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4.2 Real World Problem of Financial Portfolio optimisation with Multiple Objectives

4.2.4 Multifactor Models

Me he quedado muy agradablemente sorprendida al oír todas las cosas que he hecho y también de cómo dices que las he hecho. Realmente la ventaja de ser un personaje público es que la parte mala de tu vida no se ve, porque ya nos cui- damos nosotros de esconderla, y los que nos presentan tampoco la ven, con lo cual, ustedes se han quedado con la mejor parte de mi misma. De todas maneras no creo que estemos hechos a partes iguales de cosas buenas y malas. Lo impor- tante de nuestras vidas es el camino que hacemos, un camino que según nos han contado, está lleno de culpas, de remordimientos, de vueltas atrás. Pero no es así, lo que ocurre es que hay cosas que salen mejor y cosas que salen peor. De las que salen mal, muchas veces parten aquellas que más adelante nos saldrán mejor. Por lo tanto, también creo que es importante que sepamos aceptarnos a nosotros mis- mos con lo bueno y con lo malo, sobre todo si nos ponemos a hablar como va- mos a hacer ahora, sobre la solidaridad, una manera de aceptar a los demás. No hace falta que creamos que cometemos tantos errores, porque de hecho no co- metemos ninguno, ya que si los cometemos rectificamos y se acabó. Pero si hay que desnudarse de culpas, de remordimientos, de automarginación, y de cómo como nos dicen algunas personas que tiene que ser el mundo. Si logramos pres- cindir de todo esto seremos mucho más comprensivos con el pensar y el hacer de los demás.

A veces, para hacernos una idea de cómo piensan los demás y aceptarlo, va bien el ejercicio que les voy a contar, y que se me ha ocurrido viniendo. Es el mismo ejercicio que Nabokov recomienda a los lectores de novelas. Les dice que no intenten identificarse con los personajes. Si se está hablando de una mujer viuda maltratada, no hay que identificarse con esta mujer, ni con el hombre des- graciado o feliz, sino que hay que intentar identificarse con el autor, de esta ma- nera vemos el mundo que el autor ha creado. Si nosotros vemos el mundo que el autor ha creado somos capaces de comprender esta mujer viuda, pero también al hombre que la ha maltratado, somos capaces de entender las fallas que hay en la sociedad, las que puede haber en el paisaje y en todo el entorno de este mundo que ha creado el escritor.

Esto nos podía ocurrir a nosotros cuando fuera el momento de intentar acep- tar y comprender el pensamiento de alguien que está en el otro extremo de nues- tra propia ideología. Quiero decir que si nos ponemos un poco altos, un poco por encima de las cosas cotidianas, sin renunciar por supuesto a nuestra propia ideo- logía, nuestra comprensión será mucho mayor y acabaremos entendiendo. No digo que podamos entender a la extrema derecha, pero tal vez sí acabaremos en- tendiendo porque la extrema derecha es lo que es, qué es lo que ha hecho que sean tan absolutamente intransigentes y porque no decirlo así, tan macabros.

Tengo que hablar hoy, del Dialogo y tolerancia. Una forma de solidaridad en el siglo XXI. Pero para empezar a hablar de un objetivo que nos tendríamos que po- ner todos, tanto los que estudian periodismo como los que estamos en el mundo de la creación, como los obreros, como los trabajadores, como los maestros, como todo el mundo para intentar que este objetivo pueda ser real, tal vez valdría la pena que miráramos hacia atrás. ¿Qué es lo que ha sido este mundo nuestro? ¿Qué solidaridad ha habido en él? ¿Qué dialogo y que tolerancia ha conocido este mundo? Personalmente creo que no ha habido ninguna, los avances que ha con- seguido la humanidad en todos los aspectos son espectaculares, lo son en tecno- logía, en física y astronomía, en química y medicina, pero no en moral, no en so- lidaridad. En moral y solidaridad estamos exactamente igual que en la época de la esclavitud, más aún, en la época de las cavernas. Ahora en lugar de echarnos piedras a la cabeza, enviamos misiles a las ciudades y los pueblos. Esta es la reali- dad que tendríamos que analizar e intentar cambiar en la medida de nuestras po- sibilidades. Nosotros no somos el jefe del Gobierno. Y aunque lo fuéramos tam- poco podríamos cambiar la manera de pensar de todos los súbditos. El cambio tiene que venir como siempre vienen los cambios, nos guste o no, por las bases, por todos nosotros, por los que estamos trabajando. Tenemos que entender lo que es la solidaridad y a donde nos va a llevar la solidaridad. Y habrá que mirar e ima- ginar en qué mundo queremos vivir, cuál va a ser el mundo del siglo XXI.

Hablando de la información hay que entender que antes de llegar al dialogo y a la tolerancia lo que estropea este dialogo y esta tolerancia es la manipulación. La manipulación de la información no es solo una forma de actuar de hoy, de ayer, del siglo pasado, sino de siempre. Desde siempre los ciudadanos (ahora nos llamamos ciudadanos y antes nos llamábamos plebe, incluso nos llamábamos es-

clavos, incluso nos llamábamos senadores) siempre hemos sido todos manipula- dos, fundamentalmente, permitanme que sea brutal, pero es así como yo lo veo, fundamentalmente por las religiones. Todas las religiones mediterráneas, que son las que más conocemos, que creen en un solo dios como son la religión cristiana, la religión musulmana y la religión judía han defendido unas ideas que los ciu- dadanos han tenido que aceptar de buen grado o por la espada y el fuego. Aun- que algo ha cambiado, sigue siendo así. Cuando el ciudadano no interviene, cuando no podemos hablar de nuestras ideas tranquilamente, cuando hay una verdad aplastante que no nos piden ni siquiera que entendamos sino sólo que aceptemos, realmente estamos ante el fundamentalismo cristiano, el fundamen- talismo judío, el fundamentalismo musulmán.

Aunque son infinitas las cuestiones de las que podríamos hablar me gusta- ría centrarme en una de ellas, para mí muy querida, porque es una cuestión que emana de los propios derechos humanos: la igualdad. En aras de la organización de la sociedad, que es lo que pretendían los grandes líderes de las religiones, es- tablecieron una estructura social piramidal, en la que lo alto estuviera Dios, que es el que tenía la palabra. Debajo de él estaban los ministros que hacían cumplir esta palabra. En el siguiente nivel estaban los hombres y en el más bajo las mujeres. Es así como las religiones lograron cohesionar la sociedad de forma que resultara más fácil la organización y el dominio y no se permitiera a nadie poner en duda lo que ellos decían que decía Dios. Incluso brutalidades tan grandes como que Dios le dijera a Abraham que matara a su hijo para demos- trarle su amor, no han sido nunca cuestionadas. Es más que suficiente como para no creer en este Dios. Porque o bien son ganas de gastarle una broma al po- bre Abraham, o bien es una crueldad y un orgullo que no tienen limites. Pero en cualquier caso no se ha puesto en duda, ni esto ni nada. Ni se ha podido po- ner en duda, hablo de la religión cristiana por ejemplo, la desigualdad absoluta que hay entre el evangelio y la Iglesia actual. No se ha podido poner en duda la cantidad de veces que la Iglesia católica ha llevado a la hoguera a personas que luego se ha demostrado que tenían la razón en asuntos de física o de química o de astronomía o de las ciencias. Y no se ha podido poner en duda, como no se pueden poner hoy en duda tantas y tantas cosas de la Iglesia católica. Y sin em- bargo hay mucho sobre lo que dudar y no aceptar, por ejemplo, la connivencia que hubo entre la Iglesia católica y el régimen fascista criminal y dictatorial del general Franco. Por lo tanto, si nosotros no podemos poner en duda nada de lo que nos dicen –realmente en este momento hay muchas personas que dudan, por supuesto, yo entre ellas, pero durante siglos nadie ha podido poner en duda lo que decía la cúspide de esta organización del Estado– todo funcionaba de maravilla y la Iglesia podía permitirse cualquier desmán intelectual o moral. Quien dice la Iglesia católica dice la iglesia musulmana, la Iglesia judía.

Pero quería entretenerme un minuto en el asunto de las mujeres, solamente un minuto, porque creo que es un asunto que a pesar de que las leyes van a favor nuestro, la sociedad fundada por estas Iglesias y por estos dogmas sigue siendo una sociedad profundamente misógina, incluso machista. Siempre digo que no

son los hombres lo que son machistas, sino también las mujeres, que transmiten esos valores machistas a sus propios hijos. Siguiendo la palabra de San Pablo, que debía de ser uno de los más grandes misóginos que ha conocido la humanidad, las mujeres durante siglos hemos estado sometidas a nuestros maridos, y la Iglesia ca- tólica, no nos ha concedido el alma hasta el Concilio de Trento de 1541, donde ganamos el alma. La ganamos por un voto, dicen, un voto. No sé quien fue la per- sona que nos dio este voto, pero ganamos por un voto. Nuestra sociedad por lo tanto está acostumbrada a aceptar la autoridad y la palabra de la autoridad, lo cual ha sido muy beneficioso para las sociedades, para todas las sociedades, para todos los imperios que ha habido desde que ha empezado la historia hasta ahora. En este momento en que nosotros empezamos a despertarnos no solamente a la demo- cracia, sino también a la conciencia de nuestro propio intelecto y que nos vamos convenciendo de que si se nos ha dado un entendimiento es para utilizarlo y no para anularlo, realmente empiezan las cosas a funcionar de una manera muy dis- tinta y, desde el punto de vista de la autoridad tradicional, un poco mal. Todas las formas autoritarias de gobierno, ya no quiero hablar solo de las Iglesias sino de to- dos los gobiernos que, apoyándose en las Iglesias o en verdades universales no comprobables, han querido imponer su propia ideología, que tantas veces ni si- quiera se le podía dar el nombre de ideología, no pedían la participación de la ciu- dadanía en aras de la justicia que defendía, sino sólo la ciega sumisión a un orden social y económico que les era propicio.

Este es el caso del franquismo, también el caso de la revolución bolchevique, ambos convertidos en dictaduras brutales que costaron la vida a cientos de miles, millones, de personas. De lo nazis ya no hablemos, igual que de Pinochet, es de- cir, de todas las grandes dictaduras por hablar solo de las del siglo XX. Todas ellas nos impusieron su propia ideología –no se les podía llamar ideología en muchos casos– solamente para mantener con mano de hierro el régimen que querían man- tener. Ha habido países que se han sublevado, ha habido otros países, como noso- tros, que hemos luchado durante 40 años contra el dictador y que de alguna ma- nera esto ha dado sus frutos en el momento que el dictador ha muerto, aunque nos hubiera gustado a todos muchísimo verlo morir antes. Tengo que reconocer que incluso en mis épocas de niña cristiana, que también lo fui, rezaba todos los días para que muriera Franco con dolor. Lo recuerdo perfectamente. Nunca se me ocu- rrió pensar que estaba haciendo daño a nadie ni nunca me confesé de ello, jamás en la vida. Rezaba mi padre nuestro para que Franco muriera con dolor. Real- mente los dioses me hicieron caso porque Franco murió con dolor. Lo que pasa es que a mí me hubiera gustado más que lo mataran. Esto ya son matices, ya son ma- tices en los que prácticamente no intervengo. Creo que si Agustina de Aragón lu- chó con sus cañones para que desapareciera el enemigo invasor, también yo podía desear la desaparición de quien había llevado a cabo un sangriento golpe de estado contra la República legalmente establecida. Así es como todos nosotros hemos sido educados, toda la sociedad española, es decir, los que somos fruto de los últimos veinte siglos en los que España no ha conocido más democracia hasta la actual, el año de la Primera república y los cinco años de la Segunda.

Los que hemos vivido nuestra infancia en la más absoluta falta de libertad y también lo que vosotros habéis heredado de vuestros padres, vuestros abuelos y de todas las generaciones que os han precedido, es una especie de respeto y prestigio por la falta de libertad, por la sumisión. Un prestigio que consiste en aceptar que la Virgen era virgen, que de ella nació un niño y que sin embargo siguió siendo virgen. Yo tengo una hija, que cuando tenía doce años, todavía era época fascista, un día en clase lo negó. Me llamaron a mí de la escuela y me dijeron: «esta niña es muy rebelde». Pregunté por qué era rebelde y me contestaron que porque se ne- gaba aceptar que la Virgen seguía siendo virgen después de haber parido. Esta es una persona, pensé, cuyo cerebro funciona. Pero quiero decir que hay muchas otras cosas que hemos aceptado todos, aceptamos, por ejemplo, sin darnos cuenta que son los hombres los que tienen el valor, porque la sociedad ha dividido las funciones y a nosotras nos ha tocado, como decía la Falange Española Tradicio- nalista de las JONS, que fue la que me educó a mí: «las mujeres están, como de- cía San Pablo, para estar sometidas al marido porque no tenemos la inteligencia suficiente como para tener nuestras propias ideas». Todo esto lo encontraréis en los muchos libros que se han publicado de la Sección femenina de la Falange con ideas mucho más graciosas que éstas para explicar el papel de la mujer en el ho- gar, cómo tiene que esperar al marido, apagar el aspirador cuando llega para no molestarlo o por la noche evitar ponerse cremas porque a él no le gustaría, etc.

Es decir, que las mujeres somos objetos y en realidad todavía hoy los hom- bres, y cuando digo los hombres quiero decir el conjunto de los hombres, no quiero decir, éste o aquel o el que yo conozco, el que yo amo o el que yo despre- cio, pero cuya inteligencia acepto, sino en general, el hombre a la mujer sólo la ve como objeto del deseo, como santa madre o como criada. Le cuesta mucho acep- tar a la mujer como una profesional de igual a igual, aunque nosotras hayamos de- mostrado en las universidades que valemos tanto o más que ellos, y a la hora de elegir un director o una directora, si no tenemos personas como Rodríguez Za- patero o personas que piensan como él sobre la paridad, estamos abocadas a que se elija a los hombres aunque no hayan tenido un currículo tan bueno como el de una mujer. Porque a las mujeres el techo de cristal no nos lo dejan pasar y digá- moslo claro: ahora empezamos, pero durante siglos no se nos ha dejado pasar, no hemos podido de ninguna manera ser creadoras porque para eso había que utili- zar pseudónimos y no hemos podido entrar, todavía hoy, en las direcciones de los periódicos, revistas literarias, de tantas y tantísimas organizaciones, todavía no hay tantas mujeres como tendría que haber y no por mala fe sino como digo, por- que no nos ven.

No me quiero entretener más en este extremo aunque a mí me apasiona y lo he sacado a colación para demostrar hasta que punto es difícil romper lo que la sociedad arrastra desde hace siglos y en ese sentido tanto nosotros como vosotros, que sois de otras generaciones, estamos en proceso de aprendizaje por eso es tan bonito el titulo que me han dado hoy para esta charla Diálogo y tolerancia, una forma de solidaridad en el siglo XXI, porque nosotros tenemos que aprender lo que es la solidaridad, porque durante 20 siglos nos han enseñado que la única forma

de ayudar a los demás no era ni la defensa de la justicia, ni la de la igualdad, ni los derechos humanos, sino solo la caridad. Caridad y solidaridad no tienen nada que ver, la caridad es darle al otro porque nos lo mandan o porque queremos ser bue- nos y merecer un premio, o también porque así es como nos lo han dicho que hay que actuar. En cambio la solidaridad es compartir el sentimiento y lo que tenemos con el otro. Tolerancia es una palabra que no me gusta, pero todos sabemos lo que parece significar: yo no lo acepto, pero lo tolero. Lo queremos decir cuando ha- blamos de tolerancia no es que defendemos lo que el otro defiende, si no que ha- cemos un esfuerzo por comprender las causas que lo llevan a pensar como piensa. Es la comprensión de por qué el otro está en la situación en la que está, lo que no quiere decir aceptar la ideología que el otro defiende ni mucho menos. Por ejem- plo, no aceptamos lo que defiende la extrema derecha en España, no será valido, sería luchar a favor de esta extrema derecha y en cambio de lo que se trata es de buscar las causas profundas por las que la extrema derecha hoy es tan profunda- mente agresiva. Este es un trabajo que debemos hacer y que de ninguna manera puede convertirse en decir que si ellos nos atacan de esta manera nosotros vamos a atacar como lo hacen ellos. No digo que mantengamos la sonrisa como el pre- sidente del Gobierno, que resulta sorprendente sobre todo cuando lo están insul- tando. Ya pueden arreciar los insultos y descalificaciones que por tiempo que du- ren, él no se inmuta. Cualquiera de nosotros se habría echado a la yugular.

También quería hablar de lo que ha sido nuestra historia más reciente para hablar de lo que es la manipulación histórica que tanto daño hace a esta solidari- dad. Me detendré solamente en lo que ha sido el siglo pasado, el siglo que más movimientos sociales ha conocido y el siglo que ha visto comportado crueldades infinitas. Tal vez no sean mayores que las cometidas en otros siglos, pero aún así son unas crueldades que a poco que las recordemos se nos abren las carnes. Que en la guerra mundial hayan muerto 40 millones de personas o que se hayan en- cerrado en guetos a cientos de miles de ciudadanos. Los judíos hablan de sus seis millones, pero es que nos quedan 34 y de esos muchos han muerto en otros gue- tos, en Siberia o en la propia Alemania. Son muchos los que han muerto lu-