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2.2 Experimental and Analytical Methods

2.3.4 NIR Spectroscopy

Hay un sentimiento religioso que parece ser muy infrecuente, a pesar de que, en realidad, tendría que surgir con fuerza elemental desde el fondo de la esencia del hombre: el anhelo de Dios. En realidad, ese anhelo debería dominar toda nuestra vida interior. En efecto, la condición de criatura no es algo que haya sido importante solo en otro tiempo, al comienzo de las cosas, sino el carácter fundamental que determina todo lo humano. Independientemente de lo que el hombre sea, él es como criatura. Independientemente de lo que haga, lo hace desde el fondo de su creaturidad. Así, ese anhelo tendría que ser la expresión elemental de este hecho. Que así no sea revela a la reflexión muchas cosas acerca de nuestra historia más profunda.

Sin duda, al crear al hombre, Dios lo ha dejado en libertad. Lo ha puesto en la auténtica realidad y sobre sus propios pasos, a pesar de que es un misterio cómo es posible que exista algo finito y contingente, cómo puede tener espacio y fuerza para existir «junto» a lo infinito y absoluto. Tomamos como evidente que lo finito exista: cada uno de nosotros lo toma como lo más evidente que él mismo exista, que se sienta como el centro de todo ser. A tal punto que el hombre actual está trabajando en la creación de una imagen y de un sentimiento existenciales en los que solo existen el hombre y el mundo. Es metafísicamente grotesco, puesto que la verdad es al revés: Dios es el evidente, el «suficiente» sin más, mientras que es pura gracia, un prodigio de la benévola voluntad del Creador, que el mundo, el hombre, yo mismo y el mundo existamos. Así es, y el hecho de que Dios no sea despótico sino generoso, no aplastante sino creador, revela de qué índole es su condición de ser absoluto. La condición de criatura es un lazo más real entre Dios y mi ser que el lazo que se da entre el hijo y el seno materno. Por tanto, este lazo tendría que pasar al sentimiento, y no solo en momentos de necesidad, sino siempre de nuevo, y con tanto mayor fuerza cuanto más intensa sea la percepción de la existencia. Pero Dios crea de forma tan perfecta, tan generosa, que el hombre puede olvidar este hecho y pensar que está en sí mismo, o que, en todo caso, proviene del conjunto del mundo, de la «naturaleza».

Sin embargo, en algunos salmos el anhelo de Dios prorrumpe poderosamente; tal vez, de la forma más fuerte en el salmo 62. Es un salmo antiguo: algunos lo atribuyen incluso al rey David. En él se expresa el sentimiento con tal fuerza que nos llega al corazón. Dice el salmo:

Oh Dios, tú eres mi Dios, con anhelo te busco,1

mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti,

como tierra reseca, agostada, sin agua. Por eso ansío contemplarte en el santuario para ver tu fuerza y tu gloria.2

Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré

como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos. En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti, porque fuiste mi auxilio,

y a la sombra de tus alas canto con júbilo. Mi alma está unida a ti,

y tu diestra me sostiene.

Pero los que intentan quitarme la vida vayan a lo profundo de la tierra; sean pasados a filo de espada, sirvan de pasto a los chacales. Mas el rey se alegrará en Dios, el que jura por él se felicitará,

cuando tapen la boca a los mentirosos.

El lector atento notará la fuerza de estas palabras. Tiempos remotos se expresan en ellas. Más de dos milenios y medio han pasado desde que fuera compuesto el salmo.

Ya desde el comienzo dice: «Oh Dios, tú eres mi Dios». No es un Dios prescrito en sentido general, sino «su» Dios, el Dios que él ha experimentado, que es el sentido de su vida, de la suya propia como de la de ningún otro…

«Con anhelo te busco»: el salmista no habla exteriormente, siguiendo una costumbre, de modo que pudiese hacerlo de otra manera o dejar de hacerlo, sino desde el impulso más íntimo. Necesita a su Dios. Pero ¿tiene que «buscarlo»? ¡Si Dios está ahí, en todas partes, en nosotros mismos! Sin duda, pero las cosas están ahí, como una pared entre él y nosotros. No por su propia esencia, pues él mismo las ha creado, pero el hecho de que la atención y el deseo se aten a ellas hace que se presenten de ese modo. También el hombre es una pared entre el Dios que está en él y su propia vida, porque se cierra en sí mismo por su voluntad egoísta. Así, pues, el hombre tiene que «buscar», atravesar con empeño todo aquello que se interpone como obstáculo.

Y ahora viene este magnífico versículo: «Mi alma está sedienta de ti». No malentendamos las palabras. «Alma» no es la espiritualidad abstracta, sino lo más vivo en nosotros, lo que crece, respira, siente. Las palabras que siguen lo aclaran por completo: «Mi carne tiene ansia de ti». ¡Qué espléndidamente concreta es la expresión de estas frases! «Como tierra reseca, agostada, sin agua», así se siente el hombre que habla en estos versos. Sabe cómo es cuando los pozos se han secado y toda la tierra está agostada por el sol. Así estoy yo, dice. Mi cuerpo, mi alma, todo mi ser tiene sed de ti, Dios.

¡Hombre dichoso!, pensaremos nosotros, que lo necesitas tanto como la tierra la lluvia. «Por eso ansío contemplarte en el santuario» –continúa diciendo– «para ver tu fuerza y tu gloria!». El hombre se encuentra en el templo y espera que se le conceda aquello por lo cual está allí. Pues el templo es la casa de Dios, está lleno de él, y quien traspone los santos umbrales puede experimentar cómo desciende sobre él la gloria de Dios.

Para tener una percepción sensible de lo que se trata vamos a escuchar los versículos de Isaías que hablan de la gran teofanía: «El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Junto a él estaban los serafines […] y se gritaban uno a otro diciendo: “¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria!”. Temblaban las jambas y los umbrales al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo» (Is 6,1-4). Esta es la visión que ha de fortalecer al profeta para su difícil obra. Pero también la fe sencilla podía experimentar lo que iba en la misma dirección, la epifanía: que la gloria de Dios se le hiciera visible resplandeciendo en el misterio del ámbito del templo; que esa gloria

descendiera sobre él por gracia y reconfortara «más» su cuerpo y su alma de lo que la bebida hace «revivir» al sediento. Sin experiencias como esta, la vida religiosa del Antiguo Testamento sería incomprensible.

«Me saciaré como de enjundia y de manteca» al estar cerca de ti: una vez más, una realidad de admirable densidad. No solo pensamientos pálidos buscan aquí a Dios, no solo sentimientos tenues, sino un deseo elemental, para el cual el Santo y Viviente es tan real como la comida del cuerpo cuando él se sienta a la mesa en el banquete sacrificial y sacia su apetito.

Para este hombre, el contacto con Dios es totalmente real, aun cuando se dirija a Dios fuera del templo: «En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti». Cuando de noche no puede dormir, comienza a pensar y, como atraído por un poder interior, dirige su pensamiento hacia Dios. Entonces, una experiencia se derrama sobre él y sacia su anhelo: «porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo» –la antigua imagen del águila, que con sus enormes alas cubre a su polluelo–.

«Pero los que intentan quitarme la vida vayan a lo profundo de la tierra». No es el Nuevo Testamento el que habla aquí, sino el Antiguo. Este no extinguía el odio: su esfuerzo se centraba en separarlo de lo meramente personal y asociarlo al destino del pueblo. Quien pertenecía al pueblo llamado y luchaba por su causa sentía que, de ese modo, sus cosas quedaban santificadas: si alguien acometía contra ellas, atacaba al pueblo de Dios.

Tal vez, esto pueda hacer más comprensible la vehemencia de este sentimiento en el contexto de la oración: que los enemigos «sean pasados a filo de espada, sirvan de pasto a los chacales». Es la cara opuesta del fuerte sentimiento que antes se había dirigido hacia Dios.

El anhelo de Dios no quiere solo conocerlo, limitarse a cumplir sus mandamientos, sino tener participación en él mismo.

¿Es panteísmo? ¿Qué habría que asociar con esta palabra? Una confusión de los sentimientos y pensamientos. En el panteísmo, el sentimiento se ensancha, deja de distinguir entre espíritu y materia, entre yo y tú, entre Dios y criatura. Todo queda subsumido en una unidad indeterminada que no es auténtica ni lícita porque mezcla cosas que no pueden mezclarse. Por el contrario, el salmo se encuentra bajo la majestad de Dios, el único que puede decir: «Yo soy el que soy», el que no necesita del mundo pero lo ha llamado a la existencia porque así lo quiso. Con él quiere tener comunión este hombre; su deseo no es hundirse en el fondo primordial del mundo, no es disolverse en

las ondas del mar de la existencia, sino tener comunidad en la dignidad de una persona libre. El yo subsiste ante el tú eterno; pero siente un poderoso impulso hacia él a fin de tener participación en él.

El lector preguntará, tal vez: ¿por qué hablas de estas convicciones y sentimientos si ya no las tenemos; si, aunque se yerguen ante nosotros en su magnitud, no podemos realizarlas? Pero observemos con más detalle: el sentimiento primordial del hombre, ese afecto que brota de su creaturidad, es el anhelo de tener participación en Dios. Agustín dijo en el capítulo primero de sus Confesiones: «Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (trad. de P. Tineo). Prestemos atención a las palabras: Dios nos ha creado «para él». No nos ha puesto como un trozo de realidad abandonada, sino que nos ha creado de tal modo que la condición de criatura es un impulso hacia él. Nos ha creado colocándonos en un proceso, en un acontecer: en el movimiento hacia Dios.

Si así es, esta tendencia se encuentra también en cada uno de nosotros, solo que intimidada a menudo por las críticas, sepultada por lo cotidiano. Somos una parte del mundo: el mundo quiere aprehendernos, atrae nuestra atención hacia sí, nuestros sentimientos y nuestro apetito. Esto recubre la dimensión profunda, ahoga la voz fundamental. Por eso, desde la fe tenemos que decir: él es, él está disponible para mí, y yo tengo que esforzarme por él. Tengo que liberarme para que la dimensión interior pueda abrirse paso. Crear silencio a mi alrededor para poder percibir la tenue voz.

De la vida natural sabemos que un órgano que no se ejercita se atrofia. En nosotros está depositada la posibilidad de estar cerca de Dios, de tener participación en él. Agustín definió el alma humana diciendo que es capax Dei, es decir, «capaz de captar a Dios». No dejemos, pues, que esa capacidad se atrofie.

¿Para qué hay iglesias, esos espacios elevados en los que impera algo que en todos los demás lugares se destruye –el silencio–, si no para entrar en ellas, sentarse, recogerse? Después de un tiempo, ya no se está más sentado, sino de rodillas, pues Su Presencia se ha hecho manifiesta…

O también en casa, como dice el salmo: de noche, cuando no se puede conciliar el sueño. Alrededor está todo en silencio. Si no se recurre a un libro, o a un somnífero, sino que uno se confía al silencio, se recoge, aguza la atención, puede suceder que se despierte en uno esta consciencia: él está aquí. Estoy en su presencia. Tengo anhelo de él, y ese anhelo se sacia. Se sacia y crece al mismo tiempo. Pues esto es lo maravilloso: el anhelo de Dios, cuanto más se sacia, más fuerte se hace.

Por supuesto, hay algo que no se ha de olvidar y que constituye el punto más difícil de la existencia cristiana del hombre actual: que el sentimiento religioso, el sentir religioso que responde de manera inmediata a la existencia, se está haciendo cada vez más débil. Este es uno de los motivos que llevan a tantas personas a considerar lo divino como un valor ficticio y la fe como algo innecesario.

Este decrecimiento de la capacidad religiosa es un fenómeno histórico sobre el que la persona no tiene poder alguno. Por eso, no se trata de que intente tener un sentimiento de anhelo de Dios que no pueda tener auténticamente, sino de realizar el acto de voluntad de alcanzar la «participación en Dios» de la manera en que le está dado hacerlo: en los actos espirituales de la atención, de la obediencia moral, de la confianza, de la fidelidad, del vencimiento de sí por amor de Dios.

1. «Con anhelo te busco»; BCEE: «por ti madrugo».

2. «Por eso ansío contemplarte en el santuario, para ver tu fuerza y tu gloria»; BCEE: «¡Cómo te contemplaba en el santuario, viendo tu fuerza y tu gloria!».

El temor del Señor

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