Chapter 5 – Implementation
5.2 Road Network Dataset for Route Analysis
En el clima de relajamiento socio-político que siguió al Informe Khrushchev y ante los estallidos sociales en Poznán y Berlín, el Partido Comunista Húngaro (PSOH) decidió rehabilitar a Imre Nagy. Dueño de una carrera política envidiable al interior del Partido y por mucho el más popular de sus miembros, el ex Ministro del Interior cayó en desgracia en 1954 por pedir una apertura muy similar a la que Khrushchev ahora proponía. Dedicado a la docencia en la Universidad de Budapest –donde predicaba un comunismo reformado- el ex ministro era ahora la mejor opción del PSOH para presentar un rostro acorde a las nuevas tendencias del Kremlin. Tras la pérdida de su puesto y membresía del Partido, Nagy se había convertido en el héroe de la inteligentsia y la juventud pro-reforma. Ambas deseaban su retorno al poder y la continuación de su obra reformista. Cuando el 14 de Octubre de 1956, de acuerdo con los nuevos vientos del Kremlin, el PSOH decidió rehabilitar a Nagy, el júbilo estudiantil fue inmediato.
Pero la rehabilitación de Nagy no era, por mucho, un suficiente mea culpa. Los estudiantes de Budapest, Szeged y Debrecen querían algo más: libertad política, artística y de prensa, salida de las tropas soviéticas de territorio húngaro así como el retorno de Nagy al poder. Así, mientras Khrushchev negociaba con los polacos en Varsovia, en Budapest los estudiantes presentaban a su propio gobierno un pliego petitorio de 14 puntos. El gobierno les dio largas esperando a ver si las negociaciones en Polonia fracasaban y el uso de la fuerza volvía a estar “in”.
Fortalecido por su victoria en el conflicto polaco, Khrushchev regresó a Moscú con ánimos de probar que su ideal comunista –no teñido del culto a la personalidad o los excesos represores de Stalin- eran sinónimos con el auténtico marxismo. La remoción de Ochab y la libertad del Primado Wyzsinski habían evitado el baño de sangre en la vecina Polonia, mostrando que comunismo era compatible con ciertas dosis de apertura a los legítimos reclamos de una sociedad. Pero el triunfo del Secretario General era tan efímero como su apertura. Apenas dos días después de su retorno al Kremlin, una nueva crisis se perfilaba en el horizonte este-europeo. Una crisis que, si Khrushchev deseaba sobrevivir, iba a requerir que utilizara métodos muy similares a los del camarada Stalin que acababa de denunciar.
La resolución pacífica de la crisis polaca alentó aún más las esperanzas revolucionarias de los húngaros. El 23 de Octubre los estudiantes de Budapest convocaron a una manifestación que tenía el doble fin de felicitar al pueblo polaco por su triunfo y presionar a su propio gobierno para emprender el camino de la reforma. Los manifestantes rodearon la sede de la radiodifusora estatal con la intención de obligar a sus funcionarios a transmitir sin censura los 14 puntos de su pliego petitorio. Ahí se escucharon los primeros disparos pues la Policía Secreta Húngara (AVO) no estaba dispuesta a aceptar el desafío del cambio. El sonido de las balas catalizó la frustración del pueblo. Para la noche la manifestación ya era abierta rebelión anti-comunista. Los estudiantes convocaron a estallar una huelga general al día siguiente y paralizar al País.
Temiendo una intervención soviética, el PSOH echó mano de Nagy y este salió a la ventana del Palacio de Gobierno a aconsejar a sus seguidores moderación y calma. El abucheo fue sonoro. A primeras horas de la mañana del día 24 y ya instalado como Presidente del Consejo (Primer Ministro) Nagy declaraba la Ley Marcial y volvía hacer un llamado a la calma. A modo de concesión –y quizá con
vistas a que sus más acérrimos detractores se fueran del País- se abrió el tránsito en la frontera con Austria. Pero los húngaros de aquél verano del 56 no querían marcharse de su País sino ser libres dentro de él.
La rebelión y huelga siguieron. Desesperado, Nagy solicitó y obtuvo la renuncia del Secretario General del PSOH, Gëro. En su lugar se nombró a un joven comunista de ideas aparentemente reformistas: János Kádár. Presas del pánico algunos líderes del PSOH sondearon a Moscú en busca de ayuda. Por la tarde del día 24 tanques soviéticos patrullaban las calles de la capital, esperando órdenes de intervenir o marcharse. Su presencia no amedrentó a la multitud convocada frente al edificio de la policía secreta (AVO) para exigir la entrega de los culpables de los disparos del día anterior. Cuando los rebeldes penetraron en la sede de la AVO y descubrieron las cámaras de tortura, los ánimos volvieron a incendiarse. A lo largo de los siguientes días, Nagy trabajó furiosamente para conciliar las posturas radicales que desgarraban al País: incorporó a su gobierno tanto a miembros del proscrito Partido de los Pequeños Propietarios como a los de la facción de comunistas reformistas del PSOH. En los alrededores de Budapest las tropas soviéticas comenzaban a cercar la ciudad por si la situación se salía de control. De Moscú las noticias no eran alentadoras: la paciencia de Khrushchev se agotaba.
Para el 28 de Octubre, Nagy se dirigió al país por radio. Todavía sin tomar una postura clara, se negó a tachar el movimiento estudiantil como una provocación contrarrevolucionaria y admitió que la crisis era producto de los errores de los dirigentes comunistas. En términos suficientemente ambiguos para no generar demasiadas expectativas ni demasiadas sospechas, prometió una serie de reformas políticas y económicas al tiempo que aseguraba –para beneficio de Moscú- que los cambios se efectuarían en el marco del comunismo. Pese a sus mejores intenciones, Nagy no tuvo el éxito deseado: tras once años de promesas el pueblo húngaro quería hechos que probaran que el gobierno no iba a echarse para atrás tan pronto los manifestantes regresaran a casa.
Siguiendo el ejemplo polaco, Nagy decidió liberar y anular los cargos que pesaban sobre el Cardenal Mindszenty, esperando el prelado pudiera tranquilizar al pueblo para evitar la catástrofe que presagiaban los tanques soviéticos en la capital. Contrario a los cálculos de Nagy y de su Ministro Pál Maléter, la liberación de Mindszenty no tuvo el mismo efecto que la de Wyszinski en Polonia. Después de todo, la frontera de Hungría colindaba con Occidente, no con la URSS. El pueblo húngaro buscaba obtener algo más que la libertad que podía brindarle el comunismo reformado de Khrushchev y Nagy.
Para el 1 de Noviembre de 1956, la presencia soviética en Budapest y el resto del País era ya alarmante. Ese día, incapaz de convencer al pueblo de seguir por el camino de la reforma, el gobierno de Nagy decidió apostarlo todo a que las democracias occidentales evitarían el baño de sangre. En su discurso a la Nación, Nagy quemó las naves que lo unían al comunismo: Hungría, prometió, sería una democracia neutral, al estilo de la vecina Austria; abandonaría el Pacto de Varsovia y dejaría de ser una República Popular con una agenda política subordinada a Moscú.
Un estremecimiento recorrió el Kremlin. Una cosa era reformar el comunismo y otra, aún intolerable, abandonar sus filas. Incluso a los ojos de Khrushchev, Nagy había cruzado la delgada línea que separaba a los reformistas de los herejes. El Ejército Rojo recibió órdenes de aplastar la rebelión. En Budapest los comunistas reformistas que Nagy había integrado a su gobierno lo abandonaron. Liderados por János Kádár se refugiaron tras líneas soviéticas y formaron un “gobierno revolucionario”
cuyo fin sería “defender los logros del comunismo húngaro”.
Con la artillería y la aviación rusa bombardeando la capital, un desesperado Nagy solicitó la intervención de las potencias occidentales por mediación de la ONU. La petición de auxilio cayó en oídos sordos, toda vez que Francia e Inglaterra se encontraban en pleito con los EU por la invasión del Suez. Apoyados por el Ejército Rojo los comunistas de Kádár entraron en la capital y cayeron sobre los rebeldes (estudiantes en su mayoría). La represión fue breve y brutal. Para el 4 de Noviembre la aventura húngara terminaba en sangre y la frontera con Austria volvía a clausurarse.
Solos y sin apoyo, Nagy, Mindzsenty y Pál Maléter se refugiaron en la Embajada Americana de Budapest. Convencidos por János Kádár que recibirían un castigo menor si se entregaban a las autoridades húngaras, Nagy y Maléter fueron llevados a Moscú y ejecutados dos años más tarde. Menos ingenuo que ellos, el Cardenal Mindzsenty permaneció en la Embajada hasta 1971, mientras János Kádár era premiado por su “lealtad” convirtiéndose en nuevo jefe del Estado Húngaro, puesto en el que permanecería hasta la caída del comunismo en 1989.