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What Are the Names of a Database’s Stored Procedures?

Solow se plantea una cuestión casi tan vieja como la economía: ¿por qué los trabajadores sin empleo no compiten activamen- te– ofreciendo mano de obra a un salario menor al vigente– por los puestos de trabajo disponibles? La pregunta por la existencia de desempleo involuntario y la inflexibilidad descendente de los salarios reales fue respondida de maneras diferentes por la econo- mía ortodoxa (el asunto nunca dejó de estar teñido por un cierto aspecto paradojal).

Una primera aproximación es la negación del carácter volunta- rio del desempleo. Para la economía de libro de texto, las personas eligen entre el trabajo y el ocio sopesando el ingreso (salarial) y la molestia de trabajar (la desutilidad del trabajo). Así, cuando no se trabaja es porque no se quiere. ¿Suena exagerado? Más de un respetable economista neoclásico sostiene esta posición.

Con algo más de sentido común, una explicación alternativa es la hipótesis de los salarios de eficiencia. La idea se basa en la observación de que los trabajadores tienen cierto control sobre su propia productividad; a mayor motivación, mayor producción. Y para motivar a su personal un empresario debe pagar salarios altos. Entonces la competencia entre las firmas por los mejores trabajadores –y los más motivados– elevará los salarios a niveles incompatibles con el pleno empleo.

Otra explicación es la teoría de los trabajadores internos y externos. Los internos son los trabajadores experimentados de una empresa, en tanto los externos se corresponden con la mano de obra disponible en el mercado de trabajo. Es razonable pensar que el trabajo externo reemplaza fácilmente al interno y, por lo tanto, el trabajador interno recibe un salario mayor e incompatible con la ocupación plena. Estas dos últimas explicaciones implican que los empresarios rechazarían la opción de pagar salarios más bajos porque esto redundaría en una menor productividad.

Pero lo cierto es que la paradoja del porqué los trabajadores sin empleo no compiten con los empleados ofreciéndose a traba- jar por un salario menor sigue sin resolverse. Para Solow la res- puesta anda por el lado de “establecer la hipótesis de que existe una norma social o pauta de comportamiento que prohíbe la puja salarial”. Pero el argumento es insuficiente, “en parte porque a los economistas nos gusta considerarnos más inteligentes y en parte porque profesionalmente tendemos a pensar que el interés indivi- dual es un factor poderoso en los asuntos económicos”. He aquí el precepto metodológico tan caro a los economistas: la explicación de los fenómenos tiene que partir del sistema de incentivos que enfrenta el individuo.

El marco elegido por Solow para explicar el desempleo involun- tario persistente es el dilema del prisionero. Dos personas de mal aspecto son capturadas con mercadería robada, sin embargo, la evidencia es insuficiente para condenarlos. El juez los incomunica y les ofrece –en forma separada– el siguiente trato: si ambos confie- san, van a prisión por dos años; si ninguno confiesa, sólo pasan en prisión pocos meses en tanto se desarrolla el proceso judicial hasta quedar libres; si uno confiesa y el otro no, aquel que confesó sale libre en tanto el compañero es sentenciado a cinco años de cárcel.

Desde la perspectiva individual, ambos ladrones confiesan. ¿Por qué? Póngase el lector en el lugar. Suponga que el compañero con- fiesa, entonces si uno no confiesa tiene una pena de cinco años; si uno confiesa, le tocan dos años. Ahora suponga que el compañero no confiesa, si uno no confiesa, le tocan unos pocos meses; y si uno confiesa, sale en libertad. Es decir, la decisión de confesar domina a la alternativa de no hacerlo, cualquiera sea la decisión del compa- ñero. Conclusión: ambos confiesan y reciben dos años en prisión. Sin embargo, al lector no se le escapará que este “juego” tiene una solución cooperativa mejor: que ambos compañeros se pongan de acuerdo en no confesar y solo estarán en la cárcel unos pocos meses. Este ejemplo suele utilizarse como una ilustración de la divergencia entre la racionalidad individual y la racionalidad colectiva.

Solow argumenta que cuando se ofrece trabajo tiene lugar una divergencia similar pero que, en tanto se repite infinitamente, da lugar al surgimiento de la estrategia cooperativa y los trabajadores se resisten a pujar por los puestos de empleo. Ellos saben que si están dispuestos a trabajar por un salario menor se exponen a “la posibilidad de caer en una competencia hobbesiana” y que, en ese caso, “la vida en el mercado de trabajo sería muy desagradable; mala, brutal y breve”. El resultado son situaciones con desempleo persistente y sin competencia salarial.

Solow, con razón, sostiene que el mercado de trabajo es diferente a los otros mercados: “Una diferencia importante con el merca- do del pescado es que la actuación del trabajador depende del precio que se le pague por sus servicios; no se diría lo mismo del salmón”. Por lo tanto, las instituciones sociales que resultan del funcionamiento del mercado laboral son diferentes y escapan al sencillo análisis de la oferta y la demanda.

Algunos comentarios. Por lo pronto, Solow exagera la novedad de su enfoque. Los economistas institucionalistas de la década del 40’, que Solow ni siquiera menciona, estaban muy cerca de muchas de las “nuevas” ideas. Además, si bien es sabido que el dilema del prisionero es una racionalización adecuada para cualquier situa- ción en la cual uno deba actuar en la forma que uno quiere que los otros actúen, con esta figura analítica se explicaron las guerras de precios, la carrera armamentista, la inflación inercial y, hoy, se suma el desempleo involuntario.

Una objeción individual: el modelo que propone Solow supone que la alternativa a la puja salarial es el seguro de desempleo a un nivel cercano al salario de reserva, no la liquidez. ¿Pero qué ocurre en economías que carecen de un estado de bienestar y donde la alternativa al desempleo es una caída muy marcada en el nivel de vida? ¿Por qué subsiste en esos casos la resistencia a la puja salarial entre los trabajadores? Solow no lo explica, lo cual limita histórica y geográficamente el alcance de su argumento, y es muy probable que ésa sea la verdadera paradoja que los economistas

vienen persiguiendo. La cuestión no es solo cómo surge una noción de justicia salarial en sociedades que tienen un grado de equidad distributiva. Lo que intriga es cómo no hay competencia salarial, inclusive en economías sin justicia social.

De cualquier manera, El mercado de Trabajo como Institución Social es un libro delicioso. Escrito con pocos tecnicismos y mucho oficio literario por uno de los mejores economistas académicos. Lectura imprescindible.