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NEGOTIATING VOCATION

7.2.2 ‘COMMUNITY’ AS PROXY FOR ‘TRUTH’

7.4. NEGOTIATING VOCATION

Un zumbido persistente interrumpió el sueño de Cass, pero ella intentó ignorarlo. Quería seguir soñando. La sangre le volaba por las venas mientras besaba el torso de Rafe. El vello de su pecho rozaba su mejilla y él, la besaba primero en el cuello, después en los labios, e iba bajando poco a poco… pero aquel ruido venía de la calle. ¿Qué estaba pasando bajo su ventana? El Protocolo de Propietarios estipulaba que no podía hacerse ruido antes de las siete.

Pero es que quería seguir soñando, porque sabía que en la realidad, nunca sería tan valiente como lo había sido en aquella fantasía. Había seducido a Rafe Santini, y aún no había terminado.

Ojalá tuviese el mismo valor en la vida real, pero es que había algo amedrentador en su sensualidad. Le hacía sentirse extrañamente excitada. El ruido volvió a interrumpir sus pensamientos, y gimió en voz alta.

—Si son las seis de la mañana —protestó, hundiendo la cara en la almohada. No es que ella tuviese por costumbre quedarse hasta muy tarde en la cama, pero tampoco era de los que se levantan con el sol, especialmente los sábados. Era el día que podía dormir hasta más tarde sin sentirse culpable.

Era ilógico, pero el ruido aquel sonaba más fuerte ahora que estaba despierta. Cass se puso la bata y se acercó a la ventana en busca del culpable.

Y a decir verdad, no se sorprendió demasiado al ver que era Rafe Santini el responsable del estruendo: estaba cortándole el césped de su casa. Llevaba puestos aquellos mínimos pantalones de correr, iba como siempre sin camisa y estaba oyendo música con unos auriculares.

¿Pero qué estaba haciendo aquel loco? Miró hacia su habitación y al verla en la ventana, la saludó con la mano. Cass le devolvió el gesto y sintió una sensación cálida que la envolvía.

Una vez más, iba a tener que darle un aviso al señor Santini. Había vuelto a entrar en conflicto con el Protocolo de Propietarios, pero no podía decírselo, y suspiró. ¿Cómo regañarle por ser maravilloso?

Nadie antes había hecho algo así por ella, y es que la noche anterior le había comentado que cortar el césped era un trabajo que no le gustaba nada.

Se vistió rápidamente con unos vaqueros viejos y su camiseta de Magic. —¡Rafe! —le llamó, pero él siguió empujando la máquina sin oírla.

No tenía más remedio que meterse en el césped y ponerse delante de él. Entonces Rafe apagó la cortadora y el silencio la rodeó como una sábana calentita en una mañana de invierno. Él se quitó las gafas de sol y los cascos. Dios, qué hombre tan sexy…¿Qué habría visto en ella?

Aquella voz tan de mañana le hizo olvidar por qué había bajado allí y al mismo tiempo, lamentar no haberlo hecho antes.

—¿Me echabas de menos? —sugirió él. Mirando su boca. Ella asintió. ¿Estaría pensando en besarla? Ojalá.

Entonces recordó de pronto por qué estaban los dos de pie en mitad del jardín. —No se puede utilizar la cortadora de césped tan temprano.

—¿Qué? —preguntó él, aún mirando sus labios, y se pasó una mano por el pecho.

Hipnotizada, Cass siguió el movimiento.

—Que estas violando el Protocolo de Propietarios otra vez.

—¿Y qué he hecho esta vez? Sólo pretendía ser buen vecino y evitar que tuvieras que pagar una multa.

—Lo sé —contestó ella, y sin darse casi ni cuenta, rozó su mejilla con los dedos—. Pero, aunque me haya fastidiado mucho, he tenido que bajar antes de que pudieses despertar al resto de los vecinos.

—¿Por qué? —preguntó, y su mirada era tan intensa que Cass no pudo dejar de mirarlo.

—¿Por qué qué?

Apenas había unos centímetros entre ellos y Cass pensó en recorrerlos. El calor de él le llegaba desde allí y olía su sudor.

—¿Por qué te ha fastidiado tener que bajar? —le preguntó, apartándole un mechón de pelo de la cara.

—Es que me ha parecido un detalle encantador por tu parte. —¿Encantador? No, señora. Yo no soy encantador.

Lo que pasa es que no puedo soportar la distracción de verte en el jardín con esos pantalones que te pones para cortar el césped.

—¿Qué distracción, si esos pantalones son viejos y me están grandes?

—Pues ésa precisamente: como son viejos, se te pegan al trasero —contestó, guiñándole un ojo.

—¡Rafe!

—Me lo has preguntado tú. Por cierto, que tú también tienes un trasero precioso.

—Santini, cállate.

Él se echó a reír a carcajadas, y el sonido de su risa flotó en el silencio de la mañana.

—Dime, ¿qué regla he roto esta vez?

—¿Y cuánto va a costarme la broma esta vez?

—La multa es de doscientos dólares, pero esto es sólo un aviso. Él ladeó la cabeza para mirarla.

—¿Y no va eso contra las normas?

—Técnicamente sí, pero nadie ha llamado para protestar por el ruido. Rafe se acercó y apoyó las manos en sus hombros.

—Sí —de pronto los labios se le habían quedado resecos—. ¿Cuándo vas a leerte el dichoso Protocolo?

—Ya le he echado un vistazo.

—Pues me temo que no ha sido suficiente.

Su voz sonaba algo ronca, y si no la besaba en breve, iba a tener que ocuparse ella misma del asunto.

—Es que tenía otras cosas en la cabeza —contestó él, acercándose aún más. Cass bajó la mirada.

—¿Qué otras cosas?

Su voz era apenas un susurro y Rafe apoyó la mejilla en lo alto de su cabeza. —Señora Gambrel, es usted la persona más turbadora que conozco —dijo, y por fin la besó. Sus labios fueron suaves y tiernos, no feroces y exigentes.

Cass se rindió a la tentación y le rodeó los hombros húmedos por el sudor. Se sentía tan bien, tan segura entre sus brazos… Aquel beso era la promesa de un nuevo día. Todo lo que quería de él estaba allí, en sus brazos, en sus caricias, en su sabor.

—¿Dónde está Andy? —preguntó Rafe después de un instante.

—Durmiendo. Había pensado invitarte a desayunar —le dijo, y deslizó un dedo desde sus labios hasta el centro del pecho—. Pero sólo si te pones unos pantalones decentes.

—Creía que te gustaba mi trasero.

—¿Se puede saber que te pasa esta mañana?—Cass sintió el calor del rubor y apoyo la frente en su hombro—. Si fueras un caballero, no volverías a mencionar el trasero de nadie… y mucho menos el tuyo o el mío.

Él la hizo levantar la cara empujándola delicadamente por la barbilla. Sus ojos estaban llenos de ternura, y Cass sintió que poco a poco algo se abría paso en su interior, algo como… afecto, y se retiró de él, tanto física como emocionalmente.

—Será mejor que vuelva a entrar. El desayuno estará listo en una hora. —Allí estaré. Y gracias por el aviso, Cass.

Esta vez en silencio, Rafe empujó la cortadora de césped hasta el otro lado de la calle.

Él se echó a reír a carcajadas, y Cass sonrió mientras entraba a preparar el desayuno, intentando convencerse de que sentiría la misma emoción si su vecina de enfrente fuese una ancianita y la hubiese invitado a desayunar.

Cass tarareaba una canción cuando Rafe entró en su taller un poco más tarde aquella mañana. Había prometido mantener a Andy ocupado fuera para que ella pudiese empezar con la restauración de la cama que había comprado en la subasta. A él no le había importado; estaba empezando a tomarle cariño al pequeño. Le gustaba la inteligencia que demostraba al hacer preguntas, y sabía cuando estar callado.

Cass se arrodilló sobre la cama para limpiar el cabecero. Estaba absorta en su trabajo y Rafe tuvo la sensación de no haberla visto nunca tan encantadora, así que se detuvo en la puerta a contemplarla.

Aquella era Cassandra, la mujer. Aquella era su vocación, lo que le gustaba hacer, y se veía nítidamente en cada movimiento, en el cuidado con que repasaba cada voluta del dibujo, y una súbita imagen de esos mismos dedos recorriendo su cuerpo estuvo a punto de hacerle gemir en voz alta. Dios, la deseaba de tal modo que estaba empezando a sentirlo como una obsesión.

Debería marcharse, alejarse antes de que las cosas se complicasen más. Pero es que jamás una mujer le había afectado en niveles tan distintos. Aquella mujer y su hijo estaban llegando a ser importantes para él, y maldijo su propia estupidez por haber permitido que ocurriese.

—¿Dispuesta a tomarte un descanso?

—No necesito descansar —contestó ella con una sonrisa—. He estado.., ¿cómo dijiste el otro día? Tumbada a la bartola mientras tú trabajabas diligentemente al sol.

Rafe se echó a reír y se acercó a ella. Había olvidado lo agradable que era compartir la risa con alguien, e inclinándose a la antigua usanza, le dijo:

—Me disculpo humildemente por no haber apreciado el tiempo y el esfuerzo que requiere tu ocupación.

Cass saltó de la cama y se acercó a él para ponerle la mano en la frente y mirarle a los ojos fijamente.

—Rafe, ¿estás enfermo? ¿Tienes fiebre? ¿O es que un alien se ha adueñado de tu cuerpo?

—Cuidado, Gambrel. No tengo por qué soportar una grosería como ésta — protestó, y la abrazó para besarla.

—Hablo en serio, Santini. Ésta es la primera vez que te oigo disculparte. No creía que supieras hacerlo.

Lo primero que se le ocurrió fue tirarle de la coleta, como tantas veces había hecho con su hermana años atrás, y el rostro sonriente de su hermana se le apareció antes de que pudiera evitarlo.

—¿Qué tal vas con la cama? —Bien. ¿Por qué?

—¿Quieres que vayamos al cine? —dijo sin pensar.

¿Dónde estaba la fría sofisticación que había cultivado durante tantos años? ¿Dónde estaba el caballero que una vez había asistido regularmente al teatro y a la ópera con elegantes damas?

Le había dado la espalda a algo más que a los recuerdos. Había olvidado cómo ser un caballero, y no estaba seguro de que fuese algo malo, ya que de esa forma había protegido una parte de su alma.

Pero Cass estaba despertando en él viejos recuerdos y la culpabilidad que iba siempre asociada con ellos.

—¿Ahora? —le preguntó, sorprendida.

—Sí. Hay una película de béisbol que puede que a Andy le guste ver.

«Genial, Santini; ahora hazla pensar que es al niño a quien quieres sacar y no a ella».

—De acuerdo —contestó—. Mc apetece ir, pero he de advertirte que a Andy le gusta sentarse en primera fila y que se come unos buenos dólares en golosinas. Solo con verle me da dolor de tripa.

—¿Y le permites hacerlo?

Le sorprendía el hecho de que Cass, que servía bollitos de fibra y pan de centeno para desayunar dejase a su hijo atiborrarse de golosinas.

Ella le miró con cierta dureza. Ya sabía que no le gustaba que pusiera en entredicho sus técnicas maternales.

—No vamos al cinc con demasiada asiduidad, así que no veo qué daño se le puede hacer dejándole comer dulces de pascuas a ramos.

—No te estaba criticando —contestó él. Es más, le parecía que Cass hacía un mejor trabajo con la educación del niño que muchas parejas.

—Sí que lo has hecho. Sé que es muy fácil ver los toros desde la barrera, pero no pienses que esta decisión es fácil. El padre de Andy solía llevarle al cine los sábados por la tarde, y los dos se atiborraban a golosinas.

Rafe comprendió algo en lo que no había pensado hasta aquel momento. Cass tenía que ser padre y madre a la vez, y a veces tenía que interpretar un papel en el que no se sentía demasiado segura.

—Lo siento, Cass. Estaba fuera de órbita.

—No ha sido culpa tuya. He sido yo, que me he pasado. No me gusta que se coma todas esas golosinas, pero deberías haber visto su cara la primera vez que fuimos al cine tras la muerte de Carl. Fue muy duro.

Rafe la abrazó contra su pecho. Nunca se había parado a considerar las dificultades de la paternidad, pero era evidente que Cass necesitaba a alguien que le apoyara en las decisiones. ¿Qué estaba haciendo él en su vida?

Su instinto le decía que Cass debía sentir algo por él, porque estaba convencido de que era de la clase de mujeres que no empiezan una relación si no hay algo por el medio.

Cass frotó la mejilla contra su pecho y Rafe se alegró de no llevar casi nunca camisa. Le gustaba sentirla así, y no dejó de abrazarla hasta que fue ella quien se separó.

En sus ojos leyó gratitud y algo mucho menos definible. «Sal corriendo», le aconsejó el instinto.

«Aléjate de esta mujer antes de que sea demasiado tarde». Pero en lugar de eso, dejó un beso en lo alto de su cabeza.

—Pasaré a recogerte dentro de veinte minutos. Andy y yo ya hemos mirado en el periódico a qué hora empieza la película.

—¿Y si hubiera dicho que no?

—Pero no lo has hecho —contestó, ya desde la puerta—. Ve a cambiarte. Sólo tienes veinte minutos, y Andy me ha dicho que él se encargara de que estés lista a tiempo.

Cass gimió en voz alta y Rafe se marchó riendo. La ilusión le acompañó a su casa, y por una vez, no se molestó en atemperarla. Era agradable estar vivo.

El aire de la noche era fresco, y Cass se estremeció con su blusa de manga corta. Estuvo tentada de volver a entrar y llevarse un jersey, pero Rafe le pasó un brazo por los hombros, y con el calor de su cuerpo, aparto el frío.

—¿Mejor así? —preguntó él.

Cass asintió. No quería hablar. El aire estaba inundado de los sonidos de la noche. Andy se había ido a la cama poco después de las nueve y Rafe y ella estaban sentados en el porche con una botella de vino. Tenía pensado invitarle a pasar el día de Acción de Gracias con su familia, pero no sabía cómo hacerlo. Parecía estar solo allí, en Florida, y sentía curiosidad por saber si tendría familia en alguna otra parte, pero él nunca hablaba de su pasado. Es más, era la primera vez que conocía a un italiano que no tuviera familia, y bastante abundante.

Cass se estremeció, y Rafe la acercó hacia él. —¿Quieres que entremos, Cassie?

—No —murmuró. Le gustaba que le llamara Cassie. Nadie la había llamado antes así. Era demasiado independiente y testaruda como para que su familia y amigos la llamasen de otra manera que no fuese Cass—. El día de Acción de Gracias es la semana que viene.

—Sí —contestó él, apoyando la mejilla sobre su pelo. —¿Tienes planes para ese día?

—No. Me gusta pasar las vacaciones sólo.

—¿Y tu familia? —le preguntó. Había percibido una soledad latente en su respuesta. Había tanto que no sabía de él… tantos aspectos que todavía no había explorado, tantas razones para no iniciar una relación con él. Pero esas mismas razones eran lo que le atraía de él, lo que le hacía desear conocerle mejor.

En vez de contestar, la besó en el cuello y Cass volvió a estremecerse; pero la naturaleza del gesto había cambiado. Hubiera querido protestar e insistir para que contestase a sus preguntas, pero el aislamiento que presentía en él la convenció de que debía respetar sus deseos.

Rafe la abrazó, y Cass deseó que pudiera sentirse tan confiado con ella emocionalmente como se sentía físicamente. Le encantaba sentir su pecho firme y fuerte contra el suyo, y cuando sintió que acariciaba su pecho por encima de su blusa, deseó sentir el contacto con su piel sin aquella barrera, e inmediatamente sus bocas se encontraron.

Aquel beso iba a conducirles a lo inevitable, pero ella no estaba preparada aún para ese acto final de compromiso. Si no se acostaban juntos, aún podría seguir fingiendo que no le quería, así que se retiró y le miró a los ojos.

—Lo sé —dijo él con suavidad—. Me voy a casa.

Cass hubiera querido pedirle que se quedara, pero sabía que no tenía derecho a hacerlo.

—Buenas noches, Rafe —le dijo cuando él se acercaba ya a las escaleras del porche, y volvió sobre sus pasos para besarla suavemente en los labios.

—Buenas noches, Cassie —se despidió.

—No quiero que te vayas —su voz sonaba profunda por la pasión, pero algo temblorosa por la vergüenza.

—Pero tampoco quieres que me quede —replicó él, y Cass supo que tenía razón. Por mucho que le gustase, no estaba preparada para mantener otra relación que no fuese la de amistad.

«¿Qué vamos a hacer, Rafe?», se preguntó. «¿Qué vamos a hacer cuando esta pasión se escape a nuestro control?»