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C. SOCIAL NETWORK ANALYSIS

1. Network Topography

de 1950. Para no erigirse él mismo como referente del juicio disciplinario, va a echar mano de una fuente de autoridad: no Alone, no Ricardo Latcham, no Neruda ni Mistral: será nada menos que al crítico del New York

Times a quien recurra para afirmar que la narrativa de Benjamín Subercaseaux

constituía “abundante estímulo para el pensamiento.” (2004, p. 90)

A pocos días de anunciada la noticia de su elección como nuevo Premio Nacional de Literatura, el novelista Carlos Droguett de 58 años recibe en su hogar a los periodistas del diario La Tercera, para conversar sobre la honrosa distinción. El artículo es breve, el diálogo no se extiende demasiado, y la opinión del escritor acerca del galardón recibido es implacable:

152 En la próxima sección de este capítulo, dedicada a las premiaciones de los años 1962, 1965, 1969 y

1972, volveré sobre esta situación como recepción y descarga en la existencia pública del Premio Nacional de Literatura de la renovación generacional en los circuitos de escritores y críticos del país.

153 Fernando Santiván hará también informe y comentario de esta dimensión polémica de la obra de

Subercaseaux, sin atribuirle el mismo impacto y rol que José Donoso. En la comprensión de Santiván, el perfil de polemista del nuevo Premio Nacional es uno que se asimila bastante al de Joaquín Edwards Bello, ojo crítico y sensor de las contradicciones e imposturas de una sociedad nacional: “Subercaseaux es un escritor combativo y, quizá, éste sea el mejor elogio que se puede hacer en su calidad de hombre y publicista. No está conforme con el medio que lo rodea y combate por mejorarlo. Ama con pasión nuestro terruño; pero su agudo espíritu, producto de afinada sensibilidad y de concienzudo estudio, no ha podido menos que percibir en forma casi dolorosa nuestros defectos nacionales. De ahí que se le haya acusado de antipatriota. Subercaseaux piensa que el escritor debe cumplir sin vacilaciones una misión y se entrega a la tarea de exponer ante la conciencia nacional los males que nos aquejan y a señalar los remedios para curarlos.” (1963, p. 81)

154 En el mismo artículo de Atenea, Santiván sitúa Jemmy Button como la novela capital del autor, y la

comenta en términos de la fina construcción sicológica de sus personajes, acaso el mayor mérito de su literatura, indagadora de la naturaleza humana, de la lucha entre la moral y los impulsos: “(en Jemmy Button) se vislumbra un sentimiento indefinido en la atracción que ejerce el muchacho salvaje sobre el noble y culto comandante Fitz Roy. A no dudarlo, se trata de un afecto puro, generoso, de parte del marino inglés: pero, en esta clase de amor, que podría llamarse paternal, ¿no cabe, como en el caso de Oscar Wilde y del joven lord Douglas, una atracción física que puede degenerar en la búsqueda del placer instintivo y licencioso inherente a la naturaleza animal?” (1963, p. 88) Este tipo de observaciones, le permite a Santiván hermanar la obra de Subercaseaux a la de Augusto D’Halmar, comparando esta representación del marino inglés Fitz Roy con la del atormentado sacerdote español de Pasión y muerte del cura Deusto de 1924.

175 “No pretendo, ¡eso no!, hacer el pedante. Pero el logro de esa distinción me

dejó indiferente… Hay gente que se entusiasma con la obtención de este

premio. Queda dopada. ¡Dopada con veinte mil escudos! ¿Adónde se llega con ellos?... Hay un proyecto del Ministro de Educación, Máximo Pacheco, tendiente a concederles a los Premios Nacionales de Literatura una jubilación de ocho vitales. Personalmente considero que es UNA PORQUERÍA. Porquería,

porque no soluciona nada. Yo le preguntaría al Secretario de Educación cuánto

ganan los ministros. ¿Ocho vitales? No, señor, mucho más…” (La Tercera, 1970)

Estas declaraciones ponen a Carlos Droguett en relación directa con los autores anteriormente estudiados, “Los premiados que no querían el Premio”, y su contenido recoge varios de los puntos por ellos formulados: la misma indiferencia de Max Jara y Manuel Rojas, la misma desconfianza de la afluente política manifestada por Alone y por Gabriela Mistral. En una segunda lectura, no obstante, atenta de los argumentos esgrimidos por Droguett, su negativo balance del Premio adquiere una especificidad solo replicable en algunas de las páginas escritas por Alone, y habrá de basarse en la auscultación de su trasfondo institucional, del desequilibrio entre la situación de aquellos que premiaban respecto de la de aquellos que eran premiados.

Alrededor de dos meses después de sus declaraciones para el diario La

Tercera, el escritor concedería una entrevista a El Mercurio, publicada el 24 de

enero de 1971, donde se extendería y ahondaría, a petición del entrevistador, en los conceptos expresados a propósito de su designación como Premio Nacional de Literatura. El periodista, a la luz de las declaraciones arriba presentadas, le sugiere a Droguett la posibilidad de una incoherencia en su comportamiento: ¿acaso no habría correspondido de su parte rechazar el premio y su cantidad, en virtud de “las despectivas declaraciones” con que lo había recibido? A lo que el interrogado contesta que, no siendo él Jean Paul Sartre, y siendo el rechazo del Nobel un negocio exactamente tan bueno como su aceptación,

“Mi posición tenía y tiene otro sentido, lo he dicho por la prensa, por la radio, por la televisión: el premio nacional de literatura es malo porque nada agrega

a la difusión de nuestra literatura y nada hace por conservar la vida útil de nuestros auténticos creadores… ¿Por qué no podía yo aceptar el premio y

decir, al mismo tiempo, que es malo, que hay que mejorarlo o transformarlo? No hay falta de coherencia entre lo que dije antes del premio y lo que he dicho después: la ley es mala, hay que mejorarla, hay que darle una cuantía digna para evitar que los escritores mueran en la miseria en una cama de hospital… ¿No le hace a usted hervir la sangre saber que Joaquín (Edwards Bello), Premio Nacional de Literatura y Premio Nacional de Periodismo, recibía una jubilación de trescientos escudos al mes? ¿Cuánto recibe un parlamentario, un Ministro

de Estado, un Rector de Universidad? ¿Vale más un parlamentario que un

escritor, la lengua de un parlamentario que la lengua de un escritor? El Premio Nacional de Literatura, que se da una sola vez en la vida, es menor en su monto que lo que reciben esos caballeros de la política y la administración en un solo mes de funciones. ¿No se puede decir esto y, al mismo tiempo, aceptar

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el premio? Si lo sintiera y no lo dijera por cobardía o por cálculo – esas

conocidas musas – sí que mi conducta sería censurable. Cuando los jubilados de la prensa reclaman lo miserable de sus rentas, ¿hay incoherencia en ellos al no renunciarlas?… Finalmente, ¿sabe por qué no rechacé el premio? Porque

necesitaba la plata.” (Mac Hale, 1971)

El Premio Nacional de Literatura es desplegado en multiplicidad de asociaciones y sentidos, entre su origen institucional y su destino en los bolsillos del escritor. Si las palabras de Carlos Droguett constituyesen una sentencia definitiva, si acogiesen un veredicto imaginario, dictaminado y acordado por todos los escritores de Chile, la conclusión que estaban exponiendo era una verdadera catástrofe: el máximo galardón nacional había fracasado rotundamente respecto de sus intenciones originales: no servía como mecanismo difusor de los escritores chilenos dentro del país; no servía como apoyo sustancial a la situación económica de los escritores ya muy viejos para seguir un ritmo productivo; la ley que lo reglamentaba se revelaba, a la luz de estos hechos, insuficiente: debía, de una buena vez, ser suplantada.

La severidad del juicio de Carlos Droguett viene revestida de las respectivas fundamentaciones, que ofrecen abundante materia para el análisis. Recogiendo nociones que Alone, hace ya un cuarto de siglo, había sugerido (cfr. II.2.1), y extendiendo hasta el presente el caso de Samuel Lillo en 1948, el premiado sin editor (cfr.II.2.2), Droguett identifica un primer problema de manera clara y contundente: el Premio “es malo porque nada agrega a la difusión de nuestra literatura y nada hace por conservar la vida útil de nuestros auténticos creadores”. Si bien podría achacársele cierto grado de desproporción a estos reproches, en tanto le exigían al galardón incidencia en un problema que escapaba de sus posibilidades, su invocación apuntaba a una situación de fondo. Pues, en un primer momento, a Carlos Droguett le interesaba tomar distancia de cualquier actitud condescendiente para con el Premio (y así no formar parte de aquel grupo de gente que “queda dopada”); en un segundo momento, y más importante, su intención era denunciar la ominosa impostura detrás del hecho de que los repartidores de unos estímulos exiguos hasta la miseria (“la fría cama

de hospital”), eran paradójicamente recompensados con abundancia. El

furibundo entrevistado pregunta “¿Cuánto recibe… un Ministro de Estado, un

Rector de Universidad?”, y sus palabras alcanzan sin contemplaciones a dos de

los cinco Jurados reunidos para discernir el Premio Nacional de Literatura, precisamente aquellos más cercanos a la vereda gubernamental. El sarcasmo de Carlos Droguett desmonta el repertorio de buenas intenciones que justificaba la existencia del galardón – y que tantos escritores antes de él validaron – en cuanto explicita la asimetría económica entre las instituciones que lo ofrecían y deliberaban y sus destinatarios, asimetría que el Premio no hacía sino reproducir y perpetuar; al mismo tiempo, sus palabras sirven de denuncia de que el problema de fondo, aquel de la presencia y difusión de la literatura en el país, se mantenía intocado, con o sin Premio Nacional.

177 Dicho esto, su intervención pasa a ahondar en el reproche que se le había dirigido, a partir de lo cual ejecuta no solo su legítima defensa, sino mucho más el develamiento de un lugar de enunciación, y que es su lugar social como escritor. Pregunta él si acaso por acusar recibo del mal dotado galardón debería eximirse de su crítica, sucumbiendo de paso a las musas del cálculo y la cobardía, comportándose en definitiva de manera servil: al decir esto, responde a los ataques en su contra por parte de personajes del medio, quienes apelaron a Jean Paul Sartre como forma coherente de protestar ante un premio155. Droguett reclama su derecho a la honestidad, y fundamenta su eventual incoherencia explicando que él, por lo mismo que venía denunciando, a saber, la desfavorecida situación económica de los escritores, necesitaba esa plata que se le ofrecía. La lógica detrás de su justificación se despliega a partir de un argumento y de una comparación. El primero antepone a todo reproche posible su condición física y material de trabajador que necesita del dinero para subsistir – clausurando de paso cualquier consideración simbólica del premio y/o trascendental del escritor: el Premio consiste de plata, y yo que soy un asalariado la necesito. Punto. Más compleja, luego, la comparación. Mediante ésta invoca la figura del jubilado de prensa que reclama por lo mísera que es su pensión. Esto apuntala la dimensión material del trabajador antes introducida, al dotarla de un componente social, al tiempo que insiste en negarle a las obras literarias algún valor agregado en tanto productos del espíritu: Droguett no es dado a la magnificación del lugar y la persona del escritor, y al principio de esta entrevista con El Mercurio, declara su escepticismo ante los actos de premiación como

jueces fiables del valor de una literatura, siendo el único juez válido el dictado del tiempo156

155 En su edición n°222 de noviembre de 1970, la revista Occidente incluiría una reseña del crítico

literario Luis Merino Reyes acerca del nuevo premiado. En ella, entre otras cosas escribiría: “Pero es claro que Carlos Droguett habría estado todavía mejor si en vez de declarar que el Premio Nacional es ‘una porquería’, se hubiera negado a recibirlo. Algo que se le ocurrió a Jean Paul Sartre con el Premio Nobel y que le agrandó artísticamente hasta dimensiones estratosféricas.” (Merino Reyes, 1970, p. 18)

; habiendo zanjado eso, el resto de sus declaraciones son materialidad e inmediatez en la presentación y percepción de su oficio y de su medio productivo. Él es un trabajador más dentro de un sistema social de producción, y como tal está sometido a las inclemencias de éste, a su inestabilidad, y debe vérselas en un mundo regido por el valor del dinero. Ante lo cual no se queja: no acude al reclamo de crisis valórica alguna, a la condena de un mundo o un país que no sabe apreciar el tesoro de la obra de arte, ni tampoco discursea en torno a las ventajas de una sociedad regida por un sistema no capitalista – y eso que Salvador Allende ya era presidente; él sencillamente se remite a indicar que las cosas son de un modo, y que él trata de funcionar de acuerdo a ello. Por otra parte, al interpretar el don recibido dentro de las coordenadas del jubilado y la

pensión, reinstala 30 años después los discursos fundacionales del Premio

156 En los párrafos iniciales de su conversación con El Mercurio, evalúa el efecto literario de los premios

en los siguientes términos: “creo que los torneos literarios no le agregan finalmente talento ni dimensión al escritor, ya que en definitiva el único concurso, el único jurado a prueba de influencias, humores, presiones y frivolidades, es el más remoto futuro.” (1971)

178 Nacional de Literatura (Cfr. I.1, I.2), despojándolos de su importancia, ofreciéndolos desnudos en su pura dimensión monetaria.

La fustigación del correlato institucional del Premio Nacional de Literatura alcanzaría un nivel todavía más profundo y radical en “Felicitaciones especiales”, breve diálogo imaginario escrito por el autor, aparecido el día 1 de enero del año 1971 en la revista Desfile. En él, se presenta la conversación entre el escritor premiado y un interlocutor anónimo acerca de la distinción y, en específico, acerca de las felicitaciones prodigadas al beneficiado; a partir de éstas, se sostiene una reflexión acerca de la fama literaria y del lugar y la pertenencia del productor literario dentro del escenario social. Proponiendo la recepción del Premio como una suerte de bautizo institucional, como el ingreso a un canon, respondería a la pregunta de “qué significa para usted el Premio”, en los siguientes términos:

“Antes era un autor a la rústica, de fácil y notorio deterioro, ahora soy un autor

empastado, ¿entiende? Cuánto añoro mi desencuadernado destino, tan

próximo y tan alcanzable. Es curioso, ¿sabe?, parece que junto con otorgarle a uno la inmortalidad por decreto, lo matan de súbito. Ahora me siento como un

mentiroso, como diluido estafador aquí dentro del frasco.” (Droguett, 2008, p.

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La segunda voz pregunta que de qué frasco hablaba, y la explicación sirve al lector para develar una metáfora acerca del escritor clasificado y catalogado. De forma telúrica, estas palabras son sustentadas por principios relativos a la

transformación operada por el Premio en la figura pública del escritor que lo recibe. La comparación del libro “empastado” frente al “desencuadernado”

proyecta una jerarquía editorial que redunda en grados de atención y consideración del producto contenido por uno y otro formato de edición, donde el autor confiesa preferir el anonimato ofrecido por el segundo. Droguett se queja en estas líneas de la importancia descargada sobre él, al reemplazar por su opuesto el eventual efecto honorífico que ésta debería importar. A pesar de su sutileza, este último gesto es decisivo, pues quiere decir que para el nuevo ganador recibir el Premio Nacional de Literatura vale como un envilecimiento, como una distinción que hace de él “un mentiroso”, un “diluido estafador”.

Este desolador diagnóstico se complementa y refrenda a partir de la inclusión de sus pares escritores, aquí representados como la extensa “cola de los futuros candidatos”. Respecto de ellos, afirma su interlocutor que “De todos modos, quedarán muchos afuera, como siempre, y a veces los mejores” (2008, p. 150), a lo que el escritor responde:

“No crea, no lo creo, ellos tampoco lo creen, los tunicados. Juran que son los

mejores los que están aquí, en este panteón quebradizo, con la consabida

certificación en la parte exterior del transparente: ‘Premio Nacional. Duración

indefinida.’ Está bueno, ¿cierto? No hay nada como la ironía para lubricar los

nervios y, sobre todo – pienso en los que aguardarán en la cola, todo el verano, toda la lluvia –, la soledad.” (2008, p. 150)

179 Por “tunicados” alude a los premiados, aquellos distinguidos con un traje especial, dignificante, símbolo de clase e inteligencia, quienes “juran” – vale decir “están seguros” – ser los mejores en virtud del galardón con que se les ha condecorado. Develando los términos de la metáfora, Droguett acusa a los escritores que han ganado el Premio de credulidad, de haber accedido a

concederle a éste la dudosa atribución de consagrarlos. Inmediatamente después

los rescata del reproche al indicar que, en el fondo, a ellos los mueve un prurito irónico, paliativo de los nervios y la soledad, padecimientos compartidos tanto por los que esperan en la cola, como por los que descansan en el “panteón quebradizo”. Considerando, no obstante, la cantidad de autores que, hasta aquí, habían recibido el Nacional con los brazos abiertos, reconociéndole toda la importancia a sus flujos legitimadores, es de observar que en el fondo la ironía es un recurso que el mismo Droguett está empleando para condenar la actitud de sus colegas, y enmarcarla en su frágil y triste realidad de escritores.

Después de esto se concentra el diálogo en una enumeración de los personajes que concurrieron a felicitar al escritor condecorado. Estos son: el ingeniero de ferrocarriles, el gerente, el albañil, la señora de la botica, el hombrecito que vende mermeladas, el zapatero, la dueña de la carnicería, la niña que atiende la panadería, el novio de ésta que trabaja en el cine del barrio, Vargas, que enceraba la oficina, y la peluquera. Pregunta el interlocutor, “¿Y quién más, todavía?”:

“¿Quién más quería? Ahí está toda la gente, ahí están todos, ¿no cree? No

estoy alegre sino incómodo y desconfiado, pero pensando en ellos me consuelo.

Dime quién te felicita y te diré quién eres. / ¿Se siente solo? / No, estoy con ellos y, además, ahora el viejo Whitman me susurra al oído todavía: ‘Quien me toca a mí no toca un libro, toca un hombre’.” (2008, p. 152)

Un poco como Marta Brunet conversando con Ángel Rama en 1961, Carlos Droguett redirige la afluente consagratoria desencadenada por el Premio, alejándola de los circuitos oficiales, y encontrándola en un sujeto colectivo al que evita designar “pueblo”, pero que está compuesto por trabajadores asalariados, productores manuales, dueños de pequeños negocios, gente sencilla y cercana. La distinción recibida le genera incomodidad y desconfianza, ambas basadas en su escepticismo frente a la dimensión oficial y pública del rubro literario al que él pertenecía, así como al vínculo que el Premio Nacional generaba entre éste y las instituciones políticas del país. Droguett es, de tal manera, tremendamente coherente en su apelación, y no cesa de reprocharle al galardón su proveniencia y las relaciones que ofertaba. Lo único que al final salva la malograda experiencia de recibir el premio literario más importante de Chile es la invocación de un vínculo carente de toda dimensión oficial, de toda importancia. Desprendido de su traje de escritor, el Premio Nacional es recibido en nombre de la pertenencia del individuo a una comunidad que es social antes que profesional, compuesta