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Objects, Messages and Classes: Part I

—En 1938 es usted doctor en física y con una beca para estudiar en el Instituto Curie de

París. Allí se encuentra, entre otras cosas, con el surrealismo.

—Ya para ese año estaba de vuelta de muchas cosas: la experiencia revolucionaria, y la experiencia científica. A París ya iba con la intuición oscura pero persistente de abandonar las ciencias. Sabía que iba a ser una catástrofe para mis profesores, para mis amigos, para mí mismo, y empecé a practicar una especie de vida doble. De día era un buen médico. De noche era una especie de criminal: frecuentaba el surrealismo. Era como una buena ama de casa que de noche hiciera prostitución: tal podría ser la metáfora. Empecé a comprender que mi destino no iba a ser la ciencia, y que ésta ya había cumplido su misión, y mi vocación literaria, que tuve desde niño, empezó a retomar sus fueros, y al mismo tiempo que frecuentaba a los surrealistas (que eran el polo opuesto de la ciencia, el mundo de la noche, de la inconciencia) empecé a escribir una novela, que felizmente no publiqué, titulada La fuente muda, título tomado de un verso de Antonio Machado, al que yo siempre adoré. Era un verso que más o menos decía: «Está la fuente muda… está marchito el huerto…», etcétera. Ese título no lo olvidé nunca, y muchas de sus páginas están en Sobre héroes y tumbas y en Abaddón el exterminador, porque eran grandes obsesiones de mi infancia y mi juventud.

—¿Y por qué no llegó a publicarse La fuente muda?

—Porque era una novela infinitamente más imperfecta que las posteriores. Haber estudiado ciencia me exigía mucho rigor. Por eso he publicado poca cosa en toda mi vida. —Tres novelas. —La primera fue El túnel, publicada en 1948, cuando yo tenía 37 años. Todo lo que escribí antes fue condenado al fuego. —Su primer libro lo escribió usted en un rancho de Córdoba. ¿Tuvo algo que ver esa decisión con el peronismo? —En parte con el peronismo, y en parte con mi crisis de conciencia. En la Argentina, un rancho es una cosa muy pobre, no es como en México o en los Estados Unidos. Nuestro rancho es una cosa pobrísima, sin electricidad… Allí me fui a vivir con Matilde y nuestro hijo mayor (que tenía cuatro o cinco años), y allí me dediqué a pensar en mi destino, y escribí mi primer libro: Uno y el Universo. ¡Qué fríos más grandes pasamos en aquel rancho de la sierra de Córdoba, con catorce y quince grados bajo cero! Nos encerrábamos a las seis de la tarde con uno de esos faroles que dan más calor que luz, y allí pasé otro año difícil de mi vida, abandonando la ciencia y enfrentándome con mi primer libro.

—Y allá fueron a verle sus compañeros del campo científico a decirle que volviera de

su acuerdo, que la ciencia le necesitaba…

—Sí, pero quemé las naves, regalé todos mis libros de matemáticas superiores y de física a mis amigos, todo lo regalé. No quise tener retorno. Si fracasaba… bueno, se trataba de vencer o morir. —Salía del terreno de lo seguro. —Y entraba, como diría Borges, en el terreno de la conjetura.

«Eva fue una mujer de gran coraje; Perón abandonó a su pueblo»

—¿Era usted antiperonista? —Siempre fui enemigo de Perón. No del justicialismo ni de sus ideas, sino de Perón como persona. Fue un hombre que no quiso a nadie, ni a su pueblo. Fue un cobarde total, abandonó a su pueblo. No creyó nunca en nada, y naturalmente tampoco creyó en el peronismo.

—¿Y Eva?

—Eva, sí. Fue peronista a muerte. Me merece todo el respeto. Era una mujer de gran coraje. Tenía todos los atributos que a Perón le faltaron. Ella fue la que hizo una revolución, la que hizo el peronismo, una verdadera revolución social con la legislación obrera más avanzada del mundo. Perón era un gran demagogo, y la demagogia es a la democracia real lo que la prostitución al amor. Total, que yo me estaba muriendo literalmente de hambre, y un amigo mío de la Unesco, un profesor polaco que ha muerto, Novinski, Premio Nobel, que sabía de mi situación, me ofreció un cargo en la Unesco. Vuelta a París, pero aguanté dos meses: yo no sirvo para burócrata, y me fui a Italia, para luego volver a la Argentina y escribir El túnel. —¿En una maquinita portátil que acababa de comprar? —Cierto… La compré en Suiza, y esa noche yo tenía que esperar cinco o seis horas en Zurich un tren para ir a Milán. No me iba a ir a un hotel para tan poco tiempo, así que me puse a escribir esa noche en un rincón de la estación. —Así empezó su gran trilogía. Una novela mucho más corta que las dos que habían de seguirle. —Fui empeorando con los años.

—Y sobre todo es una novela con una estructura mucho menos complicada que las

dos restantes.

—En realidad es un cuento largo. En tiempos de Cervantes se le llamaba novela.

novelas de la narrativa latinoamericana, y hay en ese libro algo espeluznante, el famoso «Informe sobre ciegos», publicado también a veces en edición independiente, que está lleno de simbolismo, y con una cierta influencia todavía del existencialismo europeo y del surrealismo.

—En este «Informe», los ciegos son una metáfora de las fuerzas del mal.

—Algunos malintencionados críticos han señalado una lectura secreta de este libro,

como si se aludiera críticamente a Borges, ciego, y mandarín entonces de las letras argentinas…

—¡No, no, por Dios! ¡Qué disparate! Sería demasiado minúscula la obra en ese caso. Aparte de que Borges y yo estamos en las antípodas políticamente, yo le tengo profundo respeto literario. Él ha sido nuestro maestro desde el punto de vista lingüístico e instrumental. Cualquier persona que lea ese libro con profundidad se da cuenta de que eso que se ha dicho es un disparate, puesto en circulación con muy mala idea, para enfrentarme con Borges. Y yo me he enfrentado con Borges sin necesidad de este libro. Con Borges hemos estado siempre enfrentados. En el problema del peronismo, por ejemplo, Borges es enemigo del peronismo, pero por motivos distintos a los míos. Borges y su madre (que era una mujer de gran talento) eran enemigos del peronismo porque les parecía una forma del comunismo. Yo era enemigo del peronismo porque nunca me gustaron los gobiernos absolutistas y tiránicos. En cambio aplaudí la justicia social… y Borges no aplaude esa clase de cosas.

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