La ocupación del territorio americano evidenció la idea de ciudad como recorte singular en la vastedad territorial, con funciones de dominio sobre el medio natural, razón ésta de su propia existencia. Es en el despliegue del mecanismo urbanizador donde la noción de ciudad-territorio confirió a la
ciudad el carácter de unidad de repetición que estructuró el proceso de urbanización del territorio en sucesivas avanzadas. El esquema que tradujo la relación de dominio y sujeción fue transversal a las escalas de actua- ción: en el territorio, la ciudad y el campo; en el hecho urbano, el centro y las áreas de borde. El damero así, instituyó el principio rector: de un orden jerárquico geométrico a un orden social jerárquico, asegurándose un ré- gimen de transmisiones de lo alto a lo bajo, de la metrópoli a la colonia, del poder a la conformación física de la ciudad, para que la distribución del espacio urbano garantice y conserve la forma social (Rama, 1985).5 El modelo de ciudad indiana planteó un ejercicio de dominio, real y simbó- lico, desde su centro hacia las afueras, estableciendo una gradación de espacios de borde: instituciones principales alrededor del vacío central de la plaza mayor, un anillo predominantemente residencial, una línea defen- siva, el ejido de reserva, la dehesa para el pastoreo de ganados y los pro- pios para la explotación agrícola. Es decir una composición anular que materializó las transiciones entre las dos nociones extremas de una misma concepción: ciudad y territorio, de manera que las nociones de “centralidad o actividades centrales y periferia residencial y periferia adaptada a usos particulares” están presentes desde el origen mismo de la ciudad (Foglia, 1998:19). Más allá del modelo teórico, la centralidad como componente persistente en la estructura urbana de Córdoba se alimenta del carácter mediterráneo de su localización geográfica y el rol de ciudad nexo entre regiones distantes.
Las vías de comunicación desde direcciones múltiples, fueron definiendo un esquema radiocéntrico donde los bordes urbanos configuraron sucesi- vos anillos con definición física precisa y roles asignados: tierras para reser- va, defensa y producción, indispensables en un nuevo sistema urbano puesto a funcionar. Es el orden de la teoría que evidencia la precariedad de la ciudad en el territorio, a decir de Canal Feijóo, “esa inmensa realidad centrífuga y dispersiva que la niega”.6 Sin embargo, contrasta en la prácti- ca con el desorden de las irrupciones circunstanciales.
Córdoba se inscribe en un valle, junto a un río y un arroyo, y su planta fun- dacional prescindió de los rasgos fisiogeográficos del territorio que fueron las barreras naturales que condicionaron las situaciones de borde urbano: a lo largo de tres siglos contuvo el avance de la ciudad cuyo crecimiento
quedó absorbido por la retícula de base original. Así, naturaleza y amplia cuadrícula de optimismo fundacional, están en el origen del claustro cor- dobés. A la planta de setenta manzanas se le anexaron tierras productivas del oeste inmediato que constituyeron la primera expansión a finales del siglo XVIII.
Figura N° 1. Plano de la ciudad de Córdoba, de Manuel López, 1799. Fuente: Archivo General de la Nación (Boixados 2000)
En el plano del ingeniero militar Manuel López, de 1799 (Figura N°1), los accidenten naturales adquieren relevancia gráfica y definen el adentro y el afuera. Al sur y al norte, se encuentran las barrancas que enmarcan el valle -que se desarrolla de este a oeste- y el río Suquía que cursa en su cota inferior. De sur a norte, el arroyo de La Cañada, que divide dos áreas claramente establecidas: por un lado, la ciudad cuya ocupación real aún no cubre la planta de 1577 y, por otro, la primera expansión urbana, sobre los ejidos del oeste, en el sentido del valle, facilitada por la aparición de los primeros puentes sobre el arroyo y constituyendo el área de quintas para el abastecimiento de la habitantes (llamada Las Quintas en el siglo XIX, hoy Alberdi). Ambas situaciones se materializan sobre la cuadrícula hispana, se desarrollan en superficies equivalentes y cumplen funciones opuestas pero complementarias, como si una fuera el negativo de la otra. Los bordes urbanos se someten, así, a lo arbitrario de lo natural que deja un margen estrecho para el despliegue de la actividad humana: ausencia de puentes sobre el río y precarios cruces sobre el arroyo; acequias que alimentan a la mitad rural de territorio ocupado y al estanque que provee de agua a la
ciudad; trazas de caminos, puestos y viviendas dispersas, el cementerio y el caserío aborigen de La Toma. Una marcada diferenciación funcional y social entre ciudad y espacios extramuros, a partir de aquello que la ciu- dad expulsa, la dispersión, la irregularidad de los caminos y el desdibuja- miento de los límites físicos. Es el modelo teórico puesto en práctica. Los contados registros gráficos de la primera mitad del siglo XIX poco apor- tan a lo dicho. La ciudad no altera sustancialmente sus bordes, pero sí consolida la ocupación de la planta original. Sin embargo se sabe de ampliaciones de carácter más espontáneo: en dirección oeste, a Las Quintas ya mencionadas se le suma El Abrojal (hoy Observatorio), sobre una accidentada topografía; en dirección sur, Pueblo Nuevo (hoy Güe- mes); y en dirección norte, entre la ciudad y el cauce del Suquía, el Bajo del Río, sobre tierras anegadizas. Estas nuevas expansiones mantuvieron sus rasgos marginales por la ausencia de una urbanización regular, obras pú- blicas y legislación. Después de 1870, paulatinamente se van integrando a través de intervenciones del Estado y de promotores privados, aunque persistió en ellas el carácter de borde. Ranchos, conventillos y casas de tolerancia, junto a plazas de carretas, puntos de carga y descarga y mer- cados, en áreas además vulnerables a las sucesivas inundaciones y des- moronamientos de barrancas, configuraron el límite urbano sobre la base de lo marginal, lo irregular, lo precario y lo socialmente censurado.