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Chapter 3 Methodology

3.3 Crop Row Detection

3.3.1 Morphological Operations

Lo más profundamente doloroso era aquella verdad: Paula estaba envejeciendo. Y lo peor era el conocimiento de esa triste verdad.

No quería pensar en eso, pero los hechos resultaban evidentes; y, sobre todo, la consecuencia de esos hechos.

También reconocía que el tiempo avanzaba sobre su rostro y su cuerpo fuerte. Que las formas engrosaban más y los músculos tendían a cobrar un aspecto macizo y redondo. Pero con Paula sucedía lo peor. Los nervios no tenían fuerzas para soportar la realidad. Los celos enfermizos la perseguían como una sombra. Exigía que se escondiera más en la vida. Le había dado por fiscalizar todos sus actos y hasta pretendía que le rindiera cuenta del modo en que gastaba su dinero.

Procuraba sustituirlo todo por una caricia mayor, por una más grande dosis de paciencia, por una gratitud siempre puesta a prueba. Lejos estaban los días de fugas y de paseos, de irresponsabilidad y devaneos, en los que todo parecía revestido de sueño y placer. Últimamente, cada salida que hacían, servía para exasperar más los nervios de Paula. Temía hasta los momentos en que ella decidía partir para alguna parte. Evitaba las discusiones y se mantenía en silencio, lo que también provocaba nuevas escenas tempestuosas. Muchas veces él la tomaba en los brazos, la apretaba contra sí y miraba hondamente sus ojos.

—Pero ¿qué es lo que pasa, Pupinha? ¿Por qué todo esto? Soy el mismo. Hemos de seguir siendo los mismos, los que siempre fuimos.

Ella se dejaba acariciar y, por unos segundos, intentaba retornar a ser aquella Paula. Pero sus ojos se llenaban de lágrimas y, sin otras explicaciones convincentes, se apartaba de sus brazos.

—Son mis nervios, Baby. No sé lo que me pasa.

Sentábase con enfermiza languidez en un sofá y fumaba un cigarrillo tras otro, sin interrupción.

Él se arrodillaba como antiguamente, e intentaba reclinar su cabeza en el regazo de ella; imploraba lleno de humildad:

—Paule, Paule, necesitas ir al médico, buscar un especialista. Así no podemos continuar. Estamos arruinando nuestra vida. No podemos echar a perder tantas cosas hermosas como las que vivimos juntos… Paule, Paule…

—Por favor, Baby, dejémonos de lamentaciones. Sería mejor que me preparases un drink cualquiera.

—Si es eso lo que quieres... Preparo dos: yo también tengo ese derecho. Y después del primero venía el segundo. Y luego, en seguida, otra serie.

Era necesario hacer un enorme esfuerzo, en medio de la propia borrachera, para cargar a Paula, casi inconsciente, hasta el lecho.

Dormían horas sin ritmo. El tiempo era un amasijo de horas que sabían a hiel.

Y Paula envejecía Las formas huían de su cuerpo. Una delgadez traslúcida ensombrecía paulatinamente su luminosa figura, tan repleta de otras hermosas sombras.

No resistió más y fue a ver a la Lady-Señora. Le explicó todo calmosamente, con interés y claridad. Ella apenas lo miró, tristemente, y le prometió convencer a Paula y llevarla a un especialista.

Por la noche tuvo lugar la peor escena de Paula Sus ojos relampagueaban en medio de la blancura de su rostro trastornado.

—Fui. ¿Era eso lo que querías? ¡Pensaste que estaba loca! ¿Pensabas que iría a parar a una casa de salud? ¿Qué podrías quedar libre, libre de mí?...

Sujetó las manos de Paula, que amenazaban su rostro. —¡Paula!... ¡Paula!... ¿Qué es eso? Paula, contrólate...

Ella se deshizo en un mar de llanto que sacudía todo su cuerpo, como si fuera un estertor de muerte. Se arrojó en un diván y gritó despavorida, mientras un hilo de saliva descendía de sus labios, mezclado con sus lágrimas.

—Baby, Baby. Por favor, por amor de Dios, si aún me tienes un poco de amor, consígueme cualquier cosa para beber. Necesito beber, Baby...

La complació. Ella tomó el vaso con ansiedad y bebió un largo trago; se detuvo un poco para respirar. Se limpió la boca con el costado de la mano. Repitió otra dosis y cerró los ojos como si en la oscuridad buscara esconder su dolor.

Ante los ojos espantados de Baby, depositó el vaso sobre la mesita y tomó el rostro de él entre sus manos

—Esto es lo que me hace bien, Baby. Esto es lo que me importa en este momento.

—Pero debes parar, Pó. Debes parar. Esto no puede continuar así. Ella rió con amargura y dijo ásperamente:

—Esto, Baby, es lo que yo necesito. Y también necesito que entiendas que me estoy bebiendo a mí misma.

Vació el vaso y se lo entregó con las manos temblorosas.

—Repite, repite. Quiero más y más. No whisky: quiero coñac ahora; sin hielo, porque es más fuerte.

No sabía qué hacer, temía que, al negarse, Paula cayera de nuevo en el desvarío anterior. Obedeció sin protestar. Estaba comenzando a entregarse. También su resistencia se hallaba, debilitada por el alcohol, al que ya se estaba habituando, y se astillaba en el vacío más profundo.

Caminó desalentado, apretando las manos como si con ese gesto quisiera proteger diez años de felicidad que se desvanecían en una tempestad surgida lentamente y que crecía con furia. Todo parecía perdido, sin esperanza de salvación. Diez años rápidos como un relámpago. Rápidos como un minuto de felicidad, doloridos al terminar, como mil años de vivir-dolor.

* * *

Después del primer especialista vinieron los otros Y Paula siempre empeorando. No había remedio que detuviera la vejez. Y no existía consuelo para ello, por lo que Paula se entregaba a la desesperación. Quizás ella no fuese tan joven como le dijera la primera vez; pero ¡oh! el terrible secreto de las mujeres…

Había tomado una extraña decisión, como si aún quisiera aprovechar todos los restos que quedaban de su belleza y su disminuida juventud. No se contentaba con beber en casa, con esconder el comienzo de su ruina a los ojos de los demás. Sádicamente, parecía encontrar placer en exhibirla, en ilusionarse con las frases fingidas de muchas amigas que también huían de los mismos problemas.

—¡Estás espléndida, Paula! —¡No cambias nada, Paula!

—¡Los años pasan y continúas siendo la misma!

Comenzaba a embriagarse desde que tenía conciencia de estar más o menos despierta. Era trasladada casi a cuestas hasta el departamento y exigía de Baby una paciencia inagotable. Tomaba comprimidos para dormir. Despertaba pidiendo remedios para los restos de su embriaguez. Una vez mejorada, comenzaba de nuevo la búsqueda del alcohol, ininterrumpidamente.

Baby también se resentía con los efectos de la bebida; sus ojos, además de la tristeza, denotaban ahora una falta de brillo poco común. Su organismo, joven y fuerte todavía, lograba recuperarse más fácilmente que Paula.

Una mañana, ella mejoró un poco y no quiso beber, al levantarse. Lo llamó.

La atendió inmediatamente, seguro de que comenzaría en seguida lo de todos los días. Paula, recostada en la cama, lo observaba.

—¿Dormiste aquí, Baby?

—Todos estos días y estas noches he permanecido aquí a tu lado, Paula. —¿Por qué? ¿Ya no te interesa nada más de la vida?

Antes de responder, pensó. Pensó en la relajación de los últimos meses. No aceptaba más encargos para pintar ni trataba de hacer ilustraciones de ningún tipo. Se había desinteresado de las exposiciones de pintura y ni siquiera se preocupaba por averiguar en las galerías de arte cómo iba la venta de sus trabajos.

—Para mí sólo existes tú, Paula Nada más. Ella se sintió llena de ternura

—Ven aquí, Baby.

Obedeció sin dudar. Se acercó a la cama y observó la languidez de ella —Acércate más, querido.

¿Qué estaría pasando? ¿Sería una tregua que surgía entre tantas horas de dolor? Le acarició la barbilla y enredó los dedos entre los cabellos despeinados.

—Baby, mírame bien a los ojos. Así. Ahora respóndeme aunque tengas que mentir. Sonrió tristemente, antes de hacerle la pregunta

—Baby, a pesar de todo, ¿aún me amas?

Se le llenaron los ojos de lágrimas antes de responder.

—Paula, Paule, existe una palabra que nunca morirá entre nosotros dos. Una palabra que tú misma descubriste: Toujours.

—¿Recuerdas cómo me besabas antiguamente? ¿Cuándo yo pedía un beso de esos, que tú llamabas beso-orquídea, de tan suave que era?

—Me acuerdo, sí. ¿Quién olvida esas cosas?

—¿Serías capaz de darme uno, uno solo de aquellas besos-ternura? La besó, rozando apenas los labios calientes de Paula; después la miró y dijo en un susurro, con sincero cariño:

—Ese es para que tus lindos ojos no lloren más.

Guardaron silencio, sintiendo el resto de una pequeña ternura que resucitaba, quizá por piedad.

—Baby, todavía eres un hombre hermoso. Un hombre hermoso, ¡de verdad! —Tú también…

Las manos de Paula le aprisionaron la boca.

—No necesitas decirlo, Baby. Ya no me hago ilusiones. No soy más que la sombra fugitiva de lo que fue Paula; pero, aun así, te agradezco este momento.

Algo muy especial estaba a punto de suceder. Por un momento, Paula se divorciaba de la mujer áspera y torturada de los últimos tiempos. Aún le dolía vivamente la tarde en que ella llegó y le expuso su decisión de frecuentar las boites. La crueldad con que había formulado su deseo.

—Toma, esto es para los gastos. Cuando se te acabe, te daré más.

El montón de billetes se desparramó por la mesa, desdoblándose como si quisiera caer al suelo.

—Guarda eso, Paula. Si mi dinero se termina, entonces te pediré algo prestado. Ella lo miró fríamente, casi con maldad.

— Y eso ¿a qué viene ahora? ¿Escrúpulos al final de la partida?

Soportó en silencio la ofensa, sintiendo que sus mejillas enrojecían de vergüenza. No pudo responder nada; solo restaba acompañar la figura erguida de Paula que se adentró en el dormitorio y, calladamente, cerró la puerta

Había permanecido el mayor tiempo posible sin moverse, casi sin respirar, para que no se alejara aquel segundo tan extraño de aproximación.

—¡Baby! —¿Qué?

—Estuve pensando una cosa. Mañana saldré con mamá todo el día y solo regresaré a la noche. —Está bien…

Posiblemente iría a buscar otro especialista. Por lo menos, estando con la Lady-Señora, esta impediría en parte que se acercara a la bebida.

—Después pensé que si fuéramos a pasar algunos días a aquella casa de la playa, en el camino a San Sebastián... quizá nos haría bien.

Es singular el conocimiento de las cosas que tiene el corazón. El casi estaba inclinado a decir que no sería bueno, por su estado de debilidad y de agotamiento.

—¿Vendrías conmigo? ¿Aún vendrías conmigo? —Por supuesto, mi amor.

—Entonces, todo está combinado.

—En teoría, sí. Pero desearía que me prometieras una cosa.

—¡Oh, querido, no vayas a pedirme que no beba! Eso sería totalmente imposible.

—No se trata de eso. Solo que no quisiera que tú manejaras. Dambroise podría venir esta vez con nosotros.

—Eso se puede resolver. A pesar de que Dambroise está haciéndose viejo para algunos esfuerzos.

—No exageremos tanto. Todavía no cumplió sesenta años y gente mucho mayor que él continúa manejando automóviles. ¿OK?

—Bueno. Ahora, por favor, sé un ángel por una vez más. Consígueme un drink cualquiera Se levantó, desalentado. Sabía que Paula había vuelto a beber.

* * *

—El automóvil nos espera abajo, madame. Ya bajé las valijas. Sería mejor que llevara un tapado más grueso, porque el tiempo está frío y amenaza llover.

Bajó en el ascensor y se encontró en la calle, donde la esperaba Baby. Tomaron el coche sin decir nada Dambroise conducía.

—Es más suave.

—Paula, ¿no quieres ir delante, al lado de Dambroise? Allí se siente menos el movimiento del coche.

—Estoy bien aquí. La ventaja del «Mercedes» es ésa: en cualquier rincón se viaja bien.

Durante todo el viaje, ella se mantuvo callada. Arrinconada en su sitio, guardando casi siempre la misma posición, de modo que la mitad del rostro quedaba oculta por el cuello alto de su abrigo. Solamente una vez intentó un gesto de ternura, colocando su mano sobre la de él. Solamente esa vez. En ocasiones notaba que ella se adormecía o que cerraba los ojos fingiendo dormir.

El viaje fue hecho bajo la lluvia El tiempo no parecía invitar a unas cortas vacaciones. Rezaba para que los otros días trajeran el sol, a fin de que aliviara tanta tristeza y desencuentro. ¡Qué distinto de las otras veces, cuando llegaban derramando alegría y encantamiento! Quizá fuera, ¿quién sabe?, la oportunidad de recuperarse un poco...

El tiempo no contrarió los pronósticos, y durante dos días y dos noches la lluvia se filtraba, fina e irritante. Deslizábase ininterrumpidamente sobre los vidrios, creando lágrimas que se unían entre sí.

Dambroise era la verdadera imagen de un ángel. Pasaba por la casa sin hacer ningún ruido molesto. Se esmeraba en preparar platos que despertaran el apetito de Paula. Todo inútilmente. Ella apenas pellizcaba algo y sonreía.

Ponía música romántica en el tocadiscos, pensando resucitar los fallecidos fantasmas del amor que allí vivieran otrora. Todo en vano. Ni el miserable tiempo quería colaborar. Paula se tornaba pensativa y quieta. Terriblemente indiferente a todo. Cuando mucho, llamaba a Dambroise y le pedía nuevas bebidas

Allá fuera, el mar embravecido golpeaba las rocas y levantaba fuertes olas hacia el cielo.

El amanecer del tercer día no aportó nada que resultase animador. El tiempo se negaba a mejorar y el sol había olvidado volver. El día, sin variantes, se arrastró aprisionando en una casa lujosa tres desencuentros.

Paula se levantó, sin tener siquiera coraje de tomar el desayuno; al acostarse se había vuelto más irritable.

—¿Qué quiere para el almuerzo, señor? —Una omelette de paciencia, Dambroise. El hombre rió, desde la seguridad de su vejez. —¿El señor me permite un pequeño consejo?

—Usted tiene todo el derecho, después de estos años.

—Si yo fuese el señor, todavía tendría más paciencia con doña Paula. —¿Más aún Dambroise?

El meneó la cabeza tristemente. Después miró con fijeza a sus ojos. —Ella necesita y merece toda la paciencia de que el señor disponga. —Haremos lo posible, amigo mío.

Dambroise se iba a retirar, pero recordó algo.

—Voy a dejar la mesita de juego preparada para después de la cena. Quizá se interese y se distraiga con las cartas.

—Puede que sea una buena idea. En todo caso, no deja de ser un nuevo intento. Gracias. Paula no descendió para almorzar y la cena lo encontró también solo, mirando la lluvia que se había espesado y golpeaba fieramente contra los vidrios. Allá fuera, el mar se tornaba un continuo grito de amenaza.

—Apenas tomó un té. Dice que bajará en media hora. Cuando salí, oí de nuevo el ruido de la bebida al caer en el vaso...

—Si ella no baja iré a buscarla. No puede continuar así, sin que se pueda hacer nada. Mejor será que nos vayamos mañana, bien temprano.

Dambroise retiró los platos y apenas comentó: —Y este tiempo que no quiere mejorar…

Apenas acababa de hablar, cuando la puerta del cuarto de Paula se abrió y apareció ella bajando la escalera. Había adquirido un equilibrio sorprendente. Ni siquiera se apoyaba en el pasamanos. Descendía tranquila, y su rostro estaba terriblemente mal maquillado. Sus ojos, circundados de sombras oscuras, parecían más grandes y febriles.

Se dirigieron hacia ella, pensando ayudarla, pero los evitó abriendo los brazos. Encaminóse luego hacia la mesita de juego y tomó asiento para comenzar a barajar los naipes.

—Quiero jugar un poco.

Baby se sentó frente a ella No tenía valor para analizar a aquella mujer a la que tanto amara ¿O habría amado en ella a otra mujer? Paula se volvió y pidió ásperamente:

—Por favor, Dambroise, cambie esa música. Ese sentimentalismo romántico me exaspera. Ponga un concierto de Beethoven y aumente el volumen.

El hombre obedeció. El sonido de la música invadió violentamente la sala, por sobre el ruido del mar.

—¿Alguna otra cosa, madame?

Su figura digna, a espaldas de Paula, aguardaba nuevas órdenes. —Traiga bebida sin hielo.

Continuó trenzando la baraja con sus finos dedos. —¿A qué quieres jugar?

—A cualquier cosa que me irrite menos que no jugar.

Le dio la baraja para que cortara, y distribuyó once naipes a cada uno. ¿Jugamos al buraco?

—¿Qué otro juego conoces con este número de cartas?

No respondió, para evitar nuevas discusiones y choques. Dambroise se aproximaba haciendo rodar la mesita con las bebidas.

—¿Puedo servir, madame?

—No, gracias. Él mismo servirá. Por lo menos debe «servir» para algo.

Un rubor inmenso le quemó el rostro. Iba a levantarse impetuosamente cuando fue contenido por una discreta seña de los dedos de Dambroise. Sus ojos imploraban solamente una cosa: paciencia

Humillado, fijó la vista en los puños de su camisa amarilla. Había pensado que usando ese color tal vez lograse agradarla por lo menos aquella noche.

Irritado, arrojó las cartas sobre la mesa y comenzó a servir la bebida para Paula. No preguntó cuántos trozos de hielo quería ella. Sirvió una dosis terrible de whisky. Su paciencia estaba por estallar.

—¿Alguna otra cosa, madame?

—No gracias, Dambroise. Puede retirarse.

Subió por la escalera lentamente. Iría a preparar las camas desarregladas, para recogerse en seguida.

Sin darle las gracias, Paula bebió un largo trago de la bebida. Hizo un juego y lo colocó sobre la mesa.

La música, en el tocadiscos, alcanzaba un tono melódico y violento. Todo parecía combinarse con el desaliento del ambiente: la música, el mar, la lluvia impresionante que no se detenía.

Paula dejó las cartas y, sin mirarlas, preguntó amargamente: —¿Cuantos años, Baby?

—¿Años de qué, Paula? —Que estamos juntos.

—Diez años, poco más o menos. Ella rió nerviosamente.

—¿Por qué te ríes?

—Por nada. Diez años son diez años. Mucho tiempo para soportar a un muñeco como tú. Sabía que la guerra se reanudaba. Perdió el control, tanto tiempo subyugado.

—¡Qué pena! ¿verdad?

—Tú no tienes nada de qué quejarte, querido.

Ese «querido» venía agudo como la punta de un arpón. — ¿ Y tú sí, acaso?

Las manos de Paula se pusieron violentamente trémulas. Sus ojos parecían haberse endurecido, haberse congelado en medio de grandes chispas de maldad. Tomó el vaso y casi lo vació de whisky, de un largo trago.

—¿No quieres más?

Tomó la botella y volvió a llenar el vaso.

—Quizás así digas de una vez todo aquello que vienes acumulando enestos últimos tiempos. —Para ello no necesitaría beber. ¿Sabes una cosa, Baby? Cometí un gran error. Nadie debe tener la pretensión de pensar que puede modificar el destino de los otros.

—Esa es una de las filosofías más usadas. Nadie necesita hacer el bien: basta con que sea bueno.

—Nunca debí haberte sacado de donde estabas. Los charcos dejan marcas indestructibles. Le acometió una intensa nerviosidad. Ya no había fuerza capaz de controlarlo. Estaba harto. Ninguna gratitud en el mundo le daría la resistencia suficiente para soportar semejante humillación.

—Basta, Paula. ¡Es mejor detenernos aquí!

—Vamos a detenernos, sí. Pero luego de aclarar ciertas cosas. Sobre lo que pensamos de nosotros.

Arrojó violentamente las cartas sobre la mesa. Su rostro parecía haberse afilado, y los ojos horriblemente mal maquillados semejaban querer salírsele de las órbitas.

—Debías haberte quedado allí. En medio de tus prostitutas gordas, como «gigoló» de viejos

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