CHAPTER 3: METHOD
3.3 Test Methods
3.3.2 Mixture Test Methods
Precursores
Según Diógenes Laercio, los escépticos consideraron como precursores a Homero, a los Siete Sabios y a los trá- gicos. (1998: 1346) También Montaigne, máximo represen- tante del escepticismo moderno, afirmó que la mayoría de los argumentos escépticos «fueron sacados de Homero, de los siete sabios y de Arquíloco y Eurípides, añadiendo aun a Zenón, a Demócrito y a Jenófanes.» (1991: II, xii, p. 422)
Este tipo de reivindicaciones no se deben sólo a que toda nueva escuela filosófica busca emparentarse con nom-
bres ilustres para conseguir mayor prestigio, sino también al hecho de que la mayor parte de los pensadores clásicos compartían una actitud humilde y respetuosa respecto de los límites cognoscitivos y existenciales del ser humano, fácil- mente asimilable al escepticismo.
Asimismo, según señala agudamente Victor Brochard, uno de los más importantes historiadores del escepticis- mo, cualquier pensador puede ser fácilmente reivindicado como precursor o representante del escepticismo, ya que las reflexiones acerca de los límites y dificultades de la ciencia «se ofrecen de manera natural a la mente de todos aquellos que persiguen la verdad.» (1981: 3)
Si bien es cierto que los filósofos eleatas realizaron críticas del conocimiento sensible, lo hicieron con el objetivo, poco escéptico, de ensalzar el conocimiento racional. Ciertamente, según su fundador, Jenófanes de Colofón, que fue el primero en decir «que todas las cosas son incomprensibles» (Diógenes Laercio, 1998: 1335), debemos contentarnos con la verosimi- litud y la probabilidad, ya que «la opinión reina en todas las cosas» y «aunque el hombre encontrase la verdad, nunca esta- rá seguro de poseerla». (cit. en Brochard, 1981: 13) A pesar de reconocer las afinidades de Jenófanes con el escepticismo, Sexto Empírico no lo cuenta entre los escépticos (1993: I, xxxiii) y Brochard considera que aunque «estuvo tentado por la duda, no permaneció en ella.» (1981: 5)
Parménides y Zenón, máximos representantes de la escuela eleata, son considerados como los precursores más influyentes del escepticismo, porque con ellos aparecerá la oposición entre lo sensible y lo inteligible, que más adelante tendrá un lugar fundamental en las argumentaciones escépti- cas. Sin embargo, el origen de esta oposición no es escéptico, sino dogmático, porque se basa en la idea de que la razón nos revela que el ser es uno, inmóvil y eterno, mientras que los
sentidos nos engañan al hacernos creer que la multiplicidad, el movimiento y el cambio existen. Parménides inaugurará, pues, la idea de que los sentidos no nos brindan información fiable acerca de la esencia o el ser propio de las cosas. Tam- bién los escépticos distinguirán entre apariencia (doxa) y ver- dad (aletheia), pero, al contrario de Parménides, se atendrán exclusivamente a la apariencia, esto es, al movimiento y a la multiplicidad, por considerar que la verdad es inalcanzable.
También será importante para la tradición escéptica la figura de Zenón de Elea, discípulo de Parménides, que elaboró toda una serie de aporías o dificultades lógicas que tenían como objetivo reforzar la crítica eleata a la fiabilidad de los sentidos, mostrando que la creencia en el mundo de las apariencias sensibles da lugar a todo tipo de contradiccio- nes y absurdos.
En lo que respecta a Heráclito de Éfeso, aunque su con- cepción metafísica se opondrá a la de Parménides, ambos coincidirán en su condena del conocimiento sensible y en su convencimiento acerca de la imposibilidad de hacer ciencia en un mundo regido por las apariencias. Asimismo, Herácli- to será el primero en afirmar que toda percepción depende de la relación de la naturaleza y circunstancias del sujeto y el objeto de percepción, piedra angular del relativismo escép- tico.
También Demócrito, fundador del atomismo, opondrá, como Parménides, la verdad a la opinión y afirmará que lo que se le aparece a los sentidos, a los que tacha de «oscuros», no existe realmente, puesto que sólo existen los átomos, cognoscibles solamente mediante la razón. (Sexto Empírico, 1997: VII, 135) Pero aunque hallemos en sus obras numero- sas fórmulas escépticas, la suya no deja de ser una doctrina dogmática, ya que afirma bien claramente que «los princi- pios de todas las cosas son los átomos y el vacío» y que sólo
«lo demás es dudoso y opinable.» (Diógenes Laercio, 1998: 1340)
Con todo, su discípulo Metrodoro de Chío afirmará que no sabemos nada, ni siquiera si sabemos algo o no (Sex- to Empírico, 1997: VII, 88), y el discípulo de Metrodoro, Anaxarco de Abdera, que ya fue abiertamente escéptico, comparará nuestras ideas y percepciones a las representacio- nes que vemos sobre un teatro o a las imágenes que vemos en los sueños o en la locura. (1997: VII, 87) Cabe señalar que Anaxarco fue amigo y compañero de Pirrón, cuya adiapho-
ria admiró (Diógenes Laercio, 1998: IX, 63), lo que confir-
maría la existencia de un lazo histórico entre la escuela de Demócrito y el escepticismo.
Lo cierto es que aunque ni Demócrito ni Parménides puedan ser considerados escépticos avant la lettre, pues- to que ninguno de los dos cuestiona el poder de la razón para conocer la verdad, ambos culminaron toda una tradi- ción de crítica al conocimiento sensible que el escepticismo recogerá y sistematizará bajo la forma de los diez tropos de Enesidemo.
Pero los primeros en sospechar no sólo de los sentidos sino también de la razón fueron los sofistas. Aunque suele pensarse que los sofistas «buscaron explotar la duda, más que explicarla» (Brochard, 1981: 12), Protágoras y Gorgias deben ser considerados verdaderos filósofos.
El primero no sólo fue uno de los grandes teóricos del relativismo, sino que, además, atacó la astronomía (Aristó- teles, Metafísica: II, ii, 998) y la validez de las matemáticas (Diógenes Laercio, 1998: IX, 55), críticas que los escépticos extenderán a todas las demás ciencias. También Protágo- ras afirma que sobre toda cuestión podemos presentar dos aserciones contrarias (IX, 51), lo que, según André Vernan, «anuncia la dialéctica pirrónica, consistente en mostrar que
se puede sostener el por y el contra de todas las cuestiones debatidas por los filósofos dogmatistas.» (1971: 11)
Por su parte, Gorgias adoptó la dialéctica eleata para vol- verla contra las mismas tesis de Parménides y Zenón, idean- do una crítica del ser que Enesidemo aplicaría después a la noción de causa. Gorgias también realizó la famosa triple afirmación escéptica, tantas veces citada por Borges, según la cual el ser no es, si fuese no podríamos conocerlo y si lo conociésemos no podríamos comunicarlo.
Sin embargo, existen diferencias importantes entre el escepticismo y la sofística. En primer lugar, los sofistas uti- lizan sus argumentos en desorden y al azar de los debates públicos, mientras que los escépticos buscan realizar un sistema de la duda. En segundo lugar, la sofística tiende a desembocar en la conclusión dogmática de que nada es verdad, mientras que el escepticismo dice no saber nada, ni siquiera que nada es verdad. (Sexto Empírico, 1993: I, xxxii) Finalmente, el escepticismo es una filosofía prácti- ca, que busca enseñar al hombre el camino de la felicidad, mientras que la sofística no se interesa demasiado por esta cuestión.
En lo que respecta a Sócrates, aunque la suya es clara- mente una doctrina de corte dogmático, los escépticos recla- man para sí el «sólo sé que no sé nada»(Cicerón, 1972: II, 23; I, 4); la afirmación de que «sólo la Divinidad posee la sabiduría; la ciencia humana tiene poco valor, incluso nin- guno» (Platón, Apología de Sócrates: 21b); la máxima délfica «conócete a ti mismo», que interpretan como una exhorta- ción al reconocimiento de los propios límites existenciales y cognoscitivos, que nos libraría de caer en el pecado de hybris o de desmesura; y el método socrático del elenchos, cuyos componentes esenciales son el autoexamen, la dialéctica y la ironía. (Brochard, 1981: 21)
También los sucesores de Sócrates presentarán numero- sos rasgos escépticos. Entre los megáricos, Euclides duda de los sentidos, aunque confía en la razón, como los eleatas; Eubúlides le dará nuevo aliento a la eurística y retomará los sofismas del sorites, el calvo y el mentiroso; y Diodoro Cro- nos tomará prestados de Zenón de Elea los argumentos con- tra la posibilidad del movimiento, que luego Sexto Empírico adaptará para el escepticismo. (Sexto Empírico, 1993: II, 22 y 1997: X, 85, 99)
Entre los cínicos, Antístenes considera imposible la cien- cia, retoma de Gorgias la demostración de la imposibilidad de la definición y realiza una de las primeras teorizaciones del nominalismo al afirmar que «lo que existe realmente son los seres individuales» mientras que «los conceptos no son más que maneras de pensar y no corresponden a nada real.» (Brochard, 1981: 27)
Entre los cirenaicos, Aristipo rechazará la ciencia y con- siderará que desconocemos la causa de nuestras sensaciones, lo que significa que nunca podremos estar seguros de si la realidad es tal como la ven los hombres o tal como la ven los animales. Por todo ello, continúa Aristipo, debemos evitar decir que «las cosas existen», para limitarnos a decir que «se nos aparecen», lo que implica una cierta psicologización de la ciencia.
Los escépticos también reclaman a Platón como precur- sor. Ciertamente, el Platón de los primeros diálogos, llama- dos aporéticos, se limita a presentar ideas encontradas para acabar suspendiendo el juicio. También son abundantes la fórmulas dubitativas y autoirónicas que aparecen en dichas obras. Sócrates dirá en el Fedón que «afirmar que las cosas son tal y como las he descrito no sería propio de un hom- bre cuerdo» (114d) y, tras exponer su teoría, en el Parmé-
(134c) Tanto es así que los sucesores de Platón al frente de la Nueva Academia, que se convertirá en uno de los hitos del escepticismo, afirmaban haber recibido la duda de manos del mismo Platón que, según Arcesilao «discute el por y el con- tra, duda en todas las cuestiones y parece no afirmar nada.» (Cicerón, 1972: I, 12)
A pesar de que en todos estos autores se anuncia la argu- mentación y el estilo del escepticismo, este no será sistema- tizado y radicalizado hasta que Pirrón de Élide funde, en el siglo IV a.C., la escuela escéptica de Atenas.
Época clásica
En su fundacional estudio Les sceptiques grecs, Victor Brochard divide el escepticismo clásico en cuatro períodos: práctico, probabilista, dialéctico y empírico.
En el primer período se privilegió el aspecto práctico sobre el dialéctico. Sus principales representantes, Pirrón de Élide y Timón de Fliunte, no quisieron verse enredados en las sutilezas de los filósofos al uso y optaron por responder que no sabían nada y que nada afirmaban.
Pirrón de Élide fundará la escuela escéptica a su regre- so de la campaña asiática de Alejandro Magno, durante la cual conoció a los gimnosofistas, precursores de los fakires y seguidores de una doctrina de hondo sabor escéptico. Al parecer, le impresionó vivamente que uno de estos gimnoso- fistas, llamado Calanus, tras acompañarlos durante un tiem- po, se quemase vivo, voluntariamente y sin proferir queja alguna, con la intención de demostrar la falsedad de todas nuestras sensaciones. (Plutarco, 1998: lix) A pesar de que la impronta gimnosofista fue muy importante en el nacimiento de la escuela escéptica, Pirrón no debe ser considerado un mero imitador, puesto que no duda de todo por tradición o
por dogma, sino por haber realizado una revisión crítica de las capacidades cognoscitivas del ser humano.
Aunque Pirrón no escribió nada, a excepción de un poe- ma en el que elogiaba a Alejandro Magno que le valió un regalo de diez mil monedas de oro (Sexto Empírico, 1997: I, 282), gracias a Aristocles conservamos el núcleo de su doctri- na, que se estructuraría alrededor de tres preguntas. Frente a la primera pregunta —«¿Qué son las cosas en sí mismas?»—, Pirrón responderá que todas las cosas son igualmente incier- tas e indiscernibles y que ni nuestras sensaciones ni nues- tros juicios pueden aprehenderlas con certeza. Frente a la segunda —«¿Qué disposición debemos tener a su respec- to?»—, Pirrón considerará que no debemos fiarnos ni de los sentidos ni de la razón, sino permanecer en la opinión, sin inclinarnos ni de un lado ni del otro, sin negarlas ni afirmar- las, impasibles. Frente a la tercera pregunta —¿Que resultará para nosotros de dicha disposición?—, Pirrón afirmará que si permanecemos impasibles ante toda cuestión llegaremos a un estado de ataraxia o felicidad, entendida en términos de tranquilidad. (Eusebio de Cesarea, 2011: XIV, xviii, 2)
Será Pirrón quien sistematice la duda, acuñe la fórmula «suspender el juicio», comience a utilizar los tropos y difun- da una fraseología escéptica que atenúe el carácter afirmativo de nuestro lenguaje y pensamiento: «no más esto que aque- llo», «no defino», «ni sí ni no», entre otros. (Diógenes Laer- cio, 1998: IX, 61 y Sexto Empírico, 1993: I, xxiii)
Como decíamos, durante esta primera época, el escepti- cismo privilegió el aspecto práctico. Así, Pirrón se interesó más por formular una moral escéptica que por los problemas gnoseológicos que esta planteaba. Para este nada será bueno o malo en sí mismo, sino que todo se gobierna según la ley y la costumbre. (Diógenes Laercio, 1998: IX, 61 y Sexto Empí- rico, 1997: XI, 140)
Suspendiendo el juicio acerca del bien y el mal de las cosas en sí mismas, se evita ese exceso de creencia que nos inquieta e impide ser felices. Eso no quita que, para Pirrón, el sabio deba vivir como todo el mundo, conformándose a las leyes, a las costumbres y a la religión en la que nació. (Diógenes Laercio, 1998: IX, 108) Según Brochard, «una extraña ironía del destino ha hecho que la doctrina pirró- nica haya sido frecuentemente combatida y ridiculizada en nombre del sentido común, cuando una de sus principales preocupaciones era respetarlo.» (1981: 59)
El segundo período del escepticismo clásico, conocido también como «escepticismo académico», por haber tenido como protagonistas a Arcesilao y Carnéades, sucesores de Platón al frente de la Academia, privilegió el aspecto proba- bilista.
Aunque Pirrón influyó en la formación del escepticis- mo académico, sus verdaderos orígenes deben buscarse en Sócrates y en Platón. Ya vimos que Platón solía usar fórmu- las dubitativas y que tanto en la Academia como en el Liceo se tenía la costumbre de discutir alternativamente el pro y el contra de toda cuestión. La herencia platónica hará que los académicos no se interesen solamente por el aspecto práctico del escepticismo, sino también por el aspecto más propia- mente gnoseológico y dialéctico.
Arcesilao (III-IV a.C.), primer escolarca de la nueva Aca- demia, coincidía con Pirrón en la necesidad de suspender el juicio y en el convencimiento de que acerca de toda cuestión los argumentos por y contra tienen el mismo peso. (Cicerón, 1972: I, 12; II, 24) No es extraño, pues, que Sexto Empíri- co lo considerase «casi pirrónico» (Sexto Empírico, 1993: I, xxxiii).
Como en el caso de muchos pensadores escépticos, la doctrina de Arcesilao se divide en un momento destructivo,
en el que trata de refutar todo tipo de aserción dogmática (Cicerón, 1972: I, 12), y otro constructivo, en el que se pre- gunta acerca de cómo vivir sin una verdad en la que fun- dar un criterio de acción. Para Arcesilao, el único criterio de acción válido es lo razonable o eulogon (Sexto Empíri- co, 1997: VII, 158), que equivaldría a lo que hoy llamamos «sentido común», y que consiste en justificar las acciones mediante buenas razones que forman un todo consistente.
La diferencia esencial entre el escepticismo académico y el escepticismo pirrónico reside en que Arcesilao acepta un ejercicio parcial de la razón, mientras que Pirrón exhor- ta a someterse ciegamente a las costumbres. (Sexto Empíri- co, 1993: I, xxxiii) Cabe señalar que, a pesar de todas estas concesiones, Arcesilao no está afirmando nada, principal preocupación escéptica, ya que lo razonable no es más que un acuerdo provisional y subjetivo entre diversas razones y representaciones.
La segunda gran figura del escepticismo académico será Carnéades (III a.C.), segundo escolarca de la Nueva Aca- demia. Sus críticas se centrarán, fundamentalmente, en tres temas: la certidumbre, la existencia de los dioses y el bien. En lo que respecta al momento constructivo de su doctrina, Carnéades completa la teoría del eulogon o «lo razonable» de Arcesilao con el concepto de «lo probable» o pithanon, según el cual algunas representaciones se acercan más que otras a la certidumbre, sin que esto signifique que lleguen a alcanzarla. Existiría, pues, una gradación en la fiabilidad de las representaciones que el ser humano debe aprender a reco- nocer. En primer lugar, debemos examinar cuidadosamente las circunstancias en que percibimos, teniendo en cuenta, por ejemplo, si estamos a gran distancia, si hay niebla o si estamos enfermos. En segundo lugar, las representaciones no vienen separadas, sino que suelen forman una cadena cohe-
rente, de modo que debemos sospechar de una representa- ción si esta entra en contradicción con las representaciones que suelen acompañarla.
El tercer período del escepticismo clásico privilegiará la dimensión dialéctica e intentará sistematizar los argumentos de Pirrón y Timón con el objetivo de mostrar dialécticamen- te la impotencia de los sentidos y de la razón.
Enesidemo (I a.C.) será considerado, junto con Pirrón, el representante más ilustre del escepticismo antiguo, si bien no conservamos ni una sola de sus obras. Sabemos por refe- rencias que en el primer libro de sus Argumentos pirróni-
cos se preocupó de distinguir el escepticismo de los Nuevos
Académicos, a los que considera dogmáticos negativos, por- que afirman algo, que «nada puede saberse», y que en los siguientes libros atacará conceptos científicos y filosóficos fundamentales como los de «movimiento», «causa», «prin- cipio», «verdad» o «demostración». Pero, seguramente, su principal aportación fue el haber intentado sistematizar en diez tropos el argumentario escéptico contra la fiabilidad de los sentidos, como ya expusimos más arriba.
Como dijimos, será Agripa (I d.C.) quien elabore la sis- tematización más potente del argumentario escéptico. Según Brochard, los cinco tropos de Agripa no sólo «pueden ser considerados como la formulación más radical y más preci- sa que jamás se le haya dado al escepticismo», sino que «en cierto sentido, todavía hoy son irresistibles.» (1981: 306)
El cuarto período del escepticismo clásico privilegió el aspecto fenomenista de la doctrina escéptica y tiene como protagonistas a los médicos de la secta empírica, que ela- boraron un método de observación con el cual pretendían construir una ciencia que se atuviese a los fenómenos, per- mitiéndoles, a su vez, superar la etapa dialéctica del escep- ticismo. Con todo, el escepticismo empírico no difiere
esencialmente del dialéctico. Acepta como representantes a Enesidemo y a Agripa y, aunque añade nuevos argumentos, no llega a modificar la doctrina inicial.
Su principal representante fue Sexto Empírico (s. II d.C.), quien escribió tres obras fundamentales para la tradición escéptica: Esbozos pirrónicos o Hipotiposis pirrónicas —con- siderado la Biblia del escepticismo clásico—, Contra los pro-
fesores y una tercera obra que no ha llegado hasta nosotros
en la que trata de refutar, una vez más, a los filósofos, a los lógicos, a los físicos y a los moralistas.
Las obras de Sexto Empírico son un vasto, heterogéneo y, a veces, repetitivo repertorio de argumentos escépticos. En ellas conviven argumentos profundos con curiosidades o sofismas —si algo es verdad, entonces todo es verdad porque toda cosa es algo (Sexto Empírico, 1993: II, ix)—. En todo caso, Sexto nunca reclamará la autoría de sus argumentos y presenta su libro como una obra colectiva, como una summa del escepticismo.
En el momento destructivo de su obra, Sexto Empírico