4.3 Segmentation on multiple properties
4.4.1 Model design of a database node
Desde hace dieciocho años, M. viene a consultarme cada vez que se encuentra «entre dos mujeres». Se queja de la primera cuando hay probabilidades de separación, y me abandona no bien encuentra a la segunda. Se va a vivir a lo de esta última algunos días después.
Muy depresivo, transpirando de ansiedad, se dice una y otra vez «echado a la calle» por la mujer a la que acaba de golpear.
Se complace inventariando con un vocabulario injurioso sus caprichos, sus modos de goce, sexuales, financieros, su modo de apropiación del bebé que tuvo con ella. Busca provocar división y angustia en ellas.
Entre dos mujeres, vive en la casa de sus padres; se relaciona con su madre de la misma manera.
Durante la primera entrevista, expone su temor de que, al terminar el acto sexual, su pene quede en la vagina de su pareja.
Al cabo de cinco años, el cuadro inicial se modificó: muy angustiado, se queja de crujidos en el pulgar de su mano derecha. Dirá: «Es como una mutilación, me las arreglaría si me dijeran que es de nacimiento». Y explica así todas sus dificultades: «Me angustia el dedo», para concluir con: «No puedo vivir con una mujer, es demasiado complejo».
El síntoma se desencadenó así: invocando un dolor en la rodilla, M. se negó un día a tener relaciones sexuales con su compañera, quien mostró una viva decepción. Como en un rapto, él le asestó un violento puñetazo en la espalda, y al día siguiente se le declaró el síntoma.
Cinco años después, luego de la ruptura con esta mujer, el cuadro presenta un aspecto otra vez diferente: las sesiones se saturan de una queja sin límites. M. da a conocer diferentes tipos de crujidos de su pulgar y enumera su combinación con acciones: cortar carne, encender un cigarrillo, lavarse, sonarse la nariz, peinarse, tocarse la bragueta..., escribir y, sobre todo, firmar. Desarrolla entonces una práctica hasta el agotamiento. Puede tratarse, por ejemplo, de hacer funcionar un encendedor hasta vaciarlo de todo el gas o
llenar páginas enteras con firmas. Se impone una secuencia: crujido inaugural, profundo y explosivo, luego una sensación intolerable de que el pulgar caiga en el vacío; finalmente, práctica de «verificación», hasta que los crujidos secundarios creados por las flexiones bajo la superficie de la piel se detienen. «Lo van a cortar», exclama. «Pero, entonces, ¿el otro?» Notemos aquí el efecto de bilateralización.
Como telón de fondo, quejas referidas a su aspecto fálico: arrugas alrededor de los ojos, caída del cabello, gordura, etc. Teme no poder seducir más.
Pudo construirse una serie de fenómenos del cuerpo: estrabisrno divergente durante su primera relación, dolores tenaces en la rodilla derecha que se harán bilaterales en la víspera de un examen exploratorio, lo que le hace decir «es psíquico»; rigidez de nuca y de espalda. Cada síntoma se apoya en una «sugestión»: palabra brutal, cachetada ofensiva, un golpecito. Clínicamente, una perfusión de antidepresivos que pasa por fuera: «El brazo se me va a pudrir, me lo tendrán que amputar».
La explicación a su tendencia a golpear a las mujeres la encuentra en sus padres: «"¡Sal del paso!", le decía mi madre a mi padre; yo reproduzco eso». «Golpeo porque mi padre tendría que haberle dado una cachetada para pararla. Ella lo rebajaba y o amenazaba con irse.» La madre de M. es presentada como un personaje autoritario e infiel que rechaza y después toma, como todas esas mujeres de las que él se separó; el padre, como impotente y depresivo: «Yo lo vengo, no quiero ser un trapo de piso».
Su adolescencia estuvo marcada por un hecho: su madre lo sorprende con un rosario enroscado alrededor del pene. Ella le dice: «Si vuelves a hacerlo, te enfermarás». La noche siguiente tiene poluciones nocturnas acompañadas por ritos obsesivos y fuertes
angustias. Estas desaparecerán a los veintiún años con la primera relación sexual y la vuelta a la masturbación.
«¿Es psíquico, doctor?... ¡Huy, huy, huy!» Este enunciado en forma de pregunta es repetido sin fin por el paciente, en la sesión o por teléfono. Conviene acusar recibo: «Completamente», para evitar su reiteración inmediata. Ninguna vacilación, ninguna apelación al sentido.
La temática fálica presenta un carácter no dialéctico, sin correlato con la función paterna. En dieciocho años de entrevistas, las asociaciones fueron rarísimas, sin sueños, ni lapsus, ni siquiera olvidos. Sin trastornos del lenguaje. Sin teoría delirante. La conservación de un eje imaginario le permitió trabajar, y sostener una relación terapéutica más bien amistosa. Viene entre dos mujeres a tomarme como testigo de sus goces desordenados, de su poder para tomarlo o rechazarlo, y de los fenómenos corporales intolerables. Se mantiene allí. Se sostiene de ese doble imaginario que yo encarno, que abandona cuando lo encuentra en una mujer, algo que sin embargo vacila cuando la sexualidad con ella lo confronta con lo insoportable; a partir de allí, domina la violencia. La duración sin precedentes de su último concubinato (seis años) estuvo
acompañada por fenómenos del cuerpo invasores y durables. La ruptura de esta relación radicalizó el cuadro con, correlativamente, un empobrecimiento de su lazo social. La búsqueda de una mujer le parece ahora mucho más condenada al fracaso porque su «aspecto fálico» se degrada.
No hay subversión de la función de órgano por la función fálica, como en el síntoma de la conversión histérica. Dado que es esquizofrénico, tiene que vérselas con Φ0, sus fenómenos del cuerpo de apariencia hipocondríaca son acompañados por una gran angustia. Él intenta localizar el goce en un órgano; sus prácticas de verificación para cifrarlo no constituyen realmente un límite. Intenta construir un síntoma. Actualmente hay que temer la automutilación o el suicidio.