4.2 Supervised: Convolutional Neural Network
4.2.1 Network Architecture
“Trazos en todas direcciones. (…)
Arañazos, fragmentos , inicios que parecen haberse detenido de golpe.
Sin cuerpo, sin forma, sin figura, sin contorno, sin simetría, sin un centro, sin recordar a nada conocido. (…)
Como dispersos,
tal es la primera impresión”. Henry Michaux (2006: 9).
Abordar Husos (2006) de Chantal Maillard quizás sea una tarea que mantiene un núcleo de imposibilidad: encarna lo que aquí interpreto en términos de «exilio comunicacional». Nadie la prologa, como ocurre en la mayoría de sus escritos y, lo que es más relevante a nuestros fines, escribe en una lengua distinta a su lengua materna. No hay más que prolongaciones de un tejido roto; las hilachas de una escritura que se deshace de cualquier arte de prologar, de la prolongación de un prólogo autorizando una lectura87. No hay autorización. No queda más que la rotura que llamamos «texto».
Las condiciones de producción, aunque irreductibles a lo biográfico, están atravesadas por esta dimensión. La propia escritura da cuenta de una crisis existencial que pone en suspenso el sentido mismo de vivir. Sin embargo, mediante esa crisis, lo que está en entredicho es una sociedad en su conjunto, marcada por un individualismo cartesiano que la escritura maillardiana no cesa de cuestionar. Contra cualquier forma de didactismo, el gesto político de la poesía de Maillard irrumpe en la propia crítica a la identidad y, mediante esa crítica, en el cuestionamiento de una forma de vida atravesada por el consumismo hedonista.
Incluso si quisiéramos salir de esa inmediatez, desconocer esa desgarradura que se derrama en los vínculos sociales sería omitir una clave estructurante. Leer Husos, entonces, exige enredarse a sus hebras más íntimas, no desde la certidumbre de los
87 Entre las lecturas críticas más relevantes sobre la producción literaria de Maillard puede consultarse
Aguado (2001), Aguirre de Cárcer (2012a, 2013), Casado (2004c); García (2012) y Gómez García (2012). También debe mencionarse la tesis doctoral inédita de Aguirre de Cárcer (2012b).
134 cobijos sino desde la interrogación de algunos de sus nudos88. Que todo texto sea tejido nada nos dice sobre los modos y las búsquedas que esta escritura urde. Un sujeto sin centro89 que nace en una red heterogénea e impura en la que ya no es posible más que un testimonio entretejido de fragmentos epistolares, notas autobiográficas, aforismos dispersos, filosofemas, hilos líricos desgarrados desde dentro, convertidos en superficie prosaica, sin atisbo de discurso unificado, sin más que chorros divergentes, saliéndose del cuerpo (hecho texto), derramándose hasta en una multiplicación de notas al pie de página que discuten cualquier centralidad, en su lógica suplementaria prosiguiendo por
otros medios el derrame.
En efecto, el desbordamiento desmonta la promesa de la “obra” como unidad suturada de sentido. Las notas no cierran, pues, los hilos. Ensanchan las brechas: “¿Son las notas al margen un simple fallo lógico?” (Maillard: 2006: 10) se pregunta Maillard, aunque ya sospechemos la respuesta: se trata, en efecto, de una declaración de quiebra.
El exilio con respecto al “mí” mancha la superficie de esta escritura, incluso cuando la referencia a esta dimensión exiliar apenas es nombrada como tal. Sin embargo, ¿qué cabría decir de forma plausible de una posición enunciativa que hace estallar los límites de los géneros, sin contar que Maillard escribe fuera de su lengua materna? La operación radical de Maillard quizás no sea sino llevar la escritura hasta un borde en el que no perdura ningún centro identificable. En particular, contra las fronteras de cualquier «interiorismo» como espacio autosuficiente del sujeto, Husos es ese espacio en que ya no queda identidad alguna. La primera persona del singular no es más que un dispositivo superviviente para atestiguar la dispersión de quien habla, el recordatorio de una casa “en medio del océano de la memoria” (Maillard, 2006: 7), una casa propia, en soledad, que ya no puede ser propia; a lo sumo, espacio en que se
88 Si bien la autora -galardonada con el Premio de la Crítica de poesía castellana (2004) y con el Premio
Nacional de Poesía en España (2007), entre otros- cuenta con numerosas entrevistas y reseñas, además de estudios críticos relevantes, Husos encarna una rara avis que apenas ha contado con la atención de la crítica especializada.
89 En una dirección similar apunta Aguado (2001: 11) al destacar tanto una dispersión del yo como un
movimiento permanente de la escritura de Maillard: “Es en los bosques donde mejor se desmultiplica: un rebaño de yoes que se transforma en una gran osa invencible; donde se invisibiliza: un punto fugado de la diana que le obliga a ser el objetivo de algún cazador (el que dispare contra ella se herirá a sí mismo), y donde descansa: allí son sus pasos los que piensan por ella y ya no sus pensamientos los que maniatan sus pasos”.
135 interrumpe la ilusión de un término, incluso cuando no se pudiera sino recomenzar, como la escritura.
-¿Quién leerá lo que escribo? ¿Escribo lo que escribo para que alguien lo lea? ¿Lo escribiría para mí sola, a solas? (2006: 8).
Los puentes hacia el otro se difuminan. La posibilidad del suicidio está ahí: como ese aislamiento absoluto donde no queda nada, ningún esfuerzo deseado, interrumpido por una vida diminuta asomándose a una bañera como quien se asoma a un abismo. En las astillas de una existencia, el gemido se hace ternura y la escritura como una tabla rota es lo único que sobrevive.
Escribo, porque escribir es lo único que cabe hacer cuando ya nada hay que deba hacerse. (No me tomé el valium que guardo en el armario, antes del agua. La voluntad de espectadora me mantiene, en toda circunstancia, viva para poder decir, para poder decirme, para poder contarme como me cuento los sueños, el dolor de la carne o el de la memoria.) (2006: 8).
El desdoblamiento del sujeto se convierte aquí en una estrategia de supervivencia, fuera del cálculo, a través de la escritura. Cuando ya no hay nada que hacer, queda todavía el haber de la escritura, como un modo de la observación, un poder de la enunciación, capaz de recordar los sueños, el dolor del cuerpo y la memoria. Recordar el dolor del recuerdo se hace desafío. No hay imagen para los que no pueden aparecer más que como ausencia, aquellos que siguen encarnándose por el préstamo de los símbolos, inlocalizables, en la consternación de la huella que se despliega, como un viaje que se recomienza a pesar que nada puede ya terminarse.
De manera efímera, todo vuelve a ser posible, incluso la belleza de la luz de otoño. Se trata, ante todo, de la posibilidad de una vida fuera del dolor de la memoria. La escritura se constituye, en estas condiciones, en la trama frágil que procura construir una salida ante el acto repetido de marcar “ceros en la nada”:
Marcando nada en un círculo. Apresada en el círculo. Marcando nada. Ocupada en el círculo. Ocupándome. En nada. En la nada -¿la nada?- una oquedad. Ocupando una oquedad. Una oquedad de sueño, la vigilia. Una oquedad ocupada, ocupándose en nada. La angustia es ese nada que de pronto florece, en la oquedad (2006: 9).
136 El “mí” angustiado que habla atestigua una nada sobre la que circula; una nada que permite ocuparse de la oquedad de la vigilia. Suspendido en esa indefinición de la nada, el “mí” también queda suspendido fuera de los husos, en el gesto o la serie que gesticula la extrañeza de quien observa. Después el temor abrirá los ojos y deletreará el nombre de la soledad que horada la superficie del texto, para dejarlo en blanco, redescribirlo como espaciamiento de un silencio. La lógica se quiebra, abre notas al margen que interroga sobre un “fallo lógico”.
Más allá de la comparecencia, incrementando la separación, Maillard procura distanciarse del “huso de la alegría y del de la tristeza” (2006: 10). Una suerte de exilio del “sí mismo”, una especie de “deshabitación”: “sin hábito del dentro” (2006: 11). No como forma de exterioridad con respecto a la subjetividad, sino como un repliegue del
sí mismo, una distancia insalvable, un querer “salir del mí” (2006: 12).
Despoblada. Enferma de des-población. Deshabitada del pueblo que fuimos, al unísono, sonido unificado, fuerza de los muchos. Desasida, desasistida de pueblo. Despoblada.
La salida –el mantenerse al menos en la superficie, sin aceptar el descenso, resistiéndose a la inmersión en el “abajo del mí”- no podría ser más que un intento de supervivencia. El daño insoportable plantea esta fuga como voluntad de vida. Lo que ingresa, pues, en esta práctica de escritura, es un excedente que disloca cualquier arte poética.
Ante una interioridad horadada, la condición de (sobre)vida es la fuga. En nuestros términos: la construcción de un exilio que se forma en el devenir mismo de la escritura. Si los subterráneos “están llenos de metralla, fragmentos que se incrustan, día tras día, más hondo en la carne” (2006: 13), la superficie es de mínima una apuesta: “Dentro, nada. Dentro, llora. Infinitamente” (2006: 15). No resulta vano insistir en que ese deslizamiento sobre la superficie es un modo de reconstitución del “sí” como otro. No porque el dolor desaparezca, sino porque lo torna, de plazo en plazo, transitable: “Invitación a ser, desde el dolor aún, en lo otro” (2006: 15). Ser otro es como abrir una escotilla, contemplar un cuaderno, para que la sombra del horizonte deje de imponerse.
137 No forzamos nada si en ese contemplar –como trazado de un templo imaginado- Maillard reconstruye la posibilidad de un viaje o un desplazamiento que afecta de forma irrevocable el espacio de lo que llamamos «cotidianeidad»: fija un plazo para la mirada que le permita sobrevivir en una orfandad que convierte a quien viaja en un intruso para otros. Sin embargo, cuando lo que se deja atrás es insoportable, la intrusión en lo otro es también posibilidad de un resguardo, de un camino –al menos- que sostenga la realidad de la sobrevida.
Podríamos así enfatizar el carácter forzado de esa marcha hacia lo otro: un desplazamiento que parte de la “infravida”, del desierto que la erosiona, del subterráneo que agujerea el instante. En una nota al pie, ese desierto no remite solamente a un sentimiento desolado, sino también a una suerte de símbolo del monoteísmo occidental, en el que se fundan “(…) los valores de depredación que fomentan la competencia, la rivalidad, la envidia y la insatisfacción” (2006: 17). El desplazamiento hacia otra parte, como paganismo radical, se hace crítica radical de cualquier identificación con la omnipotencia de un amo e incluso con una economía del deseo que supone la disolución de la unidad del grupo en la búsqueda delirante del yo.
La referencia a ciudades no occidentales –Damasco como una Delhi decolorada- no es azarosa entonces. Allí la vida vuelve a ser posible. O quizás deberíamos decir: ahí, en ese instante fugado, en ese otro tiempo que sostiene el presente. Aunque no se sepa que se está viviendo, impersonalmente, sin que importe el asunto del “yo”, sin que “yo” cuente, confundido con el viento: “Perdiéndose sin perderse” (2006: 18). La tracción de lo vivido –el “antes presente”-, sin embargo, no puede suprimirse sin más. La lucha agónica entre sobrevida y vida se manifiesta en una lucha entre instancias, relieves, superficie y subsuelo, arriba y abajo. Basta un instante para que llore abajo. Para que haya grito cada vez que hay descenso. ¿Cómo sustraerse a lo que a cada uno le importa, ese “abajo” que sin dificultad podríamos ligar a un «inconsciente» que llora (incluso cuando la referencia al psicoanálisis no esté explícitamente trazada)?
Soledad de los muchos que soy bajo el uno que soy en el concepto de lo que soy, de lo que me soy frente a la soledad de los muchos que son cada uno de los otros creyéndose uno bajo todos los conceptos (2006: 19).
138 Cualquier principio de identidad sustantiva queda arruinado. El «sujeto escindido», constituido en fragmentos dispersos, se transforma en una plétora de instancias que luchan entre sí. No hay más que husos, identidades inestables y precarias, intento de unificación conceptual de una pluralidad de apariciones, soledad del instante en que aparecen al “sí” fragmentos deshilachados, sangrantes, un grito que el “yo” habita: “Y lo escribo para dejar de oírlo, o para oírlo menos, atemperado en la redundancia del decir, demorado en su representación” (2006: 19).
La escritura se convierte en una forma de modulación del grito: no su extinción, sino una manera de atemperarlo, de darle un lugar en la representación y así hacer posible una vida que no sea meramente supervivencia. La estrategia de superficie sin embargo fracasa. Incluso si el “mí” se ocupa de otros, se hace otro, deja venir a otros mí u ocupa otros para convertirse en una forma de olvido de sí. Fracasa:
La superficie no resiste. Huyo hacia delante llevando el dolor cosido a los talones. Ninguna acequia en la que ahogarlo, ninguna huella en la que perderlo. Decido enfrentarlo como se enfrenta al cielo el desierto: a descubierto.
Habré de perderme a mí ya que en el mí se aloja todo dolor. Digo dolor para nombrarlo, exorcizarlo, y en el nombre me digo, para exorcizar el mí. Escribo el mí para que resbale de la página, pero se me pega a los dedos y no acierto, no acierto a diluir en la tinta el llanto. A sacudidas me digo, a sacudidas, la letra y luego… (2006: 20).
La palabra nacida en las grietas del sentido hiere. Se topa con lo insoportable. Al punto de interrumpirse: hacerse silencio. La escritura tiembla sin sutura, en una intensidad que no logra suprimir el llanto en la tinta. La tinta misma, como tentativa de exorcizar el dolor, podría ser la huella del llanto, el rastro del grito. Sin revelación ni salvación, en la ilegibilidad de la caída, ¿qué más podríamos hacer que balbucear? En el rito de la mano, queda espacio vacío para un decir que avanza no mediante la rectitud sino la vacilación. Como un caracol que deja una estela plateada en zigzag, errática. Escribir con una sintaxis deshilachada es la condición para revelar nuestro desconocimiento y desnudar las respuestas como aquello que son: abrigos transitorios, barcas que nos llevan a una orilla ignorada.
139 Sin embargo, algo interrumpe el flujo escritural. La conmoción corta la respiración de la escritura. El «anacoluto» interrumpe el sentido, precisamente porque ya no es posible seguir sosteniendo el mito de la plenitud del discurso. No queda más que el balbuceo, inerme, sin salvación posible. Como si el silencio se colara en el discurso, horadándolo desde dentro, rasgando toda superficie homogénea. No queda más que esa grieta consigo mismo; la incongruencia que no es sino otro nombre del exilio.
La escritura misma procura horadar esa nada dentro, ese dentro que llora infinitamente y confina a la soledad de los muchos del mí y acaso, alguna vez, dejar de ser el grito que somos. En ese no saber sabido, queda la pregunta más inerme. Y lo que persiste sin espera, en la indefensión de las trazas, en la oscuridad de una habitación que procura decir, contra-vida, abajo, el exceso. El exilio es distancia consigo mismo, pero también con respecto al otro: “Y a nadie que esté vivo ha de importarle lo que digo” (2006: 21). No se trata aquí de la figura de la hipérbole. Es la soledad radical en la que Maillard se mueve. En la compasión que nace de una debilidad compartida, de una sensibilidad en común. Tal vez de ese sentir con el otro, de ese diálogo de emociones, pueda nacer otro mundo, por más difícil que sea: una “salida definitiva”, fuera de los merecimientos. En vez de la abstracción, la operación más bien es sustractiva: “situarse por debajo del mí que viaja entre los husos, en superficie”.
La des-identificación con respecto a esos husos por parte del mí abre esa puerta. Distancia, desde esta perspectiva, incluso con respecto al deseo, al “mí” al que sigue anclado. No «renuncia», sino «autoobservación compasiva», deambular entre huso y huso. Sólo entonces puede darse algo así como una “revelación”, que sólo se merece si se ha hecho hueco.
El sufrimiento abre hueco. El sufrimiento es la voluntad del mí (voluntad-deseo) anegada. Por eso hace hueco. Libera el espacio donde la revelación adviene. Donde puede advenir, siempre. Siempre que haya desocupación. Abajo.
140 Tras el “milagro” lo que se alza no es una tierra plena, sino una infinita observación que no distingue entre lo alto y lo bajo, lo grande y lo pequeño. Lo que se plantea es la asunción de un conjunto de deserciones de la vida diaria, un desplazamiento hacia el abajo, incluso si hiciera falta un equilibrio entre lo bajo y lo superficial. En un extenso pie de nota, en un giro epistolar, Maillard insiste: “No sé aún cuánto habré de desaparecer, cuánto deberé seguir peregrinando, en qué sutil equilibrio de distancias he de llevarme a mí misma” (2006: 25). Una parte del mí ya está en otro lugar, “forzándome al camino, como peregrina de mí misma” (2006: 25). Sin dioses, fuera del desierto incluso, buscando un abrevadero para la sed anónima.
Husos es ese peregrinaje que no lleva a ningún santuario. Hasta en los sueños la
única invariante es la partida. Pero entonces todo cambia: los paisajes, la tierra vivida. La vuelta –si hay vuelta- está marcada por el ingreso al mundo de los otros, “mientras alguien me canta mi historia con palabras que no entiendo” (2006: 27). Lo ilegible es tal vez la única persistencia. Como en la leyenda talmúdica que recupera Benjamin, en referencia a Kafka, una princesa vaga por el destierro, lejos de sus compatriotas, y ello la hace languidecer “(…) en un pueblo cuyo idioma no comprende” (Benjamin, 1988a: 149). Pero a diferencia de esa leyenda, en la que un Mesías viene a buscarla, en la escritura de Maillard no hay nadie. Como en Kafka: “Lo ajeno, la propia otredad, se ha convertido en amo. El aire de este pueblo sopla en la obra de Kafka y por ello evitó la tentación de convertirse en fundador de una religión” (Benjamin, 1988a: 149). En
Husos tampoco hay rastros de una tierra prometida90, una nueva religión. Sólo la extrañeza ante las ruinas de una experiencia amorosa en un pueblo (un cuerpo) del que no conocemos su lengua.
Sobrevive una caída; el “mí” como caída. No porque se haya estado en la altura alguna vez. Sólo en superficie. La escritura es esa voluntad de supervivencia, aunque para ello haya que mantener la verticalidad, ya no como forma de la fe, sino como eje de movimiento, del balbuceo, del ser como escisión o pesadumbre. Ese peso reafirma el descenso: se hace pie de página, deriva hacia un margen, sin palabras ya, sin vehículo
90 Conviene remarcar que en La tierra prometida (2009c), Maillard describe, en un extraño texto que
enlaza memorial y manifiesto, la letanía de una multitud de especies en extinción, estrictamente inagotable. Se trata, pues, de una distopía (2009: 5): “¿Cuántos espíritus vendrían a poblar el poema si, como es costumbre en nuestros memoriales humanos, nombrásemos a todos y cada uno de los animales que agonizan”.
141 apropiado, sin que pueda darse más que la enseñanza del silencio. La voluntad de