas con guantes de box, flechas sónicas, explosivas, otras de plata, y otras tantas revestidas en llamas, a Gración. Dionisio y Baco rodeaban a Éurito con vides y uvas, para luego pegarle con sus bastones. Hefesto y Vulcano le lanzaban piedras a Clitio, o le pegaban mazazos en la cara y el cuerpo si se acercaban lo suficiente. Ares y Marte le arrancaban los dientes y los pelos –además de la barba y los bigotes- a Agrio. Por su parte, Hades y Plutón apretaban a Toante entre huesos y lo atravesaban con sus espadas negras de hierro estigio sin piedad una y otra vez.

- ¿Esos son…?-empezó Annabeth.

- Los dioses griegos y romanos.-terminé yo.- No sé por qué, pero parecen capaces de presentar sus dos formas al mismo tiempo.-expliqué.

- ¡Mira, Percy!-me dijo Annabeth, señalando algo entre la multitud de

monstruos.

especialmente grande. Tenía que medir unos quince metros. Sus colmillos eran curvos, largos y especialmente venenosos. Sin embargo, eso no era lo peor. Su mirada era mortífera. La de Medusa, al lado de la del Basilisco, no era nada. Si mirabas directo a sus ojos, caías muerto, así sin más. Los cíclopes comandados por Briares, el centímano –y sí, lo digo porque Briares tiene cien brazos-, y mi hermano Tyson aplastaban enemigos con la planta de sus pies y les pegaban garrotazos a los minotauros. Annabeth pareció reparar en que Tyson estaba allí.

- ¡Mira!-me dijo, apuntándolo con el dedo.

- Sí, lo sé.-respondí, al instante.- Lo vi cuando venía subiendo la ladera de la

montaña.

El basilisco, que antes había estado enroscado en una estatua de Zeus al pie de la montaña, ahora había desaparecido de la vista.

- Mala señal.-susurró Annabeth, con su voz cargada de miedo.

De pronto, algo tiró de mí y caí montaña abajo, arrastrado por una enorme, larga y vultuosa cosa negra.

- ¡Annabeth!-grité, desesperado.

Pero ella ya venía corriendo tras de mí. Saltó y cayó sobre lo que me arrastraba. Sólo entonces, me di cuenta de que era el Basilisco. Riptide estaba en mi bolsillo, pero había dejado el escudo en la tienda. Annabeth se bamboleaba de un lado al otro sobre el lomo del Basilisco, incapaz de asestarle un golpe. Dirigí mi vista a los veintidós dioses.

- ¡Padre!-grité, en vano.

Ni Poseidón ni Neptuno me oyeron. Pasamos sobre un charco de agua, y, sin saber muy bien cómo, saqué un tridente de allí. Sin tener en cuenta qué estaba haciendo, apunté al cielo y disparé un chorro de agua que le pegó a Neptuno en la cara. Se volteó para ver qué pasaba y se olvidó del gigante. Poseidón le pegó a Polibotes, estrellándolo contra una roca. Lo apresó con agua, que luego convirtió en hielo, y se volteó para ver qué quería Neptuno –que estaba tocándole el brazo-. Finalmente, ambos vieron lo que nos pasaba y vinieron en medio de una tormenta de agua. Esto era mucho peor que pelear contra Cronos. Poseidón atrapó al

Basilisco por la quijada y lo levantó del suelo. Neptuno estiró sus brazos y nos atrapó a Annabeth y a mí. Pude ver a mi padre agitar al Basilisco con una fuerza descomunal, y estrellarlo contra el suelo, reventándole las tripas. Pude mirar el lado romano de Poseidón durante un momento, y noté algunas diferencias. Neptuno tenía marcas celestes –como si fueran tatuajes- por toda la cara y los brazos –seguramente también las tenía en el resto del cuerpo-. Su pelo negro estaba sujeto a su cabeza con una corona dorada que le encajaba a la perfección. Nos soltó a Annabeth y a mí en medio la batalla, diciendo:

- ¡Causen algunos estragos!-

Empuñé mi espada. Annabeth y yo quedamos espalda con espalda. La última vez que habíamos hecho eso, ella había terminado mal –Ethan Nakamura, hijo de Némesis, le había clavado un cuchillo cuando ella se interpuso entre él y yo-. Los monstruos se congregaron rápido a nuestro alrededor. Acabé con una mujer serpiente, y un perro del infierno se lanzó sobre mí. Alcancé a esquivarlo y a abrirle una herida en el lomo, pero no pude matarlo. Annabeth tenía un escudo en la mano, pero yo sólo llevaba mi espada, Riptide. Escuché a Poseidón y a Neptuno entrando otra vez en batalla con Polibotes. No podía ver lo que hacían los demás, ni siquiera sabía dónde estaban Quirón, Tyson o Leo. Entonces un meteorito surcó el aire a mi lado y se estrelló a poca distancia de nosotros. Pude ver a Leo quemando todo a su paso, envuelto en llamas y disparando sin cesar. Parecía estar lleno de odio por dentro. Pude ver a Thalia con “Égida” en las manos, luchando dificultosamente contra una hidra. Si no hacíamos algo pronto, la matarían. Nico estaba peleando sin descanso con gran parte del ejército de Porfirión, alzando muertos y dando tajos al aire que provocaban que la tierra se agrietara y se tragara algunos monstruos.

- ¡Percy!-

Hasta hacía poco había estado totalmente pendiente de Annabeth, pero ahora la había descuidado. Me di la vuelta y vi a un minotauro alzando su brazo. Salté, empujé a Annabeth, y pude sentir el puño del minotauro golpeándome, justo en el costado.

Capítulo 27