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Missing Clock Cycle Boundaries

5. Optimising the Client/Server Communication Protocol

5.2. Requests with Output Parameters

5.3.1. Missing Clock Cycle Boundaries

A su llegada a España, los solicitantes de asilo tienen que enfrentarse con un con- junto importante de obstáculos: el desconocimiento del entorno, de la situación jurídica y laboral y muchas veces también del idioma, las enormes dificultades para acceder a una vivienda, el desarraigo social y cultural, la carencia de redes sociales sólidas o las actitudes xenófobas de una parte considerable de la sociedad de aco- gida, además de padecer un agudo estrés postraumático.

Más preocupantes son todavía los casos de aquellos refugiados que han sufri- do tortura en sus países porque enfrentan también las consecuencias psicosociales de la tortura y sus secuelas psíquicas, físicas y sensoriales. Si exiliarse ya es de por sí un acontecimiento traumático, por el desarraigo y las rupturas que conlleva, la situación para los refugiados que han padecido torturas es aún más delicada y compleja, puesto que los nuevos problemas que deben afrontar en el país de acogida pueden hacer aflo- rar los traumas psíquicos sufridos durante las sesiones de tortura.

Es importante tener en cuenta que los refugiados han tenido que exiliarse para salvar la vida y que en la mayoría de los casos son decisiones repentinas, sin nin- guna planificación previa. Las experiencias traumáticas sufridas en su país afectan psicológicamente al refugiado, quien suele presentar trastornos característicos de estrés postraumático como la alteración de la propia identidad, ansiedad, conduc- tas de evitación, sentimientos de culpa, alteraciones de la memoria y del sueño, respuestas de alarma exagerada, agresividad, inhibición afectiva, retraimiento frente las relaciones interpersonales… Tampoco conviene olvidar que muchas de las víctimas de tortura acaban viendo su solicitud de asilo denegada por la dificul- tad de presentar pruebas, algo especialmente grave ya que en este contexto el miedo a ser detenidos por la policía y expulsados a su país hace revivir el temor a la persecución.

Según la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhu- manos o Degradantes, se considera tortura “todo acto por el cual se inflija inten- cionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o men- tales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o de inti- midar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cual- quier tipo de discriminación, cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya, o con su consentimiento o aquiescencia. No se considerarán tor- turas los dolores o sufrimientos que sean consecuencia únicamente de sanciones legítimas, o que sean inherentes o incidentales a éstas”.

Desde una perspectiva psicosocial, se trata de una relación establecida en un contexto social, histórico y político determinado en el que se desarrollan acciones agravadas y deliberadas de degradación del ser humano. La tortura persigue el ais- lamiento, la humillación, la presión psicológica y el dolor físico como medios para obtener información, para someter a la persona e intimidar a sus allegados y a la sociedad en su conjunto. La tortura busca la destrucción del sujeto en su condición de persona.

En sus múltiples formas, viola el espacio físico y moral que permite al indi- viduo definir su identidad personal, negándole su realidad y valor de persona. La imposibilidad de oponerse y de rebelarse, el continuo maltrato verbal y físi- co causan la degradación de la identidad personal y social junto con un senti- miento de impotencia y vergüenza. La capacidad de juicio y de decisión se ve minada a través de reglamentos depresivos y degradantes, a veces incoherentes y confusos.

Éste es el duro testimonio de un refugiado palestino que obtuvo la protección complementaria y que enriquece lo ya expuesto en el capítulo 1:

Me llamo I. A. M. Quiero hablar de la ciudad de Jenín y en especial del campo de refugiados de Jenín, que fue destruido de manera atroz en 2002 por los bombardeos del ejército israelí. En abril de aquel año empezaron a bombar- dear el campamento día y noche durante dos semanas sin cesar y nuestra casa fue destruida, causando la muerte de mi hermano Mohamed y de mi hermana pequeña Jamila. Después de la destrucción, acudió la Cruz Roja y nos entregó una tienda de campaña para vivir y después de eso los soldados hebreos comenzaron su campaña de detenciones a jóvenes palestinos.

Cuando se produjo mi primera detención, estaba en la calle y en un gran vehículo me condujeron a un lugar desconocido y lejano con los ojos vendados y las manos atadas. Durante el interrogatorio estuvieron conmigo cinco perso- nas, uno decía que yo luchaba contra los soldados, el otro que era de la resis- tencia, el tercero que tenía armas y el cuarto que luchaba con Hamás y todo eso eran acusaciones infundadas, me torturaban psicológicamente y físicamente y me introducían en un cuarto pequeño pintado totalmente de negro al que no entraba ni un rayo de sol. Además de los golpes con palos y vejaciones y cuan- do querían darme algo de comer, traían un plato que consistía en pescado mez- clado con miel para que me envenenara y hacían que los perros me atacasen y a los dos de la mañana me echaban encima agua fría y me humillaban y si preguntaba algún familiar por mí le metían en prisión. Estuve detenido duran- te veinticinco días y después me soltaron porque no encontraron nada en mi contra, porque todo era mentira.

En mayo me detuvieron otra vez con el pretexto de que había lanzado pie- dras, me introdujeron en un vehículo tipo Jeep, tenía las manos atadas y los ojos vendados cuando sentí que un cuchillo me atravesaba por mi costado dere- cho y perdí el conocimiento. La Cruz Roja me llevó al hospital, me había agre- dido un colono que ayudaba a los soldados.

Después de salir del hospital los soldados israelíes me secuestraron otra vez durante veinte días y me interrogaron y torturaron. Su tortura era brutal ya que acababa de salir del hospital y tenía una herida todavía sin curar. Cuando querían torturarme, me ataban las manos hacia arriba y empezaban a gol- pearme con un palo en mi cabeza y por todo mi cuerpo desnudo. Me echaban agua fría después de las palizas y me torturaban por la espalda para castigar mi columna vertebral. Durante tres o cuatro días no me traían comida, no podía descansar ni conciliar el sueño por el terror a sufrir más golpes y humi- llaciones y por el repugnante lugar donde estaba encerrado.

Finalmente me soltaron y me quedé en casa de un familiar descansando en especial por la delicada situación psicológica que atravesaba por las tortu- ras que sufrí a manos de los soldados israelíes. Decidí salir definitivamente de Palestina y huir a Europa.

Tengo un hermano que se llama Ahmed, fue apresado por los soldados israelíes en 1996 con el falso pretexto de que pertenecía al movimiento Hamás. Producto de las torturas y los golpes que sufrió durante su detención enloqueció y ahora está con mi familia en Jenín totalmente loco.

Israel ejerce una agresión brutal contra el pueblo palestino y yo soy un miembro de ese pueblo. Sufro depresión por las torturas y vejaciones que he padecido y por lo que le ha ocurrido a mi familia en el campo de refugiados de Jenín, que fue destruido totalmente.

La tortura es uno de los factores traumatizantes más severos, ha producido, en numerosos casos, efectos patológicos a medio y largo plazo. La afectación psicoló- gica incluye crisis de despersonalización, patologías hipocondríacas transitorias o permanentes, fobias severas, trastornos de humor, sentimientos persecutorios ante determinados estímulos, revivencia de la situación traumática, restricciones de los contactos sociales y la actividad laboral.

Las secuelas físicas más frecuentes suelen ser sensoriales debido a traumas oculares o acústicos, secuelas óseas, fracturas y traumatismos variados, pérdidas de dientes, daños en los genitales y en los orificios del cuerpo, alteraciones de la función renal, problemas musculares y neurológicos y cicatrices por quemaduras, heridas de bala…

La utilización de drogas y las pérdidas de conciencia que se producen durante las sesiones de tortura son aprovechadas por los verdugos para hacer creer al tor- turado que ha hecho revelaciones o delaciones y en estos casos, el sentimiento de culpabilidad y de desprecio destruye casi irremediablemente su imagen personal. Muchas depresiones están relacionadas con este sentimiento de culpa y algunos hiperactivismos militantes de los primeros meses de exilio pueden esconder la búsqueda de reparación y de perdón a su traición. Al mismo tiempo, el haber supe- rado con vida las torturas es también una fuente de malestar y de sentimientos de culpa, especialmente cuando otros compañeros murieron a causa de éstas o fueron asesinados.

En los refugiados víctimas de tortura, la dificultad para establecer relaciones de confianza es un problema constante. Por este motivo CEAR concibe sus progra- mas como servicios de proximidad que pretenden crear un clima capaz de superar esta desconfianza inicial. Al mismo tiempo, en la medida en que los refugiados víc- timas de tortura experimentan que las organizaciones especializadas, como CEAR, no mantienen una posición neutral, sino de denuncia de las violaciones de dere- chos humanos, empiezan a sentirse apoyados y recuperan la confianza en determi- nados espacios.

La pérdida del país, de la red social y de la ubicación, sobre todo si el indivi- duo ha sido torturado, aumenta el estrés y las expresiones sintomáticas. El individuo parte al exilio con un sentido resquebrajado de sí mismo y de su propio valor, a menudo ve debilitada su confianza, y en esta situación tiene que realizar la peligrosa y ardua labor de salvarse y empezar de nuevo en otro país. Aun así, el exi- lio puede suponer también una oportunidad, ya que empezar en una nueva realidad social implica dejar de convivir con los torturadores.

Muchos refugiados víctimas de tortura, ante las dificultades que deben afron- tar a la llegada a nuestro país, hablan de sí mismos con expresiones del tipo “yo antes no era así”, “a mí antes estas cosas no me costaban”, marcando de esta forma un punto de inflexión en su vida ocasionado por esos traumáticos hechos.

La mayoría de las personas que han padecido torturas describen distintos sentimientos frente al horror que han vivido: pudor, pena, culpa, rabia, descon- cierto, odio, humillación, vergüenza..., pero no llegan a comunicar las vivencias más íntimas de esa experiencia, las silencian.

Los trastornos y síntomas son consecuencia de un fuerte choque emotivo, ligado a la situación de amenaza a su vida o integridad, en el que el trauma posee parte determinante en el contenido de los síntomas (pesadillas, repetición mental de hecho traumático, reacción de angustia automática con gran compromiso somá- tico y neurovegetativo: palpitaciones, sudoración, ahogos, cólicos…).

La mayoría de víctimas de tortura manifiestan una profunda ansiedad subya- cente a varios síntomas, entre ellos: estados de depresión profunda, incapacidad de concentrarse, cambios continuos de actividad, trastornos de la memoria, in- somnios, sentimientos paranoides que tienden a agravarse y trastornos sexuales. A nivel social, las víctimas de tortura suelen manifestar una tendencia al aisla- miento y, en algunos casos, a abandonarse completamente en manos de los orga- nismos asistenciales.

Las consecuencias psicológicas de la tortura dependerán, en cada caso, de los recursos internos de la víctima así como de su entorno, aunque es frecuente que en algún momento presenten estados de depresión, apatía, pasividad y resignación. La situación represiva tiende a generar un proceso de marginación real, la amena- za externa, y de automarginación producto de la generación de sentimientos de desesperanza y desesperación que se encierran privadamente en el propio sujeto o su grupo familiar. Se produce en amplios grupos sociales una persistencia de sentimientos de terror, indefensión e inseguridad, así como vivencias persecuto- rias, que se reactualizan ante ciertas situaciones. Muchos de ellos dicen que la peor experiencia es haber presenciado las torturas de otras personas.

Muchos de los refugiados que han padecido tortura consiguen recuperar la “normalidad” de la vida cotidiana, aun así, las huellas traumáticas pueden desper- tar en cualquier circunstancia de manera inconsciente por estímulos cotidianos como fechas concretas, ruidos, músicas, imágenes, voces, tiempos de espera… Boris Cyrulnik nos explica a través del concepto de la “resiliencia” que las perso- nas pueden superar un trauma, incluso en los casos más extremos y rehacer sus vidas a través de facultades adquiridas en la infancia y de apoyos posteriores a la experiencia traumática1

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Este autor sostiene que existen reacciones diferentes que se explican princi- palmente por el significado que adquieren los acontecimientos en la historia de cada individuo. Nunca se tiene que esquematizar a la persona reduciéndola a su trauma ni definirla como víctima. Hay que proporcionar a las víctimas la ocasión de sentirse útil para poder reparar su autoestima. En este sentido, hay un trabajo cul- tural que llevar a cabo para no contentarnos con asistir a las personas.

Pero, además, la tortura tiene consecuencias en el conjunto de la sociedad en la que se inserta. Un estado de represión política e impunidad en el que se tortura a sec- tores de la población repercute de manera indirecta en la sensibilidad de la sociedad, además de en los afectados directamente. Ignacio Martín-Baró considera que “un daño socialmente causado sólo puede ser socialmente reparado”, por lo que “los pro- blemas de los refugiados requieren una verdadera socioterapia, una reconstrucción social de la vida y de la propia comunidad desgarradas por la represión y la guerra”2

Desde esta perspectiva, la recuperación de las víctimas de tortura exige, más allá de un tratamiento psicológico y fisioterapéutico, una reparación integral que consi- dere a la persona como un ser bio-psico-social, multidimensional y complejo, cuya calidad de vida se alcanza en la interacción de diversas áreas y aspectos recíproca- mente articulados.

Las características del hecho traumático y muy especialmente la presencia de intencionalidad y, posteriormente, las posibilidades de respuesta y reparación social tienen un alto grado de incidencia en las posibilidades de elaboración per- sonal del trauma. Al mismo tiempo, es importante destacar que en el concepto del trauma, además de los acontecimientos traumáticos per sey de las condiciones psi- cológicas del sujeto, interviene la situación efectiva, entendiendo por tal las cir- cunstancias sociales y las exigencias del momento.

La impunidad deja abierta la posibilidad de reactivación periódica de las vivencias de desamparo que operan como un factor desestructurante de la perso- na, genera procesos de retraumatización. Por todo ello, es imprescindible la aten- ción a las víctimas de tortura desde los poderes públicos, ya que es un reconoci- miento de su condición, si existen programas de reparación, la víctima existe socialmente y se puede recuperar socialmente y trabajar su “desvictimización”. Para ello es fundamental el entorno a fin de lograr la activación de sus capacidades de resistencia y superación.

5.3. A FONDO: “POR EL DERECHO A TENER TODOS LOS DERECHOS”.